Capítulo 42KRISTI
KRISTI
Empieza a nevar justo cuando paso la salida de Dillon Road.
Dicen que nos espera un invierno duro, y solo pensarlo hace que suba la calefacción de la camioneta.
Bribón está sentado a mi lado, mirando por la ventanilla como si fuera mi segundo par de ojos y vigilando la carretera por si aparece algún ciervo.
Según me cuentan los lugareños, los pasos subterráneos para animales que empezaron a instalar hace unos años han reducido su presencia en las carreteras, pero él no está convencido.
El mes pasado vimos un ciervo enorme plantado en mitad de la calzada y se volvió loco, gruñendo y ladrando mientras el animal se limitaba a ladear la cabeza y observarnos con desconcertada curiosidad.
Un suave ronquido llega desde su lado mientras Dulzura se acurruca contra él sin mostrar la menor preocupación por nada que pueda acechar en la noche.
Ha crecido muchísimo desde que era aquella cachorrita diminuta a la que alimentaba a mano en el refugio y, aunque sigue siendo pequeña, ya nadie podría llamarla la más canija de la camada.
Ahora es la jefa. Los dos son perros de terapia y, los miércoles por la tarde después de clase, vamos todos a la planta infantil donde trabaja Fenna.
Sin decirme nada, había estado trabajando discretamente, haciendo planes y consiguiendo la aprobación de la junta.
A Fenna se le ocurrió la idea durante su primera visita al refugio, pero no quiso darme esperanzas para que luego se vinieran abajo, así que no me contó su gran plan.
Incluso Ali ayudó a redactar la propuesta, ya que su organización benéfica había realizado numerosas investigaciones sobre el efecto terapéutico positivo de los animales.
Cuando les dieron luz verde y me contó la buena noticia, Bribón fue el primero en empezar el adiestramiento, pero Dulzura estaba resultando ser la estrella entre los niños.
Sigo pensando que se debe a que era la más canija de la camada.
Eso la ayuda a conectar con ellos y consigue que se olviden de sus tubos y monitores y, a veces, incluso del dolor.
Enciendo la radio y Mariah Carey me dice que lo único que quiere por Navidad soy yo...
Bueno, siento tener que decírtelo, Mariah, pero hay otra persona que me desea mucho más y tú no tienes nada que hacer.
Miro el salpicadero y veo que son casi las siete.
Aunque solo me faltan otros diez minutos para llegar, necesito oír la voz de Fenna.
—Oye, Siri, llama a Fenna.
Responde después de cuatro tonos.
—Hola, cariño. ¿Dónde estás? Ya ha llegado todo el mundo.
El bullicio de la vida familiar resuena de fondo y me los imagino a todos allí, con las copas en la mano, preparándose para celebrar Nochebuena.
Fenna lleva días haciendo frutitas de mazapán con Yaya para regalarlas.
La transformación de los edificios anexos en lo que será básicamente la vivienda de Yaya las tiene entusiasmadas a las dos y, si soy sincera, alivia la culpa que siento por no haberle arreglado las cerraduras antes de que entraran a robar .
Solo doy gracias porque estuviera en su clase de zumba de Silver Sneakers cuando ocurrió y porque atraparan al tipo.
Se llamaba Samuel Smith, un octogenario con un soplo cardíaco y un historial delictivo más largo que el cable de los auriculares que esta tarde le he sacado del culo a un gran danés.
Se hacía amigo de mujeres mayores, conseguía entrar en sus casas y las inspeccionaba antes de robar cuando sabía que estarían en zumba o yoga.
Una pobre mujer llamada Barbara lo esperaba para comer con él en un restaurante elegante mientras él le revolvía el cajón de las bragas.
Cuando la policía registró su casa de Franklin Street, encontró un tesoro de dinero en efectivo, joyas y una enorme colección de ropa interior.
Al parecer, sentía cierta debilidad por las entrepiernas de las bragas, concretamente por las que estaban sin lavar.
Aunque el noventa y cinco por ciento de la ropa interior eran bragas altas de doble refuerzo en diversos colores, todas las víctimas, incluida Yaya, aseguraron que los tangas eran suyos.
Pero tenerla viviendo con nosotras (en su propio anexo) al menos durante parte de la semana cuando nazcan las niñas será de enorme ayuda, y no sé cuál de nosotras está más emocionada.
—¿Has comprado los fuegos artificiales?
—Claro que sí. Están detrás, junto con algunas sorpresas. —Sonrío, porque sé que a Fenna le va a encantar lo que le he comprado o, al menos, eso espero.
—Dijimos que solo gastaríamos treinta dólares cada una. Entre la casa y Eve y Villanelle, tenemos que tener cuidado.
Todavía me río cuando la oigo llamarlas así, pero, desde que empezaron a dar patadas, tiene tanta acidez que cree que deben de estar intentando asesinarse la una a la otra y acabar con ella de paso.
Por supuesto, no podría deberse a la cantidad de azúcar que contienen los interminables tamales dulces de Yaya.
Ninguna de las dos esperaba que la FIV recíproca saliera tan bien, teniendo en cuenta que sigue siendo un procedimiento relativamente nuevo.
Pero utilizar mi útero en lugar de una incubadora cara significó que pude llevar a nuestras hijas en mi vientre antes de que las transfirieran al de Fenna para que completara el embarazo.
Aunque solo estuvieron dentro de mí cinco días, eso me hace sentir más unida a nuestras niñas.
Fenna deja escapar un pequeño suspiro y casi puedo verla acariciando con suavidad nuestra barriga mientras me regaña.
—Kristi, no será nada grande, ¿verdad?
—Tendrás que esperar para verlo. Ya casi estoy en casa. ¿Puedes pedirle a tu padre que salga a recibirme para recoger sus fuegos artificiales? Y asegúrate de que sabe que no debe encenderlos cerca de los árboles.
Según Fenna, que su padre me hubiera confiado la compra de los fuegos artificiales de Navidad era algo muy importante, pero ni hablar de que me permitiera encenderlos.
No me importaba, siempre que los colocara en el extremo más alejado de la propiedad.
Plantamos tres árboles a finales de otoño: dos arces en memoria de mi madre y mi abuela y una lila japonesa en memoria de Flora.
Fenna eligió la lila porque simbolizaba la pureza y la inocencia, pero yo fui más sencilla con mi elección.
Me bastaría con ver sus hojas de un rojo encendido al cambiar el año.
Aparco detrás de la larga fila de coches que llena la entrada y veo a mi futuro suegro correr hacia mí. Abro la puerta de golpe y señalo la parte trasera de la camioneta.
—Vamos, Bribón. Vamos, Dulzura. —Doy unas palmadas y los dos saltan al suelo, meneando el culo como locos.
—Bien hecho, Kristi. Has comprado los que te pedí.
—Me dedica una enorme sonrisa y asiente con aprobación.
Después carga la primera tanda en los brazos de Mondo, que está esperando, antes de coger el resto.
Hay suficientes para competir con cualquier celebración de los Colorado Rockies después de un partido, pero, como familia, tenemos mucho que celebrar.
La única pequeña desviación que he hecho respecto a sus especificaciones es que son silenciosos, aunque no lo descubrirá hasta que iluminen el cielo.
No puedo permitir que asuste a los animales, porque ellos también son de la familia.
Mientras se dirigen hacia la parte trasera, silbo para que Bribón y Dulzura los sigan y entro en casa.
Incluso desde el porche noto el calor de la estufa de leña mientras me quito el abrigo y las botas antes de secarles las patas a los perros y ponerles sus albornoces de secado.
Regresar a un hogar cálido y lleno de familia es algo especial, y me quedo quieta un momento, limitándome a escuchar las risas.
A veces tengo que pellizcarme para asegurarme de que es real, pero lo es.
Esta es nuestra vida y jamás la daré por sentada.
Abro la pesada puerta de madera y veo a nuestros perros correr directos hacia Mamá Fenn.
Se sientan a sus pies y esperan en silencio a que repare en ellos.
Cuando lo hace, les revuelve el pelo de las orejas y, cuando me inclino para besarla, también me revuelve las mías, haciendo reír a todo el mundo.
Sophia está radiante, con una barriga más o menos del mismo tamaño que la nuestra, aunque a ella le quedan menos de dos meses para dar a luz.
Como era de esperar, ha estado nerviosa durante todo el embarazo, pero tener a Fenna a su lado en cada paso del camino las ha ayudado a las dos.
Beso nuestra barriga y después hago lo mismo con la de Sophia, maravillada ante el hecho de que pronto seré madre y tía.
—Estás preciosa, cariño. —Entonces hago una mueca al mirar mi ropa—. Solo necesito ducharme y cambiarme —digo, tirando del pijama de trabajo que llevo debajo de dos capas de jerséis de lana—. No tardaré.
Llevo poco tiempo fuera de la ducha cuando llaman a la puerta del dormitorio. Mientras me pongo unos pantalones negros y mi mejor sudadera con capucha, porque últimamente casi nunca me arreglo, grito que pase quienquiera que sea. Es Emilio, el padre de Fenna.
—¿Se lo has preguntado ya?
Niego con la cabeza.
—Pensaba hacerlo esta noche, cuando intercambiáramos los regalos. —Mentiría si dijera que no estoy nerviosa. Irónicamente, lo estoy más esta noche que el día en que le pedí matrimonio.
—Bien. —Asiente, todavía medio colgado del marco de la puerta.
—¿Qué vas a preguntarme esta noche? —La voz de Fenna llega desde detrás de su padre y se me encoge el corazón.
¿Miento para ganar algo más de tiempo? Su padre nos mira con aire culpable, primero a mí y después a Fenna, que ya ha entrado por completo en la habitación y observa con curiosidad mi cara, luego la de él y de nuevo la mía.
—Emilio, ¿te importa si...? —Señalo a Fenna con la cabeza, esperando que se marche, pero no lo hace. Se limita a quedarse allí, asintiendo con una sonrisa de bobo—. Si pudieras... —Esta vez hago un gesto exagerado con la cabeza hacia el murmullo de las conversaciones que llega desde el salón.
—Ah, claro. Sí, por supuesto. —Se da la vuelta y sale disparado, cerrando la puerta tras él y dejándome con una Fenna muy confundida.
Me siento en el borde de la cama y doy unas palmaditas en el espacio que tengo al lado.
Fenna se alisa contra la parte posterior de los muslos el suave vestido negro y se sienta.
—Me estás poniendo un poco nerviosa.
—No es mi intención. Pensaba darte esto más tarde, pero ahora parece el momento perfecto. —Cojo el sobre blanco y se lo entrego.
—¿Qué es?
—Ábrelo y lo verás .
Observo cómo despega la solapa y extrae lentamente el papel que imprimí en el trabajo.
—He pensado mucho en qué podría regalarte por treinta dólares que tuviera algún significado, y se me ocurrió que esta podía ser la respuesta.
Fenna despliega el papel, me mira con el ceño fruncido y después contempla el documento que sostiene entre las manos. La observo en silencio mientras lee, y mi sonrisa se ensancha cuando la comprensión borra las arrugas de su frente.
—Es una cita para solicitar una licencia matrimonial —dice con una sonrisa desconcertada.
—Cuando vayamos a la cabaña de las montañas por Año Nuevo, tu padre pensó que quizá querríamos casarnos allí.
—Se me encoge el estómago mientras me preparo por si decide que no le gusta la idea.
Al fin y al cabo, no sé si se imaginaba diciendo «sí, quiero» luciendo nuestra barriga—.
Mira, aquí dice —señalo las notas— que podemos solemnizar el matrimonio nosotras mismas, y creo que tu padre está bastante entusiasmado con ejercer de maestro de ceremonias.
Dice que tiene un montón de historias vergonzosas que quiere contar.
Cuanto más tiempo pasa mirándome, más se me hunde el corazón. Cuando lo hablé con Emilio, me pareció una idea estupenda. Empezaríamos oficialmente el año juntas como una familia, pero ahora mismo no puedo evitar pensar que me he equivocado por completo.
—¿Aun así querrías casarte conmigo teniendo este aspecto?
—Extiende las manos sobre la barriga como si me estuviera mostrando algo desagradable.
Lo absurdo del gesto casi hace que me eche a reír, pero no lo hago.
En lugar de eso, cojo sus dos manos, las apoyo sobre su vientre junto con las mías y le digo todo lo que alberga mi corazón.
—Fenna, nunca has estado más hermosa que ahora.
Cuando te miro, me cuesta encontrar palabras que siquiera se acerquen a describir la emoción que me llena el corazón.
Eres mi principio, mi mitad y mi final. Para mí solo existes tú, y cada día que pasas sin ser mi esposa es un día de más.
Eres la Mamá Fenn de mi Mamá K, la roca de nuestra familia, el sol alrededor del cual giramos todos, y mi mayor sueño ahora mismo es hacer oficial todo esto.
Así que voy a preguntártelo otra vez. Fenna Vargas, ¿quieres ser mi esposa?
Una lágrima solitaria desciende por la mejilla de Fenna y levanto la mano para recogerla con el pulgar. Asiente y sonríe entre lágrimas mientras me aprieta los dedos.
—¿Eso es un sí?
—Ajá —responde con los ojos vidriosos y un brillo de mocos bajo la nariz, empeorado por sus constantes asentimientos.
Le sujeto la cara, me inclino y poso los labios sobre los suyos.
Fenna es cálida, suave y tierna. Y es mía, igual que yo soy suya.
Cuando nos separamos, siento que el corazón quiere estallarme de felicidad. El momento es perfecto.
—Te he manchado la cara de mocos —dice mientras se cubre la mano con la manga y me la pasa por el rostro. Y es entonces cuando sé que Fenna es realmente la única mujer para mí.