Reservada para el bombero de montaña (Chispas de Copper Peak nº 2) 1. ELLIE
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Reservada para el bombero de montaña (Chispas de Copper Peak nº 2)

Reservada para el bombero de montaña (Chispas de Copper Peak nº 2)

Por Lilah Hart

© inepub.com

1. ELLIE

El patio se despierta de la misma manera cada mañana.

Lea es la primera. Siempre Lea. Cruza los adoquines con las llaves en una mano y un saco de harina calado en la cadera, y las luces de la cafetería parpadean a su espalda antes de que la puerta termine de cerrarse.

A las 5:15, el olor a pan recién hecho se extiende por el patio y se asienta en las paredes de piedra como si viviera allí.

Kendall es la siguiente. Aparca la camioneta marcha atrás junto a la entrada lateral de la tienda de material de montaña y empieza a descargar cajas antes de que el sol asome por la cresta.

No espera ayuda. No la necesita. Cada caja está etiquetada, apilada e inventariada antes de que ninguna de nosotras haya puesto el cartel de abierto.

Laurelle trae un cubo de flores silvestres a la entrada de la floristería. Neve deja abierta la puerta de su taller, y el patio se impregna del aroma a cedro y vainilla. Millie limpia el escaparate de la tienda de golosinas con un paño y coloca el expositor de caramelos masticables.

Yo lo observo todo desde detrás del cristal.

Es donde me siento cómoda. En la librería, entre las estanterías, donde el silencio me deja pensar y la seguridad me permite observar sin ser observada.

Las conozco a todas. Sé que Lea toma el café solo, pero le añade canela cuando cree que nadie la mira. Sé que Kendall se rehace la trenza antes de atender a cualquier cliente: un tirón rápido y un giro que le lleva tres segundos. Sé que Laurelle habla con sus flores.

Lo sé todo porque observo. Porque observar es lo que se me da bien.

El equipo del parque de bomberos empieza a pasar alrededor de las seis.

Vienen a por el café de Lea, cruzan el patio con botas y camisetas del parque, llenan el espacio tranquilo con voces graves y ese olor a humo que nunca termina de irse.

Los conozco igual que a las mujeres. Desde la distancia. A través del cristal.

Holt pasa primero. Firme, directo, café y fuera.

Drew suele ir detrás, tan corpulento que bloquea la luz del umbral cuando pasa junto al escaparate de la librería.

Tiene un brazo entero tatuado y un fénix en el otro hombro, y siempre me saluda con la cabeza a través del cristal. Yo siempre le devuelvo el saludo.

Luego Mack.

Mack Dunne no solo camina por el patio. Lo llena.

Ya está hablando antes de cruzar el arco, tan alto que lo oigo a través de la ventana incluso cuando está cerrada.

Hoy discute con alguien sobre si la proteína en polvo cuenta como cocinar si la mezclas en una batidora con fruta.

Gesticula con las dos manos. Sonríe. Siempre sonríe.

Lo he visto cruzar este patio cientos de mañanas.

Es el tipo de persona que reconozco al instante de tanto leer.

El encantador. Ese al que el autor describe como magnético y natural, el tío que hace que cualquier habitación parezca más pequeña con solo estar en ella.

En un libro, sería el interés amoroso del mejor amigo.

El alivio cómico. Ese al que todos quieren pero nadie observa de cerca.

Lo observo dirigirse hacia el local de Lea, como siempre. A salvo detrás del cristal.

Pero hoy no pasa de largo.

Aminora el paso. Mira hacia la librería. Cambia de dirección.

Aprieto la taza de café. Está cruzando el patio, viene directo hacia mi puerta. Me apresuro a colocarme detrás del mostrador para que no parezca que estaba plantada junto a la ventana, mirando embobada como una adolescente enamorada.

—Buenos días, chica de los libros.

Llena la tienda igual que lo llena todo. El aire cambia. El silencio que he construido entre estas estanterías no tiene nada que hacer contra él. Mira alrededor como si nunca hubiera estado aquí. Estoy bastante segura de que así es.

—Ellie —digo.

—Ya sé cómo te llamas —sonríe—. Chica de los libros mola más.

Dejo la taza de café debajo del mostrador, donde no pueda verla, y apoyo las manos cruzadas sobre él.

—¿Puedo ayudarte en algo?

—Necesito un libro.

—Estás en el sitio adecuado.

—En concreto, necesito un libro que demuestre que los tomates son una fruta. Porque Dean acaba de decirme que son una verdura, y le he dicho que le traería pruebas.

Lo miro fijamente.

—¿Has venido a una librería a ganar una discusión sobre tomates?

—He venido a una librería a ganar una discusión sobre tomates con pruebas documentadas —apoya los dos antebrazos en el mostrador. Ocupa más espacio del que el mostrador puede aguantar—. Pruebas, Ellie. Necesito pruebas.

—Los tomates son botánicamente una fruta. Todo el mundo lo sabe.

—Dean no lo sabe. Dean piensa que si va en una ensalada, es una verdura.

—Eso... no funciona así.

—Eso mismo dije yo —se aparta del mostrador y empieza a recorrer los pasillos como si fuera el dueño del lugar, pasa los dedos por los lomos, lee títulos al azar, coge un libro de bolsillo y lo deja en el sitio equivocado. Resisto el impulso de colocarlo bien—. ¿Tienes sección de jardinería?

—Segunda estantería, pared del fondo.

No va a la segunda estantería. Se detiene en el expositor junto a la ventana delantera. Mi expositor. Los libros que he seleccionado a mano porque me importan.

Coge el libro de arriba y lee la primera línea en voz alta.

—«La mañana en que decidí desaparecer, el cielo era del color del papel viejo» —se vuelve hacia mí—. O sea que es triste.

—No es triste.

—La primera línea va de desaparecer. Suena triste.

—Va de reinventarse —las palabras salen antes de que pueda frenarlas—. Ella no está desapareciendo. Se está desprendiendo de una versión de sí misma que todos los demás construyeron para ella. Todo el libro va de la diferencia entre ser invisible y elegir pasar desapercibida.

Me está mirando. No al libro. A mí.

—Eso suena a dos cosas muy distintas —dice.

—Lo son.

Me sostiene la mirada un instante más de lo normal. Luego vuelve a sonreír, deja el libro en el expositor y coge otro. Lee la primera línea con dramatismo exagerado, la voz grave y seria, errando por completo el tono.

—Eso no es un thriller.

—La portada tiene un cuchillo.

—Son las memorias de un chef.

—Un chef con un cuchillo.

—Todos los chefs tienen cuchillos. Eso no lo convierte en un thriller.

Se ríe a carcajadas, y el sonido llega hasta el techo. Algo en esa risa me pilla desprevenida.

Me río.

En voz alta. No una sonrisa educada, ni ese suspiro silencioso que suelto cuando los clientes hacen el típico chiste de juzgar los libros por la portada. Una risa de verdad. Me sorprende más a mí que a él.

Se detiene.

La sonrisa se desvanece. Como si alguien hubiera bajado el volumen de toda su cara.

Durante medio segundo, está ahí de pie en mi librería sin la actuación, sin el ruido, y puedo ver algo detrás de sus ojos que no sonríe en absoluto.

Algo que parece el de alguien que no sabe qué hacer cuando otra persona lo ve de verdad.

Y entonces desaparece. La sonrisa vuelve, brillante y ensayada, y deja las memorias del chef en el estante equivocado y se dirige hacia la puerta.

—Volveré por lo del tomate —dice—. Dile a Dean que estoy preparando mi argumentación.

La campanilla suena. Se ha ido.

Me quedo detrás del mostrador en una habitación que parece distinta a como era hace diez minutos. El silencio es el mismo silencio. Las estanterías son las mismas estanterías. Pero algo ha cambiado, y no puedo devolverlo a su sitio.

Camino hacia el expositor y enderezo el libro que movió.

El corazón me late desbocado.