Capítulo 15 #2
Jake sabía que desde que vivía en esa casa le gustaba desayunar abajo, no en el comedor como haría cualquier dama de su clase.
—Milady dice que las tostadas saben mejor en la cocina y...
Jake fue hacia el semisótano sin esperar a que Nell terminara de hablar. Sin embargo, la escuchó detrás de él, una exhalación suave que pudo haber sido una risa contenida o una muestra de desaprobación doméstica. Con Nell, ambas cosas solían parecerse mucho.
La estancia estaba llena de calor. El fuego de la cocina de hierro ardía con firmeza; la tetera descansaba cerca, soltando un vapor leve.
Sobre la mesa había una jarra de leche, mantequilla, salchichas, un plato de tostadas y un tarro de mermelada de naranja.
Caroline estaba sentada a un lado, con un vestido sencillo de mañana y un chal sobre los hombros.
Tenía una taza entre las manos y el cabello recogido de forma más práctica que elegante.
Al oírlo, levantó la vista.
—Jake...
La sorpresa le iluminó el rostro primero, después llegó la preocupación. Dejó la taza sobre la mesa.
—¿Ha pasado algo?
Él se quedó en el umbral, de pronto no supo cómo moverse.
Había cruzado media ciudad con una frase en el pecho que lo había empujado hacia casa con más urgencia que cualquier orden, cualquier arresto, cualquier triunfo.
Pero ahora que Caroline estaba allí, con las mejillas coloreadas con suavidad, lo que sintió en ese momento lo dejó casi sin palabras.
Caroline se levantó despacio, una mano apoyada en el borde de la mesa.
—Jake, ¿qué ocurre?
Él respiró hondo.
—Sí, ocurre algo.
Ella palideció un poco.
—¿El qué?
Jake dio un paso dentro de la cocina.
—Ha pasado algo.
Caroline llevó una mano a su vientre de manera inconsciente.
—¿Rupert?
Él negó con la cabeza. No porque Rupert no importara, sino porque no quería que su nombre ocupara el primer lugar entre ellos.
—Te amo.
La frase cayó en la cocina con una sencillez que pareció detener el mundo.
Caroline se quedó inmóvil. La mano que tenía sobre el vientre subió despacio hasta su pecho, necesitaba contener allí el golpe de esas palabras.
Sus labios se separaron apenas. Respiró con dificultad, porque algo demasiado grande no le cabía dentro.
—Jake...
Él avanzó otro paso.
—Vengo de White’s. Han detenido a Clayne, lo llevarán a Bow Street y esperará juicio.
Los ojos de Caroline se llenaron de lágrimas, pero Jake no se detuvo ahí, no podía.
—Debería haber venido a decirte eso primero, supongo que habría sido lo razonable. Pero lo único que he pensado al verlo subir al carruaje que lo llevaría a Bow Street ha sido que quería volver aquí, a ti, y decirte esto antes que cualquier otra cosa.
Caroline se llevó los dedos a la boca, una lágrima le resbaló por la mejilla. Jake la miró con una emoción que ya no intentó ocultar.
—Te amo, Caroline.
Esta vez las palabras salieron más bajas, pero más firmes.
—Te amo cuando me esperas en la biblioteca con té. Te amo cuando cuidas de esta casa como si siempre hubiera sido tuya. Y te amo cuando hablas de nuestro hijo con la emoción de saber que estamos construyendo un futuro juntos.
Caroline soltó un sonido pequeño, quebrado, y dio un paso hacia él. Jake cruzó la distancia antes de que ella pudiera hacerlo.
La recibió con cuidado, porque estaba embarazada, porque temblaba, porque todavía había una mesa, una silla y demasiada emoción entre ambos.
Pero Caroline lo abrazó con fuerza, enterró el rostro contra su pecho, y él la rodeó como si por fin hubiera llegado al único lugar donde la mañana podía terminar.
—Yo también te amo —confesó ella.
Las palabras salieron contra su abrigo húmedo, casi ahogadas. Jake cerró los ojos y Caroline se apartó apenas para mirarlo. Tenía las mejillas mojadas y una sonrisa temblorosa en los labios.
—Yo también te amo, Jake Nerby —repitió.
Él alzó una mano y le secó una lágrima con el pulgar.
—Dilo otra vez.
Ella soltó una risa suave, rota por la emoción.
—Te amo.
Jake la besó, no fue un beso urgente, aunque llevaba ardiéndole desde que había emprendido el camino a casa.
Fue un beso lleno de alivio, de nieve deshaciéndose en las sombras que ahora se iluminaban de caminos que por fin conducían a casa.
Caroline se aferró a las solapas de su abrigo, y él sintió bajo sus manos el calor de su espalda, la curva de su vientre entre ambos, la vida que habían decidido llamar suya.
Cuando se separaron, ella apoyó la frente contra su pecho.
—Entonces ya lo han detenido —manifestó ella en voz baja.
—Sí.
Caroline respiró hondo.
—Se acabó.
Jake apoyó la mejilla sobre su cabello, sintió cómo la tensión de su esposa salía de su cuerpo poco a poco.
—Aún falta el juicio; habrá declaraciones, habrá ruido y algunos intentarán fingir que siempre sospecharon de él.
—Por supuesto.
—Y si él se atreve a contar algo de nuestro hijo, nadie lo creerá. Ya no puede lastimarte.
Caroline cerró los ojos.
—No podía hacerlo desde hace tiempo.
Jake se apartó lo justo para verla, ella sostuvo su mirada un momento, luego volvió a abrazarlo, un abrazo que hablaba de amor, solo amor, y una certeza nueva y tranquila que alcanzó con fuerza el corazón de Jake.
En el pasillo crujió una tabla. Jake levantó la mirada y se percató de que Nell estaba en la puerta de la cocina.
No dijo nada, miraba a Caroline en brazos de Jake, luego observó la mesa del desayuno y el abrigo mojado que él seguía llevando puesto en una cocina que ella mantenía con disciplina de general.
—Se le va a enfriar el té, milady —mencionó.
Caroline soltó una risa contra el pecho de Jake. Mrs. Barrow volvió la vista hacia él.
—Y usted está dejando mis losas sucias con los zapatos manchados de barro, señor.
Su voz no tenía ninguna dureza; aun, así Jake miró el suelo.
—Mis disculpas.
Caroline se limpió las mejillas con los dedos, sin soltarse del todo de Jake.
—Mrs. Barrow...
Nell levantó una mano.
—No necesito oír nada que no me corresponda, milady. —Hizo una pausa—. Pero me alegra lo que estoy viendo.
Jake y Nell se sostuvieron la mirada, y la gratitud brilló en los ojos de ambos.
Después el ama de llaves se volvió con dignidad.
—Iré a decirle a Bess que prepare más tostadas. Si entra aquí y los ve así, dejará caer algo.
Y desapareció por el pasillo. Caroline se carcajeó, esta vez con más libertad. Jake la miró como si esa risa fuera una cosa recién descubierta y tan necesaria como el aire que respiraba.
—¿Tienes hambre? —preguntó él.
—Con tantas emociones no lo sé. Hace un momento, sí.
—Entonces siéntate.
—Jake...
—Estás llorando, embarazada y de pie en una cocina fría.
—La cocina no está fría.
—No contradigas a un hombre que acaba de declararse.
Caroline lo miró con una mezcla de amor y diversión.
—¿Ese es tu nuevo argumento para ganar discusiones?
—Pienso usarlo mientras funcione.
Ella sonrió y Jake sintió, con una claridad serena, que podría vivir cien años persiguiendo esa sonrisa y no considerarlo tiempo perdido.
La condujo hasta la silla y la ayudó a sentarse. Después se quitó el abrigo, lo dejó sobre el respaldo de una silla con una mueca, porque sabía que Nell lo desaprobaría de inmediato, pero solo sería un momento. Después, se sentó junto a Caroline y ella empujó hacia él una tostada.
—Come.
Jake miró la tostada, luego a ella.
—¿Me das órdenes?
—Sí.
—Veo que el amor te ha vuelto autoritaria.
—No, solo hambrienta y práctica.
Él tomó la tostada. Caroline lo observó en silencio, con los ojos aún brillantes.
—Durante mucho tiempo creí que nadie me elegiría así. No después de todo.
Jake dejó la tostada en el plato y tomó su mano sobre la mesa, ella entrelazó los dedos con los suyos.
—Creo que el destino nos eligió a ambos —expresó él.
La emoción regresó a los ojos de ella, pero esta vez no lloró, se limitó a sonreír.
Mientras, la nieve seguía cayendo al otro lado de las ventanas altas del semisótano.
No obstante, en la cocina, el fuego ardía, el té humeaba y el mundo, por una vez, parecía haberse reducido a lo esencial: una mesa de madera, una mano enlazada con la suya, el niño moviéndose con suavidad bajo el corazón de Caroline y la certeza de que Rupert Clayne, Alfred Bramond o cualquier otro nombre que hubiera usado ya no podía alcanzar lo que existía allí.
Jake había visto caer al impostor esa mañana. Sin embargo, su verdadera victoria estaba sentada frente a él, con lágrimas secándose en las mejillas y amor en la mirada.
Caroline apretó su mano.
—Te amo —repitió, más bajo.
Jake sintió que esas dos palabras se asentaban en él con una paz que no había conocido nunca.
—Ahora lo sé —dijo, su esposa arqueó una ceja, él casi sonrió—. Pero puedes repetirlo cuando quieras.
Caroline rio y, esta vez, Jake sí sonrió.