Renacimiento
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Prólogo
C uando hablamos del Renacimiento, la primera idea que nos viene a la cabeza es la de un movimiento artístico originado en Italia a comienzos del siglo XV que recuperaba el mundo clásico, el de Grecia y, sobre todo, el de Roma, y que, además, ponía al hombre en el centro de la creación tras el largo periodo medieval dominado por la omnipresencia, por no decir la imposición, de Dios.
Es más, ese protagonismo que se le dio al hombre fue lo que permitió el surgimiento del humanismo. Si el Renacimiento fue el despertar artístico que anunció el final de la Edad Media, el humanismo fue el despertar intelectual.
A partir de ahí, los estudiosos del Renacimiento nos han mostrado cómo durante más de cien años, desde comienzos del siglo XV hasta el inicio de la Contrarreforma católica, se fueron sucediendo los artistas que cada vez eran más naturalistas, más realistas, más humanos, menos teocéntricos, más libres, más capaces de desarrollar su individualidad.
Todo este proceso llegó a su cumbre con la reconstrucción de San Pedro del Vaticano en los tiempos de Bramante, Rafael y Miguel Ángel, al tiempo que la monolítica Iglesia católica se desquebrajaba con la llegada de los reformadores protestantes, que aspiraban a una libertad en su fe parecida a la que los artistas habían logrado en su creatividad .
Pues bien, en este libro, tenemos por objetivo demostrar que esta explicación del Renacimiento, y su inseparable pareja el humanismo, es incorrecta.
Se recuperó el mundo clásico. Sí. Pero no por poner al hombre en el centro del universo (algo que tampoco había ocurrido ni en Grecia, ni en Roma), sino porque, de partida, una Florencia exitosa quería librarse del lastre del Sacro Imperio.
Otra cosa es que ese Renacimiento florentino le gustó tanto a los papas, que lo convirtieron en el arte católico por antonomasia.
Sí, el Renacimiento es el arte de los católicos, porque si algo caracterizó a los protestantes fue su abierto rechazo por las formas renacentistas (y el saber clásico en general).
Y en cuanto a los artistas modernos, rompedores, de fuerte personalidad, por supuesto que los hubo.
Miguel Ángel es el mejor ejemplo y, en gran medida, el único, porque los artistas supieron someterse al mercado y si hay un momento donde lo demostraron claramente fue durante el Renacimiento.
Los artistas se hicieron renacentistas cuando sus clientes les reclamaron un arte clásico.
Si no había esa petición, la mayoría de los artistas del siglo XV y comienzos del XVI se movieron en el arte medieval, que era lo que sabían hacer, les gustaba y les daba de vivir.
Una observación final. Ese modelo teórico del Renacimiento del príncipe sabio, humanista, que respeta la tradición cristiana, pero que se abre a todos los saberes clásicos.
Ese príncipe que vive en un palacio armónico pero rodeado de una naturaleza bien racionalizada, en jardines perfectamente ordenados.
Ese príncipe que se rodeó de sabios y miles de libros para bien gobernar, sí existió.
Pero no, no fue Lorenzo, el Magnífico, ni el papa Julio II.
No fue el emperador Carlos V, ni el rey Francisco I de Francia.
El príncipe que sí supo ajustarse a todos los principios que defienden los grandes teóricos del Renacimiento fue Felipe II. ¿Le sorprende esta afirmación? Entremos en materia, recorra este libro y descubramos, al final, por qué fue así.