Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO III #2
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CAPÍTULO III #2

El Gran Salón tenía zonas bastante despejadas y vacías, sobre todo la zona céntrica, ya que la mayoría de personas estaban sentadas y cenando y, por ahora, la música se había detenido en el salón.

Se suponía que eso haría más fácil encontrar a Lucca, ya que los únicos que estarían de pie serían los camareros y los guardias; sin embargo, él seguía sin aparecer.

Cualquiera pensaría que era lógico, ya que todos los camareros irían vestidos de forma idéntica.

Pero, esta búsqueda se suponía que sería bastante más fácil de hacer, ya que Lucca tenía un pelo cobrizo que se distinguía de los demás.

Además de su rostro repleto de diminutas pecas. Un claro nativo de Iriam.

Tragué saliva, acercándome a una de las esquinas del salón.

Me escondí en las sombras de una de estas, lejana a las miradas de los demás.

No sería muy inteligente buscar a Lucca frente a las miradas inquisitivas de la corte.

Frente a la mirada de Idelia y del Comandante William, quién parecía estar buscándome entre todas las mesas del salón.

—¿Se supone que eso es un escondite? —pronunció alguien a mi lado.

No me hizo falta girarme para saber quién era. Esa voz hostil podría reconocerla en cualquier lado, especialmente después del encontronazo de esta mañana.

—No veo que nadie me haya encontrado.

—Bueno, yo sí lo he hecho.

Le dediqué una sonrisa irónica, aún barriendo la sala con la mirada. Sabía que él tampoco me estaba mirando, sus ojos no se despegaban de las mesas del baile; sin embargo, él no parecía interesado en nadie en concreto.

—Tú no me estabas buscando —le dije, dedicándole una mirada de soslayo.

Vi como sus labios se estiraban levemente. Aún así, no dijo nada.

El silencio entre nosotros no tardó en llegar, aunque ninguno de los dos se molestó en llenarlo. Yo estaba demasiado ocupada buscando a Lucca, cansada de no obtener ningún resultado, y el príncipe parecía demasiado interesado en ignorar mi presencia .

Casi me había dado por vencida en mi búsqueda cuando avisté una cabellera rojiza entre el mar de camareros vestidos con el mismo traje. Estuve a punto de acercarme allí y dejar a Keelan en aquella esquina, pero algo me detuvo.

Idelia estaba a su lado.

Vi como Lucca le servía alguna bebida a mi madre, mientras ella le susurraba algo con una dulce sonrisa. Casi me eché a correr hacia ellos, aterrorizada de lo que mi madre podría hacer, cuando la persona a mi lado se dignó en hablar.

—¿Y estás buscando tú a alguien, hija de Idelia? —Keelan arrastró cada palabra, burlándose de mi mirada alarmada. Él sabía de sobra a qué sitio del salón estaba mirando.

—No te importa en absoluto. —Tensé la mandíbula, echándole una mirada envenenada—. Además, no vuelvas a llamarme así nunca.

Contra todo pronóstico, el príncipe se rio. Un sonido ronco y, que en otro momento, me hubiese parecido bonito. Aún así, no era más que una risa carente de gracia. Era mordaz y burlona, con el único pronóstico de molestarme. Y, para qué engañarme, me molestó mucho.

Y sabía que él se había percatado de ello.

—Si supiese tu nombre a lo mejor no tendría que llamarte así —dijo él, sin apartar su vista de mis ojos—. Peero, desafortunadamente, no tengo ni idea que como te llamas. Y como no es que seas muy relevante, solo me queda llamarte por lo único que todos te conocen: por ser la hija de Idelia Gwen.

Apreté la mandíbula, sintiendo la furia turgente en mí. Di un paso hacia el príncipe, quién pareció parpadear cuando vio mi mirada de determinación.

—¿Me vas a hablar tú de títulos que solo tengo por mi familia?

—ironicé, acercándome otro paso hacia él—.

Desafortunadamente, no soy yo la princesa que solo hereda un reino por su linaje, no por méritos propios.

—Keelan frunció el ceño, aparentemente menos divertido ahora.

En cuanto vi que mis palabras surtían efecto en él, añadí—: Porque, desafortunadamente, tú no has estado nunca aquí cuidando de tu reino.

No tienes ningún mérito propio, Keelan Gragbeam, así que no vuelvas a hablar de mí sin tener ni idea.

De nuevo, no esperé a que me respondiese, me fui de allí sin dedicarle ni una sola mirada más. Sabía que él ahora sí que tenía su mirada clavada en mi espalda. De hecho, antes de girarme, había visto como tensaba sus dedos sobre la copa.

Pero no me importaba lo más mínimo. Sinceramente, este príncipe era una persona exasperante. Suspiré con hastío, cansada de este ridículo baile, volviendo a centrar la mirada en la mesa donde se había encontrado Lucca atendiendo a Idelia.

Y entonces, cuando estuve a punto de centrarme, se escuchó un grito en la sala. Fruncí el ceño, sin entender en un principio que pasaba. Aunque todo pareció cobrar sentido cuando alguien gritó:

—¡Nos atacan! ¡Nos atacan!

Aquel alarido se cortó de pronto, dejando paso a un quejido ahogado y al escalofriante sonido de una espada siendo blandida.

Mi corazón se aceleró de inmediato, dándome cuenta de que era un blanco demasiado fácil siendo de las pocas personas en pie en la zona céntrica.

Busqué desesperadamente a Lucca con la mirada, y aunque lo intenté, el salón no tardó en convertirse en un desastre.

Muchos camareros echaron a correr despavoridos, los guardias empezaron a levantar y a escoltar a todos los miembros de la realeza, y otros guardias estaban atentos, sacando sus armas y alertas hacia el peligro que ya era muy real.

Muchas personas chocaron contra mí, echándome a un lado, pero no le presté mucha atención. Yo no tenía ninguna guardia personal, así que tendría que apañármelas para salir de aquí por mi cuenta. Casi me maldije internamente por no traer ningún arma.

Luché contra el bullicio, intentando llegar hacia la mesa que había ubicado hacía un rato.

Mi madre no me preocupaba, ella podría salir de aquí por su cuenta y, de hecho, casi podría apostar que ya había previsto este ataque.

Pero Lucca no tenía ninguna noción de combate, no tenía magia y, desde luego, el ala del servicio era la menos protegida del castillo.

Los gritos de dolor y el restallar de las espadas no tardaron en llegar, acaparándolo todo.

Al parecer, el ataque de algún reino ya era oficial.

Intenté pensar de qué reino podría ser aquella declaración de guerra contra Zabia, el gran reino de Nargrave, pero no llegué a ninguna conclusión.

Las cuatro cortes Nargrave estaban aquí, así que la lista se reducía prácticamente por completo.

No pensé mucho más en ello cuando escuché a alguien desenvainar su espada a mi lado. Me giré de inmediato, notando la adrenalina bombear con fuerza por mi cuerpo. Un guardia corpulento se cernió frente a mi, con una pequeña sonrisa maliciosa mientras recorría mi cuerpo con su mirada.

—Nunca he matado a una hechicera —reveló, aún con la espada en su mano, apretando esta contra el mango .

Entrecerré los ojos.

—Y yo no seré la primera, desde luego.

Intenté buscar algún estandarte en su chaqueta, pero no parecía tener ninguno. Si aquello era cierto, aquel hombre debía ser un ladrón o un asesino a sueldo. Pero, ¿quién atacaba a toda la realeza de Nargrave con tristes asesinos?

Alguien que quiere dar una advertencia, susurró una voz en mi cabeza.

El guardia no tardó en atacar. Blandió su espada apuntando su filosa punta hacia mi cuello, directo a cortar mi yugular y a dejar que me desangrara.

Podía ser un movimiento inteligente, ya que en cinco minutos podría morir y en segundos caería al suelo.

Pero era un movimiento inteligente si tu adversario no sabía pelear y, para su mala suerte, yo sí que sabía.

Sentí el soplo de aire en mi cerebro: la fría sensación de la magia.

Sentí como mis manos se mojaban con aquella acuosa sensación, con aquella inefable emoción erizando cada vello de mi cuerpo.

Sentí como mis dedos tocaban la humedad de la niebla, empapándose en ella con rigor.

Eché una mirada a la mano que blandía aquella espada, justo la misma mano que estaba a punto de asesinarme, y la recorrí con la mirada.

Cada uno de los huesos parecía ileso, su piel parecía sana y su mano era fuerte, así que no me lo pensé cuando torcí cada uno de sus cinco dedos.

Mi mente procesó la información con rapidez, y la niebla que se movía en la punta de mis dedos no tardó en esparcirse para ejecutar aquel cometido.

Entonces, sentí como el soplo de aire se convertía en una ráfaga que exigía más y más.

El hombre soltó un alarido, dejando caer la espada al suelo, sujetando su mano herida con la restante.

Sus dedos parecían torcidos en posiciones extrañas, mientras que yo mordía mi lengua para no soltar una exclamación idéntica a la del hombre.

Noté el dolor en mis dedos, sentí como cada hueso se rompía y como lentamente el dolor trepaba por mi estómago hasta apoderarse de mi cerebro como una serpiente que reptaba.

Me quejé, pero no hice nada más, sabía que aquel dolor no era real, que no era más que una ilusión que provocaba esta magia oscura.

El hombre me miró con furia desde el suelo en el que ahora estaba arrodillado, aún sosteniendo su mano, temblando frente a mí.

—¡Puta Razha! —ladró el hombre.

Razha. Razha.

Sabía lo que significaba aquella palabra, sabía de dónde venía aquella palabra.

La había escuchado más veces, aunque solo de habitantes de la misma ciudad.

No sabía cómo no me había dado cuenta antes de todo aquello: el acento vulgar de aquel hombre, la forma de pronunciar las eres de manera forzada, la dureza y entonación de estas, de su cabellera cobriza y de su piel pálida.

Aquel hombre era de Iriam.