Rescatada por el feroz hombre de la montaña (Calor de verano en Silver Ridge nº 3) Ronan
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Ronan

seis

Danny Marsh y yo llevamos almorzando lo mismo en el bar del Silver Lodge desde que teníamos veintitrés años. Hamburguesas y lo que tengan de grifo, una vez al mes cuando su horario lo permite. No hablamos mucho. Por eso funciona.

Va por la mitad cuando le suena el teléfono. Se aparta de la barra, vuelve dos minutos después, se sienta y no toca la cerveza.

—¿Qué pasa? —pregunto.

—¿Sabes algo de una mujer que se aloja en casa de Maple? Llegó hace un par de semanas, con un crío.

Dejo la hamburguesa.

Me lee la cara.

—Ya —dice—. Vale.

—¿Qué ocurre?

—Un tipo llamado Brad Neely. Orden de búsqueda de Vancouver: acoso, violación de una orden de alejamiento de una denunciante anterior.

Lleva semanas subiendo por el interior preguntando por una mujer y un crío.

Alguien lo reconoció en la gasolinera de Barriere y avisó. —Una pausa—. Ya está en el valle.

Dejo dos billetes de veinte en la barra y salgo.

Hallie abre la puerta de la habitación del hotel y me lee la cara antes de que diga nada.

—Ya viene —digo—. Ya está en el valle. Tiene una orden de búsqueda: ha hecho esto antes, no eres la primera. La RCMP está en camino, pero tardarán un par de horas. Ven a mi casa. Allí estarás a salvo.

Asiente una vez y se vuelve hacia la habitación. Theo está en el suelo con su camión y ella dice:

—Oye, cariño, vamos a casa de Ronan un rato, ¿quieres llevarte el camión?

Lo recoge sin rechistar.

—¿Estará la perrita? —pregunta.

—Sí —digo.

Asunto zanjado.

Prepara la bolsa de Theo rápido y sin perder tiempo. Voy a avisar a Maple, que apunta algo y dice que la habitación está vacía si alguien pregunta. Salimos en diez minutos.

Paramos en el supermercado a la salida del pueblo. Mi cabaña está abastecida para uno y necesito comida para tres, y Theo ya me ha dejado claro desde el asiento de atrás que quiere zumo de manzana y las galletas de paquetitos, no las de caja.

La tienda es pequeña, de esas en las que saludas a todo el que te cruzas. Hallie lleva a Theo en el carrito y estoy en el pasillo de al lado cogiendo galletas cuando noto que se calla.

Doblo la esquina del pasillo y lo veo.

Cuarentaitantos, nada que llame la atención, con ese aspecto decente que explica cómo se sale siempre con la suya. Ya va hacia ella con expresión abierta y relajada, las manos sueltas a los costados, interpretando a la perfección al hombre que solo estaba preocupado.

Llego a su lado antes de que la alcance. Le pongo la mano en la parte baja de la espalda y la siento exhalar levemente, un pequeño suspiro.

Brad se para en seco. No me esperaba.

—Hallie. —Cálido. Aliviado—. Te he buscado por todas partes.

—Papá —dice Theo desde el carrito, sin levantar la vista de las galletas.

Brad lo mira. Se agacha.

—Hola, campeón. ¿Me has echado de menos?

Theo se lo piensa en serio. No responde. Vuelve a las galletas.

Brad se incorpora y me mira con esa expresión razonable.

—Perdona, no creo que nos conozcamos. Soy Brad. El padre de Theo.

—Ronan —digo.

Espera más. No le doy nada. Mi mano sigue donde está, en la espalda de Hallie. Está temblando.

Se vuelve hacia ella.

—Solo quiero hablar. Cinco minutos. —Una mirada hacia mí, hacia mi mano—. En privado.

Dos mujeres con un carrito se han parado al final del pasillo.

Un chaval que repone estanterías finge no escuchar.

Todos aquí ven a un hombre perfectamente razonable pidiendo cinco minutos con su familia, y a una mujer que parece tensa, y a un hombre demasiado pegado a ella.

Sé exactamente qué pinta tiene esto desde fuera.

Ella también. Él también: por eso eligió este sitio.

—Podemos hablar aquí —dice Hallie.

Aprieta la mandíbula. Solo un poco.

—Dame un minuto —le digo a Hallie. Me cuesta separarme, pero aquí en público estamos a salvo. Voy al pasillo de al lado y llamo a Danny.

—Está en el súper de Main —digo cuando contesta—. Date prisa.

Cojo el zumo de manzana. Cuando vuelvo, Brad sigue hablando, en voz baja y sin parar, y Hallie está de pie con la barbilla alta y la cara completamente cerrada. Vuelvo a su lado y ella se acerca un poco hacia mí, apenas un centímetro, y le pongo la mano en la espalda otra vez.

Brad mira mi mano. A Hallie. Le cuesta cada vez más ocultar la rabia. Se le marca la vena del cuello.

—Esto no le incumbe —dice.

—Él está con nosotros —dice Hallie.

Nosotros.

Brad mira el carrito. A Theo. A mí. Está calculando, sabiendo que aquí no puede hacer nada sin montar un número, que es lo único que no hará, no en público, no donde la gente pueda verlo.

Se decide.

—Te llamaré —le dice a Hallie. Como si esto fuera solo una pausa.

—No lo hagas —dice Hallie.

Me mira una vez más. Le sostengo la mirada y no digo nada porque no hay nada que decir y él lo sabe.

Brad se va.

Hallie se queda allí de pie con la mano en el carrito. Theo ha abierto las galletas y se las come concentradísimo, ajeno por completo a que su padre haya venido y se haya ido.

—De acuerdo —dice en voz baja—. Vámonos.

De vuelta en la cabaña preparo pasta. Es lo único que puedo cocinar sin pensar y ahora mismo no me queda cabeza para nada más.

Hallie se sienta a la mesa de la cocina con las manos alrededor de una taza de té, no habla mucho y yo no la presiono.

Theo se come dos platos, se baja de la silla y desaparece por el pasillo.

Diez minutos después:

—¡Señor Ronan!

Voy hasta la puerta del cuarto de invitados. Está en la cama, con la manta subida.

—¿Puede Boots dormir aquí?

Boots ya está en la habitación. Lleva un rato ahí. Me mira desde su sitio en el suelo como esperando a que me entere. Mueve la cola, reclamando el lugar.

—Parece que ya lo decidió ella —digo.

—Vale —dice, y cierra los ojos.

Entorno la puerta y me quedo un segundo en el pasillo. Su camión de juguete está en el alféizar. Sus tres piedras. La pluma de arrendajo azul. Alineados en el orden que tenga sentido para él, que es el único orden que importa.

Vuelvo a la cocina. Hallie no se ha movido, con las piernas recogidas, la taza todavía entre las manos. La cabaña está en silencio. Fuera, el valle se ha sumido en la oscuridad total y el único sonido es la estufa de leña haciendo lo suyo.

No hablamos mucho. Ella echa la cabeza hacia atrás y cierra los ojos y yo me siento en la silla frente a ella y miro el fuego y pienso en cómo dijo él está con nosotros en el pasillo del supermercado como si fuera simplemente cierto, como si siempre lo hubiera sido.

Mi teléfono vibra sobre la mesa.

Lo miro y se lo tiendo. Tres palabras de Danny: Lo tenemos. Arresto con orden.

Lo lee. Cuando se vuelve tiene los ojos brillantes, pero no va a llorar —ya pasó por eso, o lo superó, algo así. Solo me mira.

—Gracias —dice.

Cruzo la cocina y ella me encuentra a mitad de camino.