CAPÍTULO XL
—¡Júrame que eso no es cierto! —repliqué entre carcajadas. Sonoras carcajadas que me hacían retorcer, mientras intentaba no escupir aquel sorbo de chocolate de la jarra que compartía con Keelan.
La ventana estaba cerrada, pero el frío de la habitación era algo muy presente, casi palpable, que nos abrazaba con sus puntiagudos carámbanos y nosotros intentábamos disuadir con una enorme manta hecha a mano con ovillos de lana.
—¡Te lo juro! Tuve que hacerme pasar por juglar una vez para conseguir encontrar a la persona que buscaba. Fue en una taberna justo al lado de las cordilleras iriamnas, donde todos hablaban un idioma que yo no conocía y se reían de mi voz abiertamente mientras tocaba un ukelele.
—Es que es un ukelele, Keelan. —Tuve que pausar mis palabras para tragar a duras penas aquel trago de chocolate —. Creo que es más que obvio porqué se reían. Dime, por favor, que llevabas pantalones ajustados.
Él arqueó una ceja.
—Los más ajustados que verás en tu vida. Y finos. Aún recuerdo el frío que pasé. Aunque casi me obligan a ponerme un vestido. Pero, como puedes adivinar, no soy yo mucho de acabar muerto por hipotermia.
Solté otra risotada, apoyándome contra el frío cristal de la ventana, que parecía tan limpio como el resto de la casa. Extrañamente limpio para tener solo tres criadas —más bien dos, ya que eran las únicas que pululaban por la casa al completo—y tantas habitaciones.
—¿Y así atrajiste la atención de una persona? A ver, entiendo el motivo. Pero no entiendo porqué haría algo más que reírse de ti.
El príncipe fingió parecer ofendido, mientras le daba un bocado a uno de los sándwiches que habíamos bajado a buscar después de que la cena pasó y llegó la madrugada.
Para nuestra sorpresa, cuando bajamos, nadie pareció estar en el comedor, así que nosotros buscamos comida para cenar por nuestra cuenta en la habitación.
Y aunque ambos nos moríamos de sueño, aún seguíamos manteniéndonos despiertos, bebiendo de nuestra tercera jarra de chocolate y dándole bocados esporádicos a los trozos de pechuga y a los enormes sándwiches que Clarén había apilado en una bandeja.
—Pues sí, lo atraje. Al fin y al cabo, era mi trabajo. —Se encogió de hombros, indiferente, aunque su rostro pareció oscurecerse por un momento.
—¿Por qué lo querían muerto?
—Normalmente, solía ser por tres motivos principales: poder, venganza o amor —respondió, dándole otro bocado aquel sándwich, aún sin devolverme la mirada. Y es que, tal vez, no teníamos que haber sacado este tema de conversación.
—¿Amor? —pregunté yo, confundida.
—La gente, cuando está enamorada, hace cosas desesperadas.
Cosas que no haría en otro momento. Pero la mayoría cae en la tentación y acaban buscando una forma de acabar con quien no los amaba, o con quien se interpone en el camino de su final feliz.
—Tragó duramente —. De cualquier forma, ahora que lo veo todo con más perspectiva, al final todo solía ser por venganza, por muchos motivos que tuviese esa persona para tomarla.
Puse mi mano sobre la suya y estaba tan gélida como solía estarlo en el trayecto de Thard a Sindorya, cosa que me tensó durante un instante. Aún así, la sostuve sobre la de él y entonces fue cuando él elevó de nuevo su mirada hacia mí.
—Bueno, eso es pasado. Todos cambiamos y tú lo has hecho. Ahora, Keelan Gragbeam, te espera un futuro brillante. Y no sé si me estoy pasando de la raya al decir esto, pero creo que tus padres y Ellie estarían muy orgullosos de ti.
No supe qué esperarme. Por un momento, casi esperé toparme con una mirada glacial y un tacto aún más gélido. En cambio, Keelan entrelazó los dedos con los míos, dejando aquel sándwich a un lado y fijando su mirada en la mía.
—Últimamente pareces tener las palabras exactas para decir en cada momento delicado.
Yo esbocé una sonrisa. Fue pequeña, nimia, apenas perceptible, pero fue tan sincera como las palabras que iba a decir.
—Me siento mejor conmigo misma, así que supongo que eso hace que los demás me vean de forma distinta. De una forma buena. —Me mantuve en silencio durante un instante y amplié mi sonrisa en un gesto pícaro —. Además, he aprendido del mejor.
Y los dos nos sumimos en un silencio cómodo y reparador. Un silencio que nos abrazó y apartó el frío a un lado. Un silencio que se sintió mejor que cualquier extenso discurso. Un silencio que nos resguardó y dijo todo lo que nosotros no expresábamos con palabras.
Tan solo nos mantuvimos ahí, tomados de la mano, perdidos en aquel instante.
—¿De verdad sientes que esto te hará feliz? ¿De verdad lo quieres, Éire? —Y no hacía falta que aclarara qué era esto, porque ambos sabíamos que se refería a la corona.
La pregunta me tomó por sorpresa. ¿Lo quería realmente? ¿Quería ser reina de Iriam? ¿Quería conseguir el respeto de todo un pueblo y hacerlos feliz? ¿Tirar por la borda la adrenalina de la lucha, el sabor de la sangre, la satisfacción de ver a tu enemigo cayendo?
Pero la duda se disipó cuando los ojos muertos de Idelia me miraron de vuelta. Y por un momento, estuve de nuevo en aquel calabozo, con mi madre entre mis brazos y su piel cetrina contra mis labios.
«Venganza» Y esta vez ni siquiera me molesté en rehuir al tacto de Gianna. Aparté de sopetón mi mano de la de Keelan y obligué a mis labios a tensarse.
—Claro que quiero, Keelan. Esto es lo que realmente quiero. Este es mi final feliz.
Su ceño se frunció durante un instante, sin saber si tomar aquellas palabras cómo una verdad absoluta. Entonces, miró su mano, que ahora se extendía sola en el espacio que había entre ambos y todas sus facciones se arrugaron en consecuencia.
Porque él sabía tanto como yo que no estaba segura de que esto me hiciese feliz. Pero, ¿qué podría hacerte más feliz que la venganza? ¿Qué podría provocarte mayor satisfacción que ver a la persona que te había hecho tanto daño muerta?
No quería su respuesta. Ni la de él ni la de nadie. Yo ya tenía la mía propia. Y era que nada te haría más feliz que eso. Ni siquiera perseguir tu sueño más preciado, como lo era para mí el combatir.
—Está bien. Si es lo que quieres…Si de verdad es tu impulso para levantarte todas las mañanas, está bien. Y haré todo lo que pueda para ayudarte a conseguirlo.
Su sonrisa fue vacilante. Pero daba igual, porque si él no estaba seguro de mi convicción, yo sí lo estaba.
Lo estaba.
—Bueno, creo que es hora de irse a la cama —. Fingí un bostezo mientras me levantaba del suelo y dejaba caer la manta tras de mí —. Tengo un sueño de muerte, ¿tú no? Porque yo estoy verdaderamente agotada.
Le di la espalda, mordiendo mi labio inferior con fuerza. ¿Por qué estaba nerviosa? ¿Por qué sentía que despojarme de toda mi ropa y mirarle de frente era más fácil que sostener su mirada ahora? ¿Por qué me sentía más desnuda que nunca?
Entonces, sentí su presencia en mi espalda, mientras los rayos de luna caían despreocupadamente por el espacio marmoleo. Los rayos rozaron mi piel como una suave y liviana tela de gasa, apoyándose en mi hombro, cerrando sus manos en torno a ellos.
Pero no eran los rayos de luna los que me sostenían por detrás. Era Keelan.
Y su aliento era el que chocaba contra el lóbulo de mi oreja. Cálido, tan cálido como si el rayo de luna y estrellas se hubiese convertido en uno rayo de sol. Un beso de fuego que crepitaba justo sobre mi piel, mientras él la rozaba con sus labios .
—Hay algo más complicado que confiar en las personas para que no te hagan daño físicamente.
Y es confiar en que no lo harán emocionalmente.
—Su voz se adentró en mi oído y quise decir que fue como una dulce melodía, pero sus palabras se asentaron en mi pecho y bailotearon dolorosamente por mi cerebro como una docena de elefantes.
—¿Tú confías en que no te dañaré, Keelan? —musité. Mi voz no más que un susurro trémulo.
—Hasta ahora no te lo he demostrado. No he sido capaz de dejar que me toques demasiado tiempo, ni mucho menos de hacerlo yo.
Pero no porque no confiase en ti, sino porque me sentía inseguro de mí mismo…
Porque no quería ser la clase monstruo que le hizo ese daño a Ellie.
—Me giré a mirarle sobre mi hombro. Tras él, el cielo brillaba más que nunca pese a ser de noche y la luz resplandeciente que entraba por el cristal nos tomaba entre sus manos delicadamente —.
Pero no puedo pedirte que te abras a mí cuando yo tampoco lo he hecho.
Así que…confío en ti plenamente, Éire. Puedes hacerme todo el daño que quieras, odiarme o apuntarme con una espada y seguiré haciéndolo.
Siempre que tú también confíes en mí, lucharé por nosotros hasta mi último aliento, hechicera.
Contuve el aliento mientras me giraba en su dirección. Acuné su rostro con mis manos y sentí que lo vi por primera vez en mucho tiempo. Aquella sonrisa amable, aquella determinación al luchar por los demás y aquel bien tan implícito en él. Yo…no lo merecía. Nunca lo haría.
Porque él parecía tener tan claras las cosas, parecía quererse y querer a los demás, parecía haber aprendido de sus errores para convertirse en una maravillosa persona.
Y, en cambio, aquí estaba yo: la otra cara de la moneda.
Quién tan solo había aprendido de sus errores que la mejor forma de superarlos era pisotear una piedra que solo me hacía más heridas y abría las que podían estar cerrándose.
Pero suponía que por eso nos complementábamos tan bien. Porque todo lo bello siempre tenía su lado feo, horripilante y tenebroso. Aquella cara que la gente prefería ocultar. Aquellas espinas que se retorcían alrededor de una rosa.
Y aquello hubiera estado bien, si yo no hubiera sentido en ese momento que yo no quería ser así. Si yo no hubiera sentido que esto no era correcto. Que yo no debía aceptar que estaba perdida sin luchar por mí misma.
Porque no podías amar a nadie sino te amabas a ti misma.
Y mi auto prestigio estaba tan por el subsuelo que apenas titilaba.