Reino de mentiras y oscuridad (Nargrave 2)
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PRÓLOGO
GIANNA RAGNAC.
Dos décadas atrás.
Rauthier Güillemort nos había declarado la guerra abiertamente, alegando que nuestros monstruos, supuestamente, habían violado los puntos del tratado y se habían adentrado en las fronteras de su reino.
Ahora, el rey iriamno había llamado a sus portaestandartes para comenzar una guerra sangrienta y terriblemente devastadora.
Aherian no podía ayudarnos por el juramento que llevaba siglos y siglos atando a su dinastía con los Güillemort, Helisea parecía demasiado interesada en la línea sólida de comercio que trazaba junto con Iriam: así que prefería mandar a sus pocos soldados con el rey Rauthier; Draba ni siquiera había respondido a todas mis cartas y Zabia, al parecer, iba a ser el único en brindarnos parte de su ayuda.
El rey Symond, justo frente a mi escritorio, me sonrió ligeramente.
—Gianna, sabes que tienes todo el apoyo del sur. Draba me ha mandado suficientes fuerzas como para poder soportar este ataque. Creo que ni siquiera será necesario que utilices la…
—Tengo que hacerlo. Si algo saliese mal, si algo…
—Tragué saliva a duras penas, e intenté continuar, aún con la voz levemente temblorosa —.
Si algo me pasara, si alguien exterminara a mi reino, la casa razha quedaría sin descendencia.
Mi reino se compone de todas las casas y dinastías existentes de hechiceros: todos nobles, cada uno con su propia guardia y escudo, pero yo les protejo a todos.
Porque eso es lo que ha hecho la familia Ragnac durante milenios y no puedo permitir que se queden sin una soberana.
Si no pudiera ser yo y tampoco ningún hijo mío, será alguien que nazca y se cree de mi magia.
Symond frunció el ceño y dio un paso en mi dirección. No me moví y esperé pacientemente a que él se acercara. Y, en cuanto lo hizo, rodeando mi enorme escritorio de alerce, dejé que posase su mano sobre mi hombro desnudo, apenas tapado por un fino tirante aciano de damasco de seda.
—Si haces eso, ningún hijo tuyo podrá poseer tu magia, Gianna. Te arriesgarías a no tener herederos, te arriesgarías a que la dinastía Ragnac desaparezca para siempre.
Humedecí mis labios, e intenté controlar el temblor que me hacía trastabillar en cada movimiento. Un nudo se había enredado en torno a mi corazón, engarzado en sus ventrículos, inhibiéndole de la capacidad de latir con normalidad, inhibiéndome de la capacidad de retener las lágrimas por más tiempo.
Sabía que este sería mi último día: el último día de la dinastía Ragnac, hiciese lo que hiciese, por mucho que Symond orase a cada rato mi destino estaba sellado y nadie era más poderoso que los dioses.
Porque Serill, una elaboradora y clarividente que era fiel a Gregdow y que ahora estaba espiando al rey Rauthier, me lo había confesado.
Ella tenía un estrecho vínculo con el rey iriamno, ya que había estado allí gran parte de su infancia junto con su hermana pequeña: Idelia Gwen, una mujer a la que muchos preferían no tener cerca.
Y yo me incluía entre ellos.
—No lo entiendes, Symond. La vida, aquí en Gregdow, no es como en Zabia.
No importa mi dinastía, no importa mi casa, no importa mi familia: importa la magia.
Y no podemos dejar que una magia se extinga por completo, porque eso traería un desequilibrio jamás visto.
Nuestra magia se alimenta del bosque y el bosque de nosotros, así que mientras haya un solo Razha vivo, seguirá quedando magia Razha en Gregdow.
Por eso, si no quedase un solo creador de monstruos vivo sobre la faz de la tierra, las criaturas huirían del bosque y masacrarían Nargrave al completo.
Sé con certeza que acabarán con cada una de las personas de mi casa y portadoras de mi apellido y por eso debo conservar mi magia en algún recipiente mortal.
Symond soltó un suspiro, para nada convencido de aquello, pese a mi extensa explicación.
—¿Los dioses te han relevado quién será?
Tragué saliva, justo antes de responder —: Una de las hijas de Idelia Gwen y Rauthier Güillemort.
IDELIA GWEN
En otro reino, justo ese mismo día.
Iriam era todo un caos donde briznas de hierba, trazos de armas y gritos de guerra se entretejían sobre las casas de las cuales ya no salían humaredas de humo, sino ciudadanos con antorchas en sus manos y quejidos en sus labios.
Era una noche de primavera y pese a que el invierno había acabado hacía días, copos de nieve se trazaban encima de mi capa cetrina.
Mi redonda barriga estaba oculta bajo un corsé y cintas y cintas de algodón anudadas bajo mi enorme vestido, confeccionado por el mismísimo sastre del rey, el cual había conseguido tras excusarme alegando que los últimos meses había ensanchado por el estrés de la inminente guerra que ahora era más real que mi estado.
Las contracciones palpitaban en mi vientre como los monstruos que rugían en volandas no muy lejos de aquí.
Fruncí mis labios y clavé la punta de mis largas uñas en la palma de mis manos.
Me mantenía en pie a duras penas, zigzagueando entre el gentío y soportando los empujones que me daba cada estúpido humano.
Pronto. Pronto. Pronto, Idelia. Pronto vendrán al mundo los bastardos que llevas dentro: los bastardos del rey.
Escuché el susurro de los dioses, la clara y dulce voz de Cristea tan líquida como el caudal de un río, la grotesca voz de Kerönhe como una lanza atravesando un cuerpo mortal y la melódica voz de Vignís, distintiva como un trozo de sol entre rayos de luna.
—Huiré de Iriam en cuanto nazcan. Las niñas no morirán, no dejaré que eso pase —musité, sosteniendo mi vientre entre mis manos huesudas y frías, esperando que el susurro del viento rozara mis oídos. Esperando a que los dioses me respondieran como siempre hacían.
¡No! Una de ellas debe morir, hechicera. La que posea el don prohibido, el don que debe desaparecer hoy junto con Gianna y Gregdow. El don al que solo Kerönhe debería acceder: el don de crear monstruos.
Mi vello se erizó y me detuve de sopetón, sin siquiera dejarme amedrentar por todas las personas que chocaban contra mí como una estampida de animales salvajes.
El don de Gianna, me habían dicho. Mi hija, mi propia hija, una de las dos que verían durante esta nefasta noche el cielo por primera vez, tenía el don de la dinastía Ragnac.
Mi mente empezó a trabajar con rapidez, millones de pensamientos patinaron por mi cerebro y quise caerme de rodillas sobre el suelo para orar y orar a la tríada que deshiciesen aquella decisión.
Me llevaría a una de las niñas y huiría de aquí. Pero, para hacer eso, necesitaba ser lo suficientemente inteligente como para deshacerme de Rauthier: porque si él se enteraba de esto, acabaría con mis dos hijas y no permitiría aquello.
Entonces, mientras entraba en una de aquellas casas vacías, con la puerta chocando contra su traba por las lamidas del viento, lo supe.
Si Gianna Ragnac iba a morir esta noche, solo había una forma de huir y acabar con Rauthier y una de mis hijas: aprovechando al que después de esto acabaría destrozado. Su amante, el rey Symond.
Si le confesaba y le vendía la información de que mi hermana misma era quien iba a acabar con Gianna, podría ocultarme en su corte y ayudarle a destruir Iriam.
Porque así era como deseaban los dioses que fuera.
Lo que yo no supe en ese momento, fue que podría estar equivocada sobre a qué hija debía salvar y que eso nos costaría la vida a todos .
La creadora de monstruos está destinada a destruir Nargrave . Escuché por última vez, justo antes de dejar un par de monedas de plata y a un bebé que berreaba entre mantas manchadas de sangre carmesí, justo sobre un camastro de aquella casa desconocida.
—Adiós, Eris —susurré, mirando por última vez a aquella niña de rostro oliváceo.
GIANNA RAGNAC
Un rayo de luna atravesó el cristal moteado de mi ventana, serpenteando entre las cortinas de gasa sutilmente.
Toqué ligeramente la madera alabastrina que rodeaba al cristal, deteniendo mis ojos firmemente en aquella luna llena, perfectamente trazada sobre el cielo: tal y como uno de los remolinos que yo había trazado sobre las molduras del techo.
Si te detenías a escuchar con atención, podían escucharse los gritos a la lejanía: gritos de guerra, el preciso instrumento que anunciaba la masacre.
Sabía que, como había observado bajo la ventana de mi castillo, la gente de mi reino no estaba asustada; sin embargo, la guerra nunca había sido siquiera una opción a considerar.
En Gregdow, en esta tierra tan extensa, núcleo de todo Nargrave, dejar caer sangre de gente inocente que era engañada por sus soberanos, era una forma de mancillar la magia: de mancillar el reino, de mancillar las raíces de cada árbol y cada resquicio de poder que tenían las criaturas que habitaban aquí.
Cerré los ojos brevemente, ligeramente, un segundo en la oscuridad más absoluta y entonces, escuché la puerta abrirse, crujir bajo una mano que la empujaba.
Tragué saliva, esperando pacientemente a que Symond diese aquellos pasos que deseaba dar en mi dirección.
No podía leer mentes, desde luego que no, pero la intuición era algo de lo que mi mente no carecía.
Sabía a la perfección que se encontraba tras de mí cuando dijo —: ¿Lo has hecho?
Asentí, cerrando mis manos en torno a la madera con aún más fuerza, sintiendo el latir del corazón de aquella criatura, notando como Idelia palpaba mis brazos como si fueran los suyos.
Estábamos vinculadas, aquella niña y yo estábamos vinculadas para siempre, unidas por un hilo tan fuerte que ni siquiera el amor de un ser querido era capaz de asemejarse a esto.