Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) CAPÍTULO XXXVI #2
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CAPÍTULO XXXVI #2

Algo gruñó y un círculo de fuego, un torbellino de colores los absorbió a ambos. Quise preguntarme de dónde procedían aquellas llamas, pero en cuanto se separaron lo suficiente pude verlo.

Pude ver el fuego en las manos del príncipe. Bailando entre sus palmas como si hubiesen emergido para mantenerse allí.

Pero, pese a que Keelan intentó abatirle una y otra vez con aquellas llamas, el monstruo tan solo chillaba. Pero no se desvaneció. Lo sólido no se convirtió en líquido.

Y seguía en pie.

Entonces, inesperadamente, le dio un manotazo al príncipe, provocando que este cayese contra una de las casas de golpe. Me pareció escuchar un alarido bajo. Apenas un musite tras el choque. Keelan se desplomó sobre la arena y lo último que vi de él fue el leve temblor de una de sus alas.

—¡No! —grité involuntariamente. Alcé el arco en dirección al scrantés, pero no tenía flechas, ni fuego y apenas magia. Debía obedecerme…Tal vez lo haría. Pero cuando me miró e intenté tirar de aquel hilo que antes había relucido, ahora no era más que cenizas entre mis manos.

Aquel ser dio un paso en mi dirección. Un fuerte paso que hizo retumbar todo a mi alrededor. Yo tensé mi mandíbula, pero no retrocedí.

Yo no retrocedía ante nadie.

Entonces, algo llamó mi atención. Fue un trazo dorado. Un trazo de algo llameante. Si Keelan había atacado con fuego…Si él había dejado su espada y había atacado estando desarmado…aque llo tenía que significar algo.

Y confiaba ciegamente en él.

El monstruo abrió la boca a pocos palmos de mi.

Aquel agujero hecho de metal, vacío, tan solo un camino que parecía no tener fin.

Su aliento hizo que todas las hebras de mi cabello se apartasen de mi rostro y se estirasen hacia atrás.

Casi cerré los ojos involuntariamente, pero aún así mi rostro fue rociado con su saliva.

Perlas densas, negras, como sedimentos compactándose en mi piel para crear pequeñas piedras.

Por el rabillo de mi ojo pude ver cómo Audry se arrodillaba al lado de Keelan. Por la forma en la que el castaño lo sacudía, deduje que tan solo había perdido el conocimiento. Tan solo algo momentáneo…

Casi suspiré de alivio porque el príncipe estaba vivo.

Entonces, compartí una mirada con Audry, quien le estaba diciendo algo a un Keelan adormecido. Y supe que ambos estábamos pensando lo mismo.

Que ambos habíamos ideado el mismo plan.

Así que no pude evitar sonreír ligeramente en dirección al monstruo.

—¿Sabes jugar al escondite, pequeña criatura?

Su boca se cerró y pude jurar que me entendía mientras acercaba aún más su rostro al mío. No me amedrenté y dejé que lo hiciera. Entonces, ladeó su cabeza, intentando descifrarme.

Aún así, no le di mucho más tiempo. Sus ojos…Aquellas cuencas de metal me abrumaban. Su tacto sombrío se pegaba a tu alma y la mascaba como una pasta entre su nula dentadura.

—Ahora estoy —dije, mientras la mirada de acero de aquel monstruo me prometía machacarme con su mano de metal hasta no dejar más de mí además de puré.

Entonces, aproveché ese precioso momento en el que estaba inclinado en mi dirección y elevé mis manos hacia lo que podían considerarse sus ojos.

Mis pulgares se hincaron en ellos y rodeé con mis piernas su cuello.

En cuanto intentó levantarse, me hizo tambalear, pero él tampoco podía apenas averiguar qué era lo que estaba pisando, así que me di por satisfecha —. Ahora ya no, pequeña criatura.

Intentó girar dando pasos torpes, en falso, renqueando…, pero no consiguió nada además de que yo clavase aún más mis dedos en sus cu encas. Y, para mi sorpresa, no eran duras como el hierro ni como el acero.

Eran tan blandas… Tan elásticas que podías dejar pasar una espada entera por ellas y que siempre hubiese más fondo.

Soltó un chillido y el aire que congregó me hizo balancear sobre su cuerpo. Casi perdí el férreo agarre con el que enroscaba mis piernas en torno a su cuello, lo cual era lo único que me mantenía con la seguridad de no caer al suelo con un golpe mortal.

El sudor corría por mi cuello. Sentía el corazón a mil.

Pero tenía que mantener la calma. Porque de mí dependía que aquel plan pudiese darse.

De mí, de Keelan y de Audry. Y si yo fallaba…

Si yo caía en este mismo instante todo el plan se rompería en miles de trozos.

Probablemente en trozos de nuestro propio cadáver.

Aquel momento fue tan frágil. Tan fácilmente podría haber sido destruido…Pero no lo fue.

—¡Eh! ¡Mira esto! —exclamó Audry. El monstruo intentó girar su cabeza, pero al no ver nada no hizo más que sacudirse. Me anclé con aún más fuerza a su cuerpo. Con toda la que pude —. Ah, no, si no puedes.

Entonces, la estocada de una espada contra el metal. El monstruo cabeceó, intentó desprenderse de mí y al ver que yo me negaba a ser apartada, sacó su enorme lengua. No pude ver qué pasaba, ni si llegaba a darle a alguien, pero escuché el sonido de la espada siendo blandida, apartando los ataques.

El rasgar de la carne. El rasgar de aquel músculo.

Y, de repente, un corte limpio. La espada chocó contra la arena, pero no pareció caer sola cuando el monstruo me dio un manotazo y me apartó de su rostro.

Mientras caía pude verlo claramente: Audry le había cortado la lengua y ahora la criatura movía lo que había quedado de ella con vehemencia.

Esperé el golpe seco. Esperé escuchar desde lo que fuera el más allá el crujir de mi cuello y ver mi cabeza rota como una taza con su marfil hecho trazos; sin embargo, no hubo caída alguna.

Porque, antes de caer, alguien me sostuvo entre sus brazos. Vi un retazo de pelo negro, de alas heridas, de un semblante preocupado.

De unos ojos ámbares que brillaban más que nunca.

—¿Lista, hechicera? — inquirió. Su voz parecía iracunda, contenida, esperando tan solo mi respuesta.

Asentí.

—Nací lista, Keelan Gragbeam.

En ese momento, antes de que aquella bestia tomase represarías contra Audry, el príncipe voló a su alrededor. En círculos. Rápidamente. Como un depredador calculando cómo acabar con su presa.

Como un cazador contando cuántos días le duraría la carne de aquella criatura.

Dio golpes al aire, intentó atraparnos con su palma de metal y aplastarnos en ella hasta que no quedase nada de nosotros. Pero, antes de permitirle hacerlo, Audry lanzó algo al cielo.

Hacia nosotros.

Y Keelan lo atrapó aún estando en volandas sobre el monstruo.

Era una flecha bañada en fuego. El fuego más puro que jamás había visto.

—¿Dónde está el arco? —me preguntó. Yo le eché una mirada y asentí hacia el suelo. Hacia el lugar donde lo había dejado caer antes de subirme al cuerpo del monstruo. Por suerte, no había sido pisoteado por uno de los grandes pies del scrantés.

El príncipe asintió.

Y sus manos en mis caderas se clavaron aún más mientras nos acercaba a la superficie. Si bajaba la mano, casi podía rozarlo con la punta de mis dedos. Y si no nos dábamos aún más prisa, pronto seríamos pisados por la bestia.

Entonces, lo tomé entre mis manos y cuando Keelan nos elevó tan alto como para poder ver a la criatura bajo mí, lo alcé en su dirección.

Su boca se abrió. Volvió a chillarnos. El viento que salía de su túnel metálico apenas era un soplo contra los fuertes aleteos de Keelan que lo hacían trastabillar.

Tomé la flecha de fuego que estaba justo al lado de mi cadera, en una de las manos de Keelan y la deslicé por el arco y la cuerda justo como él me había enseñado.

Entonces, la solté y desapareció por la enorme boca del scrantés. Pasaron algunos instantes. Los suficientes para que aquella flecha llegase lo suficientemente profundo.

Tras eso, la bestia explotó en gotas de metal líquido.