CAPÍTULO XLV
LUCCA
Mojé la punta de la pluma en el tintero. Humedecí mi labio inferior con nerviosismo y no logré detener el balanceo inquieto de mis pies.
Cada vez que escribía ciertas cosas, me sentía expuesto.
Era como desnudar el alma ante un papel.
No importaba si se trataba de versos que hablaban directamente de mí o de los sentimientos de mis personajes.
Ellos siempre eran una extensión de mi propio dolor, aunque con voces y vivencias distintas.
Pero la raíz seguía siendo la misma: yo.
Todo provenía de mi mente, así que, en el fondo, ellos y yo éramos lo mismo.
Por eso, cuando contaba sus historias, tenía la sensación de contar la mía.
Sentía el nudo en la garganta, el peso que oprimía el pecho y, a veces, el temblor en los ojos a punto de humedecerse.
En esos momentos, el único consuelo que hallaba era saber que nadie leería aquellas páginas.
Sin embargo, ese pensamiento también dolía.
Escribir para no ser leído era un alivio y una condena.
Me mantenía a salvo, pero al mismo tiempo me borraba del mundo.
No se sentía bien escribir para no ser recordado.
Yo quería ser recordado por mis palabras, por lo que entregaba de mí a través de ellas, no por mi rostro ni por mi existencia efímera.
Deseaba que me recordaran por lo que realmente importaba, por aquello que me había costado lágrimas, desvelos, sonrisas y quebrantos.
Era esa entrega la que, aunque doliera, me sostenía.
Porque exponer el alma —de cualquier forma, con cualquier voz— siempre resultaba sanador.
Porque alzar la voz, aunque fuera solo sobre el papel, era necesario.
Y le daba gracias a la escritura por hacerme sentir valiente, al menos frente a las palabras.
Aquella noche, sumido en una soledad que me resultaba casi asfixiante —y no me refería únicamente a la oscuridad de la habitación—, supe que necesitaba escribir.
No sabía sobre qué todavía, pero el impulso estaba ahí.
Quería llorar palabras, susurrar versos quebrados, sangrar emociones que me pesaban demasiado para guardarlas en silencio.
Podría escribir sobre la guerra, sobre el desamor, sobre ese constante sabotaje hacia uno mismo y las voces internas que, con furia, te aseguran que no has hecho nada malo.
Podría hablar de la familia, o de su ausencia; de una infancia perdida, de la forma en que otros critican tu visión del mundo por considerarla pesimista; o de esa insuficiencia que surge al descubrir que no eres tan independiente como creías.
Podría escribir algo tan triste que dolía solo pensarlo. Pero esa misma tristeza me paralizaba. Las palabras, que un instante antes se formaban con claridad, se enredaban de pronto hasta volverse incoherentes.
—Maldita sea —murmuré, presionando el puente de mi nariz. El golpeteo de mis pies contra el suelo resonaba como un metrónomo que acompañaba mis frustraciones—. Concéntrate, Lucca.
Pero no podía. La sangre ocupaba cada pensamiento.
La sangre que había empapado las paredes de una de las salas del templo, el mismo en el que ahora me encontraba.
Personas habían muerto allí, y aunque no lo presencié, mi mente se encargaba de recrearlo con una precisión perturbadora.
Imaginaba los rostros, las pieles cenicientas, las miradas vacías.
El estómago se me revolvía, pero la mente no se detenía.
No quería otra guerra. No quería ver otro pueblo arrasado, ni más niños despojados de su hogar. Me dolía profundamente estar tan cerca de todo eso, ser testigo de una historia que parecía repetirse una y otra vez.
De pronto, la puerta se abrió con fuerza. El sonido rompió el silencio como un trueno. Ráfagas de risas y algún beso furtivo se colaron en la habitación.
Fruncí el ceño, dejé la pluma sobre el tintero y giré hacia la entrada. No necesitaba ver sus rostros para saber quiénes eran.
Audry y Haakon.
La sonrisa de Haakon permaneció intacta al verme; en cambio, Audry se detuvo de golpe, como si no esperara encontrarme allí.
—¿Qué haces aquí? —preguntó Audry. No sonó agresivo, solo sorprendido, lo que me desconcertó.
—Es mi habitación —respondí con calma—. Debe de haber alguna libre por este pasillo.
—Podríamos compartir esta los tres, si no te molesta. Es tarde y no encontramos dónde dormir —explicó Haakon y alternó la mirada entre nosotros con una sonrisa amplia.
No expresé mis pensamientos, pero Audry dejó escapar una risa breve, cargada de burla.
—No, gracias. Preferiría dormir a solas contigo.
Haakon se encogió de hombros, sin perder la amabilidad.
—Era solo por ahorrarnos revisar todas las puertas del templo. Además, no sería mala idea conocernos mejor.
Cualquiera podría haberlo llamado ingenuo, pero a mí me pareció sincero. Haakon solo quería una noche tranquila, sin tensión ni discusiones.
Audry arqueó las cejas y lo miró con incredulidad, como si intentara hacerlo entrar en razón sin decir palabra.
—No, Haakon. No voy a compartir una habitación con él.
Tuve que aclararme la garganta. Aquello era incómodo, casi ridículo.
—Oh —murmuró Haakon, como si de pronto comprendiera lo que ocurría—. Bueno, buscaremos otra…
—Podrías irte a dormir con Éire, Lucca. Nos harías un favor —intervino Audry. Su voz fue cortante. No me habló en días, y esas fueron las primeras palabras que me dirigió.
Me dolió más de lo que admití. Pero solo asentí. No quería problemas.
—Sí, será mejor que me vaya. —Arrastré la silla hacia atrás y me puse de pie. No me molesté en llevar el pergamino; no había escrito una sola palabra en él.
Cuando quedé frente a Audry, mis ojos se detuvieron en los suyos un instante más de lo necesario. No dije nada, pero sabía que mi decepción era evidente.
Haakon se apartó para dejarme pasar. Salí de la habitación tan rápido como pude.
Cuando la puerta se cerró a mis espaldas, sentí que por fin podía respirar.
AUDRY
Sabía que no me había comportado bien. Lo sabía, y por la mirada de Haakon, él también lo sabía.
Aun así, no sentía arrepentimiento. Era la manera más efectiva de mantenerme alejado de Lucca y, sobre todo, de empujarlo a él también lejos de mí.
—Has sido un verdadero idiota.
—Cállate, Haakon —espeté, dejando que mi cuerpo cayera pesadamente sobre la cama.
—No me hables así. Yo no tengo la culpa de nada.
—Quizá no me he expresado bien, he dicho que guardes silencio —dije, dejando escapar una bocanada de aire—. Estoy agotado. ¿Por qué no vas a buscar las explicaciones de Brunilda? Ella te ha delatado, y yo he intervenido para defenderte ante Éire. No descargues tu enojo sobre la persona equivocada.
—¿Por qué cambiar de tema así? ¿Acaso te estás burlando de mí?
—Manipular es la palabra que buscas —respondí con calma—.
Pero no, no me burlo de ti ni intento manipularte.
Solo me pregunto algo, Haakon. ¿No resulta duro que la persona para la que siempre has estado, la que siempre has protegido, te aleje con tanta facilidad?
Solo por poder, por ascender en ese escalafón que Éire ha impuesto.
O quizá no se trate de poder, sino de algo mucho más profundo, de amor.
—¿Amor? ¿A qué te refieres? —preguntó, frunciendo el ceño, mientras su voz mostraba una mezcla de confusión y frustración.
Me encogí de hombros y dejé que sus ojos buscaran respuestas que yo no podía darle.
—No lo sé… Solo tengo sueño, y tal vez estoy diciendo tonterías.
Me acomodé sobre la cama e intenté cerrar los ojos para apartar mis pensamientos, pero incluso el cansancio no podía silenciar la intranquilidad que me habitaba.
Pasaron unos minutos, un silencio pesado que llenaba la habitación, y entonces escuché cómo alguien abría la puerta y se retiraba, dejando el espacio nuevamente en calma.