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Es demasiado tarde para detener a Oliver, pensó Ingrid mientras contemplaba los grandes ojos marrones de Diana Jackson y veía a la Reina Diamante jadear patéticamente bajo la experta llave de estrangulamiento.
Sí, tendremos que esperar a que termine su ritual, pensó Ingrid mientras su mente daba vueltas ante el vertiginoso giro de los acontecimientos.
Apenas unos minutos antes, Ingrid había estado preparando su propia huida por la ruta de escape.
Se disponía a aceptar la verdad de que la liberación violenta del deseo reprimido de Oliver sería demasiado cruda para que el mundo la asimilara.
Una vez que Oliver entrara en materia con su pequeña escena, una vez que comenzara el acto final y sucio, ni siquiera los mirones insensibilizados pegados a sus sórdidas pantallas podrían soportar la terrible belleza del talento de su hijo, la espantosa majestuosidad de su arte trascendente.
Pero ahora Diana estaba aquí, e Ingrid tenía que pensar qué hacer. No podía detener a Oliver. Le rompería el cuello como si fuera un gorrión. Interrumpir a Oliver en escena era un error que nadie cometía dos veces.
Sin embargo, podía detener las cámaras. Ya estaban emitiendo vía satélite. Oliver ya estaría a mitad de escena, pero su hijo se tomaba su tiempo. Estaría recitando versos de Shakespeare. Dejando que el terror fuera creciendo.
¿Y si la transmisión se cortaba antes de que Oliver comenzara el segundo acto?
Sí, eso podría funcionar. El mundo podría creer que era solo un avance, un adelanto. Al menos tendrían una coartada creíble para retrasar cualquier ataque a la isla.
Retrasar lo suficiente para limpiar el patio del desastre que Oliver solía dejar.
Entonces comenzaría la escena de la Reina Diamante.
Las cámaras volverían a rodar.
E Ingrid podría ver cómo se desarrollaba todo.
Ver si podía alargar el espectáculo más de una noche.
Improbable, pensó mientras contemplaba los ojos desorbitados de Diana.
La belleza de Diana era más impactante de lo que Ingrid había percibido al verla en pantalla. Mucho más vibrante de lo que quería admitir. Una inocencia lúcida que nacía de alguna sabiduría interior.
Hacía que Ingrid quisiera apretar esos puntos vulnerables. Ver cómo la vida se desvanecía de esos ojos marrones que, inexplicablemente, no habían perdido su inocencia. Oliver encontraría esa inocencia abrumadora.
Embriagadora.
Enfurecedora.
Lo que significaba que veintitrés días era demasiado ambicioso, comprendió con resignación interior al oír la voz atronadora de Oliver retumbar en las paredes de la cueva mientras comenzaba.
Diana estaría muerta antes del amanecer.
Los bombarderos llegarían rugiendo al mediodía.
Ay, este gran espectáculo sería una función de una sola noche.
Era lo que había sospechado, por supuesto.
Pero nadie ganaba nada siendo pusilánime.
Y además, Ingrid había triunfado, ¿no?
Había creado un vórtice de emociones que arrastró a la Reina Diamante hasta las puertas de su infierno personal.
Le estaba dando a su amado hijo una despedida de lo más dramática que sería retransmitida a una vasta audiencia en todo el mundo.
Mostraría con orgullo al mundo lo que su vientre había traído a este reino.
Era una victoria.
Abandonaría la isla como vencedora.
Se tomaría su tiempo para recomponerse.
Revitalizarse.
Empezar de nuevo.
Urdir otro drama oscuro en los años que le quedaran.
Ahora Ingrid sentía impaciencia por pasar página. Su imaginación era tan vívida que en su mente esta escena ya estaba actuada, representada, follada.
Siguió manteniendo la presión en la garganta de Diana. Reflexionó sobre lo extraño de que Diana la hubiera atacado así.
No tenía sentido, pensó Ingrid. Había entrado por voluntad propia. Los guardias la habían registrado en busca de armas y no habían encontrado nada. No estaba intentando matarme.
Estaba intentando esquivarme.
Intentando llegar hasta Oliver.
¿Por qué?
Sin armas no podría hacerle daño a Oliver ni en un millón de años.
Y apenas acababan de encender las cámaras, así que no podía haber visto la transmisión con la niña vendada.
¿Se le estaba escapando algo a Ingrid?
¿Estaba Diana respondiendo realmente a las señales emocionales desesperadas que enviaba aquella niña?
¿Y esa respuesta era lo bastante genuina como para crear su propio vórtice de emociones?
¿Torcer el universo en su dirección?
Ingrid pensó en aquel SEAL, el muchacho que había matado a su hombre, destruido a su familia, arruinado su final feliz con Robert.
¿Estaría aquí?, se preguntó mientras la ansiedad le trepaba por la huesuda columna como una araña parsimoniosa.
Quizás no, pensó Ingrid. Diana les había dicho a los guardias que la había dejado un pescador que la había llevado más allá de las patrullas de la Guardia Costera. Había nadado los últimos metros. Desde luego estaba empapada de agua de mar. El pelo, la ropa y las botas.
Parecía cuadrar. Los guardias no habían visto a nadie siguiéndola.
Era lógico que un pescador lo hiciera por dinero, pero estaría demasiado asustado para arrimar su barca a la isla. Además, había rocas traicioneras cerca de la orilla. Los pescadores locales no querrían acercarse tanto ni en las mejores circunstancias.
Ingrid relajó sus hombros estrechos y tensos.
Aflojó la presión sobre la garganta de Diana.
Entonces oyó un grito.
Oliver habrá empezado, pensó en un primer momento.
Pero entonces se dio cuenta de que el grito no venía de la caverna interior.
Venía de la entrada de la cueva.
Y eso no era lo único que venía.
Parpadeó incrédula ante aquella visión surrealista.
Un monstruo semidesnudo con un taparrabos del color de la sangre seca.
Regueros de sangre fresca salpicando todo su cuerpo musculoso y oscuro.
Ojos verdes y ardientes como lunas gemelas de algún planeta alienígena.
Un cuchillo curvo rajando cuellos, abriendo carne, derramando sangre y tripas como si aquello fuera un bufé en el infierno.
Los guardias que no se estaban desangrando huían despavoridos.
Solo cuando Ingrid saltó hacia atrás y sacó su propio cuchillo para enfrentarse a la bestia se dio cuenta de su error.
Se había dejado llevar por el drama.
Atrapada por el espectáculo.
Porque la bestia de ojos verdes no era el acto principal.
Era la distracción.
Diana Jackson había desaparecido.