Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO I #2
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CAPÍTULO I #2

—Por lo que se ve, no. El rey Symond dice que la alianza con Aherian es necesaria y que, si no la firman, Zabia morirá en el campo de batalla de todas formas.

—Eso es tan estúpido como suicida. Si tus visiones han dicho que Zabia corre más peligro en esa alianza que batallando contra los soldados aherianos, es que así es y así será.

Mi madre me miró con los ojos entrecerrados.

—No cambies de tema, aprendiz. Me importa bien poco lo que hagan estos reyes, lo sabes bien.

Si Zabia acaba siendo de Aherian, probablemente ellos me querrán en su corte como su hechicera.

Soy la gran hechicera de las tierras del Sur, Idelia Gwen, de la casa de los clarividentes, he matado a ejércitos enteros y he aconsejado a decenas de reyes.

Cualquier rey me querría en su séquito. —Parecía que había terminado su retahíla de títulos, cuando añadió—: Y a ti también te querrán, por tener mi sangre y ser mi aprendiz, Éire.

Así que, cuéntame de inmediato por qué no te has alejado de los ojos del príncipe .

Retuve un suspiro y las ganas de ladrarle que no tenía por qué darle explicaciones; sin embargo, sabía que eso no iba a ningún lado. Idelia era mi tutora, sí, pero también era mi madre. Y, a veces —tal vez demasiadas—, eso se me olvidaba.

—Simple curiosidad. El príncipe es…

Intenté buscar una palabra lo suficientemente correcta, aunque Idelia pareció adelantarse—: Atractivo, inteligente y capaz de matar decenas de hombres con una sola espada, según dicen.

Solté una risotada.

—No, definitivamente no iba a decir eso. —Vi como mi madre elevaba una ceja—. El príncipe es interesante, sin lugar a dudas. Y misterioso. Pero no, no parecía muy capaz.

—Entonces no has observado lo suficiente, me temo.

Fruncí el ceño, mirando como mi madre se acercaba hasta mi tocador. Tocó varios cajones, hasta que dio con el que estaba sellado y, moviendo estratégicamente la mano y susurrando unas cuantas palabras, lo abrió.

Sacó aquellas piedrecitas de mi cajón, las cuales guardaba en una bolsa hecha con suave seda alabastrina, y las arrojó sobre la mesa sin un ápice de delicadeza .

Contuve un grito ahogado, aunque antes de poder reclamarle nada, Idelia tocó la marca de mi cuello con sus huesudos dedos.

Ni siquiera me había dado cuenta de cuando se había acercado tanto a mí, pero noté inmediatamente como sus picudas uñas se clavaban en mi piel.

— Tienes que observar, Éire.

Observa, Éire.

Observa.

Casi estuve segura de escuchar unos susurros antes de caer en un profundo sueño.

—¿Keelan? —musité con nerviosismo. Mi voz estaba agrietada, vulnerable, extrañamente débil. Nunca había hablado de ese modo; sin embargo, así salió de mis labios.

Mis pies descalzos tocaron el mármol escalofriantemente frío del suelo. Di un paso, de hecho, di varios. Tantos que finalmente llegué hasta la enorme puerta doble de madera blanca.

Extraño, ninguna puerta en el castillo de Zabia era blanca. Todas, absolutamente todas, eran oscuras.

La abrí sin reparar demasiado en aquello.

Parpadeé, observando el desconocido y oscuro pasillo que se abría para mí.

Una ráfaga de aire frío, definitivamente no como el aire húmedo y caluroso que asolaba Zabia, hizo erizar los vellos de mis piernas.

Miré hacia abajo, intentando descifrar qué llevaba puesto, y ahí es cuando me di cuenta de que iba con un simple camisón de encaje.

Yo nunca me ponía aquellos trajes absurdos. Pero tampoco reparé mucho en ello.

Di otro paso, sintiendo la inquietud bajar por mi sistema. ¿Dónde estaba? ¿Por qué había llamado al príncipe Keelan en cuanto abrí los ojos?

Me di cuenta de que ningún guardia estaba merodeando por los pasillos, protegiendo mi puerta. Ni mucho menos la de mi madre, ya que allí no parecía encontrarse la habitación de Idelia.

En cuanto di otro paso, noté que mis pies de topaban con algo pegajoso. Olfateé el ambiente, el hedor a putrefacción, el metálico olor y la densidad de aquel líquido que se encharcaba a mi alrededor.

Sin duda aquello era sangre.

Entonces, cuando iba a detenerme a mirar el cadáver, escuché a Keelan gritar. Y no cualquier cosa, no.

El príncipe había gritado mi nombre.

Y lo más extraño era que él no lo conocía.

Abrí los ojos de inmediato, haciendo desvanecer a aquella oscuridad en la que me había atrapado. Ahogué un pequeño grito, y entonces reparé en que volvía a estar en mi habitación, con Idelia a mi lado y una de aquellas piedras entre sus dedos.

Su mirada no se despegó del lapislázuli. Yo, en cambio, estuve segura de que la despedacé con la mirada.

—¿Qué significa eso? —ladré, aunque estuve segura de que sonó como un extraño graznido. Mi voz sonaba levemente aguda, y me maldije porque aquella visión me pudiese afectar de algún modo y que yo se lo mostrase a mi maestra.

Las visiones no podían afectarte, no podías dejar que te dañaran. Tenías que echar los sentimientos a un lado y no dejar que interfiriesen. Tenías que hacer lo correcto, y los sentimientos nunca te incitaban a hacerlo.

Idelia me dedicó una mirada, aún sin dejar el lapislázuli a un lado.

—La próxima vez espero que lo observes por tu cuenta. No te quiero cerca del príncipe Keelan, ¿entendido? Bajo ninguna circunstancia.

Estuve a punto de decirle que aquello era absurdo, que Keelan y yo solo habíamos compartido una conversación que se había basado en insultos. En cambio, simplemente asentí.

No le dije nada más ni tampoco me molesté en debatírselo .

Ella asintió, aunque pareció hacerlo para convencerse a sí misma de que yo lo había entendido

—Bien, bien. Te dejaré a solas, aunque haré llamar a Dalia para que te prepare. Esta noche es el baile de la princesa Lynette, están buscándole marido, y vendrán bastantes jóvenes de la nobleza. Entre ellos, estarán sus hechiceros, y no te vendría mal dejarte cortejar por alguno.

Suspiré resignada, observando como Idelia se iba sin decirme nada más. Dejarte cortejar, había dicho. Pero eso era ridículo, yo no me iba a dejar cortejar por ningún hechicero solo porque conocían mi título y quién era mi madre.

Miré la mesa una última vez, y entonces me di cuenta de que Idelia se había llevado la bolsa con lapislázulis.

Casi tiro la mesa de un golpe. En cambio, contuve mi ira y preferí tensar mi mandíbula.

No pasó demasiado tiempo cuando empecé a escuchar como lloviznaba. Mi ventana estaba levemente abierta, y un soplo de aire frío la abrió de golpe, erizando mi dermis con un lametazo poco agradable.

Los Temporales son una decepción. Nacen pocos en las familias pero, aún así, son decepcionantes. Controlar el tiempo es ridículo. Y de pocas cosas te va a salvar eso. Si quieres sobrevivir, si quieres vivir en la corte, debes aprender clarividencia y defensa. Debes aprender a ganarte tu apellido .

Esas habían sido las palabras de mi madre cuando cumplí siete años y había descubierto que, para su decepción, mi mayor talento era provocar tormentas.

La primera vez que lo vio fue por casualidad, justo cuando mi padre había muerto.

Una tormenta tan fuerte, jamás vista nunca en la historia de Nargrave, asoló a todos los reinos durante semanas.

Sin parar, sin detenerse. Inundando las calles, matando a marineros en el puerto de Draba, de Helisea, e incluso en algunos riachuelos antes secos de Zabia.

Después, mi madre se había reído y me había dicho que había sido un divertida travesura, pero que debía demostrarle que sabía también predecir, que sabía observar.

Me preguntó cuales eran las piedras que mi padre llevaba siempre consigo para mejorar su clarividencia, la cual Idelia había empezado a enseñarle desde que se conocieron.

Entonces, dije las amatistas, y mi madre me hizo tragar agua hirviendo ese día. Después de eso, fue un milagro que me diese la bolsa llena de lapislázulis que guardaba mi padre.

Decía que era necesario, que una clarividente no podía equivocarse, que eso provocaría la masacre de ciudades enteras; sin embargo, nada de eso cambió .

Yo no podía adivinar nada, no podía predecir el futuro, a no ser que mi madre tocase la marca que ella misma había grabado con fuego en mi cuello.

Pero dolía, dolía mucho y yo nunca lo hacía. Aún así, ella sí que solía hacerlo conmigo.

Mi padre era de la casa de los Defensores, hechiceros que solían trabajar para el ejército. Eran especialistas en defensa y ataque. Sus familias le enseñaban todo lo que debían saber sobre hechizos para protegerse a sí mismos o a sus cortes.

Eso sí que lo había aprendido más fácilmente . Aún así, no era algo que sirviese de mucho siendo mujer y teniendo a Idelia como madre, quién insistía en que mi lugar estaba en el séquito del rey y de la reina, ayudando a mantener su reinado.

Una Mightmoor —apellido de mi padre— el cual yo llevaba como segundo debido a las tradiciones más primarias de los hechiceros, que portábamos como primer apellido al procreador más poderoso, independientemente de su género, no éramos bienvenidos sino era en la Guardia Real o en el ejército.

Y eso…Eso me ponía enormemente en peligro. A mi no me importaba demasiado el riesgo; ahora bien, que el cí rculo se llevara a mi madre si yo me atrevía a hacer el juramento para la guardia.

Las habilidades casi siempre eran hereditarias, pese a que otros mortales podían aprender lo más básico de ellas.

En cada casa solía haber infinitas familias, por lo que podíamos seguir reproduciéndonos sin tener que preocuparnos por la endogamia.

Pese a eso, normalmente, no teníamos problema alguno con enamorarnos de humanos.

Al menos, no lo tenías si tu madre no era como la mía.

Así que, aquí estaba, estudiando clarividencia. Sin poder tener una sola visión a no ser que me hiciese daño a mí misma y, además, tenía a Idelia Gwen como madre; sin embargo, eso no parecía haber servido de mucho, ya que yo seguía sin ser una verdadera Gwen.