CAPÍTULO XXXVI
Sentía la satisfacción. Aquel monstruo ahora estaba dentro de mí. Yo estaba dentro de él. Y sentía su hambre siendo saciada. Sentía el regocijo. La felicidad…La felicidad fue tan mía en aquel momento…Tan brillante entre mis manos. Tan reluciente que no quise dejar que se me escapara.
Y los gritos que escuchaba se convirtieron en risas. En placer. En dicha. Porque aquel dolor que todos manifestaban yo no podía sentirlo. Solo sentía al scrantés…profundamente dentro de mí. Como una parte más. Como una inhalación profunda y entrecortada. Eufórica.
Y quise esconder mi sonrisa. No quise delatarme. No quise mostrarle a nadie que ahora aquel monstruo se había atado a mí con un nuevo hilo. Con un nuevo hilo brillante que entre mis dedos descargaba montones y montones de felicidad siendo electrificada.
Pero lo hice. Mientras Keelan me apartaba a un lado y echaba a correr a la aldea. Mientras todos le miraban desconcertados. Mientras Audry le seguía sin vacilar.
Yo caí de rodillas. Estaba siendo absorbida. Estaba contenta…Feliz…Más feliz de lo que había estado en mucho tiempo. Me reí por lo bajo. La magia crepitando en mi piel. La niebla ahora era abrasadora. Mi corazón se desbocó.
«¿Lo sientes? Eso es lo que eres: eres su reina, Éire. Y debes cuidarles. Debes darles lo que quieren. Debes amarles. Cómo Idelia no hizo contigo. Debes ser mejor que ella. ¿Lo serás? »
Quise responderle. Quise decirle que lo haría. Yo era mejor que Idelia. Siempre lo sería. Pero intenté respirar lo suficiente.Tomar una bocanada de aire. Pero no…No…No pude.
Abrí la boca, intentando encontrar el oxígeno. Se había desvanecido. No estaba. Ya no lo sentía. Aquella descarga había desaparecido. Mis vellos ya no se erizaban. Mi piel no vibraba. Se había detenido…Se había detenido.
No podía detenerse…No…No podía permitirlo. Aquello…No…
Mis pensamientos fueron incongruentes, inconexos, sin sentido. Me aturdieron. Mis ojos casi se cerraron. Ahora todo era dolor. La resaca tras la ebriedad. El bajón tras el paroxismo. La agonía tras la adrenalina.
«¡Detenlos, Éire! ¡Lo matarán!»
—¿Qué, Gianna? ¿A quién…? ¿Qué? —musité. La mujer frente a mí, sacudiéndome. Su tacto gélido. Sus dedos largos. Antes de poder pensar en quién era, murmuré —: ¿Gianna? ¿Estás aquí?
Sus facciones se fruncieron. Su cabello negro vetado de barro. Parecía desconcertada. Pero yo no la veía…No la veía bien. Aún así…Espera. ¿Cabello negro?
Aquella no era Gianna. Aquella no…¿Quién era? ¿Dónde estaba?
¿Y mi oxígeno? ¿Dónde...? No…
—Keelan y Audry te necesitan en la aldea.
Lucca está de camino hacia la casa de los Minceust. Le acompañaré en cuanto me digas que estás bien.
No paras de delirar…¿Tienes…alguna herida por la que suceda eso, Éire?
—Su voz era suave. Calmada. Pausada. Pero…
, por otra parte…¿Me estaba juzgando? ¿Por qué? Yo…No había hecho nada.
—Mamá…Mamá, escúchame. Te juro que no he sido yo…No sé que ha pasado con el vestido. Yo no lo he ensuciado. Te lo prometo.
Su ceja se arqueó. Tras eso, dio algunos pasos en mi dirección. Idelia…Ella siempre parecía fuerte, dura, un ejemplo a seguir.
Siempre había querido ser como ella. Tal vez así se sentiría orgullosa de mí.
—¿Pretendes que me crea eso, estúpida ?
Yo retrocedí instintivamente. No quería…Agua caliente…No, no otra vez.
—¡Mamá, te lo ruego! No he hecho nada. —Caí de rodillas en el suelo. Me mordí el labio inferior. No debía llorar. No debía llorar bajo ninguna circunstancia. A mamá…no le gustaba —. Créeme, mamá. Por favor, créeme. Soy tu hija…Yo…
—¡Guardias! —gritó, sin darme la oportunidad de expresarme.
Aquellos hombres me sujetaron por los hombros con la misma rudeza que solían hacerlo.
Se rieron. Creo que se rieron. Pero yo no estaba aquí…
Mi mente….Mi mente prefería pensar que aquel dolor era el suave apretón de un masaje.
Que estaba tumbada en el jardín y el agua caliente eran los rayos del sol.
Si…Aquello estaba bien. Mi madre nunca me haría eso, de cualquier forma. ¿Cómo podría pensar aquello?
Yo me había portado mal…, ¿verdad?
Aparté a aquella mujer de un golpe. Aquella felicidad había desaparecido…¿Por qué? No otra vez. No quería que se me fuera arrebatada de tal forma. ¡Era mía! Me la merecía…Me la merecía.
—La merezco más que nadie. ¿¡Por qué tú tampoco lo entiendes!? —me pareció que le grité. Aquella mujer me miraba, intentando incorporarse sobre el barro y los charcos de agua sucia. Yo la había empujado…pero quizá me había pasado. No lo sabía. ¿La había empujado? Nada era claro. No.
Yo aún estaba arrodillada, así que vi de frente su mirada desconcertada.
Dejes de miedo la hacían relucir. Pero…No…
¿Miedo por qué? Yo no quería hacerle daño a nadie.
Yo era mejor que mamá…Yo no hacía daño, aunque las personas se portasen mal conmigo.
Yo no quería ensuciarme más las manos. Ahora mi vida era mejor.
Lo era, sí. Era mejor. Y no podía dejar que lo arruinaran.
Bajo ningún concepto.
«Ve hacia la aldea, Éire. Ve inmediatamente»
—¡Cállate! ¡Déjame en paz! Quiero…Necesito…—Intenté hablar, pero nada además de balbuceos salieron de mis labios. Me sentía confundida. Quería que se fuese…aquella voz. Quería paz. Quería un instante de silencio en mi cerebro para volver en mí .
Aquella mujer…Evelyn. Sí, era Evelyn. Aquella mujer me sostuvo. Dejó una suave caricia en mi mejilla. Y fue reconfortante. Lo más reconfortante que había sentido en mucho tiempo. Cómo la punta de unos dedos rozando mi alma y dejando tras de sí halos de pureza.
Entonces, me dedicó una sonrisa tranquilizadora y susurró:
—Puedes tomarte el tiempo que quieras. Estoy aquí contigo, ¿de acuerdo?
Nadie más está aquí. Solo tú y yo. Y estamos a salvo.
Estamos bien. ¿Lo ves? Mira alrededor. —Y lo hice.
Miré a nuestro alrededor. Y pese a que tras su voz podía escuchar claramente el caos.
Los chillidos humanos y los gritos sobrenaturales.
Pese al sonido de la carne siendo desgarrada, pese al restallar de las espadas y al sonido de las alas…
Pese a todo eso, era cierto. Estábamos solas.
Gianna no estaba. Era solo un espíritu. Y había desaparecido. Así que solo estaba yo…junto con Evelyn.
Sentí como en mi pecho caía un peso mucho más grande. El peso de la tristeza, de la culpa, del asco hacia mí misma. Aquella gente…Keelan…Todos estaban en peligro por mi culpa. Todos podían estar muertos por mi culpa.
Todo porque yo había perdido el control.
—Gracias —le susurré, pero mi voz no fue más que un triste tartamudeo. Evelyn esbozó otra pequeña sonrisa y sus ojos azules me parecieron aún más brillantes.
—Te acompañaré si lo deseas. Si necesitas un poco de apoyo…podría acompañarte. No voy a poder hacer mucho contra ese monstruo, pero si me lo pides…
—No —le respondí, tajantemente. Intenté sonreír, pero mis labios estaban tan crispados que apenas se tensaron en no más que una mueca —. Puedes irte y ponerte a salvo. Será lo mejor.
Asintió una última vez. Tras eso, se fue. Desapareció entre la oscuridad. Echó a correr como si la vida le fuera en ello hacia aquella casa. Y eso era lo correcto, porque si tuviese que preocuparme de salvar su vida ante cualquier otra cosa….todo sería mucho más complicado.
Tras eso, inhalé. Exhalé después. Intenté tranquilizarme. Traté de taparme los oídos para dejar de escuchar la agonía. También intenté taparme la nariz para no oler aquel olor…El olor de la vida dejando los cuerpos humanos sobre el suelo. Pero no pude.
¿Cómo iba a hacer desaparecer lo obvio?
Era mi culpa. Aquellos gritos, aquel riesgo, aquel dolor…había sido por mi culpa. Y no debía de ser tan cobarde como para ahora negarme a verlo.
No sería tan cobarde como para no hacer nada como sucedió en Thard.
Así que di un paso hacia aquella aldea. Las casas ahora manchadas de sangre.
Los tejados rociados en ella. Cuerpos eviscerados por doquier.
La sangre goteando desde los alféizares.
Partes mutiladas de cuerpos rodaban por el suelo, intentando encontrar a sus partes faltantes, como un siniestro puzzle que se trazaba bajo mi mirada.
Tragué saliva duramente. ¿Aquella euforia había merecido la pena? ¿Por qué siempre acababa siendo adicta a lo malvado?
¿Había algo mal en mi? ¿Cómo podía…haberle hecho esto a tantas personas sin motivo alguno?
Cuando mataba…Cuando acababa con una vida tenía una razón.
Debía tener una razón. Aquellos soldados murieron porque yo así lo quise, en aquel riachuelo, comidos por el pulvra.
Pero porque estaban carcajeándose ante mí y el rey.
Porque no se habían tomado en serio su trabajo.
Y a veces…había que hacer lo que había que hacer. Y no había más.
Pero ahora…Esta gente no me había hecho nada y yo deliberadamente había dejado que los masacrasen.
—¡Éire! —alguien gritó. ¿Audry? Levanté la mirada, alcé mi rostro y me topé con él a pocas varas de mí, escondido en un pequeño hueco que se había formado entre dos casas —. ¡Atrapa esto!
Arrugué el entrecejo. Algo fue directo hacia mí. Algo que antes había estado entre las manos del pequeño cobarde espadachín. Fue tan solo el retazo de algo que giró. Era de madera. Algo arqueado….con una cuerda.
Un arco.
Lo atrapé al vuelo. Miré a Audry en busca del carcaj, de algunas flechas, pero él ya no me miraba a mi, sino que ahora asentía hacia donde antes habíamos bailado.
Hacia la zona de la aldea que tenía el suelo pintado de mandalas, de círculos azules y perfectos y de la hermosa cara inhumana de una diosa que ahora tenía sus ojos mancillados con sangre.
Su mirada sangrienta pareció mirarme de vuelta. Y casi pude jurar que relució con determinación.
Entonces, los vi. Una maraña de alas y metal. De un enorme cuerpo de acero y uno tan solo humano. La espada de Keelan ahora estaba clavada en el suelo. Abrí desmesuradamente los ojos….porque eso significaba que estaba desprotegido. Que estaba…