Reino de magia y sangre (Nargrave 1) CAPÍTULO I
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Reino de magia y sangre (Nargrave 1)

Reino de magia y sangre (Nargrave 1)

Por Candela Ramirez Ramos

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CAPÍTULO I

Nadie sabe lo arrogante que es un príncipe hasta que lo conoce en persona. Ocasionalmente son apuestos, sí, aunque no siempre.

Reprimí un bostezo mientras me quedaba en aquella esquina, silenciosa, oculta tras las sombras que sabía que Idelia —la hechicera de la corte —había conjurado.

—¿Entonces eso es lo que sugieres? ¿Que no cerremos nuestra alianza con Aherian? —Vi como los ojos del príncipe se entrecerraban, entonces Idelia asintió y él no hizo nada para reprimir su carcajada mientras resoplaba—: Debías de ser la hechicera de la corte Iriamna.

Iriam. Ajá, curiosa referencia. El pequeño reino devastado por nuestro propio ejército, reino que ahora no solo carecía de hechiceros para su corte, sino que ni siquiera tenían una.

Todos se habían sentenciado justo en el momento en el que renegaron de la magia, de los hechiceros para predecir cual debía ser el mejor movimiento.

Zabia, el gran reino en el que nos encontrábamos, utilizó eso a su favor.

No pasaron dos semanas cuando, por orden del rey, Idelia los indujo en la somnolencia y el ejército de Zabia los masacró gracias a ella.

Pero no, no diría aquello en voz alta. Aunque sí que reprimí una risa baja.

La hechicera se mantuvo imperturbable

—Su alteza, perdone mi insolencia, pero eso es lo que sé. Ellos os traicionarán, nada bueno viene de una alianza de cristal. No se sabe a quién cortará cuando esta se rompa.

El príncipe no se molestó en fingir que la escuchaba, simplemente se quedó mirando las sombras de la habitación con aire pensativo.

Por un momento, por un frágil instante, sus ojos conectaron con los míos y casi podía jurar por Zabia que me había visto; sin embargo, sacudió su cabeza y volvió a mirar a Idelia.

—No quiero tus acertijos, si de veras estás segura de eso, habla con mi padre. Detener esta alianza no está en mi mano.

La hechicera hizo una pequeña reverencia y agregó con la cabeza gacha—: Su alteza .

No me molesté en seguirla cuando se fue de la habitación. Ella nunca me obligaba a hacerlo.

Me quedé estática en mi posición, observando al primogénito de la corona.

Su cabello negro como el tizón estaba extrañamente desaliñado y necesitaba un corte con urgencia.

Sus pómulos eran marcados, su mandíbula levemente cuadrada, sus manos fuertes y perfectamente cuidadas —como las de toda la nobleza—, y sus ojos ambarinos eran inesperadamente astutos.

Siendo sincera, no me esperaba menos del gran príncipe. Los rumores corrían por el palacio como un halcón hambriento.

—El príncipe, es el príncipe Keelan, ha vuelto.

—¿Había un príncipe?

—Claro que sí, tonta. Dicen que es el más apuesto de todos, que es hábil en la batalla como el más experimentado comandante. También dicen que no necesita consejeros, que él es taan inteligente que maniobra solito .

No me molesté en rodar los ojos.

Claro que había vuelto, arrastrado por su padre para tomar sus responsabilidades y aceptar los votos que tendría que tomar con la princesa de Aherian .

Si era taan perfecto aquel príncipe, me causaba una curiosidad enorme por qué no había decidido ayudar a su gente hasta que le habían obligado.

O, tal vez —y lo que era más probable— no era merecedor de ninguno de esos títulos en absoluto.

—Me han hablado de ti, eres la hija de la gran Idelia, ¿verdad?

—Su voz me tomó por sorpresa, aunque di gracias porque no me viese entre la oscuridad de aquella esquina.

Observé cómo sus ojos volvían a conectar con los míos, pero aquello no era posible, él no podía verme.

Y, sin embargo, no apartó la mirada—. Estoy esperando a que salgas y hagas una reverencia.

Di un paso hacia delante y dejé que me evaluase con la mirada.

Pensé que sus ojos surcarían mis facciones y mi cuerpo, juzgándolos, pero no lo hizo y he de decir que aquello me sorprendió.

Sus labios se curvaron en cuanto su mirada se detuvo en mi cuello, justo en el lugar que confirmaba sus sospechas: la marca de la familia Gwen, los hechiceros de la corona.

—No pienso hacer una reverencia —Mi tono pareció indiferente, pero yo no me sentía así. Estaba ofendida, muy ofendida de que este humano hubiese conseguido verme a pesar del hechizo.

Él clavó de nuevo sus ojos en los míos .

—Deberías.

—¿Acaso usted no debería no huir de sus responsabilidades?

En cuanto solté ese comentario mordaz, el príncipe tensó su mandíbula. No me amedrenté, y aunque alguna que otra vez ya me había ganado castigos por no mantener mi boca cerrada, sabía que esta vez, con el príncipe, podría ser mucho peor que unos simples azotes. Pero no iba a quedarme callada.

—¿He huido de mis responsabilidades? —preguntó él, pero no parecía esperar una respuesta, más bien parecía esperar a que yo me retractase.

Ladeé mi cabeza.

—Sí yo no le conocía, créame que sí. —Noté que mi comentario le desconcertaba, pero no le aclaré a qué me refería, aunque sí que añadí con cierta ironía—: Su alteza.

—Cambia ese tono, hija de Idelia. —El príncipe cerró sus manos sobre el gran escritorio de la sala, clavando sus yemas en el ébano.

—¿Hija de Idelia? ¿De veras eres tan poco original?

El príncipe ladeó su cabeza, aún mirándome sesgadamente.

—Es lo que eres, ¿no ?

Avancé un paso hacia él, y aunque esperé que retrocediera, no lo hizo.

Así que avancé otro, y otro, y otro.

Entonces posé mi mano en el otro extremo del escritorio, clavando mis uñas en el.

El príncipe no apartó su mirada de la mía. Nunca, en ningún momento, ni siquiera cuando le sonreí a poca distancia de sus propios labios.

—Si no fueras el príncipe te habría matado por llamarme así.

Contra todo pronóstico, él sonrió. No una sonrisa verdadera, claro que no, una sonrisa tan afilada como el diente de un oso.

—Una pena que sí que lo soy.

—Sin duda, una pena.

Él no volvió a hablar, así que yo tampoco volví a hacerlo. Cuando el silencio se apesadumbró en la estancia, empecé a plantearme el hecho de irme.

Le eché una última mirada antes de girarme en dirección a las grandes puertas vidriadas, por las que veía como los guardias se erguían, echando miradas a todo el que pusiera un pie cerca de la puerta donde se hallaba uno de los miembros de la realeza .

Casi volví a rodar los ojos. Taan importante que era este príncipe que ni siquiera había estado aquí para ver por todo lo que había pasado su pueblo.

Justo cuando iba a abrir la puerta, una voz sonó.

—¿Cómo te llamas, hija de Idelia?

Sonreí de espaldas al príncipe. Aunque no era una sonrisa verdadera, no, esta vez fui yo la que colocó una sonrisa afilada.

—Si vuelves a llamarme así, te diré mi nombre…—Me detuve un momento, el momento justo como para escuchar como el príncipe tomaba una respiración para volver a hablar—, solo para que sepas gritarlo cuando te arroje a los lobos.

No esperé su respuesta, ni siquiera cuando pasé delante de los guardias y estuve dispuesta a aceptar esos azotes que sabía que me iba a llevar por ofender al príncipe.

Sin embargo, nadie me detuvo.

Serpenteé por los pasillos del castillo, mirando como algunas doncellas se apartaban levemente de mi camino. Y no, no era porque yo fuese conocida por mis hazañas, más bien era por las de mi familia.

En cuanto llegué al pasillo donde se encontraban mis aposentos, contiguos a los de mi madre, sabía que ella aparecería y me sonsacaría qué había pasado .

Y, como siempre, no me equivoqué.

En cuanto entré en mi habitación me encontré a Idelia sentada en uno de los sillones que se congregaban alrededor a la chimenea de piedra.

Su rostro, como siempre, estaba resplandeciente, maquillado pulcramente con rubor y terso gracias al cuidado de su doncella con cremas artesanales provenientes del puerto de Draba.

Mi madre me dedicó una enorme sonrisa, mientras movía levemente su copa de vino. Dalia —mi doncella— se encontraba a su lado tensa como el palo de una escoba. Aunque, en cuanto me vio, me dedicó una leve sonrisa que gritaba auxilio con urgencia.

Sin embargo, no podía culparla, nadie sabía cómo tratar realmente a la gran Idelia. Además, mi madre no solía ser demasiado amable, al menos no con gente que no fuera muy cercana a ella. O, en su defecto, que no perteneciera a la realeza.

Tal vez era porque le encantaba que gracias a ellos pudiésemos vivir entre seda y joyas, siempre con un vino de la bodega real y diamantes preciosos pesando en su cuello.

—Éire, cariño, ven. —Su tono parecía dulce, tal vez demasiado dulce. De hecho, estaba más que segura que eso era una clara señal de que sabía lo que había hecho.

Claro que ella sabía lo que había hecho .

Aún así, me acerqué al pequeño sofá que estaba al lado de su sillón, justo donde estaba Dalia. Y en cuanto me senté, mi doncella se apresuró a hablar.

—Yo…Debería irme —balbuceó ella atropelladamente.

Escuché como murmuraba un tenso señora a mi madre justo antes de cerrar la puerta tras ella, caminando a trompicones. De hecho, casi estuve segura de que se escuchó como resbalaba por el pasillo.

Dalia era una buena amiga mía, era mi doncella desde que yo cumplí diez años y ella llevaba semanas teniendo catorce. Nos habíamos criado prácticamente juntas y la apreciaba por ello, pero, siendo sinceras, ella nunca había podido estar en una misma habitación con mi madre sin echarse a temblar.

Observé cómo Idelia me miraba con fijeza, aún con la copa de vino en su mano. Aunque, ahora, parecía que la apretaba con más fuerza de la necesaria.

Ella tomó una bocanada de aire antes de empezar a recriminarme.

—Pudiste haberte ocultado mejor. Pudiste haber desaparecido, lo sabes tan bien como yo. Sin embargo, decidiste enfrentarte al futuro rey de Zabia, y por lo que al rey actual respecta, probablemente también al futuro rey de Aherian .

Fruncí el ceño, viendo cómo mi madre dejaba la copa en aquella pequeña mesa entre la chimenea y los sofás.

—¿No te han escuchado? —pronuncié, sorprendida.

Idelia crispó los labios, al parecer tan desconcertada como yo.