13
Dogg embistió la puerta con el hombro con tanta fuerza que se partió por la mitad, como el hacha de un leñador hendiendo la madera de un solo golpe. Una patada más y saltó de las bisagras.
Dogg se lanzó sobre la cama, agarró a Diana y prácticamente la arrojó al baño. Cerró la puerta de un portazo, giró sobre sí mismo y se abalanzó contra los dos hombres de negro que habían descendido en rápel desde la azotea del hotel.
Agarró el arnés de uno de ellos y lo estrelló contra la pared verde como quien lanza un disco en los Juegos Olímpicos.
La cabeza del hombre se estrelló contra la pared y dejó un reguero de sangre sobre la pintura verde. Se tambaleó hacia atrás, parpadeando mientras la sangre le caía en los ojos.
El otro hombre le disparó. Dos tiros. Bang. Bang.
Falló los dos.
Dogg ya aprovechaba el impulso del lanzamiento para girar por la habitación como una hélice desprendida del rotor.
Le barrió las piernas y se abalanzó sobre él en cuanto cayó.
El tipo logró disparar otra vez, rozándole la oreja a Dogg.
Dogg sintió caer el yeso del techo sobre él.
Dogg le agarró la muñeca de la mano del arma.
Se la dobló hacia atrás hasta rompérsela.
El tipo aulló.
Dogg le asestó un puñetazo en la boca y la nariz.
Dos golpes más, con fuerza, en el mismo sitio.
Sintió cómo se destrozaban la mandíbula, los dientes, el tabique y las cuencas de los ojos.
El tipo empezó a convulsionar en el suelo.
Dogg ya estaba de pie antes de que el cabrón exhalara su último aliento.
Le dio una patada en el pecho al otro, el que sangraba. Lo mandó volando contra la pared.
El tipo boqueó en busca de aire. Se palpó frenéticamente el chaleco antibalas negro buscando el arma.
Dogg le partió el brazo derecho por el codo y lo obligó a arrodillarse.
Se detuvo cuando el tipo gritó.
—Du dreckiger Hund —balbuceó—. Schwein arschloch.
—¿Alemán? —murmuró Dogg—. ¿Qué coño?
—Creo que deberíamos irnos —dijo la voz de Benson desde los restos de la puerta—. Ya, por favor.
Benson cruzó la habitación y abrió la puerta del baño de un empujón. Diana salió disparada, con los ojos desorbitados, el pelo revuelto. Tenía los puños cerrados. Estaba lista para pelear.
—Por las escaleras —dijo Benson. La agarró con firmeza del brazo y la guio hacia la puerta. En la mano libre llevaba una Smith and Wesson de 9 mm—. Trae al tipo. Quiero hacerle unas preguntas.
—Nos veremos abajo —gruñó Dogg.
Levantó al alemán de un tirón, lo arrastró hasta el balcón abierto y lo lanzó por la barandilla. Lo vio aterrizar con fuerza sobre el techo de un Ford Picaro azul que había visto antes aparcado abajo.
Miró al alemán allá abajo. Las extremidades en posiciones imposibles. Tenía la espalda rota, pero viviría unos minutos más. Perfecto.
Dogg echó un vistazo a la habitación destrozada. Cogió el arma del alemán muerto. Una HK de 9 mm. Excelente arma alemana.
Se la metió en la cinturilla del pantalón, a la espalda. Cogió un cargador extra del chaleco del tipo y se lo guardó en el bolsillo.
Cogió el velo de Diana del respaldo de la silla.
Salió atronando de la habitación y siguió a Benson y Diana escaleras abajo.
Los alcanzó justo antes del segundo piso.
Agarró a Diana del brazo y le indicó a Benson con un gesto que siguiera adelante y trajera el Land Rover de alquiler.
Benson asintió y echó a correr hacia la salida. Era ágil, observó Dogg.
Se centró en Diana.
La repasó con la mirada en busca de sangre en la ropa.
Exhaló.
No le había dado ninguna bala perdida.
—Estás bien —dijo con voz neutra, sin dejar traslucir emoción alguna. Se había jurado no volver a dejar que los sentimientos interfirieran con su deber—. Quédate cerca de mí. Haz lo que te diga.
Diana asintió. Le miró el pecho.
Dogg bajó la vista. Tenía sangre salpicada por todas partes. Pequeños fragmentos de hueso incrustados en la sangre reseca.
—No es mía —dijo Dogg.
Diana volvió a asentir. Todavía no había dicho una palabra.
Unos neumáticos chirriaron en la calle. Dogg entreabrió la puerta metálica y asomó la cabeza, con el arma lista para volarle los sesos a cualquiera que no fuera Benson.
Por suerte para el resto de la población de El Cairo, era Benson.
El Land Rover blanco esperaba al ralentí en la calle. La puerta trasera ya estaba abierta. Benson no estaba al volante.
—Al asiento de atrás. Agáchate junto a las alfombrillas —ordenó Dogg.
Barrió la calle con la mirada. En ambos extremos se congregaban multitudes, pero la gente se mantenía a distancia por el momento. A lo lejos aullaban las sirenas, cada vez más fuertes, cada vez más cerca.
—Métete dentro, coño —le gruñó Dogg a un botones desconcertado que había asomado la cabeza por la entrada del hotel.
El botones desapareció. Dogg vio a Benson junto al Ford Picaro, inclinado sobre la cabeza ensangrentada del moribundo. Se preguntó si Benson sabría alemán.
—Ya —le dijo Dogg a Diana.
Llevó a Diana a toda prisa hasta la puerta trasera abierta del Land Rover. La metió dentro de un empujón. Esperó a que estuviera completamente dentro y cerró de un portazo. Montó guardia hasta que Benson terminara.
Benson terminó once segundos después.
Dogg lo oyó decirle Danke al tipo.
Después Benson le pegó un tiro en la cabeza.
—¿Ya te estás divirtiendo? —dijo Benson, jadeando alegremente mientras corría de vuelta al Land Rover y se ponía al volante—. Venga. Tenemos un barco que coger.