CAPÍTULO XXI #2
Sin embargo, aquello era absurdo. Absurdo, estúpido, típico de débiles que creen en el amor, me había dicho ella misma un día, mientras me obligaba a adentrar la cabeza en un barreño lleno de agua hirviendo, tras haber ido a llevarle comida de nuestra mesa a Lucca.
Mi cara, aquel día, había quedado como un pedazo de papel arrugado y lleno de cera seca; aún así, tras los gritos, sollozos, y súplicas de agonía, Idelia me había hecho el favor de llevarme a ver a una sanadora .
No sabía si era algo enfermizo el sentirme agradecida. Pese a eso, había sido de las pocas cosas benevolentes que había hecho ella por mí.
Cuando abrí los ojos, no fue a mi madre a quien encontré.
Keelan me ofreció de nuevo aquel recipiente, mientras esperaba a que lo tomase, sentado justo a mi lado, con los pies colgando del borde del colchón.
No pude evitar enarcar una ceja mientras carraspeaba, tratando de humedecer mi agrietada garganta.
—Qué caballeroso de su parte, alteza —me pavoneé, escuchando mi propia voz extraña en mis oídos: pastosa, levemente estridente. Keelan entrecerró los ojos, volviendo a sacudir levemente aquella taza frente a mí.
—Bebe.
—¿Qué es? —inquirí, observando aquel recipiente que parecía hecho con barro, intentando parecer una taza compacta y costosa: justo como las que vendían en los mercados de Zabia.
Aunque, esta no era más que un triste intento: aquellas tazas eran suaves y lustres, hechas con las mejores e impolutas porcelanas.
Aquella taza, en cambio, podría haber sido fácilmente hecha por un hombre sin ojos .
Keelan frunció el ceño, volviendo a echar una ojeada al contenido, y olisqueando el vapor cálido que salía de el.
—Té de corteza de sauce con polvo de raíz de Orris. Calmará tu dolor inmediatamente.
Casi solté una risa carente de gracia ante aquello, sintiendo la contracción en mi vientre y la vibración tanteando mi garganta; sin embargo, nada más salió de mis labios además de un agudo sonido.
Inevitablemente, posé una mano sobre mi estómago, intentando calmar el dolor que ahora empezaba a sentir por el esfuerzo que había ejercido.
El príncipe me miró, con un extraño brillo de preocupación en sus ojos.
—Bebe, hechicera —esta vez, ordenó, alternando su mirada entre mis ojos y la venda que debía de tapar mis heridas.
—¿Cómo habéis conseguido este brebaje?
Keelan soltó un bufido molesto, aún con su mano elevada y acercando la bebida hacia mí. Le analicé con la mirada, intentando encontrar una de esas emociones que siempre eran tan claras en su rostro. En cambio, esta vez, su rostro era un lienzo en blanco.
—Serill —dijo él, simplemente, dejando aquel nombre en el aire y guardando de nuevo silencio .
Arrugué el ceño.
—¿Serill?
Keelan evitó mi mirada, bajando levemente su mano y acercando de nuevo aquella taza a su regazo, dejando que el vapor bailase entre nosotros.
—Nos la ha dado Serill.
Fruncí aún más el ceño, observando a Keelan de hito en hito.
—¿Habéis vuelto a la cabaña? —inquirí, sintiendo una extraña calidez en mi pecho. Ellos se habían preocupado por mí, ellos me habían salvado.
Aún así, no dije nada sobre eso mientras esperaba una respuesta.
El príncipe asintió, escueto, aún fijando su mirada tan solo en el té. Inevitablemente, sonreí de forma imperceptible, sintiendo como la calidez en mi pecho aumentaba.
Nunca nadie había hecho algo así por mí.
Nunca nadie se había preocupado de esa forma por mí. Al menos, no además de Lucca.
—¿Por qué?
Entonces, el príncipe dirigió de nuevo su mirada hacia mí.
—De nuevo, no ha sido un gesto de cordialidad. Es que, realmente, no podríamos sobrevivir solos sin ti y …
—Espera, espera, espera —dije, aumentando consecuentemente mi sonrisa, incorporándome con cuidado y apoyándome contra la madera que conformaba la pared—. ¿Keelan Gragbeam acaba de admitir que no podría sobrevivir sin mí?
El príncipe pareció extrañado ante mis palabras, al parecer reparando en lo que había soltado sin darse siquiera cuenta.
—Claro que no, eso no son más que invenciones y delirios por la fiebre. —Él bufó, haciendo el amago de levantarse—. Deberías volver a dormir. Dejaré el té aquí.
Antes de que Keelan pudiese irse o, siquiera, levantarse de la cama, le llamé. En cuanto él detuvo sus movimientos, aún sin haberse levantado del colchón, volví a hablar:
—Sí que quiero ese té, Keelan.
El príncipe se detuvo en seco, observándome con exhaustiva lentitud, como si intentase averiguar si mis palabras habían sido reales o tan solo delirios de su mente.
Algunos segundos pasaron, hasta que mi mirada debió de asegurarle que aquello había sido cierto.
Solo entonces, él se relajó, dejando caer sus hombros con pausada lentitud, mientras volvía a sentarse completamente sobre las sábanas y mantas de pelo .
Extendió de nuevo su mano, sin decirme nada más, y yo tampoco necesité que lo dijese mientras tomaba la taza caliente entre mis dedos y la acercaba a mis labios.
Tragué un pequeño sorbo, notando como el hirviente líquido tocaba la punta de mi lengua, dejándome degustar su especiada y amarga vorágine de sabores.
—¿Por qué cantimploras? —dije, lamiendo los resquicios de té que habían quedado de aquel trago en mis labios, mientras el príncipe fruncía el ceño en mi dirección—.
Le dijiste a Audry que trajese cantimploras con agua sabiendo que yo tenía alcohol.
Mi pregunta es sencilla: ¿por qué desinfectar la herida con agua, teniendo alcohol?
A no ser, que quisieses matarme, que tampoco lo descarto.
Keelan esbozó una pequeña sonrisa, relajando su ceño fruncido.
—¿Quién dijo que esas cantimploras tan solo tenían agua?
—enarqué mis cejas ante su tono burlón, tan mordaz como siempre.
Aún así, en cuanto vio mi expresión sorprendida, continuó—: El viaje es largo, hija de Idelia, y tengo muchos pensamientos que prefiero evitar.
No suelo hacerlo, me parece una salida demasiado fácil; pese a eso, nunca viene mal.
Y menos en un bosque con criaturas que pueden provocar heridas que necesite desinfectar .
Volví a darle otro buen trago a aquella bebida, notando como su caliente contenido se asentaba en mi estómago, calmando ligeramente mis malestares.
—Así que no bebes, ¿eh?
—Ya te he respondido —dijo él entre dientes, aún deteniendo su mirada tan solo en la taza, la cual esta vez se encontraba entre mis dedos.
—Hablar contigo es tan agradable como acariciar a un pulvra. Lo sabes, ¿verdad?
Keelan dirigió su mirada hacia mí.
—Yo no lo sé, dímelo tú.
Entrecerré los ojos en su dirección.
—¿Nunca te dijo tu madre que hacer bromas sobre enfermos está mal?
El príncipe estiró una sonrisa maliciosa por sus labios, justo antes de decir—: Con enfermos mentales, sí, aunque tal vez eso te hace sentirte aludida.
Solté una risa desdeñosa, sacudiendo mi cabeza con desdén.
—Creo que esa advertencia era más bien dirigida a tu pobre hermana, que tiene que aguantar a semejante ser como su familiar, y sin bromear sobre tu carencia intelectual .
—¿Eso se suponía que era un broma? —dijo él, enarcando las cejas—. ¿Debo darte clases, hija de Idelia? Porque, siendo sincero, das mucha pena en esto.
—Tu existencia en sí misma es una broma.
Keelan soltó una sonora carcajada ante eso, mientras decía entre resoplidos—: No puedo negarlo.
Inevitablemente, yo también le dediqué una sonrisa, mientras le daba el último sorbo a mi brebaje sin apartar la mirada del príncipe. El cual aún parecía divertido, sonriente, extrañamente agradable.
—Debería descansar —musité, tendiéndole la taza con mi mano, dejando que él la tomase de entre mis dedos y la dejase en la mesita que se encontraba a su lado.
El príncipe tan solo asintió.
Aunque, en cuanto me volví a recostar en el colchón, y la mullida superficie se adhirió a mi columna, escuché como carraspeaba.
Estaba de pie, en mitad de la sala, desarmado y con tan solo su ropa sobre su cuerpo. Sus labios eran una fina línea recta, y sus ojos tan solo me observaban a mí.
Quise soltar algún comentario sarcástico sobre ello; sin embargo, no me dio tiempo, cuando el príncipe decidió hablar.
—¿Puedo dormir aquí esta noche ?
Inesperadamente, supe la respuesta. Suponía que empezaba a considerarlo mi amigo, que esas larguísimas horas con él y la preocupación que había mostrado mientras yo estaba postrada en la cama habían tomado un papel decisivo en ello.
No lo sabía con exactitud, pero, de cualquier forma, supe la respuesta.
Y se la di.
—Puede que sí.