CAPITULO 16 #4
Pensó en su mujer, arriba en su dormitorio dulce y obediente, sin preocuparse de lo que allí ocurría.
Quizás tuviera que darle una explicación sobre todo lo que pasara en el salón, pero eso sería después de que McGregor se retirara.
De pronto, Alec percibió algo que lo apartó momentáneamente del asunto. Quería la aprobación de su esposa.
Esa mujer estaba influyendo demasiado en su vida, eso era algo que en su día comprobó que no era bueno, no quería volver a ser un títere. Se dijo que no le informaría de nada si todo salía bien, y si las cosas salían mal, un par de respuestas escuetas serían más que suficiente.
―Y bien, McAlister ―la voz de Duncan fue feroz―, no solo te he dado la semana que me pidió Fergus, te he dado un mes.
―Solo porque has estado calibrando tus fuerzas.
Duncan pasó por alto el comentario de Alec y prosiguió con sus amenazas.
―Sea como fuere, es tiempo suficiente para tomar una decisión sensata. ¿Vas a casarte con mi hija?
Alec permaneció en silencio. Miró a Fergus por encima del hombro, al parecer nadie se había molestado en informarle que aquella no era una opción, pues él ya estaba casado.
―Quiero una respuesta, McAlister.
Mairy se situó al lado de su padre con el mentón alzado. Alec pensó que le hubiera gustado darle un par de azotes en el trasero como a una niña, pues era así como se comportaba.
Alec se quedó mirando al laird vecino. Silenciosamente, cuatro soldados más entraron en el salón, que eran McAlister y se pusieron a las espaldas de Alec. Seguramente Fergus no había querido que su señor estuviera en desigualdad de condiciones.
―He venido a buscar una respuesta ―rugió Duncan ante la pasividad de McAlister.
―La respuesta ya la tienes, creo que has hecho el camino en balde.
―¿Cómo?
Alec pudo ver la furia reflejada en sus ojos. Mairy abrió sus ojos con fingida sorpresa. Miraba a Alec con una especie de ira y decepción entremezcladas.
―¡No puedes hacerme esto! ―gritó, perdiendo totalmente la compostura. Algo que se iba haciendo muy habitual en ella.
―Sí que puedo, de hecho, es lo que acabo de hacer ―la voz de Alec denotaba un tono tranquilo, hasta divertido.
A McGregor no le pasó por alto la ofensa.
―Te casarás con mi hija, maldición.
―¿Se puede saber por qué debería hacer semejante sacrificio?
―¿Sacrificio? ―a Mairy se le atragantaron las palabras―. Casarte conmigo no sería ningún sacrificio ―le espetó―. Cualquier hombre querría casarse conmigo.
―¡Basta! ―su padre la hizo callar, mientras alzaba la mano en señal de advertencia―. Alec, si no te casas con mi hija habrá guerra.
―Que así sea.
―¡Maldición! ―volvió a rugir―. ¿Acaso no eres un hombre de honor?
Alec pasó por alto su pregunta.
Duncan apretó fuertemente las manos en sus costados.
Tenía el rostro rojo por la furia. No obstante, su sentido común le decía que intentara convencer a McAlister antes de llegar a las armas, ya que si ambos se enfrentaban saldrían muy mal parados.
Uno podría destruir al otro y quedarse sus tierras, y si Alec contaba con los aliados adecuados, el destruido podría ser McGregor.
―Casarme con Mairy es totalmente imposible ahora.
―Maldito seas, McAlister. Después de lo que le has hecho, lo mínimo que puedes hacer ahora es convertirla en tu esposa.
―¿Y se puede saber qué le he hecho exactamente?
―No juegues conmigo, tú bien lo sabes ―dijo Duncan con un tono ofendido.
Mairy se puso colorada por un instante, pudo notar la mirada de su padre sobre ella, después de haber hablado.
―No, no lo sé. ―Alec miró intensamente a Mairy, tanto era así que ella quiso fundirse con el aire para escapar de allí―. ¿Por qué no me lo explicas tú, Mairy? Seguramente podrás decirme qué es lo que te he hecho.
Mairy silenció un improperio.
―No pensarás que te lo cuente aquí, delante de todos. ―Los ojos parecían revelar nerviosismo e incomodidad.
Alec hizo un gesto con la mano y todos sus soldados se retiraron, salieron con paso firme por la puerta principal. Los soldados McGregor miraron a su laird, que también dio una silenciosa orden con la mirada.
―Y bien, ya estamos solos.
Mairy miró a Fergus.
―Él ya lo sabe todo, es de la familia.
―Maldito seas, McAlister. Tú ya sabes perfectamente lo que me hiciste.
―Pero yo no ―dijo una voz que provenía de lo alto de la escalera―. ¿Se puede saber qué te ha hecho mi marido? ―preguntó Roslyn.
Todos la miraron con estupefacción.
―¡Oh, Dios misericordioso! ―Fergus se puso lívido y tuvo que sentarse en el banco y recostarse en la mesa.
Fergus no era el único afectado. Alec no pudo evitar reflejar su asombro en su rostro.
Entonces algo extraño creció en su interior, un deseo cálido y profundo que nacía de verla vestida con sus colores.
El intenso verde del tartán se entremezclaba con la calidez de sus ojos, y ese verde le hizo pensar en tumbarla sobre la hierba de las colinas escocesas y poseerla.
Maldijo al notar su erección. Ese no era el momento.
Intentó despejarse la mente de aquellos pensamientos y centrarse en el tema que le ocupaba.
Roslyn bajó majestuosamente la escalera hasta llegar al centro del salón donde estaban todos reunidos.
Ninguno de los presentes había tomado asiento a excepción de Fergus que, algo recuperado, volvió al lado de Alec.
Eso dejaba claro que el laird quería acortar, y con razón, la visita de sus «amigos».
Roslyn se situó junto a Alec, que no se movió del sitio.
Llevaba en el rostro aquella expresión intensa de la noche pasada, y Roslyn se preguntó si los demás la notarían.
Pero cuando Alec la miró de arriba abajo se dijo que el deseo en sus ojos no podía pasar desapercibido para nadie.
Ella intentó concentrarse en otra cosa para no ponerse colorada.
Fue entonces cuando miró intensamente a la mujer rubia.
Era ciertamente bella y si ella no hubiera mentido, algo imperdonable para Alec, estaba segura de que la hubiera aceptado y que sería la hija de McGregor quien ocupara su lugar como señora del clan McAlister. Eso le produjo un sentimiento de rechazo. Descartó la idea de inmediato.
Cogió el brazo de Alec en ademán posesivo, él no se apartó ni le envió una señal de desaprobación, así que se mantuvo encadenada a su esposo.
Mairy la miró con indignación y, al mirar al laird McGregor, vio que este aún no había asimilado que Alec ya tenía una esposa.
―¿No va a responderme? ―dijo finalmente mirando a la mujer cuando nadie se atrevía a hablar.
―Pero ¿qué es esto? ―estalló Duncan.
―Nada, simplemente me gustaría saber cuál es la acción tan horrible que mi marido le ha hecho a su hija, McGregor.
En aquel preciso instante, Alec se dio cuenta de que Roslyn sabía muchísimo más de aquel asunto, mucho más de lo que él hubiera deseado.
―Maldito Lachlam ―susurró sin que nadie le oyera, excepto ella.
Aunque quizás fuera la afilada lengua de Yuri la que le había contado de aquella embarazosa situación. O incluso el mismo Fergus. Le echó un vistazo y percibió la admiración en sus ojos al ver a Roslyn. Tuvo que reconocer que aquella mujer tenía más coraje de lo que él había creído en un principio.
Alec cayó en la cuenta de que le estaba defendiendo delante del laird vecino. Eso, junto al hecho de que ella hubiera decidido ser su esposa de corazón al ponerse sus colores, le hizo admitir que era un orgullo para él estar casado con una mujer así.
―No pienso volver a repetir algo que Alec ya sabe. ―Mairy la fulminaba con la mirada.
―Pero yo no lo sé ―dijo Roslyn enarcando una ceja.
―No tengo intenciones de decirle nada. ―Mairy parecía fuera de sí, dispuesta a saltar en cualquier momento sobre ella.
El impacto que le había causado el saber que Alec se había casado para evitar su boda era algo totalmente inesperado y humillante.
―Yo creo que no puedes decir nada, porque no tienes nada que decir.
Alec no quería que aquello continuara, le importaba un bledo si McGregor perdía los estribos, pero no podría soportar ver la decepción en los ojos de su esposa cuando supiera la farsa que Mairy se había inventado para casarse con él.
Alec reflexionó sobre eso, quizás no fuera decepción lo que apareciera en los ojos de Roslyn, eso le hizo más evidente que ella no debería estar allí.
―Deseo que responda ―dijo, mirando directamente a los ojos de su adversaria.
―Él abusó de mí y ahora no quiere casarse conmigo.
Se produjo el silencio.
Alec vio cómo Duncan apretaba más los puños en señal de frustración, seguramente no le gustó escuchar la mentira que su hija ya le habría contado para presionarle.
Todo el mundo observó a Roslyn, era imposible no fijarse en su mirada. Su esposa estaba furibunda, él se esperaba cualquier cosa, menos eso, ante las palabras que acababa de oír. No se hubiera sorprendido si el enfado fuera dirigido a él, pero ese no era el caso.
―Eso es una vil mentira. ―Allí le demostró cuánto confiaba en él. Alec se relajó, pues ya no le importaba nada más que saber que su esposa se mantenía a su lado.
Notó cómo ella clavaba las uñas en su brazo inconscientemente. No la apartó, por el contrario, y con la misma expresión, puso una mano sobre la de ella mientras miraba cómo iba transcurriendo la acción.
―¿Mentira?
―Sí, mentira. ―Roslyn la miró como si quisiera estrangularla―. No ha sido más que una treta para que Alec aceptara casarse contigo.
―¡No! ―gritó Mairy.
―Sí ―dijo Roslyn tajante―, pero no te ha salido bien, pues Alec ya está casado, conmigo ―puso gran énfasis en la última palabra―, y no tengo intenciones de morirme para que tú ocupes mi lugar.
Mairy casi lanzó un alarido ante aquellas palabras. Todos sus planes se habían ido al traste. Ya no había nada que hacer.
―McGregor, me sorprende que haya creído a su hija sin ninguna clase de pruebas.
―¿Pruebas? ―Duncan no parecía salir del estupor en que estaba metido. Tenía el gesto huraño, pues toda la escena le parecía irreal. Él había venido a casar a su hija y se había encontrado al laird, casado con una extranjera.
―¿Te has casado para no responderle a mi hija?
―Sí.