Renacer en las Highlands: La perfecta fugitiva CAPITULO 4
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CAPITULO 4

R oslyn abrió los ojos al tercer día.

Se horrorizó al no saber dónde se encontraba.

Los latidos de su corazón se aceleraron; le dolía todo el cuerpo y su boca estaba seca. Alguien le tendió una copa con agua fresca. Bebió con avidez, pero eso no la calmó. Poco importaba el dolor de sus heridas: lo más importante era sentirse libre, estar a salvo, y ella no lo estaba.

«Me han atrapado», fue lo primero en que pensó cuando sus ojos se abrieron y la fiebre le bajó lo suficiente como para darse cuenta de que no estaba viviendo una pesadilla. Suspiró y sus pensamientos se fueron hilvanando uno tras otro. Sonrió al comprobar que podía hacerlo con cierta facilidad.

—Ya no tiene fiebre —dijo alguien a su lado.

Y, en verdad, el calor que abrasó anteriormente su cuerpo había desaparecido.

Roslyn intentó incorporarse, pero no pudo. Estaba demasiado débil; por eso, cuando una mano se posó sobre su pecho y la empujó de nuevo contra el suave colchón de aquella cama desconocida, cayó como un peso muerto.

—Cálmate, querida. —Roslyn se sobresaltó al escuchar una voz femenina hablándole en gaélico—. Pronto tus heridas sanarán.

Abrió los ojos, aunque fue una ardua tarea hacerlo, pues uno de ellos estaba todavía hinchado. Observó todo lo que tenía a su alrededor y a las personas que estaban con ella en la habitación, pero se negó a hablar.

Después de la primera impresión, cogió aire intentando relajarse.

Si le hablaba en gaélico, no podía estar entre ingleses, ¿no? Intentó usar la lógica y la razón, y se esforzó por recuperar el último momento vivido. Casi se le saltan las lágrimas. Lo había conseguido: estaba en un lugar seguro. Estaba en Escocia.

Su ángel era un highlander, se acordaba perfectamente de él, de sus ojos, su rostro, su tacto...

Su ángel… Intentó sonreír y lo único que logró fue echarse a llorar por el alivio.

—Shhh, calma, muchacha —dijo la anciana a quien miró, pero se negó a hablarle—, estás a salvo.

Lo estaba, ¿verdad? Ella asintió haciendo acopio de sus renovadas fuerzas.

A salvo, por fin.

—Kincaid —murmuró sin apenas proponérselo.

Pero la anciana pareció hacer oídos sordos a aquella súplica con nombre de poderoso clan.

Mientras sus ojos hinchados se inundaban de lágrimas, recordó: un highlander de ojos negros… su ángel oscuro. Él la llevaría junto a Lachlam Kincaid.

—Mi ángel.

Yuri esbozó una enigmática sonrisa.

—¿Hablas de tu ángel Kincaid? ¿O quizás de otro ángel?

Yuri no esperó a que la joven respondiera; ella sabía perfectamente de quién estaba hablando y no era del poderoso Lachlam. Ignorándola de momento, Yuri miró a la joven doncella que tenía a su lado.

—No tiene fiebre —dijo la anciana.

La muchacha se encogió de hombros.

—Quizás haya perdido la cabeza.

—No, muchacha, creo que su ángel es de carne y hueso.

Roslyn no las escuchó, pero estaba totalmente cuerda. Lo único que le pasaba a su cabeza era que le daba vueltas y más vueltas. Le fallaban las fuerzas; solo la voz que había hablado en gaélico la devolvió al presente.

—¿Mi niña? —volvió a llamarla con dulzura—. ¿Más agua?

Sintió cómo una mano le levantaba la cabeza de nuevo y enseguida sus labios fueron mojados con agua fresca. Bebió hasta que no pudo más y tosió cuando su garganta se cerró.

Volvió a abrir los ojos y, esta vez, enfocó la vista. Se relajó completamente cuando una elegante anciana se inclinó sobre ella para observarla con atención. Llevaba el pelo blanco recogido en un sencillo moño, cubierto por un fino pañuelo del mismo color que sus canas.

—Has dormido otro día entero; si no comes, te irás apagando.

«¿Otro día?», pensó Roslyn.

La mujer vestía un bonito vestido gris y su sonrisa era tan dulce que le entraron ganas de llorar. Le puso una mano en la frente para tomarle la temperatura.

—Mmmm, no tienes fiebre. Creo que lo peor ya ha pasado.

Antes de que pudiera obligarla a comer, de sus labios resecos salió un nombre temido y respetado.

—Kincaid —le dijo a la muchacha.

Yuri suspiró, como si eso fuera respuesta suficiente.

—Vamos a ver qué podemos hacer con eso —la anciana suspiró y salió rumbo al salón.

Hacía cuatro días que habían mandado a llamar a Kincaid, pero el señor no se encontraba en su fortaleza. Había ido a visitar los clanes del este con su esposa. Entonces, Alec prefirió esperar a su regreso.

Yuri pensó en la muchacha: había recordado el color, la hinchazón del labio había desaparecido por completo y su ojo, aunque morado, volvía a parecer humano.

—¡Alec! —llamó la anciana al bajar las escaleras que daban al salón, consciente de que, si no estaba fuera entrenando con sus hombres, a esas horas de la mañana estaría allí.

Y así era: sentado en la cabecera de la mesa, se ocupaba de los asuntos del clan más urgentes después del entrenamiento matutino.

Fergus, el anciano consejero, miró a su hermana Yuri con asombro. Como siempre, llevaba una larga túnica gris hasta los pies.

De pronto, pareció que Yuri había rejuvenecido veinte años por la agilidad con que bajaba los peldaños.

—¿Qué ocurre? —preguntó Fergus, levantándose de la mesa.

—¡Es la dama! —le respondió a su hermano con una sonrisa—. Está consciente y sin fiebre y… de nuevo pregunta por Kincaid.

En el imperturbable rostro de Alec se levantó una ceja. Pero no le extrañaba en absoluto; era lo único que había dicho durante las largas noches en que él velaba sus sueños.

—¿Kincaid? —preguntó Fergus—. ¿Seguro que no pronuncia algo que se le parezca en una lengua extranjera? Quizás lo escucharais mal.

—No he entendido nada mal, viejo chocho —dijo tajante la anciana, fulminando con la mirada a su anciano hermano.

—No se ha equivocado —Fergus se volvió hacia Alec al escuchar que el laird hablaba—, lleva llamándolo desde que la encontramos.

Fergus no pareció contento con esa información.

—Lo mandé llamar, pero está ausente.

—¿Y qué dicen los Kincaid? ¿Cuándo volverá su laird?

Por la forma en que el joven laird apretó los puños, Fergus se dio cuenta de que no le gustaba nada en absoluto tener que pensar una respuesta.

—Tienen orden de avisarme ante su llegada; de momento, no les di más información ni la necesitan.

Desvió la mirada y ambos ancianos vieron que su laird ocultaba algo. Por supuesto, no se atrevieron a preguntar, ni Alec a compartir sus pensamientos.

Podría haber informado de la situación a la mano derecha de Lachlam Kincaid, pero no quiso hacerlo.

Con sinceridad admitiría, solo para sí mismo, que no quería desprenderse de la joven tan pronto.

Si alguno de los Kincaid la conocía, era más que probable que intentaran llevársela a sus tierras del norte y él...

no estaba dispuesto a permitir que eso sucediera.

Su estado era demasiado delicado y no la moverían sin su consentimiento, algo que no estaba dispuesto a dar.

—Cuando Lachlam regrese, será informado de que he solicitado su presencia en las tierras McAlister. Mientras tanto —dijo, levantándose de la silla en el cabezal de la mesa—, quiero una explicación de los labios de esa mujer.

Yuri y Fergus lo miraron con sorpresa.

—No habla, Alec —dijo Yuri—. Quizás todavía pase un tiempo hasta que pueda hacerlo.

—Entonces esperaré —dijo comprensivo.

—Alguno de los Kincaid debería venir. Quizás reconozca a la mujer.

Alec le lanzó una hosca mirada y Fergus se dio cuenta de que al laird no le gustaba nada su sugerencia.

—O podemos esperar.

Se atrevió a decirlo evaluando la reacción de Alec, que relajó su expresión.

—Es lo que haremos.

Alec fingió que no le importaba su desaprobación.

Él era el laird y se acatarían sus órdenes.

Si esa muchacha resultaba ser importante para Lachlam y se encolerizaba por no haber ido en su busca, peor para él.

No temía a Lachlam Kincaid; simplemente no le gustaba su carácter o, más bien, la manera de hacerle sentir que todavía era un niño desvalido que no había encontrado su lugar en el mundo.

Tampoco quería que aterrorizara a esa mujer. Era evidente que se la llevaría y entonces él no podría... protegerla.

¿Protegerla?

Se llevó una mano a la sien y se acercó al fuego de la chimenea con pasos lentos.

Pensativo, miró las llamas que consumían los gruesos troncos.

¿En serio quería hacer eso? ¿Proteger a una mujer a la que no conocía, una extranjera de la cual no sabía nada?

Pensó en ello, y cuanto más lo pensaba, más incoherente le parecía su actitud, pero su determinación era inquebrantable.

—Ella se recuperará aquí. Avisaré de nuevo a Lachlam cuando ella me dé una explicación.

Los dos ancianos lo miraron, intentando no demostrarle sus dudas.

—Como desees —le complació Yuri.

—Además, solo ha dicho “Kincaid”. Podría referirse a cualquiera. No sé por qué deducimos que se refiere a Lachlam.

Le supo a mentira nada más pronunciar aquellas palabras. Esa mujer era una dama; a pesar de sus ropajes, era noble, sin duda. ¿A qué otro Kincaid querría ver?

Alec suspiró; era un inconsciente. Seguramente Lachlam podría aclararle quién era esa mujer, no obstante… si la muchacha estaba recuperada, ¿qué le impedía hacerle un par de inocentes preguntas?

—Voy a verla.

Los dos ancianos enarcaron una ceja.

—¿Qué? —gritó, fulminándolos con la mirada mientras subía los peldaños que le llevarían a los aposentos que en su día fueron suyos y ahora ocupaba la muchacha.

Los ancianos se miraron con desconcierto.

—Nada —le dijo Yuri—, suerte.

La anciana se atrevió a sonreírle y a levantar la mano. Para cuando Alec desapareció en lo alto de la escalera, Yuri se volvió hacia su hermano, que tenía una expresión de total desconcierto.

—Vaya —dijo Fergus al ver al joven laird desaparecer.

—Vamos a tener problemas cuando Lachlam quiera llevársela.

—No lo dudes, Fergus.