Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO III
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CAPÍTULO III

El Gran Salón estaba repleto de la nobleza de todos los reinos de Nargrave. En cuanto entré por las puertas dobles de este, ubiqué a cada una de las personas que se dispersaban por el.

Idelia, desde que yo tenía uso de razón, me había obligado a conocer cada dinastía de Nargrave. Así que, en cuanto vi que el Conde Fazus de Helisea se acercaba a mí, estuve a punto de dar varios pasos atrás.

Sin duda, esa era una de las muchas personas con las que prefería no cruzarme

Como siempre, tenía una copa hasta arriba de vino.

Vino que parecía haber empapado su larga barba canosa.

En cuanto me sonrió, pude ver sus dientes torcidos y rotos, con algunos trozos de lo que parecía carne entre ellos.

Llevaba una chaqueta azul marina con ribetes y costuras intrincadas en telas doradas, aunque parecía haberse desabrochado por su hinchada barriga redonda.

Le sonreí.

—Veo que está usted disfrutando del baile, Conde Fazus.

Sus pequeños ojos se arrugaron al sonreírme.

—Desde que la vi lo estoy sobrellevando bastante mejor.

Parecía sobrellevarlo bastante bien tan solo con toda la comida.

—Me alegro bastante por ello —le dije con falsa cortesía. Una camarera pasó por mi lado con una bandeja repleta de copas largas con vinos espumosos. Ni siquiera me lo pensé cuando ya estaba tomando una de las copas y estaba saboreando el vino en mi paladar.

Esperé que el Conde guardase silencio y así pudiese tomar eso como una invitación para irme y dar por zanjada aquella conversación; sin embargo, al parecer el Conde no tenía la intención de ello.

—Me alegraría la velada aún más si la pasase conmigo en la mesa de mi familia —dijo él, dándole un largo trago a su copa de vino tinto sin apartar sus ojos de mí.

Antes de siquiera poder rechazarle, él continuó hablando—: Su madre estuvo de acuerdo, dijo que estaría encantada de que usted conociese al comandante de mi guardia personal.

Casi me atraganté con el vino. No sabía ni por qué me sorprendía tanto que mi madre estuviese implicada en aquello.

Intenté no parecer demasiado sorprendida mientras volvía a sonreír. En otro momento, tal vez lo hubiese aceptado sin rechistar, pero precisamente esta noche no podía. Debía encontrar a Lucca con urgencia, y por ahora no parecía estar a la vista.

—Mire, Conde Fazus, le expreso mi gratitud por esta invitación tan amable, pero debo encontrar a una persona y…

—Ah, Éire, aquí estás. Te estaba buscando.

Qué conveniente.

Mi madre puso una mano en mi hombro con suavidad, aunque clavó ligeramente sus uñas en mi piel desnuda. Crispé los labios al ver su fingida sonrisa mientras alternaba su mirada entre Fazus y yo.

El Conde pareció aún más contento cuando la vio.

—¡Idelia! ¡Qué enorme sorpresa! —exclamó, enfatizando sus palabras con la copa que tenía en sus manos y haciendo que algunas gotas del líquido rociasen su chaqueta—. Estaba invitando a su hija a pasar la velada en mi mesa, pero al parecer está buscando otra compañía.

La idea de hacer que ese hombre se atragantase con el vino no era tan mala, desde luego.

Mi madre me miró de soslayo brevemente. Parecía verdaderamente molesta.

—¿Y cuáles se suponen que son esas compañías? —inquirió Idelia, dedicándome una mirada que podría hacer temblar al mismísimo rey de Zabia.

Sin embargo, estaba más que acostumbrada a esas miradas, así que simplemente me encogí de hombros.

—Buscaba a Nyliss —dije simplemente.

Idelia tensó imperceptiblemente la mandíbula. Un gesto que para Fazus pasó desapercibido, pero que yo pude ver muy bien.

Sabía que le estaba mintiendo.

—¡Ah! Nyliss. Tenía entendido que hoy no se encontraba demasiado bien y que, finalmente, había decidido no asistir —dijo Idelia, sonando desconcertada.

Sin embargo, yo sabía que todo ese palabrerío no era más que fachada—.

Me parece bien que luego deis un paseo por el jardín, si es que se encuentra bien.

Pero ahora no puedes rechazar la invitación del Conde Fazus.

Eso es muy maleducado de tu parte, Éire .

Claro que sí, es muy maleducado de mi parte elegir con qué compañías paso mi tiempo teniendo veinte años, madre.

En cambio, fueron otras palabras las que salieron de mi boca:

—Perdone, Conde Fazus. Me encantaría conocer al comandante de su guardia. Será un verdadero placer.

El conde aplaudió y exclamó—: ¡Maravilloso! Venga conmigo, señorita Éire.

Antes de irme hacia donde se aproximaba el Conde, mi madre me dio un apretón en el hombro.

—Sabes perfectamente que sé a quién buscas —me susurró Idelia, con la advertencia implícita en su voz—. Más te vale olvidarte de encontrarlo esta noche. Céntrate en el comandante.

No me molesté en asentir. En cambio, me acerqué hasta el lugar que me había indicado el Conde. Antes de llegar a la mesa donde se encontraba Fazus, le eché una ojeada a la gran sala, intentando encontrar el rostro de Lucca. Aunque fue en vano: él no estaba por ningún lado.

—¡Oh, Éire! ¡Querida mía! ¡Cuantísimo tiempo sin verte! —voceo la condesa en cuanto me vio.

La mesa del Conde se encontraba bastante cerca de la de los reyes, cosa que Fazus le había recordado a más de una de las personas que pasaban por allí, alegando el gran honor de ser considerado tan importante como para sentarse cerca de todos los reyes de las Cortes de Nargrave.

A pesar de esto, la mesa era como todas las demás: alargada y con un mantel de seda con un tapete bordado en hilos borgoñas y obsidianas, en honor a los colores de Zabia.

—Aelis, estás agobiando a nuestra invitada —suspiró el conde.

La condesa abrió los ojos desmesuradamente, abanicándose con su exuberante abanico de piedras preciosas y encajes con ramificaciones que parecían fundidas y bañadas en oro.

Algo discreto, sin lugar a dudas.

—Fazus, no sé qué estás insinuando, pero yo no estoy agobiando a nadie. Nada de nada —aseguró ella, bastante digna. La condesa me echó una mirada—. ¿A que no, querida Éire?

Parpadeé.

—Eh, supongo que no. —Aelis entrecerró los ojos en mi dirección, e inmediatamente me corregí—: No, por supuesto que no, condesa.

Ella asintió, convencida.

—¿Ves, Fazus? A nadie estoy agobiando.

Fazus rodó los ojos

—Aelis, agobias a todo el mundo .

—¡Yo no agobio a nadie!

El conde frunció el ceño, observando a su alrededor con aire avergonzado.

—¡Lo estás haciendo ahora mismo! —insistió él.

La condesa soltó un suspiro indignado, abanicándose con aún más fuerza.

—¿Y a quien se supone que estoy agobiando ahora?

El conde se señaló mientras vociferaba—: ¡A mí!

—¡Ah! Claro, yo siempre te agobio a ti. Siempre, siempre. —Chasqueó la lengua e, inesperadamente, me miró—. Querida Éire, ¿tan insoportable parezco? Porque según mi marido, le agobio muchííísimo.

Vale, definitivamente esto no me lo esperaba. No es que me quejara, definitivamente. Reírse interiormente de esto era mejor que aguantar a Idelia toda la noche; no obstante, tampoco es que tuviera mucho interés en escuchar peleas de pareja.

Abrí la boca, dispuesta a contestar. Aunque antes de poder hacerlo, alguien posó una mano en mi espalda baja con delicadeza.

—Creo que lo más conveniente será dejar que la Señorita se siente y, después, tal vez pueda responder a sus preguntas —dijo una voz que, para mí sorpresa, no conocía de nada .

El vello de mi nuca se erizó: la voz había sonado extrañamente cerca del lóbulo de mi oreja.

Giré la cabeza sobre mi hombro, dispuesta a mirar a la persona que había parado este desastre. Sin lugar a dudas, le debía bastante. En cuanto lo hice, me topé de frente con unos bonitos ojos verdes que me estaban mirado de vuelta.

El hombre se separó de mí, y yo me di la vuelta. Como ya había visto, tenía los ojos verdes. Me fijé en que llevaba el uniforme de la guardia personal, y un estandarte azul y alabastrino bordado en la chaqueta de este: el estandarte de Helisea.

Él debía ser el Comandante.

Su pelo rubio estaba perfectamente recortado, como debía estarlo todo el que postulase en la guardia. Era alto, aunque no debía sacarme más de una cabeza. Su piel era olivácea, como la de casi todos los ciudadanos de Helisea, que vivían bajo un clima demasiado caluroso y húmedo para mi gusto.

Ensanchó su sonrisa mientras hacía una pequeña reverencia y tomaba mi mano, dejando un beso en ella mientras me miraba.

—Soy el Comandante William Hamestaff, de la guardia personal de los condes de Helisea. —El beso se prolongó mientras me miraba—. A su servicio, Señorita Éire .

Mhm, así que él sí que sabía mi nombre, al parecer.

Aparté mi mano, algo incómoda, y le dije de mala gana—: Me presentaría, pero al parecer ya me conoce.

Tal vez soné un poco más cortante de lo que debería, pero si era sincera, me daba igual. Él era el que sabía mi nombre y parecía interesado en conocerme, yo sentía más bien rotunda indiferencia hacia él.

A pesar de todo, sonrió aún más, irguiéndose.

—Me han hablado mucho de usted.

—No puedo decir lo mismo.

William rio.

—Veo que es usted muy agradable.

Le di un sorbo a la copa que ya estaba prácticamente vacía. El vino se asentó encima de mi lengua, dejándome saborear su dulce sabor.

—Me lo dicen mucho —dije simplemente, apartando la mirada y volviéndola a centrar en los múltiples rostros que se paseaban por el Gran Salón. Me fijé solamente en las personas vestidas con trajes blancos, y con una bandeja en la mano.

Rebusqué con ahínco entre el gentío, intentando encontrar aquel rostro tan conocido. Pero, de nuevo, no encontré a Lucca por ningún lado .

—¿Quiere que vaya a por una copa para usted? —dijo el comandante, haciendo que volviese a centrar mi mirada de nuevo en él.

—No, de hecho, voy a buscar yo mi copa. —William hizo una mueca, mirándome levemente ofendido. Casi suspiré con fastidio mientras añadía—: Pero puedo traer una para usted también, Comandante William.

Él asintió, esta vez algo más contento y con una sonrisita orgullosa en el rostro. Capullo baboso, pensé mientras me alejaba de allí.