CAPÍTULO CINCO
Layla
I r a cualquier lugar con un niño pequeño siempre era una experiencia que me dejaba un poco desconcertada.
No estaba segura de si tenía algo que ver con que mi propia familia nunca me había llevado a ningún lugar.
Siempre tuve que lidiar conmigo misma cuando era una niña pequeña.
Mi madre estaba demasiado borracha para darse cuenta la mayor parte del tiempo, mi padre nunca estaba y a mis abuelos simplemente no les importaba.
Nadie tenía ganas de ir de compras, no era que pudiera culparlos.
No obstante, convencí a Livy de que Brandon necesitaba un traje y ropa nueva dado que formaría parte de la familia Caldwell.
Recordaba demasiado bien lo inepta que me sentía cada vez que visitaba a mis abuelos esnobs, y no permitiría que eso le pasara al pequeño Brandon.
Brandon estaba atrapado entre Livy y yo en la parte trasera del taxi cuando llegamos a Piccadilly , un centro comercial en Londres.
Los tres seguíamos suspirando, vestidos todos de negro.
Sí, todavía estábamos de luto, pero sospechaba que nuestra ropa negra y los suspiros excesivos tenían más que ver con nuestro estado de ánimo que con otra cosa.
Por suerte, rodeada de miles de conjuntos adorables para niños pequeños, sentí cómo mi espíritu se levantaba poco a poco.
Desgraciadamente, no se podía decir lo mismo de mis acompañantes, que parecían considerar las compras como el enemigo a pesar de la enorme selección de adorables prendas infantiles.
Dos horas de quejidos y preguntar constantemente cuándo terminaríamos, y ya estaba harta. Tomé todas las decisiones sobre la ropa de Brandon y luego los saqué de la tienda que estaba segura de que se alegraba de deshacerse de nosotros, a juzgar por las expresiones de las vendedoras.
—Vamos a un parque —sugirió Livy mientras estábamos en la acera cuando apareció el primer destello del sol, bañándonos con sus rayos.
Le lancé una mirada exasperada.
—Te quejaste todo el tiempo que estuvimos en la tienda de que querías irte a casa.
—Eso fue antes de que el sol se asomara entre las nubes. Tengo ganas de estar fuera de casa.
—¿Ahora tienes ganas?
—Por favor, tía Layla —intervino Brandon, y me encontré con su carita emocionada.
No pude resistirme a sonreír.
—Supongo que te apetece estar un rato en el parque y jugar, ¿eh?
Asintió con tanta fuerza que temí que se diera un latigazo cervical.
—Sí, sí, por favor.
—Bien, entonces vamos al parque —concedí con una sonrisa—. Hay uno justo a la vuelta de la esquina que también tiene un puesto de helados.
Con Brandon sujetando la mano de Livy y la mía, paseamos por el parque donde varias madres y algunos padres estaban sentados en bancas, mirando cuidadosamente a sus hijos.
Señalé la banca vacía, Livy le susurró algo a Brandon, y él se acercó a los columpios mientras nosotras dos nos dirigíamos al asiento vacío.
—Todo sigue pareciendo tan surrealista —dijo finalmente Livy mientras nos sentábamos.
El murmullo de los padres y las risas de los niños se extendían a nuestro alrededor, pero eran muy contradictorios con nuestro estado de ánimo.
—¿Estamos hablando de tu próximo matrimonio con Alexander Caldwell, uno de los hombres más ricos que han pisado este planeta, o de otra cosa?
No quería sacar el tema de la muerte de nuestra mejor amiga. Ella formaba y siempre sería parte de nosotros, pero quería que ese día fuera algo ligero por el bien de Livy.
—Supongo que eso también —murmuró.
Me giré para mirar a mi mejor amiga.
—No pienses tanto en todo —le pedí seriamente—. A veces hace más daño que bien.
Se encogió de hombros
—Simplemente, me siento perdida.
Brandon soltó un chillido de alegría y giramos la cabeza hacia él. Mi expresión se suavizó y también la de Livy. Tras unos latidos, regresé mi atención a mi mejor amiga.
—No me pediste mi opinión, pero te la daré de todas formas.
—Empecé con voz firme pero suave—. Tener el apellido Caldwell te protegerá a ti y a Brandon.
No es justo, pero es la realidad de este mundo.
Llevas un tiempo trabajando para él. Es un tipo bastante decente.
Se están ayudando mutuamente a conseguir lo que quieren.
Aprovéchalo y disfrútalo. Carajo, Livy, quizá deberías montarlo como el semental que es y sacarte todo el desamor del pasado.
Frunció el ceño.
—¿Por qué haría eso?
Puse los ojos en blanco.
—Cielos, no lo sé. ¿Quizá porque será tu esposo y necesitas desesperadamente tener sexo?
Se burló.
—El sexo no es una opción para ninguno de los dos.
—Pues, ponlo como una puta opción —le ordené—. Dile que es imprescindible que consigas sexo y que es hora de que te folle hasta que te olvides de todos los otros hombres.
—Jesús, Layla. Baja la voz. —Miró a su alrededor, pero ninguno de los otros padres nos prestaba atención.
—Livy, si alguna vez hubo un mejor momento para acostarse, es ahora —continué como si no hubiera hablado—. Te juro por Dios, el hombre es tan atractivo que si tuviera un hermano, yo misma consideraría lanzármele encima.
Conseguí arrancarle una sonrisa.
—Alexander tiene un hermano y es bastante encantador. —Frunció los labios pensativamente—. Sabes, quizá tú y Maxim…
—Tengo mucho sexo —interrumpí su intento de desviar nuestra conversación—. Esto se trata de ti. Deja en paz al hermano y mi vida sexual por ahora.
—Quizá no debería —bromeó—. Después de todo, debería ayudarte a ti a conseguir un hombre decente y agradable.
—¿Desde cuándo eres casamentera? —refunfuñé en tono sarcástico—. Esta conversación no va en la dirección que pretendía. Esto es sobre ti. Yo estoy perfectamente bien.
Sonrió con tristeza.
—Ah, Layla. Eres tan perspicaz, pero cuando se trata de ti misma…
—Lo sé, lo sé —murmuré, poniendo los ojos en blanco en exceso—. Estoy tan ciega como un murciélago.
Su mano se posó en la mía.
— Síp , pero aun así te quiero.
—Yo también te quiero —musité, ocultando mis emociones en lo más profundo—. Entonces, ¿cuándo nos vamos a su propiedad?
—Mañana.
—Jesús, no está perdiendo el tiempo, ¿verdad?
Negó con la cabeza.
—No sé cuál es la prisa, pero él insistió.
Recostándome, suspiré.
—Bueno, entonces. Dime, ¿qué necesitas que haga por ti y por este viaje de matrimonio por conveniencia que estás a punto de emprender?
Imitó mi posición, ambas mirando a Brandon mientras jugaba con los otros niños.
—Sinceramente, no lo sé —admitió—. Solo estar conmigo durante todo el proceso.
—Siempre —prometí—. Para bien o para mal.