CAPÍTULO XXXV
Keelan estaba justo tras de mí, mirándonos a ambos mientras nos colocábamos en las posiciones anteriores. Extrañamente, una parte muy impulsiva de mí había decidido tomar el control de mi cuerpo y aceptar quedarme en la sala de entrenamiento.
Cosa que, siendo franca, no sabía exactamente cómo me hacía sentir.
—Bien, entonces, ¿qué movimientos exactos le has enseñado? —preguntó el príncipe, cruzado de brazos en una esquina oscura de la habitación.
Audry carraspeó, y yo simplemente me encogí de hombros, mirando a Keelan de soslayo.
—Ninguno.
—¿Cómo que ninguno? —preguntó él, alternando su mirada entre el castaño y yo.
—Pues como que ninguno. No sabía siquiera que había técnicas a la hora de manejar una daga .
Frunció el ceño, aún sin apartar su mirada de mi rostro.
—Pásame tu daga.
Crispé los labios, mirándole sobre mi hombro.
—No.
Keelan dio un paso en mi dirección.
—Éire, dámela.
Él avanzó otro paso, y yo crispé aún más mis labios.
—No.
—¿Por qué no? —inquirió él.
—¿Por qué debería confiar tanto en ti como para dejarte desarmarme?
—Confiaste lo suficiente como para meterte en mi cama.
Audry ahogó una exclamación tras aquella confesión, y yo no pude evitar rodar los ojos: ni siquiera me sorprendía que él se escandalizase por ello.
Aunque, antes de poder soltar algún desagradable comentario, fue Keelan quien actuó.
Tan solo vi un borrón ónix de soslayo, pintado por encima del sonido de unas inhumanas zancadas, tan rápidas como las lamidas del viento en Aherian.
Parpadeé, y en menos de un instante, el príncipe desenvainó mi daga y colocó su hoja contra mi cuello .
Solté un jadeo sorprendido que apenas pude contener, y el príncipe aprovechó ese momento de debilidad para colocar su mano en mi cadera.
Fue tan solo un roce dubitativo, como sino supiera con certeza si estaba bien; sin embargo, pese a que no me quejé en ningún momento, él no cerró sus dedos en torno a mi piel.
En estos momentos, no pude evitar comparar aquella postura con como se había encontrado hacía algunas horas Audry. Justo así, con su propia arma sobre su cuello.
Aunque, ahora mismo, prefería pensar que no éramos iguales al hablar de incompetencia.
—No hay muchas técnicas que pueda enseñarte en unos minutos —dijo Keelan. Por la mirada atenta de Audry, pude deducir que el príncipe sostenía con determinación la mirada del castaño—. Pero sí que puedo enseñarte algún lugar estratégico donde utilizar un arma pequeña.
Apreté mi mandíbula con tal fuerza que casi pude escuchar como el roce de mis dientes chirriaba sobre el ambiente de la habitación.
—¿Qué coño haces? —pregunté entre dientes. Sino me soltaba ahora mismo, juraba por aquellos malditos dioses que mi juramento de mantener al primogénito con vida se iría a la mierda .
Keelan ni siquiera respondió; sin embargo, sí que apartó la hoja de mi daga de mi cuello.
Y, en su lugar, antes de poder suspirar de alivio en mi fuero interno, acercó la punta a mi espalda baja.
Intenté mostrarme indiferente, pero, aún así, estuve casi segura de que el príncipe escuchó como contenía brevemente la respiración.
Casi de inmediato, Keelan separó la daga de mi piel, y ya apenas sentía el roce del metal contra mi fina túnica.
—Una buena forma de deshacerte de alguien es tomándolo desprevenido —dijo el hombre tras de mí, mientras Audry daba algunas zancadas en nuestra dirección, probablemente a punto de observar el sitio justo donde aquella arma apuntaba—.
La espalda no es un buen sitio para clavar un arma, pero es el sitio idóneo para tomar por sorpresa al enemigo.
—¿De verdad era necesario tomarme a mí como ejemplo?
Porque muy fácilmente podría arrancaros los pulmones y hacéroslos tragar —les ladré, manteniéndome perfectamente quieta con aquellos hombres detrás de mí.
Sabía que podía detener esto con un simple pestañeo.
Pero, por alguna razón, ellos ya no me caían tan mal.
Y tal vez, solo tal vez, no malgastaría mi energía en hacerles daño.
Audry soltó una risita baja.
—No es muy agradable, ¿verdad ?
Gruñí ligeramente. Y, aunque pensé en una respuesta que implicaba también a sus dientes y a su corazón, Keelan volvió a interrumpir mi hilera de pensamientos.
—Siempre procura atacar su espalda baja, de tal forma que la punta de tu daga perfore el riñón —murmuró él, clavando ligeramente la hoja de aquella arma contra mi piel.
Antes de que pudiera sopesar como el príncipe estaba a tan solo un movimiento de atravesar mi carne, él apartó casi de inmediato mi daga—. Y no una costilla.
Retrocedió un paso, justo lo suficiente como para que pudiera darme la vuelta hacia él, sin el peligro de chocar contra su barbilla.
Su mirada conectó con la mía de forma inevitable. Sus ojos perspicaces, su sonrisa ladeada, su típica espada ornamentada. Y, pese a que mis labios estuvieron a punto de amenazarle con alguna cosa nueva que se me ocurriera, preferí detener aquellas palabras.
En su lugar, pronuncié con parsimonia—: ¿Pretendes devolverme mi daga?
Keelan ni siquiera asintió.
Dio algunos pasos en mi dirección, y la dejó sobre mi mano con un seco movimiento. Tras eso, se despidió rápidamente de Audry, y abrió la puerta de la sala .
—La marquesa me ha dicho que la cena estará lista en quince minutos.
Después de aquellas palabras, salió al pasillo sin decir nada más. Dejó la puerta abierta tras de sí, pese a que ni Audry ni yo hicimos el amago de seguirlo.
Carraspeé, volviendo a guardar mi daga con un hábil movimiento. Audry, aún sosteniendo con cuidado aquel cuchillo de cocina, se acercó a mí.
—Deberíamos irnos, ¿no?
Pestañeé en su dirección.
—Supongo que sí.
—Bien.
Pasaron algunos minutos hasta que terminamos de recoger algunas de las cosas que habíamos desperdigado por el suelo de madera trabajada. Justo cuando el castaño tenía un pie sobre el mármol ceniciento del amplio pasillo, fue él quien se giró a mirarme sobre su hombro.
Pareció debatirse entre decir algo o no, mientras sus labios se fruncían, dubitativos. Le miré alzando una ceja, inevitablemente interrogante.
Aunque, al parecer, no debió de ser tan importante, ya que tan solo asintió una última vez en mi dirección y salió de la habitación sin decir nada más .
Incluso cuando me acerqué al comedor y esperé pacientemente a que todos se reuniesen allí, no pude evitar preguntarme qué era lo que Audry podría haberme dicho.
El mantel de lino con bordados marfil se extendía por la larga mesa de exquisito ébano, bajo decenas de partes de vajilla y cristalería: cuidadosamente limpias y ostentosas, por supuesto.
Por lo que había visto en este larguísimo día, que bien podía haber sido un lustro, Azcán debería ser más bien conocida por sus gustos extravagantes y no por su fuerza militar.
Nadie más que yo estaba sentado en una de las sillas del enorme comedor rectangular, repleto de grandes ventanales que dejaban traspasar la luz de la luna hasta bañar cada trozo de marfil.
Tragué saliva, observando como el precioso material que vestía a la mesa se arrugaba entre mis dedos, nervioso.
No podía evitarlo. Estaba inquieta, irremediablemente cansada.
Aquel hombre, aquellas palabras, las tales revelaciones de aquel espíritu llamado Gianna.
Quería aparentar aquella furiosa calma, aquella fría y desagradable altanería; sin embargo, cada pensamiento se arremolinaba en mi mente hasta convertirse en una crisálida que encerraba a mi raciocinio .
Había pensado en palpar mi marca, en perderme en el doloroso vacío que podría revelarme qué pasaría. Pero, luego tan solo sacudía la cabeza, y me negaba a volver a allí después de…, después de tanto tiempo en este extraño estado de paz.
Me encantaba matar monstruos, perderme en la tentadora adrenalina del riesgo a perder mi vida: me encantaba aquel juego, me encantaba ganar, me encantaba sentir el peso de las armas y tirar aquellas pesadas joyas que antes tenía como obligación portar.
Porque, por mucho que Idelia jurase querer lo mejor para mí, aquellas piedras preciosas no eran más que cadenas que me ataban a aquel palacio llamado hogar.
Ahora no quería volver nunca más. Y que mi madre me volviese la cara si me atrevía a decirlo en voz alta, pero en muchos instantes me había planteado no rescatarla.
Porque hacerlo…Hacerlo significaría volver allí.
Entonces, parpadeé, y estuve a punto de golpearme yo misma por pensar en abandonar a mi madre.
El rumor de unos pasos silenció súbitamente a la sensación de culpa que ahora me había arrebatado el apetito.
—¡Noah! ¡Te he dicho miles de veces que no puedes robar comida de las cocinas! —regañó una aguda y fina voz femenina. No debía de tener más de trece años .
Alguien empujó la puerta del comedor, y unos pequeños tacones de charol pisaron el mármol que recubría la habitación.
Una niña de espesos rizos negros, tan negros que casi tenían reflejos del color de un aciano, se ajustó su largo vestido repleto de lazos tan verdes como las altas hierbas de Gregdow.
Entró en el comedor con pasos lentos, mirada arrogante, y ajustó su postura en cuanto vio que alguien más que ella y los dos niños que correteaban tras las puertas estaba en la habitación.
Aquellos dos niños asomaron sus cabezas por las grandes puertas.
Eran casi idénticos, tan pequeños que a duras penas llegarían a mi cadera, y sus rizos tan oscuros como los de su hermana ondeaban por cada retazo de gélido viento.
Uno de ellos, sin embargo, había ensuciado estrepitosamente su chaqueta color terracota.
Manchas de melaza, de nata y de miel pintaban la chaqueta con descuido, arruinando probablemente la imagen de niño mimado que debería dar.
La niña frente a ellos asintió en mi dirección, con una dulzura que se denotaba a leguas que no era más que actuación.
—Señorita Éire, es un honor tenerla aquí.
Le ofrezco mis más sinceras disculpas por como fue recibida en un principio —arrastró cada palabra.
La emoción de su voz estaba muy lejos de ser gratitud—.
Y tiene mi más enorme agradecimiento por salvar a Azcán de las garras de aquel hechicero que asesinó al heredero de nuestro marquesado.
Inevitablemente, fruncí el ceño. Heredero, había dicho. No hermano, no amigo, no compañero; heredero, en su lugar.
No sabía cómo interpretar aquello. ¿No tenían, precisamente, lo que se diría que eran buenos lazos? ¿O, en su lugar, lo estaba haciendo tan solo para hacerme creer aquello mismo?
Probablemente, aquella niña que aparentaba ser una ingenua joven que se escondía tras las perlas que recubrían su cuello y aquellos largos vestidos, quería que los demás pensaran que era una figura a tener en cuenta, que ocultaba más de lo que hacía creer.
O que, tal vez, así era.
—No lo hice de buena fe —aseguré, sin una pizca de calidez en mi voz—. Sino hubiera estado atada en una silla con ese hombre a punto de matarme a mí o a mis compañeros, probablemente os hubiera dejado en aquel bosque.
Ella tragó saliva. Sus hermanos, tras ella, crisparon sus labios con un movimiento tan semejante que casi pude haberme encogido .
—Supongo que no eres muy distinta a la mayoría, entonces —dijo la niña. Y, antes de que pudiera responder, ella añadió—: Al menos, no aparentas ser una salvadora. Otros, en tu lugar, querrían llevarse el mérito aún cuando no les pertenece.
No dije nada más, y ella tampoco se molestó en sonsacármelo. Si mi memoria no me fallaba, Idelia me había hablado de aquella niña: la única hija de los marqueses de Azcán, Amaris Daggen.
Ella se sentó justo frente a mí, con sus dos pequeños hermanos a cada lado de su cuerpo.
Pese a lo que esperé que pasaría, los niños no empezaron a juguetear ni a destrozar el lino del mantel.
En su lugar, se mantuvieron callados y casi meditabundos, ahora como si les hubieran extirpado aquellas risas que habían compartido tras las puertas del comedor.
No hacía falta que me lo dijera nadie. Sabía que era por mí, aquellos niños no confiaban en lo más mínimo en mí. De hecho, ni siquiera me hubiera extrañado si por lo bajo murmuraban que yo era un monstruo.
—¿Ella es quien mató a Dave? —musitó uno de los dos niños a su hermana. Monstruo, monstruo, monstruo, gritó silenciosamente cada mirada. No debería haberme importad o
No, no debería. Pero lo hizo.
—No, Narsés, Dave murió cuando aquel hechicero entró en nuestra casa —dijo Amaris, echándome una mirada sesgada. Reconocí aquel sentimiento que chispeó en sus ojos: odio. Tal vez no por mí, pero sí por los de mi especie. Un odio implacable, iridiscente, inamovible.
Quise parecer indiferente, aunque, de cualquier forma, no pude negar que aquella realidad aguijoneó brevemente mi pecho: con una lentitud encomiable, pero también dejando un doloroso rastro.
En aquellos momentos, me sentí extrañamente tentada a enviar una carta hacia Zabia, directamente dirigida a las manos de Lucca.
Y, aunque aquello resultó casi irresistible, unos pasos resonaron por la estancia, anunciando la llegada de más de una persona.
Keelan asintió en nuestra dirección. Y Audry, tras él, hizo una torpe reverencia mientras se colocaba justo tras de mí, contra la pared y con su mano firmemente pegada al mango de su arma.
El príncipe ni siquiera respondió a las reverencias de los niños, y tampoco titubeó mientras buscaba un asiento.
Me echó una breve mirada, que reflejó un ápice de calidez.
Caminó por el comedor, su espada aún pesando contra su cadera, su túnica azabache remangada hasta mostrar sus fuertes antebrazos.
Y se sentó justo a mi lado.