Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XL #2
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CAPÍTULO XL #2

—Algún día, Keelan, cuando todo mejore, te prometo que seremos más que un intento fallido —susurré en sus labios. Tras eso, una pequeña sonrisa lastimera se dibujó en ellos.

Y ahí estábamos, compartiendo nuestros entrecortados alientos y nuestras miradas más sinceras, guardando el rostro del otro en nuestra memoria.

Grabándonos la voz, la risa y el llanto de ambos.

Interiorizando nuestros rasgos, aferrándonos a cada gesto y a cada anécdota, porque el príncipe pronto marcharía y ninguno estaba listo para una despedida.

Tragué saliva duramente, tocando con cautela su pecho, rozando con la punta de mis dedos su túnica. Mientras que con mi mano restante sostenía con gentileza su mejilla, deslizando mis yemas por su piel y dejando huellas mucho más profundas sobre su rostro.

—¿Puedo…tocarte? —pregunté, mientras mi voz salía de entre mis labios como un ruego tembloroso. Le miré una sola vez mientras detenía mi mano, esperando su respuesta.

Porque no seguiría si no veía en sus ojos que él realmente quería aquello.

Su mirada se fijó en la mía. El dorado de sus ojos tan candente como siempre, crepitando en un fuego ámbar mucho más cálido que cualquier hoguera real.

Entonces, su mano se cerró sobre la mía, la cual había tocado su pecho, sintiendo en la palma de mi mano el latido pausado de su corazón. No desembocado. No.

Estaba tranquilo, porque confiaba verdaderamente en mí. Confiaba en que yo no le haría ningún daño.

Keelan asintió débilmente. Aquel asentimiento, pese a ser no más que un pequeño movimiento, pareció seguro.

Así que empecé a desasir los botones de su túnica.

Lo hice con parsimonia, lentamente, sintiendo su mirada sobre mi rostro y deleitándome del roce de la tela entre mis dedos.

La túnica no tardó en caer al suelo y mis dedos se pasearon por sus abdominales.

Las cicatrices se sentían ligeramente rugosas bajo la punta de mis dedos, como si ninguna hubiera terminado de sanar correctamente.

Como la cera seca de una vela que se había derretido durante la noche.

Humedecí mis labios mientras me inclinaba ligeramente hacia su torso.

Dejé que mis rodillas cediesen y besé cada una de sus cerradas heridas, paseando mis labios por su piel.

E irremediablemente quise saber la historia que debía de haber tras todas esas cicatrices.

Mientras cerraba los ojos y me dejaba perder en sus suspiros, en mis manos deslizándose por su tronco, solo me hubiera gustado que mis besos se llevaran consigo cada vestigio de su anterior vida.

Sus músculos bajo mis dedos eran fibrosos y cincelados, consecuencias de toda su vida en batallas constantes.

Entonces fue cuando sus pantalones también cayeron. Besé sus piernas, sus muslos y la parte céntrica de ellos. Elevé la mirada queriendo su confirmación, pero sus ojos cerrados mientras esperaban que yo simplemente continuara fueron toda la respuesta que necesité.

Así que continué.

Nos convertimos en una maraña de jadeos, lamidas, confirmaciones silenciosas y caricias. Dejé que mi lengua se paseara a lo largo de él tanto como sabía y Keelan soltó varias exhalaciones que fueron el aliciente necesario para que yo no me detuviese.

Él me tomó repentinamente de la cintura.

Hizo que mis piernas se enroscaran alrededor de su cuerpo desnudo y yo ni siquiera me resistí.

Caímos sobre la cama con fiereza, unidos por los besos en los que los dos luchábamos por llevar el control.

Me di la vuelta sobre él, aferrando mis piernas a sus caderas y luchando por mantenerme a horcajadas sobre él, pero no tardé demasiado en chocar de nuevo contra el cubrecama.

El pecho de Keelan se movía frenéticamente sobre el mío. Sentía su sudor correr por la tela de mi túnica, mientras su mirada me observaba con una ferocidad que nunca antes había visto en él. Mis labios húmedos acariciaban a los suyos, pero ninguno le dio el placer al otro de ceder al beso .

—¿Quieres que paremos? Podemos parar si lo dices —le dije entre respiraciones entrecortadas. Él mordisqueó su labio inferior, su rostro apenas estaba iluminado y su cuerpo no era más que una sombra recortada sobre mí.

Pese a eso, él no tardó en besarme como respuesta. Sus manos se aferraron a mis caderas, arrugando y levantando la túnica hasta que quedó a la altura de mis pechos. Jadeé en sus labios entreabiertos, en mitad de los besos, sintiendo como mi lengua se detenía mientras se enroscaba con la suya.

Mi túnica tampoco tardó en desaparecer. Sus manos se deslizaron por mi vientre, sus labios por mi pecho, sus piernas entre las mías eran una presión que agradecía.

Sus miradas eran un recordatorio de que él se detendría en cuanto yo quisiera.

Ellas me pedían permiso silenciosamente cada vez que una prenda de ropa desaparecía.

Entonces sus dedos rozaron mi parte más húmeda. Mi cuerpo arqueado bajo el suyo ahora se estremecía. Su boca rozaba mi cuello y lo mordisqueaba, sosteniendo entre sus dientes trazos de piel. Mis respiraciones cada vez eran menos controladas, menos tranquilas, menos sigilosas.

Entonces mi rodilla chocó contra su cintura y apenas tuve que luchar esta vez para ponerme sobre él.

Ahora sus dedos se movían con más rapidez, justo en el sitio que yo le había indicado, trabajando por mantener mi expresión de placer.

Y no supe si había sido una mala idea ponerme justo en ese momento con mis piernas alrededor de su cuerpo.

Apenas me pude mantener demasiado ahí cuando los escalofríos fueron cada vez más notorios, cuando mi piel empezó a erizarse, cuando mis manos se aferraron con fuerza al cabecero de la cama y mis caderas empezaron a moverse involuntariamente.

Caí justo sobre su pecho, soltando el último suspiro justo sobre la curvatura de su hombro, notando como mi saliva caía por su piel.

Keelan apretó sus manos en torno a mis caderas y mi cuerpo chocó repentinamente contra la almohada.

Ahora su cuerpo estaba de nuevo sobre el mío, el cual aún estaba trabajando para recomponerse.

Su sonrisita satisfecha apenas fue un borrón para mí. Supe que iba a hacer un comentario divertido, pero en cuanto vio que yo aún no decía nada, sus ceño se juntó y no tardó en parecer preocupado.

—¿Estás bien? ¿He hecho algo mal?

Yo tragué saliva duramente.

—Créeme, estoy bien.

Después de aquello, su sonrisa no tardó en recomponerse. Sus fuertes brazos estaban a cada lado de mi cabeza, mientras yo arqueaba una ceja interrogante en su dirección.

—¿Solo bien? —preguntó él, de nuevo con aquella socarronería estúpida.

Entonces puse los ojos en blanco y cerré los ojos, apretándome contra la cama deshecha. Maldito príncipe arrogante.

—Podría hacerte la misma pregunta —farfullé. Tras eso, soltó una risa baja y apenas tardó en acurrucarse a mí, aferrándose con sus brazos en torno a mi vientre desnudo.

—Buenas noches, hechicera —murmuró suavemente, dejando un cálido beso en mi cuello.

Yo sonreí ligeramente, aún perdida en la oscuridad de mis ojos cerrados.

—Buenas noches, Keelan Gragbeam.

Sin duda, estaba mejor que bien.