Rescatando a Diana (Thrillers de romance militar Darkwater nº 4) 44
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La cueva exterior daba paso a una cámara cavernosa. En el suelo, junto a las paredes, había lámparas de queroseno. También había tallas similares a las que Diana había visto en el vídeo del Rey Oliver. Pero no exactamente iguales.

Aquello no era la Corte del Rey.

Le pedían que esperara.

¿Por qué?

Entonces vio emerger de una pequeña abertura oscura, al fondo de la caverna, una figura inquietante con un vestido blanco.

Al principio pensó que era una niña rapada al cero.

Pero cuando la figura se acercó, Diana distinguió las tenues líneas en su rostro gris plateado y comprendió que se trataba de la mismísima Reina Madre.

La Perra Real.

Ingrid Muller.

—He venido a ver a Oliver, no a ti —dijo Diana con desdén—. ¿Dónde está?

Ingrid Muller se detuvo a unos metros de Diana. Había dos guardias a cada lado de ella. Nadie cerca de Ingrid. La Reina Madre se sentía segura en su reino.

Confiada en su control.

Diana se recordó que Ingrid Muller había trabajado para la Oficina Alemana. La habían entrenado en el arte de la ofensiva violenta y la defensa poderosa. Probablemente llevaba un arma encima, pensó Diana. Pero ¿dónde?

La mirada de Diana recorrió la figura alargada de Ingrid.

El vestido era blanco y transparente. Ingrid estaba depilada por todas partes y la tela se hundía levemente en su entrepierna.

Sus pezones parecían pequeños botones bajo el tejido.

Una ligera pelusa de cabello rubio empezaba a crecer en su cabeza con forma de cúpula.

Tenía los ojos plateados y muy afilados. Los labios, finos, como si un artista hubiera trazado una línea en su rostro y hubiera decidido que bastaba.

Aquella boca como un tajo no se movió. Luego se tensó un poco. Diana comprendió que era el intento de Ingrid por sonreír.

—Vienes vestida para el papel —dijo finalmente Ingrid. Tenía acento alemán, pero hablaba un inglés fluido—. Entiendes que esto será un espectáculo. Bien.

—Deja ir a la primera chica —dijo Diana, y dirigió la mirada hacia la abertura por la que había aparecido Ingrid—. Esa fue la promesa.

El rostro de Ingrid permaneció impasible. Se tomó su tiempo para responder.

Diana sintió aquella extraña sensación de urgencia arañándole las entrañas. De nuevo se preguntó por qué Ingrid parecía estar ganando tiempo.

Ingrid asintió una vez. Brusca. Breve. Profesional.

—Por la mañana —dijo con sequedad—. Liberaremos a una chica cada mañana.

Diana parpadeó. Eso era lo que Oliver había prometido en el vídeo. Asintió conforme. Miró hacia el corredor que llevaba a las cuevas interiores.

—Bueno, faltan pocas horas para que amanezca —dijo Diana—. Será mejor que sigamos con el espectáculo, ¿no crees? Estoy segura de que Oliver está deseando verme.

Hizo una pausa. Tragó saliva. Respiró hondo.

—Verme de nuevo —añadió sin una pizca de emoción.

Ingrid Muller se estremeció. Fue apenas perceptible, pero Diana era una de las mejores del mundo en leer expresiones faciales. Había pasado incontables horas estudiando primeros planos en alta definición de los mejores del negocio.

Y luego ella se convirtió en la mejor del negocio.

—Mi hijo está descansando —dijo Ingrid con suavidad.

Diana observó los ojos de Ingrid. Las pupilas permanecieron exactamente del mismo tamaño. Ni un solo músculo de su rostro se movió.

Pero, de algún modo, Diana supo que mentía.

Algo iba mal.

Oliver no estaba descansando.

Estaba ocupado.

Esa era la urgencia que había empujado a Diana a lanzarse del barco.

A nadar como si la persiguieran.

A caminar directamente hacia las puertas del infierno.

Porque los patrones de aquellas emociones oscuras y desesperadas eran como una señal de radio cósmica.

Y nadie en el mundo estaba mejor sintonizada con aquella frecuencia sucia.

Aquel grito desesperado de auxilio.

Aquel grito en la oscuridad.

Y así, Diana siguió a su corazón.

Confió en su instinto.

Entró en acción.

Saltó como la superheroína que era.

Y se estrelló contra el suelo cuando la realidad le golpeó en la garganta.

Alzó la vista y vio los ojos plateados de Ingrid Muller brillar sobre ella.

Sintió los dedos como garras de la Reina Madre presionarle a ambos lados de la tráquea, paralizándola, haciéndola boquear como un pez, jadear como una tonta.

Pero mientras yacía allí, indefensa, impotente, mientras la desesperación crecía y el pavor se arrastraba, la mente de Diana se calmó de repente al recordar que esta vez no estaba sola.

Y esta vez Dogg no iba a llegar demasiado tarde.