Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2) PRÓLOGO #2
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PRÓLOGO #2

Unidas por la magia de Gregdow, unidas por una tierra que nunca desaparecería.

Ni siquiera aunque Nargrave acabara masacrada, conquistada, bañada en un carmesí tan oscuro como la límpida obsidiana, Gregdow siempre sería la cuna de la magia: el lugar más sagrado para cada criatura mágica, un lugar que no necesitaba de mortales que le protegieran.

Un lugar que elegía a su propio soberano.

Las manos del joven rey de Zabia se cerraron sobre mis caderas, suaves y alentadoras, tan cálidas como desde hacía años habían permanecido.

—¿Cómo te encuentras? —su voz ronca musitó en mi oído, casi tan suavemente como el roce de aquel rayo de luna.

—Podría ser peor —le respondí yo, aún sin atreverme a girar en su dirección.

—¿Está viva? Debería asegurarme de que permanece con vida, no puedo dejar que todo tu esfuerzo sea en vano y que esa niña…

Coloqué mis manos sobre las suyas y dejé que mi espalda se apoyara contra su pecho. Después, lentamente, le dije —: Se llama Éire.

No supe si asintió, pero estuve inequívocamente segura de que se tensó tras de mí.

—La encontraré y la mantendré con vida —afirmó él, con una seguridad que probablemente sentía.

—No debes hacer nada, Symond. Tan solo deja que ella vaya hacia ti y cuando eso pase, deja que las cosas acontezcan cómo deben. —Tragué saliva, mantuve la pausa durante algunos segundos y susurré —: Pese a todo, no es mi final lo que me asusta.

—¿Y qué es?

—Serill me mostró una imagen que no puedo sacar de mi mente.

—Me giré en su dirección, manteniendo mi mirada tan solo en sus ojos, en esos ojos que había observado durante largas horas: cerrados, empequeñecidos, terriblemente hermosos —.

No es mi muerte lo que me aterroriza, ni tampoco el final de esta gente: porque es un ciclo que debe continuar y la tierra es lo único que al final permanece.

Él tragó saliva, su tez tan pálida que parecía enfermiza y casi pude visualizar como en su mente se debatía por asegurarme que esta noche no iba a ser mi última. Aún cuando todo era una pequeña oscuridad, pude ver enormemente bien las lágrimas que se congregaban en sus ojos.

Su mano se deslizó por mí pómulo, lentamente, sus dedos bailando por mi tersa piel con delicadeza, casi como si fuera lo más precioso y frágil que alguna vez tocó.

—Cuéntame cómo era esa imagen.

Asentí y fui cuidadosamente atenta de que mis ojos no se bañaran en lágrimas. Porque el hombre frente a mí no merecía eso: no merecía ser aterradoramente consciente de que yo tampoco quería separarme de mi vida para siempre.

Por eso, aquel secreto sería algo que me llevaría en silencio, tan solo conmigo esta noche.

—Cuando mi corazón deje de latir y mi cuerpo se entumezca, aún permaneceré aquí.

Symond frunció el ceño.

—Pero eso no es justo, no deberías sacrificar tu vida para luego permanecer como una mera espectadora de los hechos. No quiero que sufras de esa forma, no quiero que veas cómo acaban con tu pueblo, si es que eso finalmente acabara pasando. No es justo, Gianna. No lo es.

Su mano cayó, casi rendida, sobre mi hombro. Una de esas lágrimas rodó por su mejilla, furtiva y ninguno de los dos nos molestamos en hacerla desaparecer.

—No es eso lo que me aterroriza, porque no puedo imaginar regalo más bonito que ver cómo todo Gregdow vive, que ver como la magia Razha permanece, que ver cómo estas criaturas siguen respirando.

—Me detuve un instante, mordí ligeramente mi labio inferior y no pude evitar que una sonrisa lastimera se extendiera por mis labios—.

Y tampoco puedo imaginar algo tan maravilloso como verte vivo, feliz, con tus hijos.

—Eso no pasará, Gianna, no…

Le chisté, interrumpiéndole, notando como una de aquellas malditas lágrimas rozaba la comisura de mis labios, inesperadamente gélida.

—Te he dicho que eso es lo que más feliz me haría, Symond.

No es eso lo que me aterroriza, para nada.

No es eso —le aseguré —. En esas imágenes no parezco yo, ¿sabes?

Algo me va a cambiar durante el transcurso de los años y no sé si será la misma Éire la que me lleve a la perdición.

Porque su energía no parece llenarla, al contrario: la aborrece.

Y me da miedo que eso sea cierto, que yo sea capaz de destruir mis principios y que yo solo aliente aún mas a esa niña a tomar venganza contra algo que aún ni siquiera sé qué es.

Sabía que Symond quería decirme algo y no solo lo supe por el brillo de sus ojos, sino también por el titubeo de sus labios. Pero, por mucho que él deseó pronunciarlo y yo escucharlo, el crujido de la madera rompió aquellas palabras no dichas.

—Soy yo, Gianna. Siento molestaros, pero te traigo el té que me pediste.

Asentí en dirección a Serill, mientras ella dejaba aquel vaso liso y plateado, que soltaba ondas de vapor desde la mesita trabajada en madera.

Symond ni siquiera se giró en su dirección, mientras dejaba un largo y lento beso sobre la comisura de mis labios, justo donde se había secado aquella lágrima.

—Volveré luego, ¿está bien? Avísame cuando termines de hablar con Serill —musitó él, a escasos palmos de mi rostro.

Asentí tan solo una vez y antes de que se girase en dirección a la puerta, le susurré, tan solo para que ambos lo escuchásemos —: Cuando todo esto acabe, sí que necesito que encuentres a alguien.

Él asintió sin siquiera dudarlo.

—Sí, dime, quién sea.

—Dentro de diecisiete años, habrá un mercenario que casi habrá cumplido su mayoría de edad en Iriam. Será muy conocido, probablemente el asesino más hábil desde hacía lustros. Se quedará huérfano, sin familia y necesito que lo nombres tu hijo.

El rey frente a mí retrocedió un pequeño paso; sin embargo, no desveló nada más de su sorpresa, ya que ambos éramos muy conscientes de que no estábamos solos en aquella habitación. Y, aunque yo confiase incondicionalmente en Serill, Symond aún parecía reticente ante la hechicera.

—¿Por qué debería hacer eso? Yo…

—Sé cuanto te importa tu reino, Symond y confía en mí cuando te aseguro que no habrá mejor soberano que él.

—¿Y cómo se llama?

Le dediqué una minúscula sonrisa, antes de susurrarle —: Se llama Keelan y dentro de muchos años se llamará Keelan Gragbeam, el hombre que hará lo que sea para mantener su reino: justo como su padre.

El joven frente a mí entrecerró ligeramente los ojos, pero, aún así, una mueca triste frunció sus facciones.

—¿Y cómo sabes eso, Gianna? —inquirió él con la densa desconfianza reluciendo en sus ojos. Antes de yo poder responderle, Serill fue quien se movió sigilosamente en nuestra dirección.

—Si me permitís inmiscuirme, su majestad —le dijo a Symond y aún sin esperar a que asintiera, ella afirmó —: Fui yo quien le dio esa información a la reina.

El rey se giró en su dirección, dándome completamente la espalda, como si estuviera protegiéndome inconscientemente de la mirada de mi amiga.

—¿Y por qué debería fiarme de ti, Serill? Veo que, aún siendo íntima amiga del rey Rauthier, tú misma te ofreciste a espiarlo. Incluso aún sabiendo que tus sobrinas tienen también su sangre.

Serill tan solo le dedicó una sonrisa astuta, sin vacilar ni un solo instante, manteniendo su rígida postura apoyada en aquel bastón que siempre llevaba consigo.

—Considéralo un favor que luego debes devolverme.

Noté como el hombre frente a mí se tensaba completamente, probablemente maldiciendo a Serill fervientemente en su fuero interno.

—No puedo confiar en una mujer que no forma parte de ningún bando. —Casi pude escuchar como un gruñido salía de entre las palabras del rey.

Serill chasqueó la lengua.

—Eso es común entre los humanos, desde luego. Pero, cuando todo esto acabe, yo sobreviviré sin deberle nada a nadie.

—No pertenecer a ningún bando simplemente te hace una cobarde. Y, al final, Serill, ambos extremos acabarán contigo.

La mujer de cabello castaño ladeó la cabeza mientras le respondía —: Antes de que eso pase yo ya estaré metida en una madriguera, con la sombra de muchos árboles ocultando mi escondite.

Supe con certeza el momento en el que Symond iba a responderle, así que antes de dejar que aquello se convirtiese en una vorágine de insultos y miradas mordaces, cerré mi mano en torno al antebrazo del joven.

—Te esperaré aquí, pero ahora debes irte.

El rey de Zabia nos miró a ambas una vez más, me dedicó un último adiós y se fue de mi habitación, aún echándole miradas desconfiadas a Serill, quien ni siquiera se las había devuelto.

La puerta se cerró tras sus pasos con un seco golpe, haciendo que Serill soltase un suspiro consecuentemente aliviado.

—¿El té lleva suficientes somníferos? —le pregunté, cruzando mis brazos sobre el vestido de seda que tapaba escasamente mi cuerpo.

Serill asintió, acercándose a la mesilla y tomando aquel vaso entre sus manos. El humo, casi de inmediato, tapó su rostro casi por completo y el olor de aquel té se adentró en las aletas de mi nariz sin pedir consentimiento.

Era asqueroso, hediondo y acaparador, acallando malicioso a tu instinto de supervivencia, chistando al raciocinio. Parpadeé un par de veces y Serill me extendió su mano, tendiéndome aquel té.

—Tiene suficientes ojos de criaturas Razha: he averiguado que es lo único capaz de dormir los poderes de un creador de monstruos.

La dosis de tu té es tan alta que hará desvanecer a tu magia para siempre —me confesó ella mientras yo tomaba aquel cálido vaso entre mis dedos.

Era tan caliente que casi sentía como mis manos se enrojecían sobre el material.

—Prométeme que protegerás a esos dos niños, Serill. Prométeme que cuidarás de Keelan y que nunca le darás la dosis suficiente de este té a Idelia como para que pueda matar a Éire. Porque sería lo único capaz de matar para siempre a esa niña.

Mi amiga asintió, aunque pareció vacilar mientras daba un paso en mi dirección. No derramó ni una sola lágrima, pero, aún así, solo me hizo falta ver como sus finos dedos temblaban sobre aquel bastón, el único que era capaz de hacerla caminar.

—Claro que te lo prometo, Gianna. Sabes que haría cualquier cosa por ti. Absolutamente cualquier cosa .

—Lo sé, amiga mía, lo sé —susurré, deteniéndome a observar como su desigual cabello temblaba ante la lamida del viento.

—Sabes que siempre te he querido, ¿verdad? Que siempre te querré…Que…

—Yo también te quiero, Serill, pero sabes que no puedo corresponderte de esa forma —le contesté, luchando contra las ganas de soltar todas las lágrimas que nublaban mi visión —. Dile a Symond que lo siento. Espero que él pueda entenderlo.

—No creo que lo pueda entender, pero se lo diré de cualquier forma. Después de esto, tendré que permanecer escondida durante mucho tiempo.

Tras hablar, el labio de la hechicera tembló, limpié suavemente con mi índice una lágrima que finalmente derramó y antes de que un impulso pudiese detenerme, le di el primer trago a aquel té.

Después de aquello, tan solo recuerdo la devastación que provocaron los monstruos sobre Gregdow, al sentir como su única madre desaparecía.

Pero, al fin y al cabo, no tardarían mucho tiempo en conocer a su nueva creadora.