CAPITULO 5
C uando Alec entró en la habitación, la muchacha a quien Yuri había confiado los cuidados de la desconocida se puso de pie de un salto, intimidada al ver al laird McAlister entrar sin previo aviso.
—¿Cómo está? —preguntó con un gruñido.
La muchacha se encogió y bajó la mirada hasta el suelo, temerosa de levantarla.
—Hace un momento se ha despertado, pero enseguida ha vuelto a cerrar los ojos, señor —dijo insegura—.
Los ojos deben dolerle muchísimo cuando los abre, por eso no podemos estar totalmente seguros de si está despierta o dormida.
Aunque desde el principio siempre pide agua cuando tiene sed, creo que pasa muchas horas consciente.
—Entiendo —suspiró.
Era consciente de que las mujeres de su clan sabían que podían confiar en que él, puesto que era un laird justo, pero, aun así, era evidente que le temían. Algunas huían de él y otras, como esa pobre muchacha, se ponían tan nerviosas que no podían dejar de parlotear.
Puso los ojos en blanco mientras se acercaba a la cama.
—Bien, déjanos solos —ordenó.
La joven obedeció sin titubear.
Cerró la puerta de la estancia y Alec avanzó unos pasos hasta quedar cerca de la cama.
Contempló a la mujer que días antes había encontrado moribunda sobre una loma.
No había cambiado mucho desde entonces, pero ciertamente había mejorado su aspecto.
Las mejillas habían recuperado su color natural y, a pesar de que uno de sus ojos permanecía hinchado, la inflamación iba desapareciendo.
Sus labios, aunque secos, ya no sangraban a causa del corte profundo en una de sus comisuras.
Era un consuelo ver que, a pesar de estar malherida, parecía estar fuera de peligro.
Alec observó a la mujer tendida en su cama.
Las mantas y pieles la cubrían hasta los hombros, así que no podía apreciar la mejoría de la herida del pecho.
Yuri se había molestado en ponerle una camisola para dormir.
Era de tela blanca y fina, cubría sus brazos hasta las muñecas.
Estos permanecían estirados a ambos lados y sobre las mantas.
Parecía tranquila, como si estuviera sumida en un plácido sueño.
Alec recordó cuando Yuri la había examinado el primer día. El laird solo pudo apretar la mandíbula y esperar buenas noticias. En aquellos momentos, su cuerpo se había tensado a causa de la rabia y la impotencia. De manera incomprensible e irracional, hubiese dado cualquier cosa por poder vengarla.
Recordaba la visión de su cuerpo maltrecho y las palabras de su abuela aún bullían en su mente.
—Tiene una puñalada en el pecho que puede no ser mortal. He limpiado la herida, pero hay más.
La anciana había vacilado unos instantes, hasta que finalmente Yuri se volvió hacia la muchacha, retirando parte de la camisola para mostrarle las heridas ya cicatrizadas que destacaban sobre su rosada piel. Puñaladas.
En ese momento, Alec ardió de furia. Quizás fue entonces cuando se prometió protegerla pasara lo que pasara. Aquella joven había sufrido demasiado en la vida; no necesitaba más dolor, sino un sitio donde descansar y curarse, un sitio donde sentirse segura.
Y él se lo iba a dar.
Alec cerró los ojos al recordar el cuerpo de la joven. Llevaba las cicatrices de un guerrero y la espalda mostraba las marcas de latigazos. No eran profundas, pero lo suficiente para quitar belleza a su piel y ser un recordatorio de la barbarie sufrida.
—¿Cuántas marcas de latigazos tiene? —había preguntado antes de ver el mapa macabro de su espalda.
—Una docena.
Yuri se encogió con pena.
—Por la brutalidad con la que se le atacaba me parecen pocas, si no fuera…
—¿Si no fuera? —había preguntado Alec, impaciente al ver que Yuri se quedaba callada.
—Si no fuera porque no son recientes, no sentiría tanta lástima por la muchacha. Sea lo que sea lo que le han hecho, ha sufrido cosas peores con anterioridad. No me imagino la clase de vida que ha podido llevar una dama tan delicada para lucir semejantes recordatorios en su cuerpo.
Alec cerró los ojos recordando la conversación con su abuela. Él tampoco podía imaginarse qué clase de vida había llevado. Pero era seguro que no volvería a ella.
Había ordenado recorrer nuevamente sus tierras en busca de aquellos malnacidos, pero la búsqueda fue infructuosa, pese a haberla encabezado él mismo durante tres días.
Ahora solo podían permanecer atentos ante cualquier noticia de forasteros, pero nada se salía de lo normal en sus tierras; todo llevaba la misma rutina de siempre.
Alec sonrió tristemente al volver a contemplar a aquella mujer: no iba a morirse.
Ya lo sabía. Lo había visto en los ojos de Yuri escasos momentos antes en el salón, cuando se regocijaba con los progresos que estaba haciendo la muchacha.
Alec esperó con paciencia a que abriera los ojos y lo mirara, pero después de una hora sentado a su lado, se dijo que quizás aquello no ocurriera en breve. Lo mejor sería dejarla descansar y ordenar que se le avisara cuando se despertara.
Iba a salir de la habitación cuando un estruendo acaparó toda su atención.
Frunció el ceño. El fuerte ruido no provenía de la estancia, sino del exterior de la fortaleza.
Se acercó a la ventana y maldijo por lo bajo. Apretó los dientes y expulsó el aire por la nariz al ver cómo los soldados de McGregor se concentraban en las cercanías de la muralla.
—Maldita sea —gruñó.
Fergus y Yuri se apresuraron a entrar en la habitación.
—Alec —dijo Yuri con pena.
—Ya lo veo —contestó el aludido, mientras veía el despliegue frente a la muralla.
Ambos ancianos se colocaron a su lado y observaron el mismo espectáculo.
—Vaya, vaya —la voz de Fergus sonaba divertida, todo lo contrario que la expresión de Alec, que era de puro enfado.
Yuri, horrorizada, contempló la escena de cien highlanders frente a la fortaleza.
—Alec tendrá que ser más persuasivo esta vez —anunció Fergus, riendo, aunque sin saber qué le resultaba tan divertido.
—Hijo, tanta preocupación por la muchacha ha hecho que te olvidaras de asuntos más urgentes. —Yuri, después de la primera impresión, curvó la boca en lo que parecía una sonrisa—. Sabía que esa mujer te traería problemas.
La anciana meneó la cabeza con desagrado.
Alec estaba convencido de que su abuela estaba deseando espetarle: «Te lo dije».
Pero, por respeto a su cargo, no lo hizo y él lo agradeció.
Apretó los puños con fuerza, hasta que los nudillos se pusieron blancos.
Estaba harto de aquella situación y, si tenía que romper la longeva paz para que, precisamente, lo dejaran en paz, pues que así fuera.
—¿Crees que conseguirás convencerle? —dijo Fergus, mirando al laird McGregor.
Alec sabía qué tenía que hacer.
—Ni siquiera voy a molestarme en intentarlo.
Yuri se llevó la mano al pecho, temiendo que su nieto desplegara su indomable mal carácter.
—Si no se largan, habrá guerra —sentenció.
Las palabras del laird enfadaron a Fergus; el problema tenía fácil solución y ese muchacho se negaba a aceptarla.
—Que Dios nos asista —rogó la anciana, viendo a Alec salir de la estancia hecho una furia.