Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXXIX
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CAPÍTULO XXXIX

Me había tenido que poner aquel vestido.

Evelyn, de hecho, pareció sumamente emocionada mientras le mostraba como había acertado por pura casualidad con mis medidas.

Sabía que no iba a decírmelo, y ni siquiera sabía qué ganaba ella de aquello, pero no me hacía falta ser demasiado inteligente como para saber que mi madre estaba involucrada.

Tal vez, porque como Idelia afirmaba, la lealtad para ella era algo versátil. Ahora, estaba encerrada y a merced de los aherianos, así que ahora era el momento perfecto para actuar a su favor.

Probablemente, esa noche hubiera tenido una cena aún más cálida y rica, gracias a su solidaria colaboración.

Bufé, ajustando las largas mangas de aquel vestido. Nada nuevo viniendo de mi madre .

Aún así, no estaba extremadamente molesta, ya que el vestido había sido una grata sorpresa para mí.

Era largo, aunque extrañamente ligero, con tan solo un corsé y unas enaguas bajo el.

La falda caía como olas de mar a mi alrededor, en calma, sin marea, sin espuma, sin una sola mácula para estropearla.

La tela parecía estrellada, hecha de miles de círculos nimios y luminiscentes que no trazaban ninguna constelación.

Parecían diamantes si lo observabas a la lejanía, pequeñas piedras preciosas intrincadas en la sedosa tela.

En cambio, si te parabas a observar, cada uno de los puntos titilaba como la llama de una vela candente.

Un cinturón fino se estrechaba en mi cintura, lleno de piedras ovaladas y celestes, inmaculadas y límpidas.

La filigrana de piedra luna, la misma que había llevado la reina aquella misma mañana, relucía frente al espejo.

De cualquier forma, había insistido en conservar mis botas de cuero trenzado, y una daga que relucía envainada en mi cinturón de filigrana. La princesa no había estado demasiado contenta por ello, y casi recordaba como su sonrisa había vacilado; sin embargo, me importaba poco su opinión.

Evelyn había desaparecido en cuanto una doncella había insistido en darme un buen baño de agua tibia, repleto de cepillados y sales exóticas.

Habíamos tardado algunas horas, en las que aquella mujer esbelta me intentaba convencer para colocarme alguna excentricidad —como huevos de kolbra —y yo contenía la amenaza que bailaba en la punta de mi lengua.

Al final, había accedido a tan solo recoger mi pelo en una trenza larga y a tapar ligeramente mi cicatriz con unos polvos.

Finalmente, la doncella también se había marchado, en cuanto le aseguré que tan solo perfeccionaría yo misma los últimos detalles.

Sabía que, en cuanto abriese la puerta de la habitación, la princesa estaría esperándome de nuevo. Y de veras que quería ver algo agradable en ella, pero no terminaba de parecerme convincente.

Aunque, bueno, ¿cuándo alguien me caía bien? Tampoco se trataba de un rasgo demasiado especial en Evelyn, sino de algo muy común en mí.

De cualquier forma, aquella mujer me importaba bien poco. Más bien, mi cerebro ahora mismo estaba únicamente centrado en encontrar a Idelia.

Así que, en cuanto abrí aquella puerta, sintiéndome enormemente agradecida por el peso liviano del vestido, fingí de nuevo mi más encantadora sonrisa.

Sólo unos días, me repetí decenas de veces mientras me centraba tan solo en la princesa.

Las hebras oscuras de su cabello estaban hechas bucles, probablemente obra de la magia, y un enorme vestido pistacho caía por su cuerpo, mucho más pesado y modesto que el mío.

Aún así, ella me miró de arriba abajo, y no parecía para nada celosa mientras me dedicaba una pequeña sonrisa de boca cerrada.

—Lo sabía: os queda magnífico —dijo ella, asintiéndome en dirección al pasillo, instándome a seguirla de nuevo—. Ven, vayamos al baile.

Nos encaminamos de nuevo escaleras abajo.

Aunque, antes de pisar uno de los escalones, me detuve a observar cada recóndito lugar que me fuese visible.

Frente a mi puerta, tan solo había más habitaciones: más, más y más habitaciones.

El pasillo se extendía a la derecha, inmensamente largo, ónix y estrecho.

Tan, tan estrecho que no podías caminar con nadie a tu lado, a no ser que fueseis diminutos niños.

Había al menos cuatro guardias cercanos a mi puerta, y aquello no hizo sino alertarme. ¿Por qué iban a cuidar con tanto esmero la vida de la hija de una prisionera? No, aquellos guardias no estaban ahí para protegerme del exterior.

Estaban ahí para procurar que no se me ocurriese escapar.

Busqué alguna salida, pero, de cualquier forma, había tantas puertas tan solo en mi planta que me fue imposible cerciorarme del interior de todas. Y, aunque hubiera podido en otro momento, Evelyn era un contratiempo a tener bastante en cuenta.

Ya que, además de impedirme inspeccionar el castillo, no paraba de parlotear.

De hecho, era más que obvio para mí porqué la habían enviado a ella a acompañarme por cada paseo que diese por palacio: era una distracción de la que no podría deshacerme.

La princesa debería sentirse ofendida, de cualquier forma, porque sus padres habían dejado su vida en manos de una asesina que tan solo necesitaba parpadear para acabar con ella.

—Espero que me permitas llamarte por tu nombre, ahora que tenemos algo más de confianza —me dijo Evelyn, entrelazando su brazo con el mío, acercándose íntimamente a mí, casi como si fuéramos confidentes.

Carraspeé, sintiéndome súbitamente incómoda por su cercanía.

—¿Sinceramente, Evelyn? Me da igual —le susurré, comprobando que ninguno de los guardias estuviese demasiado interesado en nosotras—. Pero, por favor, deja de hablar.

La princesa parpadeó varias veces, como si estuviera cerciorándose de que había dicho aquello verdaderamente. Tras unos segundos, ensanchó de nuevo su sonrisa y se inclinó aún más hacia mí.

Detuvimos nuestro paso, justo sobre uno de los escalones de jaspe ennegrecido, y sus facciones dulces casi podían haberme parecido convincentes.

—Lo siento, buena amiga, pero necesito preguntarte una última cosa antes de entrar al salón de piedras. —Colocó sus manos sobre su regazo, retorciendo nerviosamente sus dedos sobre el vestido—. Háblame de mi futuro esposo.

Sin poder evitarlo, fruncí el ceño.

—¿Futuro esposo? Veo que ya habéis firmado el tratado.

—No, aún no. Pero lo haremos.

Su rostro, casi de forma imperceptible, pareció fruncirse en mi dirección. Y, durante un segundo, pude ver sus facciones bajo aquella máscara de ingenuidad.

Estaba sumamente desesperada. Más que Keelan, más que el rey Symond.

Y, por un instante, me planteé si Zabia necesitaba verdaderamente aquel tratado de paz.

—Uhm, ¿qué podría decirte? —Ladeé la cabeza, casi como si estuviera pensándolo detenidamente—. Es algo sádico, le gusta dormir con sus armas, y una vez incluso me amenazó con una. Creo que es su gusto culposo. Pero, ya sabes: príncipes y reyes, ¿quién los entiende?

Ella pestañeó algunas veces, pero su sonrisa no vaciló en ningún instante. De nuevo, me tendió su brazo y lo entrelazó con el mío.

Una última sonrisa, un aleteo de pestañas en mi dirección, y un susurro justo en mi oído—: Gracias.

Casi pude haber soltado una risotada al imaginar a Evelyn entrando en la habitación de Keelan esperando por unos azotes. Pero, aunque debería haberlo sido, no me pareció para nada divertido.

Decenas de personas se congregaban en el salón de las piedras de Aherian: tan solo la nobleza del propio reino, y ni una sola persona forastera.

No sabía bien si era debido al último incidente que había sucedido en un baile muy parecido a este o, si, por el contrario, se debía más bien al miedo de que Zabia decidiese atacar la capital con la baza de sus portaestandartes.

Había escuchado que el salón tenía aquel característico nombre porque, hacía al menos un milenio, fue no más que una enorme roca obsidiana, picuda y de tales dimensiones que casi superaba al navío más grande que se sostuviese sobre el mar.

Se decía que, sobre la reluciente piedra, sobrevolaban millares de dragones, en colonias, de forma circular sobre la roca y en la misma dirección que las agujas del reloj.

El reino en el que nos encontrábamos, por ese entonces, no era más que tierras vacías y desocupadas.

Empero, cuentan las historias más remotas que las tribus más supersticiosas decidieron alojarse alrededor de la gran roca obsidiana, bajo el manto de las llamas que soltaban los dragones.

No sabía mucho más de aquella historia. Pero, tras siglos y siglos, aquella obsidiana se había transformado en un salón bajo el fuego de los monstruos.

Miré a mi alrededor, ligeramente desorientada, sosteniendo con inquietud las faldas de mi vestido. No era precisamente por sentirme desplazada, sino porque él no ver ni una sola cara conocida se me hacía terriblemente amenazador.

Evelyn se había desvanecido en cuanto nos abrieron las puertas del salón, alegando entre musites que debía de ejercer su posición. Yo tan solo había asentido, con una mueca más bien desagradable, y había dado gracias abiertamente porque se alejase de una vez .

Los guardias no me quitaban un ojo de encima. De hecho, más de uno había fijado su mirada en el cinturón de filigrana que sostenía mi daga, y aún no la habían movido de allí.

—Éire Gwen Mightmoor —dijo alguien justo tras de mí: su voz tan arrastrada que casi parecían lombrices deslizándose por el barro.

Aún así, sentí el regusto de la magia: la vaporosa sensación en la punta de mi lengua, aquel cosquilleo en mi piel, los polvos casi corpóreos que se esparcían por la punta de mi nariz.

No era Razha, porque definitivamente el olor no era tan desagradable —además de que dudaba de que una criatura apareciera repentinamente en el corazón del castillo—, pero tampoco pude identificar precisamente de qué magia se trataba.