Rescatada por el destino (Nobles y sirvientes 7) Capítulo 16 #2
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Capítulo 16 #2

En los clubes, en los salones, en los periódicos y en las mesas donde la gente honorable fingía no disfrutar demasiado de la caída de un impostor, el nombre de Rupert Clayne continuaría dando vueltas durante días.

Pero en Montagu Square, el asunto terminó de otra manera, con el fuego encendido, con las manos enlazadas, con un bebé entre ambos.

Tenían un futuro y la certeza, tranquila y profunda, de que la justicia no había borrado el daño, pero sí había cerrado la puerta por la que el pasado intentaba volver.

***

El parto empezó el primer martes de abril, antes del amanecer, con la quietud engañosa que tienen las cosas importantes antes de comprender que han comenzado.

Jake lo supo en el momento en que Caroline se incorporó en la cama y permaneció sentada, con la espalda recta, aferrándose a las sábanas.

—¿Caroline? —preguntó, incorporándose también, aún con el velo del sueño cubriéndole la mirada—. ¿El bebé ya viene?

Ella tardó un instante en responder.

—Creo que... sí.

Jake se despertó de golpe. Se levantó, apartó las cortinas y dejó que la primera claridad gris del amanecer entrara en la estancia. Después regresó junto a su esposa. Caroline tenía los labios apretados y los ojos cerrados, y respiraba con suavidad en un intento por contener el dolor dentro.

—¿Te duele? —preguntó, agachándose frente a ella.

Caroline abrió los ojos, pero no contestó hasta que los pinchazos en la espalda menguaron. Entonces soltó un suspiro.

—Sí.

Jake miró su vientre, redondo y tenso bajo el camisón. Sabía que las mujeres llevaban pariendo desde el principio de los tiempos, pero saberlo no servía de nada. Porque era Caroline quien estaba allí, pálida, concentrada, con los dedos cerrados sobre las sábanas.

Durante años había visto hombres sangrar sin apartar la mirada. Había entrado en callejones oscuros, interrogado asesinos y enfrentado pistolas cargadas con menos miedo del que sintió al verla contener esa primera oleada de dolor.

Ella pareció advertir su preocupación, porque levantó una mano y la apoyó en su mejilla.

—Todo saldrá bien —murmuró.

Jake le sonrió apenas.

—Se supone que eso debo decírtelo yo.

—Tu presencia ya lo hace.

Sus palabras lo desarmaron más que el miedo. Se incorporó, no sin antes inclinarse para besarla en la mejilla.

—Pediré que vayan a buscar a la comadrona.

—Jake.

Él se detuvo en la puerta. Caroline respiró hondo, con una mano todavía sobre el vientre.

—Vuelve.

La palabra no fue una súplica, era una necesidad sencilla, dicha con la confianza de saber que acudiría. Jake sostuvo su mirada.

—Siempre.

Salió de la alcoba y se dirigió hacia la cocina. A esa hora tan temprana, Nell y Bess estarían preparando el desayuno. En el pasillo se encontró con Hetty, que llevaba colgado del brazo un vestido de Caroline recién planchado.

—Buenos días, señor —saludó ella, sorprendida.

Jake solía levantarse temprano para acudir a Bow Street, pero esa mañana su preocupación debía de ser evidente.

—Mi esposa está despierta. Te necesita.

Hetty comprendió al instante. La sorpresa desapareció de su rostro y fue sustituida por la seriedad.

—Sí, señor.

Y aceleró el paso hacia la alcoba sin hacer más preguntas. Jake siguió hasta la cocina, nada más entrar, los ojos de Bess y Nell se posaron en él. No hizo falta que pronunciara una sola palabra para que ambas entendieran que la señora de la casa se había puesto de parto.

—Iré a buscar a la comadrona —dijo el ama de llaves, quitándose el delantal—. Voy a por mi capa.

Bess empezó a moverse de un lado a otro.

—¿Y yo qué hago? ¿Pongo agua a hervir?

Estaba tan nerviosa que tropezó con una silla y la hizo caer. Nell la reprendió con una mirada.

—Primero, respira. Segundo, prepara café para el señor. Después lleva a la alcoba de la señora paños limpios y agua fresca en una palangana para refrescarle el rostro, y procura no desnucarte al subir las escaleras.

Bess tragó saliva.

—Sí, Mrs. Barrow.

Jake permaneció en la cocina. Necesitaba un café con urgencia, no porque tuviera sueño, sino porque no sabía cuánto duraría el parto y necesitaba algo caliente entre las manos para aplacar los nervios.

Bess le dejó la taza delante con manos temblorosas.

—Todo saldrá bien, señor —dijo, con una convicción que parecía más nacida del deseo que de la experiencia.

Jake miró a la muchacha.

—Eso espero, Bess.

—Mrs. Barrow dice que las mujeres llevan haciendo esto desde siempre.

—Eso también me lo he dicho yo.

Bess lo observó con los ojos muy abiertos.

—¿Y le ha servido?

Jake tomó un sorbo de café.

—No, en absoluto.

La joven pareció alarmarse, pero Nell, que ya se colocaba la capa para salir, la fulminó con una mirada.

—Paños limpios, agua en una palangana, Bess.

—Sí, paños limpios, agua en una palangana. Ah, y sin desnucarme.

La muchacha salió casi corriendo. Nell se detuvo junto a Jake antes de marcharse.

—La señora es fuerte.

—Lo sé.

—Más de lo que cree.

Jake miró al techo, hacia la habitación donde Caroline lo esperaba.

—Eso también lo sé.

Nell asintió, satisfecha con la respuesta, y salió en busca de la comadrona.

Por suerte, no tardó en regresar.

La comadrona era una mujer alta y delgada, de cabello canoso y espalda más recta que la de una joven. Llevaba una bolsa de cuero oscuro y una expresión práctica que Jake habría apreciado en cualquier otro contexto.

Él esperó apenas un instante antes de subir de nuevo. Al llegar a la alcoba, oyó voces al otro lado y llamó con suavidad.

Hetty abrió.

—¿Cómo está? —preguntó Jake en voz baja.

—Bien, señor, algo asustada, como es natural en las primerizas.

—¿Puedo entrar?

Hetty lo miró un momento, luego se hizo a un lado.

Caroline estaba sentada en la cama, con la espalda apoyada en el cabecero, las manos sobre el vientre y una postura de concentración absoluta mientras atravesaba otra oleada de dolor.

Levantó la vista cuando él entró, y algo en su rostro cambió.

No se relajó, fue más bien una emoción de tranquilidad que le sobrevino al verlo allí.

Jake cruzó la habitación sin apartar los ojos de ella.

—Aún tardará —indicó la comadrona—. No se preocupe, está todo controlado.

Caroline no apartó la mirada de Jake.

—Quiero que te quedes.

La comadrona tenía, sin duda, sus propias opiniones sobre la presencia de hombres en las habitaciones durante los partos, pero las guardó con una discreción que Jake apreció. También debió de ver la manera en que Caroline lo miraba.

—Puede quedarse, si así lo desea —concedió.

Jake se acercó al lecho y se sentó junto a su esposa. Le tomó la mano, Caroline cerró los dedos alrededor de los suyos, con fuerza.

—No sé si seré buena en esto —susurró.

—Yo tampoco sé si seré bueno en esto.

Ella soltó una risa breve, ahogada por el dolor.

—Eso no ayuda.

—Entonces tendré que mejorar.

El amago de sonrisa que le arrancó valió más que cualquier respuesta. Jake le apartó un mechón húmedo de la sien. No sabía si debía hacerlo, pero Caroline inclinó apenas la cabeza hacia su mano, y eso le bastó.

—No te preocupes si eres buena o no en esto. Solo tienes que superar las próximas horas —dijo él en un tono bajo—. Yo estaré aquí para hacerlo juntos.

Los ojos de Caroline se llenaron de emoción, pero la siguiente contracción le robó cualquier palabra. Jake sintió cómo su mano se cerraba con fuerza alrededor de la suya.

—Aprieta cuanto quieras —aseguró.

—Podría romperte los dedos.

—He tenido peores heridas.

La comadrona, desde el otro lado de la cama, emitió un sonido seco que quizá fue diversión.

Caroline respiró como le indicaban y Jake no apartó la mirada de ella ni un segundo.

Y para que el tiempo no se hiciera insoportable, empezó a contarle, entre contracción y contracción, las anécdotas más absurdas que había vivido en Bow Street: el ladrón que había intentado esconder un reloj robado dentro de una tarta, el cochero que juró haber atropellado a un fantasma y el caballero que, tras negar durante media hora haber estado en una taberna, fue delatado por el loro del dueño, que repetía su nombre con una absoluta falta de discreción.

Caroline rio una vez, no mucho, no sin dolor, pero rio. Y Jake, que habría entregado cualquier cosa por ahorrarle lo que aún quedaba por venir, se aferró a esa risa para darle el apoyo que necesitaba para seguir.