Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXXIX #2
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CAPÍTULO XXXIX #2

Tal vez, tras tantas semanas olfateando tan solo magia oscura, ésta se había colado en cada recóndito lugar de mi mente y me costaría más que unas horas deshacerme de su inhóspita sensación.

Entrecerré los ojos y me giré en dirección a aquella voz. Por un instante, casi estuve segura de que se trataba de un hombre; sin embargo, fue una cara más bien femenina la que me recibió.

—Su majestad, es una sorpresa no muy agradable que se acuerde con tanta precisión de mi nombre .

La reina Asterin me dedicó un esbozo de sonrisa. Fue leve, tan leve que casi parecía triste, actuada, no más que la tensión de sus comisuras. Entrelazó sus manos enguatadas frente a su vientre, provocando que inevitablemente me fijara en su lúgubre vestimenta.

Un vestido tan negro como la obsidiana de la que supuestamente provenía el castillo caía por cada parte de su cuerpo. Su pelo, antes rubio, ahora era tan canoso que casi parecía blanquecino, cayendo tras su espalda de forma lisa y uniforme, fino y casi rozando sus rodillas.

—Podrás visitar a tu madre esta noche —tan solo dijo. Asintió en mi dirección, con un respeto inesperadamente convincente, y su mirada casi musgosa pareció chispear—. Estará aguardando en tu habitación. Que sea rápido o el rey lo sabrá.

Aunque quise responderle, exigirle por una explicación, la reina Asterin tan solo dio algunos pasos tranquilos y sosegados justo en otra dirección. Y, pese a que miré sobre mi hombro para intentar encontrarla, parecía haber desaparecido entre alguno de los grupos aristocráticos.

¿Qué se suponía que había pasado? Me pregunté, no una ni dos veces, sino todas las veces que podías preguntarte algo mientras te ahogabas en un vaso de vino y te escondías en la esquina de una sala.

La piedra estaba fría, puntiaguda en muchos lados, justo contra mi espalda.

No obstante, en ningún momento me erguí entre aquella oscuridad.

El vaso de vino estaba frío entre mis dedos, espumoso y blanco, sus burbujas bailando sobre mi lengua y bajo mi paladar. Tomé una bocanada de aire, e intenté racionalizar alguno de mis pensamientos.

Gianna, el hechicero pirado que estaba enamorado de mi madre, mi propia madre y, ahora también, había aparecido el nuevo misterioso personaje: Asterin Waldorm.

Sin duda, era una larga lista a tener en cuenta.

Aunque tampoco tenía suficiente tiempo como para detenerme a analizar qué se encontraba tras ella.

Y, si era sincera, no era el momento idóneo de mi vida como para interesarme por conspiraciones y en las personas que participaban en ellas. No cuando tenía a mi madre en un calabozo, y al destino de mi vida pendiendo de un hilo.

Servir a reyes no sonaba tentador, no para mí. No para un futuro cercano. No, definitivamente no sonaba tan tentador como subirte a un gran barco para descubrir criaturas marinas inimaginables y encontrar tierras desconocidas.

Entonces, aunque pasé desapercibida para la mayoría, aquel niño al que ahora conocía ligeramente mejor, enfundado en una lustre armadura, se acercó a mí con algunos pasos torpes.

—¿Tomando un descanso de tu trabajo? —inquirí, mirando a Audry por encima del borde de la copa. Él tan solo soltó un suspiro más bien lastimero.

—Bueno, desde luego, no es un trabajo que esté bien pagado.

—Por lo que tengo entendido, te espera una buena fortuna en cuanto vuelvas a Zabia con tu familia.

Audry me observó durante unos instantes, sus facciones tan suaves y relajadas como siempre. Pasó un segundo, luego dos, y finalmente, pareció desistir y soltar una risotada carente de gracia.

—Mi familia —él suspiro, casi como si aquello pudiese haber sido la mayor broma de todas.

Enarqué una ceja.

—Si tienes problemas familiares, únete al club.

Audry sacudió la cabeza, y dijo:

—No tengo ningún problema con mi madre ni con mi yaya, pero sí con Zabia. Nunca… —intentó continuar—. Simplemente no quiero volver.

—¿ Yaya ? Lo siento, no puedo tomarte en serio si me dices eso, pequeño cobarde —le respondí, reprimiendo a duras penas una burla .

El niño me miró mal por unos instantes; sin embargo, no parecía demasiado sorprendido por mi respuesta.

—¿Ahora también pequeño?

Me encogí de hombros antes de mascullar—: Me gusta innovar con mis apodos.

El castaño exhaló, pero se mantuvo frente a mí: no se movió un paso, y desde luego, tampoco se apoyó contra la pared, justo a mi lado. Tan solo se quedó allí, de pie, observando nerviosamente cada rincón.

—Me gustaría pedirte algo. Sé que no somos demasiado cercanos. Pero, aún así, eres la única persona de este lugar en la que siento que puedo confiar un poco más.

Le miré detenidamente, repasé cada inquieta facción, cada leve peca, su sonrisa prácticamente menguada. Estaba nervioso, probablemente triste, pero…, ¿había dicho aquello realmente?

—¿Confías…? —intenté comenzar. Pero, en cambio, mi garganta no quiso cooperar durante algunos instantes. Carraspeé varias veces para poder proseguir—: ¿Confías en mí?

Audry me observó como si fuese estúpida.

—Claro —contestó con simpleza, casi como si fuese algo irrelevante .

—Bueno, pues sí. Sí que puedes pedirme algo —dije con demasiada rapidez. Sí, definitivamente lo había dicho casi con desesperación. Así que no pude evitar añadir—: Pero que sea rápido: no tengo todo el día para ti.

—Sí, no te preocupes. De cualquier forma tengo que volver en algunos minutos a mi puesto.

¿Te he contado que Keelan me ha asignado justo frente a su puerta justo unas horas antes de las doce?

Mi compañero es un poco aburrido, tan grosero como tú, os llevaríais bien y…

—Cuando ojeó mi mirada molesta, se detuvo de sopetón.

Murmuró una breve disculpa, y después, agregó—: Bueno, a lo que iba: me gustaría pedirte, sino tienes mucho que hacer esta noche, obviamente, que me acompañaras a ver los fuegos en los establos.

Sé que esa yegua te gusta, y estoy seguro de que le vendrá bien compañía.

Además, la pirotecnia me da una pizca de impresión, sin contar con el…

—Iré —le interrumpí. Sabía que esta noche hablaría con Idelia, sabía que tal vez me retrasase un poco, pero iría.

El rostro de Audry se iluminó gradualmente. Me dedicó una amplia sonrisa, mostrándome sus dientes ligeramente separados, y tras eso, dio algunos pasos hacia atrás .

—Perfecto, te espero a medianoche. Me debo marchar ahora, pero espero verte allí. —Asintió en mi dirección una última vez—. Significa mucho para mí, de verdad.

—Bien, bien, ahora vete: me empalagas.

El niño, pese a aquellas palabras, aún seguía sonriente cuando me dio la espalda y se fue.

Solté un suspiro apesadumbrado, saboreando el borde de aquella copa con la punta de mi lengua: pausadamente, con parsimonia, casi con desidia.

La música resonaba a mi alrededor, los grupos de la nobleza conversaban familiarmente, y apenas alguna persona estaba apartada como yo.

De hecho, me corregí: ninguna estaba apartada como yo.

Mi mente, aún así, no estaba en el salón de las piedras. Pensé en Gianna, sin saber siquiera porqué. Pensé en sus palabras, en las palabras de aquel espíritu determinado e iracundo:

«Que la tríada se vuelva al círculo, Éire. Estas tierras te reconocen, niña. Recuerda al reino olvidado: a tus antepasados, que aún sabemos de tu existencia. Averigua qué era Gregdow, y toma venganza por nosotros. Hazlo, y estaremos en deuda contigo eternamente»

Gregdow, Gregdow, Gregdow...Lo llevaba pensando días, pero aún seguía sin obtener respuesta alguna.

Había pensado en preguntarle a Keelan, pero probablemente él me diría lo mismo que ya sabía.

También había pensado en preguntarle a Audry…

, bueno, no, no había pensado en preguntarle a Audry. Peero, podría ser una última opción.

Así que, definitivamente, había llegado a la conclusión de que podría ser una buena idea preguntarle a mi madre.

Bueno, realmente no podría ser una buena idea, pero sí que era lo único que tenía.

—Supongo que todo empezó en una esquina oscura, y así es como debería acabar —dijo una voz a la que reconocí al instante, justo a unos palmos de distancia, tan cerca que nuestros brazos apenas se rozaban.

Inevitablemente, una sonrisa se expandió tanteadora por mis labios.

Miré de soslayo al príncipe, quien ahora llevaba un ostentoso traje azabache.

No borgoña como había portado en Zabia, no enebro como los que llevaban los hombres de Aherian, sino tan sólo negro.

Debía de admitir que era apuesto, y que aquel traje era medianamente bonito —podía ser que un poco más que tan solo bonito — e incluso aceptable.

Su chaqueta se trazaba con ribetes y detalles intrincados bordados en hilos que casi parecían rúbeos, de finas y estrechas mangas, y su cabello ahora bastante mejor recortado ya no rozaba con pereza su frente .

—Nada empezó en ningún lado —intenté ladrarle. Ahora bien, sonó más como una simple aclaración. Le miré de nuevo, y él enarcó una ceja—. Y, si hubiera empezado, sería más bien en un despacho.

Él asintió, aunque parecía hacerlo más bien para concederme la razón, aún sosteniéndome la mirada sin flaquear. Sus labios se tensaban, sonrientes, y no parecía ser una persona a la que iban a obligar a casar en poco tiempo.

—Azul —soltó el príncipe repentinamente, sin recorrerme con la mirada, sin detener su vista sobre mis piernas: tan solo mirándome a mí, mirándome a los ojos—. Me gusta el azul.

—Lo sé.

Keelan parpadeó.

—¿Lo sabes?

—¿Por quién crees que lo he elegido? —bromeé. Porque, definitivamente, nadie influía en mi forma de vestir más que yo.

—Por ti, supongo —respondió él, su mirada tan fija como siempre, su sonrisa brillando en sus ojos.

—Ojalá, pero no: Evelyn lo ha escogido. Aunque, tengo que decir que, pese a su horrible gusto, ha acertado con creces.

—¿Horrible gusto ?

—Le gustas tú —dije simplemente, encogiéndome de hombros, reprimiendo una risita mientras le daba un nimio sorbo a la alargada copa de cristal.