Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO XXI
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CAPÍTULO XXI

—¿Éire? —me pareció escuchar que una voz decía. Pese a eso, no estuve segura de quién fue hasta que escuché el hueco sonido de algo cayendo al suelo.

Bueno, de mí cayendo al suelo.

El colmillo del pulvra se deshizo de mi abrazo, rodando a algún sitio lejos de mí, mientras mis heridas se impregnaban en la árida tierra del suelo.

Inevitablemente, solté un quejido, notando como mi cuerpo se sacudía, carente de fuerzas.

Había intentando levantarme, disipar aquel mareo extraño que me había asolado; sin embargo, había sido inevitable.

Mis músculos, sangre y huesos se sentían pesados, incluso más que después de tomarme aquellas tres liebres.

Ahí, tirada de cualquier forma en el suelo, sentía como si hubiese miles de piedras apilándose sobre mi columna .

—¿Qué le pasa? ¿Está…Está…? —una voz asustadiza dijo, mientras unos pasos fuertes se acercaban a mí con decisión.

—No, no lo está.

Entonces, unos brazos se agarraron con fuerza a mis hombros, dándome la vuelta sin miramientos. Contuve una exclamación, sintiendo como mi corazón se paralizaba durante pequeñísimos instantes, casi obligándome a cerrar los ojos.

El rostro de Keelan me recibió desde arriba, aún agarrando mis hombros, inclinado hacia mi. Sus labios estaban fruncidos y sus cejas casi juntas, mientras analizaba cada parte de mi rostro y de mi cuerpo con su mirada, probablemente buscando daños aparentes.

—El pulvra debe de haber clavado sus escamas en la carne de su mejilla.

Ha desgarrado piel y músculos y está perdiendo sangre demasiado rápido —dijo el príncipe, agarrando mi barbilla y elevando mi rostro, dejándole paso libre para poder observar con más detalle mis heridas—.

Necesito que traigas todas las vendas, paños y cantimploras que encuentres en mi compartimento.

Mi visión empezaba a tornarse borrosa, convirtiendo el rostro de Keelan en unos extraños y nebulosos trozos carne. El príncipe pareció mirar sobre su hombro, aún sujetando mi rostro, y frunció aún más su ceño.

—¡Date prisa, Audry! —rugió. Consecuentemente, Audry soltó una exclamación y, tras eso, se escucharon unos rápidos y atemorizados pasos por el claro, mientras las ramas crujían como señal de que debía de haber echado a correr.

Keelan volvió a dirigir su mirada hacia mí, mientras mi cuerpo volvía a dar otra extraña sacudida, y una ácida fatiga se paseaba por mi garganta.

Entonces, mientras mis pestañas aleteaban cada vez con más lentitud y mis párpados me gritaban que los cerrase, una mano chocó de golpe contra el lado de mi cara que aún se encontraba sano.

Gruñí por lo bajo, reuniendo todas las fuerzas que pude congregar para volver a abrir los ojos. Keelan estaba aún más inclinado hacia mi, chocando su aliento contra mis labios, mientras yo sentía como mi piel ardía por aquel golpe.

—¿Cómo…Cómo te atreves a…? —intenté decir. Aunque, de cualquier forma, mi raciocinio no pudo encontrar las palabras adecuadas entre la bruma de dolor e inconsistencia.

—Escúchame, hechicera, ahora no es el mejor momento para perder tu fortaleza. —El príncipe echó una ojeada sobre su hombro, al parecer esperando a que alguien apareciera; sin embargo, al no encontrarlo, volvió a dirigirse a mí mientras me sacudía, aferrado a mis hombros—. No te mueras, ¿vale, Éire?

Sentí un extraño sabor en mi paladar, notando como un hilo de sangre y baba caía por la comisura de mi labio.

Inesperadamente, esbocé un sonrisa, justo antes de musitar:

—Así que Éire, ¿eh? No sabía…No sabía que…

Y, aunque quise terminar, empecé a soltar toses descontroladas. Noté como mi caja torácica temblaba, y mi vientre se contraía casi con demasiada fiereza. Keelan me miró con una extraña preocupación, entrecerrando los ojos en mi dirección.

—¡Audry! —gritó el príncipe—. ¡Ven ya o juro que te desmembraré lentamente hasta que tu corazón se paralice por sí mismo!

—¡Ya…!—empezó a decir Audry, deslizándose por el claro hasta caer de rodillas justo al lado del príncipe—. ¡Ya estoy aquí!

Keelan ni siquiera se lo pensó dos veces cuando tomó uno de los tantos trozos de tela que le había traído Audry. Lo sujetó con fuerza y lo colocó sobre mi moflete herido, provocando que soltase un débil quejido, mientras hacía presión sobre mis heridas abiertas .

—Vale, vale… —comenzó Keelan, aún sin soltar aquel paño—. Creo que…ahora debo ejercer presión durante algunos minutos. Después…¡Joder! ¿¡Dónde están las cantimploras!?

El príncipe le echó un vistazo furibundo a Audry, quién le dedicó una mirada que parecía la de un cordero dirigiéndose al matadero, mientras observaba todo lo que había traído en sus manos.

—Yo…Yo… —balbuceó, pasando su mirada con rapidez por cada uno de los objetos desperdigados frente a él. Keelan, al ver que el susodicho no parecía reaccionar, sacudió la cabeza.

—Sujeta el paño con fuerza —ordenó, mirando al delgaducho niño. En cuanto el castaño asintió, Keelan dirigió su mirada hacia mí—. ¿Traes la petaca encima?

Estuve a punto de preguntarle cómo sabía aquello, pensando en una manera sarcástica de decirlo; empero, la fatiga volvió a asolar mi garganta, implacable.

No pude hacer más que murmurar una triste afirmación, intentando morderme la lengua mientras sentía como la tela volvía a separarse de mis heridas, rozándolas maliciosamente.

Keelan asintió secamente, dejando que Audry tomase aquel paño. El castaño aplastó las yemas de sus dedos sobre aquel trozo de tela, probablemente ensangrentado, mientras me miraba con la impresión destellando en su mirada.

Tuve que aguantar un siseo mientras maldecía a Audry, a Keelan, al pulvra y al bosque Gregdow en mi interior. O, tal vez, en voz alta, no estaba segura.

El príncipe se colocó a mi lado, arrastrándose por la tierra, y probablemente rompiendo sus pantalones. Me dedicó una mirada que supe al instante que era para pedir mi consentimiento antes de tocar mi piel.

Inmediatamente, intenté apartar el cansancio que apabullaba mi cuerpo para poder dárselo, asintiendo de forma imperceptible.

Tuve que toser antes de decir—: Al final, va a resultar que beber sirve de algo, ¿verdad, su alteza?

Keelan, contra todo pronóstico, pareció forzar una sonrisa mientras tocaba mi cadera con manos tanteadoras, intentando notar el bulto de la petaca entre las vainas de cuero.

El príncipe pareció tragar saliva, incómodo, mirando hacia otro lado.

Bueno, a cualquier lado menos a mi cuerpo, mientras rozaba con respeto cada parte de el.

—¿Acaso soy…la primera mujer a la que tocas? —me esforcé por decir mientras notaba como los gorgoteos de sangre de mi rostro se rebajaban. Keelan me echó una mi rada mientras adentraba su mano en los bolsillos cosidos de mis pantalones.

Él no dijo nada, mientras sacaba la petaca de mi bolsillo trasero. Inevitablemente, fruncí el ceño, pensando en lo que ese silencio significaba.

Antes de que pudiese regodearme más en aquellos chistes, Audry se apartó de mi lado, y Keelan ocupó su lugar frente a mí herida. El príncipe destapó el paño, el cual fue visible para mí instantes después, haciendo que mis ojos se abriesen desmesuradamente.

Si quedaba algo alabastrino en aquella tela, que un quepak me llevase a una de sus grutas.

Entonces, algo líquido cayó de sopetón contra mis múltiples heridas. Por un momento, incluso tuve la esperanza de que no fuese nada además de agua; pero, siendo sincera, esa fe ciega había sido estúpida: yo misma había visto a Keelan sostener esa petaca sobre mi rostro.

Contuve un grito, escuchando un leve burbujeo justo bajo mi ojo derecho, sintiendo como un arrollador fuego encendía y convertía en cenizas la piel de mi rostro.

No pude evitar cerrar mis manos en puños, mientras mis labios se empapaban aún más en la sangre que yo misma había provocado al morderme la tierna carne de mis carrillos .

—La sangre se está coagulando. Eso es bueno —suspiró el príncipe, observando las gotas de alcohol que ahora caían por mi cuello—. Tendrá grandes cicatrices, pero podrá vivir con ello. Es mejor que estar muerta, al menos.

Parpadeé una vez más, sintiendo como mi cuerpo se desvanecía sobre la tierra, dejando que mi conciencia se apagase como la llama de una vela. Tan sólo pude escuchar el crujido de una venda siendo cortada y el relincho de Chica, quién parecía estar revolviéndose justo al lado de los otros caballos.

—¿Cómo sabías que estaba viva? —Creí escuchar, enlazando aquella voz rápidamente con Audry.

Pasaron algunos segundos hasta que la respuesta llegó.

—Éire no moriría así.

Entonces, solo recuerdo que el claro desapareció y la oscuridad me engulló.

Me removí, sintiendo unas cálidas sábanas bajo mi espalda, y como el sudor perlaba mi cuerpo y mi tez.

No pude evitar inspirar con fuerza, notando como los tejidos de mi garganta estaban tan secos como las espinas de un cactus.

Solté un pequeño jadeo casi inevitablemente cuando mi pómulo herido rozó la tela de la almohada.

Sabía que un venda debía de cubrirlo, ya que el dolor no había sido tan apabullante como debía de haber sido, pero, aún así, quise matar de nuevo a aquel monstruo.

Escuché el sonido de la madera crujiendo, justo cuando un peso hundió la cama cerca de mí.

—Ten —me instó una voz, al parecer ofreciéndome algo—. La herida no está bien curada de esa forma, así que la sanación será más lenta y la cicatriz más grotesca. Pero, mientras tanto, bebe de esto.

Me obligué a abrir los ojos, sin saber exactamente a quien encontrarme. Por un tortuoso y lento instante, casi oré para que fuese Idelia sana y salva, preocupada por mí, atenta por mi seguridad.