Capítulo 21
Loreta
En las estrellas
Entonces, a media tarde, llegó y enseguida se dejó caer en la cama.
Ahora está ahí, durmiendo profundamente, pero el olor a pólvora aún flota en el aire. Es curioso pensar que hace unos meses nunca habría reconocido ese olor... y hoy me resulta casi familiar. Quizás eso dice más de la nueva Loreta de lo que me gustaría.
Sigo estudiando, pero ahora con una lámpara, porque decidí correr las cortinas para que él estuviera más cómodo. Confieso que no consigo concentrarme.
Mis ojos insisten en desviarse de las páginas y posarse en él.
No consigo olvidar el beso. Sí, se marchó poco después, pero ahora ha vuelto y me ha abrazado.
Por un instante, me hizo creer que aún había espacio para nosotro s dos.
Sin embargo, no sé si ha vuelto por mí o por cansancio, pero está de vuelta.
Las horas se arrastran y, más tarde, me traen la cena. Como cerca del sofá, en silencio. Y él sigue durmiendo. Tan exhausto que ni siquiera se mueve.
Y aun así, me siento extrañamente... en paz.
Pero todo acaba rápido y él empieza a despertarse lentamente. Eso me pone nerviosa porque nunca sé qué esperar.
Y cuando por fin abre los ojos, contengo la respiración.
—Hola. Buenas noches —me arriesgo, intentando mantener la voz firme.
Me mira de reojo, serio y en silencio. No sale ni una palabra ni un gesto de él. Solo esa mirada oscura, imposible de descifrar. Y algo dentro de mí se cierra como si hubiera dicho algo mal, o como si mi presencia le molestara de alguna manera.
Aprieto las manos sobre el regazo y aparto la mirada, tratando de disimular el dolor tonto que empieza a crecer. Quizás he soñado demasiado y ese beso no ha significado nada para él, como un recuerdo inoportuno que desea olvidar.
Me muevo, colocándome de espaldas a la ventana para que no vea las lágrimas que se forman en mi mirada.
—¿Ya has comido?
Nieguo con la cabeza, sin poder hablar.
Entonces lo veo pasar junto a mí y dirigirse al baño. Cuando la puerta se cierra, me seco la cara y vuelvo a intentar concentrarme en los libros. No puedo pensar en él y desearlo. Fue un error para él y, aunque no diga ni una palabra, estoy segura de que piensa así.
El sonido de la ducha llena la habitación e intento ignorarlo, pero cada gota parece recordarme mi propia estupidez. Me culpo a cada segundo por haberle pedido que se quedara en mi habitación.
Quizá debería haber mentido. Haber dicho que todavía me da miedo, pero no es así. La verdad es que todavía lo quiero.
¡Dios! ¿Cómo sacar a alguien de la mente... cuando lo único que deseo es volver a besarlo?
Tomo una decisión. Empiezo a recoger mis libros y la poca ropa que me han dado.
En cuanto salga del baño, le pediré que me cambie de habitación, aunque tenga que quedarme sola en esta casa sombría que parece sacada de una pesadilla nefasta.
Sin embargo, antes de que pueda terminar, se abre la puerta.
—¿Qué te pasa? ¿Por qué has recogido tus libros? —pregunta, con voz áspera.
Lleva solo unos pantalones y la camisa blanca de vestir abierta.
Sé que no debería mirar, pero es imposible evitarlo.
—No mires donde no debes, chica —suelta, a modo de amenaza.
Mis ojos se encuentran con los suyos y siento que se me eriza todo el cuerpo. No es por miedo, es por algo más fuerte que aún no puedo nombrar, pero que me impulsa a ir hacia él.
—Detente ahora —ordena, pero no le obedezco.
Mis piernas, que antes se resistían, ahora están más decididas.
—Clara... —susurra él.
Cierro los ojos por un momento. Sé que, en algún momento, tendré que contar la verdad, pero no ahora.
Mis manos tocan su piel húmeda, subiendo lentamente por su pecho hasta llegar a su rostro.
Él no me detiene. Solo me observa con esos ojos llenos de deseo.
—Chica, no sabes lo que estás haciendo...
—Solo quiero que me beses...
Respira hondo y me atrae hacia él.
Siento el calor de su cuerpo. Me derrito bajo el tacto de sus dedos firmes en mi cintura.
—Tienes que entender que aquello fue un error... y no va a repetirse —dice, con voz ronca.
Pero su cuerpo… Su cuerpo habla otro idioma.
—¿Por qué mientes, si todo lo que haces demuestra que tú también me deseas?
Llevo mi mano hasta su nuca y dejo que mis uñas le arañen ligeramente la piel. Él cierra los ojos, tenso.
—Clara...
—No me llames así. Me llamo Loreta.
Él exhala en un largo suspiro, pero no se aleja.
—Está bien, Loreta. Deja de jugar con fuego… porque no quiero hacerte daño.
—Sé que no me vas a hacer daño.
Sus dedos bajan hasta mi trasero y me aprietan contra su erección. Un gemido se escapa de mis labios.
Su boca se posa en mi cuello y me quemo por dentro.
—No se juega así con un hombre, Loreta...
Cierro los ojos; me dejo envolver por su tacto firme, pero a la vez tierno. Entonces, sus labios alcanzan los míos con deseo y ganas. Sus manos están en mi nuca mientras me entrego al mar de sensaciones que solo él me hace sentir.
Su camisa desaparece y este momento con Kaan me parece tan acertado... Siento sus manos en mis piernas, levantándome el vestido, y le ayudo a desvestirme, quedándome solo en ropa interior.
—¿De verdad quieres esto, Loreta?
—Quiero ser tuya, Kaan —susurro, con el corazón latiendo desordenadamente antes de besarlo.
Me levanta en sus brazos como si fuera ligera, como si protegerme fuera un instinto. Me acuesta en la cama con cuidado, como si mi cuerpo fuera un regalo que pretende desvelar con calma. Sus dedos se deslizan hasta el cierre de mi sujetador, y me lo quita con una delicadeza que me deja sin aliento.
Así, su boca toma mi pecho, y no puedo contener el gemido que se me escapa.
El calor que me invade es tan intenso que parece derretir cualquier rastro de inseguridad.
A continuación, traza un camino con los labios por mi abdomen hasta llegar al borde de mis braguitas.
Sus besos descienden por mi muslo, lentos, casi reverentes.
Cuando su mano alcanza la goma de las braguitas, se detiene y me mira. Espera mi señal. Y yo, sin dudar, le ayudo a quitármelas. Quiero que vea cada parte de mí. Quiero que me tenga por completo.
Me da un suave beso en la frente y me susurra al oído:
—Si quieres parar, solo tienes que decírmelo, Loreta.
Sonrío. No quiero parar. Quiero vivirlo todo con él.
Se acomoda entre mis piernas y sus dedos tocan mi intimidad con precisión. Mi cuerpo vibra bajo su tacto, y entonces él suelta un murmullo ronco:
—Joder. Estás bien mojada para mí.
Ni siquiera tengo tiempo de decir nada; cuando siento su boca sobre mí, se me escapa un nuevo gemido. Su lengua juega con mi clítoris, y algo en mi interior explota de placer. Los temores que antes albergaba se disuelven allí, entre sus labios y el calor que crece dentro de mí.
Siento su dedo invadirme con suavidad. Duele, sí, pero es soportable. Y pronto el dolor se pierde en el placer creciente que él provoca. Cuando llego a mi clímax, no es solo físico, es como si algo dentro de mí se hubiera despertado. Como si estuviera renaciendo en sus brazos.
Entonces, Kaan toma mis labios en un beso intenso, en el que puedo sentir mi sabor entre el suyo. Mis manos están en su espalda mientras me siento adorada en sus brazos.
—Tu última oportunidad, Loreta —susurra, con su voz grave en mi cuello.
Abro los ojos, lo miro a los suyos y digo, sin dudar:
—Por favor, no pares.
Kaan me besa con una mezcla de deseo y reverencia.
A continuación, se aparta lo justo para quitarse los pantalones.
Mis ojos recorren su cuerpo y, por un instante, me invade el nerviosismo, pero enseguida recuerdo: él ha sido paciente, cuidadoso, protector.
No hay miedo, solo la vulnerabilidad de quien quiere entregarse.
—¿Tienes algo que decirme, pequeña Loreta? —pregunta, con la voz más baja ahora, casi una caricia.
—Yo... soy virgen —confieso, sintiendo cómo se me enrojece el rostro—. Pero no quiero que pares.
Él solo asiente con la cabeza. Sin sorpresa ni juicio.
—Ya lo sabía. Y haré todo lo posible para que no te duela, ¿de acuerdo?
Asiento y él me besa una vez más, ayudándome a relajarme.
Siento su cuerpo alinearse con el mío, su erección rozándome, y entonces empieza a penetrarme con calma.
El dolor llega, inevitable, arrancándome un pequeño grito, pero él no se mueve hasta que le digo que todo está bien.
Sus labios no se separan de los míos, me distraen, me arrullan, hasta que le permito continuar.
Poco a poco, el dolor da paso al placer. Un placer intenso, creciente, que me hace querer más. Se mueve con un ritmo firme y envolvente, sus dedos apretando mi cintura, sus ojos clavados en los míos como si no quisiera perderse ni un segundo. Como si yo lo fuera todo.
Me toma con fuerza y cariño, y me pierdo en él. En cada embestida profunda. En cada gemido ahogado. Cada vez que susurra mi nombre como si fuera demasiado precioso.
Y así me abraza con más fuerza, me marca con su gruñido grave, y yo llego junto a él a las estrellas, desmoronándome en sus brazos.
Solo entonces sale de dentro de mí y me abraza contra su cuerpo, mientras estamos con la respiración entrecortada, mirándonos el uno al otro y abrazados tras un momento que quedará grabado para siempre en mi historia.