CAPÍTULO XXXVI
Pollo asado, vino especiado, aquellas codornices que la marquesa había prometido, y unas galletas de melaza bañadas en nata y miel.
Por la mirada del tal Noah, al que distinguí casi al instante por el lunar redondo que tenía sobre su labio, supe que aquel postre había sido el culpable del obvio desastre que era su traje.
Cuando una doncella se acercó a intentar servirme, negué rápidamente y me ofrecí yo misma a servirme mi propia comida. Un poco de pollo, una codorniz, y dos galletas. Demasiado para cualquier otra persona; sin embargo, para mí, era el claro ejemplo de cómo había perdido el apetito.
Llevaba todo el día entrenando con Audry, había gastado toda mi energía utilizando mi magia para acabar con aquel hechicero, y mi piel aún estaba enrojecida por los cepillos que las doncellas habían insistido en pasar una y otra vez por mi piel.
En cualquier otro momento me hubiera negado, pero, justo en ese instante, sabía que no me vendría mal que unas manos expertas me mimaran durante unos minutos.
Tras eso, era de extrañar que no acabase yo misma con aquella fuente repleta de aves apiladas, que soltaban remolinos de vapor que entraban por mi nariz casi como una fragancia exótica.
Mastiqué un trozo de pollo que había ensartado con mi tenedor, y me esforcé por no escupirlo cuando mi estómago dio un vuelco.
—Mis niños…, los había echado tanto de menos —recordó la marquesa por vigésima vez en la velada, cerrando su mano con más fuerza sobre la del tal Arthur, el nuevo heredero que ahora se sentaba a su lado en una de las cabezas de la mesa.
Arthur endureció su expresión, probablemente descontento con que su madre lo tratase como a un niño frente a nosotros. Pese a eso, no rechistó.
Amaris carraspeó, indicándole a una de las sirvientas que le echara un poco de agua de aquella gran jarra cristalina.
—Entonces, su majestad, ¿pretende partir mañana hacia la capital ?
El príncipe ni siquiera la miró, mientras troceaba con exasperante lentitud un trozo de carne. Por su forma de desmenuzar cada trozo, casi parecía que la cena era para él como una estrategia de guerra.
—No puedo retrasarme mucho más, así que sí.
La niña tan solo asintió, extrañamente contenta por su respuesta, y apenas pudo ocultar en alivio en sus facciones cuando me echó una ojeada.
Al parecer, la discreción era tan buena amiga de aquella niña cómo lo eran los hechiceros.
—¡Oh! ¡Qué maravilloso! —exclamó Kamia—. La princesa Evelyn es un muy buen partido. Todos estábamos encantados con su coronación, y ahora también se aproxima una maravillosa unión. Hacía mucho que no había niños por la corte, y no le vendría nada mal a la capital un poco de vida.
Keelan entrecerró los ojos, inesperadamente concentrado en su comida. No miró a nadie, no asintió, no le dio la razón a la marquesa, y aquello provocó un tenso silencio sobre la mesa.
Arrugué el ceño, y sentí como Audry también se tensaba tras de mí. Esto era extraño, muy extraño: Keelan no se salía de su papel, Keelan tenía que agradar a la gente, Keelan no era más que el príncipe heredero frente a potenciales aliados .
Sin embargo, ahora, mientras le daba un largo trago a su vaso de espumoso vino, no parecía demasiado agradable. No parecía estar actuando en lo más mínimo.
—Por favor, marquesa, no hablemos de niños en la mesa —argüí yo, colocando una cínica mueca de asco en mi rostro—. Me dan arcadas.
Keelan me echó una mirada sesgada. Asentí imperceptiblemente en su dirección, y él me dedicó un esbozo agradecido de sonrisa. Apenas me dio tiempo a decirle nada más, cuando Audry ahogó una risotada tras de mí.
Me giré hacia marquesa, y entonces lo entendí: ella estaba asintiendo con comprensión.
—Lo entiendo. Cuando eres joven, los niños parecen chillones, molestos y muy innecesarios; sin embargo, después, se vuelven una razón primordial para mantenerte cuerda cada día.
—Bueno, dudo que una hechicera pueda amar a sus hijos.
Detuve el chirrío de mi tenedor sobre el marfil, tragué duro, y dirigí una mirada hacia el tal Arthur. Entrecerré los ojos en su dirección, e intenté recordar que era un niño. Quince años, esa edad tenía, tan solo esos años llevaba de vida .
Era un inconsciente, un niño, y él no sabía nada.
Y, aunque, de veras, quise encerrar mi ira, los gemelos soltaron una especie de murmullo que aseguraban estar de acuerdo.
—Hechiceras comen bebés —dijo Narsés, tomando su cuchillo y clavando la punta de éste reiterativamente contra el mantel bordado. Su hermano, Noah, siguió aquel tétrico sonido con su respectivo cubierto. Clac, clac, clac, clac…
—¡Niños! —vociferó Kamia, soltando repentinamente la mano de su hijo, como si su tacto ahora fuese abrasador contra su dermis. Clac, clac, clac, clac, continuaban los gemelos, totalmente indiferentes al chillido de su madre.
—He escuchado que os pegan, ¿es eso cierto? —inquirió Amaris, sus ojos ahora mucho más oscuros—. Mis doncellas me han asegurado que estás llena de cicatrices. Lo siento mucho: no es vuestra culpa.
Crispé los labios, y contuve mis ganas de retorcer aquel largo y alabastro cuello. Malditos niños, malditos, malditos…
Clac, clac, clac, y, entonces, el sonido de una silla siendo arrastrada con furia apenas contenida.
—Nos marchamos en este mismo instante —ladró Keelan, haciendo trizas su imagen de calma.
Los niños acallaron cada sonido de inmediato, y Amaris casi pareció encogerse bajo los lazos de su vestido—.
No voy a consentir que ofendáis de esta forma a Zabia.
Desde este mismo instante, Azcán ya no es bienvenida en mi reino.
Tras eso, me echó una mirada que me indicaba que podía salir de esta habitación en cuanto quisiese, y se dirigió con grandes y furibundas zancadas hacia las puertas con Audry pisándole los talones.
La frente del castaño estaba arrugada, echándole una mirada molesta a cada persona que se encontraba en la mesa.
Por sus labios crispados, casi pude jurar que Audry estuvo a punto de gruñirles algo en respuesta aquellos niños.
Y, antes de marcharse, Keelan miró a la marquesa sobre su hombro.
—Orad a vuestros dioses porque esa maravillosa unión no se lleve a cabo —aseguró él, tensando su mandíbula—. Porque os juro por mi corona que despojaré a sus hijos de cada título que posean y vayan a poseer.
Tan solo pasó un instante cuando ambos salieron de la habitación.
Tragué saliva, arrastré mi silla hacia atrás, y tomé un último trago de vino aún con todas las miradas sobre mí.
—Llevadme esos barriles al carruaje. —Asentí hacia Kamia—. Que sean más. Ya sabéis, marquesa: por las molestias .
Me tomé el descaro de guiñarle un ojo justo cuando la puerta chocó contra la traba justo tras mis pasos. Aún en la entrada, podía escuchar a la perfección la exclamación que soltó Amaris.
Los caballeros de Azcán abrieron las grandes puertas de la entrada para mí, echándome miradas que distaban bastante de la cortesía, y dejé que el cuero de mis botas cayese contra cada escalón. Sentí como el frío aire chocaba contra mi túnica, pegando pausadamente la tela contra mi piel.
Keelan estaba dándole algunas órdenes a los mercenarios. Los cuales, ahora, parecían miembros de la guardia real con el blasón de Zabia bordado en la parte izquierda de su pecho, justo sobre sus corazones.
Audry estaba mirándome, justo frente al carruaje, la compasión más que clara en su iris. Ladeé la cabeza mientras me colocaba frente a él.
—No seas demasiado dramático: maté a tus amigos. Me merezco esas cicatrices.
Audry tragó saliva, desvió la mirada y, cuando volvió a dirigirla en mi dirección, ya no parecía sentir pena por mí. Ambos sabíamos que no era más que una actuación para que no me sintiera incómoda. Pero, aún así, no pude evitar agradecerlo .
—Nadie merece eso, Éire —aseguró él—. Y, además, aquellos hombres no eran mis amigos.
Entrecerré los ojos.
—¿A qué te refieres?
Él humedeció sus labios; y, extrañamente, casi pude haber jurado que iba a echarse a llorar.
—A algunos no los conocía, a otros los conocía de pasada por algún lugar de mi aldea, y por eso intenté parecer agradable frente a ellos.
Fui un gilipollas aquel día en el riachuelo: debí hacerte caso.
Pero…, pero ellos se hubieran reído de mí si te hubiera seguido —su voz se rompió brevemente, mientras parecía buscar las palabras correctas para continuar—.
No les conocía, pero a ti sí que te conozco lo suficiente. Y no merecías eso, Éire.
No supe que decir, y estaba segura de que un comentario sarcástico no sería lo ideal en estos momentos. Así que me quedé sin palabras, sin gestos, sin miradas para expresar algo además de indiferencia.
Tragué saliva una vez, dos, tres, y el sonido de las herraduras de los caballos impacientes chocó contra nuestro sepulcral silencio.
—Me caes bien, Audry —dije, echándole una mirada sincera. El castaño asintió, y una enorme sonrisa deslumbró en su rostro—. ¿Algún día me contarás cómo era tu triste vida en esa mugrienta aldea?
El castaño soltó una pequeña risa, y las lágrimas parecieron secarse ligeramente en sus ojos.
—Algún día te contaré esa historia.
Ambos nos miramos, y no pude evitar sentir una pizca de tristeza al pensar en cómo no volvería a ver aquellas rollizas mejillas en apenas unos días. Era cierto, aquel niño me caía demasiado bien como para conocerlo tan solo desde hacía una quincena.
—Audry, te necesito llevando el carruaje. Debemos marchar ya si queremos estar en la capital antes del alba —le dijo el príncipe, quién había anunciado su llegada tan solo con el silbido de sus espadas.
El castaño asintió en dirección de ambos, y se dirigió a tomar las riendas de nuestro transporte. Keelan, ahora frente a mí, no se molestó en dirigirme ni una sola mirada mientras se acercaba hacia la puerta del carruaje.
Él entró y, tras él, me senté a su lado. Casi al instante esperé para que se apartase ligeramente, aún cuando nuestros muslos apenas y se rozaban, pero el príncipe no se movió ni un ápice de su posición.
Me perdí entre la maleza que se mostraba tras el cristal de la ventanilla, en las expresiones amenazantes que me dedicaban los caballeros de Azcán postulados frente al castillo, en el sonido del carruaje sobre la grava.
Pasaron varias varas, y ya apenas veía nada más que árboles y árboles que se desplegaban tapando el comienzo del bosque, ocultando a tenebrosas criaturas que esperaban pacientemente un paso en falso.
Por un momento, casi pude rezarle a Kerönhe para que me mandara a uno de sus monstruos. Sin duda alguna, eso podría haber sido una buena forma de liberar tensiones.
Las palabras de aquellos niños bailaban por mi mente, una danza antigua, primitiva, secundada por mi madre.
Idelia siempre me lo había dicho: monstruo, monstruo, monstruo.
El clac, clac, clac resonaba reiterativamente en cada rincón de mi mente, dándole sonido a los pensamientos sin forma que me aseguraban que las palabras de mi madre eran ciertas.
Sentí un leve peso justo sobre mi rodilla. Fue breve, repentino, tan efímero como las semillas de diente de león. Pero, aún así, cuando elevé la mirada, me sorprendí al ver a Keelan mirándome con atención.
El carraspeó, y dirigió una mirada al frente, como si la pared barnizada fuese más interesante que mis facciones estupefactas .
Y, antes de poder sentirme sucia sobre aquella compasión, Keelan murmuró:
—No se te ocurra llorar o me harás pensar que no eres tan temible, hechicera.
Tras eso, no solo yo sonreí: él lo hizo conmigo. Y el recuerdo de aquella cena se deshizo rápidamente en mi mente, casi tan rápido que ni siquiera me di cuenta de que había acontecido.
Yo no era un monstruo, y no hacía falta que nadie me consolara para saberlo. Y, por mucho que los retazos que quedasen de mi infancia llorasen desconsolados por aquel hecho, sabía casi con certeza que no volvería a aquel castillo.
Y no me refería precisamente a Azcán.