Revelación (El Amor No es lo que Parece 3) CAPÍTULO OCHO
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CAPÍTULO OCHO

Layla

I nquieta.

Así era como me hacía sentir Maxim Caldwell.

Y lo odiaba con todas mis fuerzas. Quise hacer una rabieta y exigir que lo eliminaran de mi vista.

Este tipo de cosas nunca me habían pasado.

Desde pequeña aprendí a mantenerme bajo control, a controlar mis emociones.

Sí, era buena siendo una perra cuando la situación lo requería, pero este hombre me hizo reaccionar sin pensar.

Maxim me hizo sentir expuesta, desnuda. Podría usar un maldito traje para nieve y aun así me sentiría desnuda bajo su mirada.

La máscara que siempre cuidaba de llevar se rompía a su alrededor.

Con esa sonrisa despreocupada, ese brillo en los ojos que ocultaba una oscuridad en su profundidad, mi cuerpo tembló con una sensación que nunca antes había experimentado.

Había tenido bastantes amantes, pero ninguno me había parecido una amenaza…

ni para mi corazón ni para mi alma. Maxim Caldwell se sentía como una amenaza para cada parte vulnerable de mí.

En el fondo, sabía que me destrozaría y nadie se quedaba nunca para unir mis pedazos rotos. Él tampoco lo haría.

Me estremecí al pensarlo. Todo estaba en mi cabeza. Tenía que mantenerme fuerte e ignorarlo.

Había sido un torbellino de acontecimientos desde el momento en que los hermanos Caldwell nos recogieron.

Volamos a su castillo, Livy se puso su vestido y luego prácticamente tuvo que correr por el pasillo para recitar sus votos.

A pesar de que el matrimonio era un arreglo temporal en el que ambos acordaron conseguir lo que querían, la ceremonia fue sorprendentemente conmovedora.

Desde mi lugar en el salón de baile, estudiaba a las multitudes que frecuentaban este castillo mágico. Todos eran miembros de la alta sociedad de este país. Personas que nunca habíamos visto ni conocido y que probablemente nunca volveríamos a ver.

Todos los asistentes a esta recepción formaban parte del círculo íntimo de los Caldwell.

Todos menos Livy, Brandon y yo. Estaba segura de que nunca me casaría, pero me entristecía pensar que, si lo hacía, sería prácticamente lo mismo.

Livy y Brandon serían los únicos de mi lado.

Mis abuelos no contaban, suponiendo que siquiera asistieran.

La única forma en que vendrían a mi boda era si me casaba con un rey.

Desvié la mirada hacia Alexander y Liberty.

Ella aún parecía alterada por el beso que habían compartido.

Con todo el lío que estaba pasando, ni siquiera se me ocurrió preguntarle si ya había besado al tipo.

Sin embargo, al ver la sorpresa en sus expresiones tras ese beso, era obvio que era el primero.

Romántico, aunque un poco incómodo.

Había dos cosas evidentes para mí en ese momento. Lo primero era que Alexander Caldwell no dejaría ir a Livy. La forma en que sus ojos ardían al verla me decía que este matrimonio era mucho más que un simple acuerdo mutuamente beneficioso. Al menos para él.

Segundo, Maxim Caldwell no se parecía en nada a su hermano. Mientras que el esposo de Livy era arrogante, su hermano era todo lo contrario.

Por desgracia, también me afectaba de las formas más extrañas, y eso no me gustó nada.

Yo tampoco lo entendía del todo. Mi cuerpo se calentó solo de saber que estábamos en la misma habitación.

Ni siquiera tenía que verlo. Juraría que lo sentí antes de que mis ojos pudieran seguirlo.

Pero cuando me miró, prácticamente me derretí como una puta virgen.

Me apoyé en la pared, bebiendo mi champagne , y observé a Liberty bailar su canción favorita con Alexander. No tenía idea de cómo su nuevo marido lo sabía, pero era prometedor que se molestara en averiguarlo.

Sentía una calidez en el corazón al pensar en el brillante futuro de Livy.

Quería que encontrara la felicidad, el amor y la pasión.

Que Callen la hubiera dejado en el altar tantos años atrás la había destrozado, pero lo había superado.

Y, además, Alexander Caldwell arrasaba con personas como su ex.

Se aseguraría de que Livy y Brandon siempre estuvieran bien cuidados.

—Se ven muy bien allá.

Eché la cabeza hacia un lado y encontré a Maxim allí, con un vaso que contenía un líquido ámbar en la mano. El estómago se me revolvió de una forma inusual, la sensación no deseada e irritante.

«¿Por qué me está hablando?» Pensé, molesta conmigo misma por reaccionar así ante él. Este maldito hombre tenía que largarse ya.

—Más le vale que no lo eche a perder —le dije, volviendo a mirar la pista de baile—. Si no, se verá muy bien muerto.

La carcajada retumbante de Maxim golpeó algo en mi pecho y lo odié.

—No lastimará a Livy.

—Yo seré quien juzgue eso. —Le lancé una mirada fugaz antes de girarme para observar a la pareja.

Hubo varios latidos de silencio mientras mantenía la mirada al frente, luchando contra el impulso de contemplar a Maxim. Nunca había sentido tal atracción hacia nadie, y sabía muy bien qué hacer.

—¿Quieres bailar, Layla? —Estaba tan concentrada en ignorarlo que me sorprendió su pregunta.

—¿Contigo?

—Desde luego no te pediría bailar con otra persona.

Alcé una ceja.

—No, gracias.

—¿Asustada?

Un suspiro tembloroso se me escapó de los labios antes de armarme de valor.

—Para nada.

Sus labios se curvaron en una media sonrisa. Era como si me dijera que sabía lo que me hizo. Mas no fue así. No tenía idea y nunca lo sabría.

—Bueno, quizá… —Maxim no llegó a terminar la frase antes de que le hiciera señas a un hombre. Me giré para seguir su línea de visión hacia un hombre que se acercó a nosotros caminando con confianza y… Santa madre de Dios.

Cabello oscuro y grueso. Pómulos que podían cortar hielo. Hombros anchos que llenaban su traje costoso. Dios mío, había visto a un hombre atractivo, pero este tipo se llevaba el premio mayor.

—Hola, Maxim. Boda encantadora —saludó con un barítono oscuro.

—Daniel, qué alegría verte. —Se estrecharon la mano—. Pensé que no podrías venir.

—Reorganicé algunas cosas. —Los ojos de Daniel brillaban de diversión mientras se giraba hacia mí—. ¿Esta es tu cita?

Me burlé.

—Ah, no. Esta no es su cita.

—Layla, te presento a Daniel Carrington. Daniel, Layla Cambridge.

Sus cejas se alzaron, una expresión indescifrable grabada en sus rasgos perfectos.

—¿Alguna relación con los Cambridge?

—Mis abuelos, pero no me juzgues por eso.

El silencio cayó mientras me miraba con expresión especulativa y juraría que oí a Maxim murmurar.

—Que ni se te ocurra.

Volteé para ver cómo la mirada de Maxim se agudizaba y amotinaba en Daniel, cuya boca se levantó antes de decir.

—Ya veo.

—Ver ¿qué?

—Ha sido un placer conocerte, Layla Cambridge. —Una media sonrisa tocó la boca de Daniel—. Es raro que conozcamos a mujeres tan… interesantes.

—Supongo que hoy tienes suerte —respondí con sequedad—. Este salón de baile está lleno de ellas.

No comentó nada, volviendo su atención a Maxim.

—¿Nos vemos en el club la siguiente semana?

—Depende de cuándo vuelva mi hermano de su luna de miel. Estaré de niñero.

—Yo puedo…

—Sé que puedes —me interrumpió Maxim con una sonrisa amable—, pero prometí que me tomaría en serio las obligaciones de tío, así que temo que tendrás que verme durante todo el tiempo que dure nuestra custodia compartida.

—Ustedes dos se llevarán de maravilla —comentó Daniel con esa media sonrisa aún en los labios—. Estoy seguro de que nos veremos por ahí, Layla.

Lanzó una breve mirada a Maxim antes de marcharse, su alta figura desapareciendo del salón de baile. Estaba a punto de hacerle una pregunta a Maxim cuando de la nada apareció una mujer con el cabello teñido de rojo.

—Hola, cariño. —Ronroneó como una maldita gata, ignorándome por completo, con la atención fija en Maxim.

Una sensación familiar de envidia creció en mi pecho y la reprimí de inmediato. «No estás celosa» . Era una molestia. Claramente.

—Bueno, hola a ti también —murmuré entre dientes.

—¿Quieres bailar? —continuó, ignorándome mientras se inclinaba hacia Maxim. Claramente, le importaba un comino el espacio personal. Solo esperaba a que empezara a trepársele encima mientras le ofrecía un vistazo de su muy pronunciado escote.

—Candace, te presento a Layla Cambridge —respondió Maxim, poniendo espacio entre ellos—. Es la mejor amiga de la novia.

Una vez más, la mujer ni siquiera me dirigió una mirada. Podría haberle dado un puñetazo en la cara.

—No puedo dejar de pensar en ti, Maxim —musitó en su oído, asegurándose de que yo pudiera escucharla—. Vamos a algún lugar privado.

Me lanzó un vistazo de reojo que claramente transmitía “Aléjate, es mío” , y no pude evitar poner los ojos en blanco. ¡Es todo tuyo, señora!

Entonces, ¿por qué estaba celosa o… molesta? Cualquiera que fuera este sentimiento que tenía en el pecho.

Aparté la mirada, sin querer presenciar su intercambio. Siguió ronroneando y tocando a Maxim, a pesar de que su tono seguía frío e indiferente.

Me moví un poco incómoda por el intercambio que quería ignorar. Una persona inteligente se alejaría, pero por alguna razón yo me quedé pegada en mi lugar.

—Deja de hacer el ridículo. —Creí oírlo sisear, y algo en eso hizo que me pusiera tensa. No era que estuviera equivocado, la mujer realmente se negaba a entender las indirectas, pero eso afectó una parte vulnerable de mi pasado.

Tal vez Maxim Caldwell no era tan amable como parecía al principio, quizá todo era una fachada. Probablemente por eso mi cuerpo respondió a él. Cuanto más grande era el imbécil, más anhelaba la atención. Era enfermizo, carajo.

—Pero, cariño… —Siguió haciendo pucheros, y abrí la boca para meterme donde claramente no me llamaban cuando Brandon me hizo señas entusiastas al otro lado de la pista de baile.

Corrí hacia él, dejando a Maxim sin mirar atrás.

—Hola, amiguito. —Lo abracé. No lo sabía, pero probablemente me había salvado de tomar una mala decisión, empezando por poner en su lugar a Candace —. Te ves tan guapo.

Se sonrojó.

—Tú también te ves bonita.

Se me calentó el pecho. Brandon sería todo un seductor algún día, no tenía duda.

—¿Te estás divirtiendo, Brandon?

—Sí, quiero bailar con Livy.

Miré hacia la pista de baile, donde Alexander y Liberty estaban terminando.

—Creo que deberías ir allá —le dije—. En cuanto Livy termine su baile, te toca a ti.

—¿De verdad?

—Por supuesto. Además de los novios, eres la persona más importante de esta fiesta.

Su carita se iluminó, y estiré mi mano hacia su cabello para despeinarlo. Algún día se convertiría en un hombre increíble.

Miré por encima de mi hombro para ver si Livy y su esposo habían terminado su baile, y casi se me cae la mandíbula. Callen estaba aquí . El hombre que le rompió el corazón a Livy y la dejó en el altar, prácticamente, se atrevió a aparecerse aquí. Pero ¿qué demonios?

—Brandon, te toca a ti —susurré, poniendo una gran sonrisa en mi rostro y rezando por una intervención rápida—. Date prisa, antes de que alguien intente robársela.

Brandon chilló corriendo hacia Liberty, y vi cómo el alivio le suavizaba el rostro. Me enderecé y exhalé mientras me dirigía al bar por otra copa de champagne , sin dejar de mirar a Callen. ¡Ese cabrón!

Me había conformado con un vaso de burbujas costosas para calmar mis nervios mientras veía a Callen y Alexander intercambiar unas palabras, e incluso desde aquí podía notar que la tensión era alta. Alexander Caldwell definitivamente podría darle una paliza.

Alexander pareció tener la última palabra mientras se daba la vuelta y se alejaba de Callen. Este último caminó al otro lado del bar y, sin pensarlo dos veces, me dirigí con paso firme hacia el hombre que le había roto el corazón a mi mejor amiga.

Cuando llegué, el camarero le estaba deslizando lo que parecía whisky en la mano.

—No va a necesitar eso —le avisé al camarero. Girándome hacia Callen, escupí—: ¿Qué carajos haces aquí?

—Me invitaron. —De acuerdo, eso fue un poco sorprendente. ¿Quién en su sano juicio invitaría al exprometido de Livy a su boda?

—Bueno, deberías haber hecho lo correcto y haberte mantenido alejado, imbécil.

—Layla, esto no es asunto tuyo.

—Claro que lo es, carajo. Te aprovechaste de ella. Y luego la dejaste . ¡En el altar!

Se burló y se llevó la copa a los labios.

—¿No tienes a algún hombre al que perseguir?

—¿No tienes otra pobre mujer a la que dejar embarazada?

—Cállate de una puta vez —gruñó. Ah, por fin estaba logrando afectarlo.

—¿Qué pasa? ¿La mamá de tu bebé se dio cuenta de lo pésimo que eres en la cama? —Si las miradas mataran, estaría muerta y enterrada. Pero maldita sea, eso se sintió bien—. Deberías irte, Callen. Y dejar que Livy siga adelante.

Sus manos se cerraron en puños, la ira emanando de él en oleadas. Nos odiábamos, eso estaba claro. Y nunca lo perdonaría.

La piel de mi cuello hormigueó, y supe al instante que Maxim estaba detrás de mí.

—¿Todo está bien? —Los ojos de Maxim mostraban preocupación, su mirada recorriendo mi cuerpo en busca de posibles heridas.

«Dramático, ¿eh?» Volteó para ver a Callen, con una expresión fría.

No necesitaba protección, pero maldita sea, algo dentro de mí brillaba ante la idea de que él interviniera para protegerme.

Callen se fue sin decir una palabra más, con la bebida apenas tocada. «Bien, no se merece una». Vi a una camarera que pasaba y tomé una copa de su bandeja, la bebí de un trago y enseguida tuve un ataque de tos.

Maxim se rio, con los ojos encendidos.

Joder, necesitaba seis más de estos. Quizá si me mantenía entonada los próximos días, podría sobrevivir a esta mierda.