CAPÍTULO XLIV
KEELAN
Habían pasado tres días.
Tres días desde que regresé, y todavía no sabía cómo sentirme al respecto.
Mi consejero, Skandar, me mantenía informado sobre el progreso de la fortuna de Zabia y, de vez en cuando, mantenía conversaciones con Lynette acerca de su viaje hacia Asolium. Aun así, no era mi vida fuera de aquí lo que me desconcertaba, sino todo lo demás.
Apenas había cruzado palabra con Éire desde mi llegada. Ese simple hecho era suficiente para perturbarme. Nunca antes había estado en la misma habitación que ella sin hablar, ya fuera para intercambiar insultos o mantener una conversación tranquila.
Siempre existía algo entre nosotros, una tensión, un vínculo, una chispa imposible de ignorar.
Ahora, en cambio, el silencio se había vuelto una presencia incómoda que no sabía cómo manejar.
No era falta de sentimientos; quizás solo habíamos perdido las ganas de enfrentarnos.
No lo sabía. Y, por primera vez en mucho tiempo, tampoco tenía respuestas.
Había hablado con Nyliss y con Audry, incluso con aquella sirvienta llamada Cala, aunque ella solía mostrarse reacia a entablar conversación con nadie que no fuera Éire. Aun así, la había visto hablar con ella varias veces, con una confianza que no mostraba con el resto.
Por otro lado, este lugar… no era para mí.
Aunque ya no me escandalizaban los monstruos ni sentía aquella necesidad instintiva de desenvainar mi espada al verlos, la presencia de esas criaturas seguía resultándome inquietante.
Ni siquiera los hechiceros me inspiraban confianza; algunos me observaban con un aire de superioridad que ponía a prueba mi paciencia.
A Éire, sin embargo, la miraban de una forma distinta.
La veneraban. Veía en sus ojos una mezcla de devoción y esperanza, como si fuese la salvadora que habían esperado sin saberlo, la cura para una enfermedad que los consumía.
Algunos incluso la incluían en sus oraciones durante la víspera del último día.
Una parte de mí se sentía orgullosa de aquello.
Pero otra, la más lúcida, recordaba los baños de sangre que Éire había provocado y todos los que aún podía provocar.
Entonces, la confusión regresaba. Últimamente, ese era mi único estado: un mar de preguntas sin respuestas y una sensación constante de extravío.
Me encontré con Nyliss en uno de los pasillos del templo. Caminaba con su habitual seguridad, esa que llamaba la atención más que el brillo de sus labios. Su cabello, largo y trenzado, caía sobre su túnica celeste, y sus ojos plomizos relucieron al verme.
Se detuvo y esbozó una sonrisa cálida.
—No te ves demasiado contento hoy.
—Intentaré verme más contento mañana —respondí con una media sonrisa.
Mis ojos se detuvieron en sus manos cubiertas por gruesos guantes. Bajo la tela, asomaba una venda manchada de sangre seca. No fui lo bastante descortés como para señalarlo.
—No te he visto entrenando últimamente —añadí—. ¿Has estado enferma?
Nyliss vaciló antes de responder.
—Mmm, sí. Algo así. Todo lo ocurrido estos días me ha trastocado. Prefiero quedarme a solas en mi habitación.
Era una mentira, y ambos lo sabíamos. No era ingenuo.
Desde que me entregó el libro de mi hermana en el campamento, había pasado suficiente tiempo con ella como para reconocer cuándo ocultaba algo.
Solía inventar excusas absurdas para marcharse cuando llevábamos más de una hora juntos, como si la cercanía la incomodara.
Una vez decidí seguirla. Se había escabullido del entrenamiento varias veces, pero aquella quinta ocasión la vi alterada, temblorosa.
La observé entrar en su tienda y, desde fuera, escuché cómo lloraba. Lo hacía mientras alisaba las sábanas una y otra vez, en un movimiento mecánico, casi desesperado. Pasaron veinte minutos antes de que se calmara. Aun así, su llanto resonó en mi mente mucho después.
Asentí despacio.
—Cuando te sientas con fuerzas, avísame. Puedo ir a tu habitación con un par de armas y entrenar contigo.
—Te avisaré, Keelan —respondió, aunque no parecía convencida. Después se alejó por el pasillo, y sus pasos resonaron hasta perderse en la distancia.
Tragué saliva y avancé hacia la habitación que había estado buscando desde hacía días. Éire se había instalado allí el primer día. Nunca había entrado, pero imaginaba que debía de ser la más amplia del templo. ¿Por qué otra razón la habría elegido?
Cuando abrió la puerta, su rostro no mostró sorpresa alguna al verme. Tal vez ya había supuesto que vendría.
—Hola —saludé con un tono que intenté hacer natural, aunque ni siquiera yo creía en mis propias palabras.
No quería saludarla así. No cuando su mano seguía luciendo el anillo que alguna vez le había regalado, ahora en su dedo índice.
Éire parpadeó un par de veces y, sin pronunciar palabra, se hizo a un lado para dejarme pasar. Cuando lo hice, cerró la puerta tras nosotros.
Avancé despacio y observé el lugar. Contra todo lo que había imaginado, la habitación no era grande, sino acogedora.
Las paredes de piedra formaban un círculo cerrado que atrapaba el calor de la chimenea.
El fuego crepitaba, lanzando destellos anaranjados que bailaban sobre un escritorio de arce con una copa de metal bruñido, una silla robusta y una cama doble situada junto a una ventana entreabierta.
Por ella se filtraba una brisa helada que agitaba las llamas y esparcía el hollín por la estancia.
Tomé la copa del escritorio y la acerqué a mi rostro. El aroma del vino era inconfundible.
—Solo es un poco —dijo Éire, con la voz distante. La escuché moverse por la habitación, y supuse que se encontraba cerca de la chimenea.
No respondí. Volví a dejar la copa en su lugar con cuidado. Tenía demasiadas cosas en la cabeza, y lo mejor sería no detenerme a pensar en ninguna.
Aun así, el dolor se abrió paso dentro de mí, punzante, implacable.
La decepción se enroscó en mi pecho como un hierro candente.
Había vuelto a beber. No era la primera vez, y probablemente no sería la última.
Quise recriminarle, gritarle, romper ese silencio que pesaba más que cualquier palabra. Pero, al final, ¿para qué?
No podía cambiar a alguien que no deseaba escuchar.
No podía salvar a quien ya había elegido perderse.
Había intentado ayudarla, sí. Pero lo que ella hiciera, lo que decidiera ser, ya no estaba en mis manos.
Y, por primera vez, acepté que no era mi culpa.
Así que solo suspiré, lo bastante fuerte como para aliviar, aunque fuera un poco, la presión que se acumulaba en mi pecho.
Éire avanzó hasta situarse frente a mí. El escritorio nos separaba, y sus dedos rozaban con calma el respaldo de la silla, como si aquel gesto le ayudara a mantener la compostura.
—¿No te parece irónico? —preguntó.
—¿El qué? —inquirí, sin apartar la vista de ella.
—Volver a estar con un escritorio de por medio. Solo que esta vez… yo estoy en este lado.
—Tengo noticias importantes —preferí responder, eludiendo su juego.
Ella chasqueó la lengua y, con fastidio apenas disimulado, murmuró:
—Habla, entonces.
—Envié a varios emisarios de confianza para divulgar tu legitimidad al trono, tus hazañas y cada acto de tiranía que ha cometido Iriam…
o mejor dicho, la usurpadora del trono. He hablado con simpatizantes de tu causa y les he hecho ver que no les conviene apoyar a Eris en esta guerra, ni por un juramento ancestral ni por lealtad ciega.
Tengo respuesta del Conde Fazus, de Asolium, de Cristalina, de la capital de Helisea, de Draba y, por supuesto, puedo conseguir el juramento de Zabia.
Podrías librar esta guerra con soldados y no con monstruos, Éire.
Así ganarías sin derramar sangre inocente.
—¿Y a cambio de qué, Keelan Gragbeam? —preguntó, arqueando una ceja. Luego sonrió con ironía—. Sé que no harías esto solo por… amor.
Tenía razón.
—Quiero tu palabra de que Zabia nunca volverá a ser atacada por ningún monstruo ni hechicero de tu ejército. Prométeme que seremos aliados, y que si alguna vez pretendes dañar mi reino, tú misma pondrás fin a tu vida como pago por la traición.
—Podría mentirte —replicó con un deje de diversión. Dio un paso hacia mí y bordeó el escritorio. Luego dio otro, más decidido.
Noté la distancia reducirse entre ambos, aunque no me moví.
—Sé que no me mentirías —dije con calma—. Y estoy jugando lo suficientemente bien con esa carta que tengo a mi favor.
Ella se detuvo a mi lado. Pude sentir su respiración rozando apenas mi labio inferior. Su mirada permanecía fija en mis labios, y el ritmo de su corazón se hizo más rápido, tan audible que casi podía contar los latidos.
Tragó saliva antes de murmurar:
—Así que me estás utilizando, ¿verdad?
—Solo estoy jugando a tu juego, hechicera. Ahora, júralo —murmuré.
Éire alzó la vista, y por primera vez en mucho tiempo creí ver en sus ojos un destello de humanidad.
—Te lo juro, hijo de Symond.
Entonces su rostro se ensombreció. En su mirada apareció un brillo oscuro que comenzó a expandirse desde la pupila hasta cubrirle los ojos por completo. Me quedé inmóvil, conteniendo el aliento, mientras mi mano se posaba, casi sin querer, sobre su pómulo.
Esos ojos habían contemplado a hombres retorcerse de dolor, habían presenciado la última mirada de Serill y la destrucción de un bosque convertido en cenizas. Esa no era la Éire que yo había conocido en aquel despacho de Zabia. Si lo fuera, no habría dudado ni un segundo.
Pero no lo era.
Decidí apartarme. Mientras lo hacía, mi atención se desvió hacia el escritorio repleto de papeles apilados, y supe que ese sería el pretexto perfecto para poner distancia entre nosotros sin que pareciera forzado.
—¿Acaso estás dejando por escrito tu larga lista de pretendientes? Recuerdo que me hablaste de ella poco después de conocernos.
Para mi sorpresa, Éire sonrió. Ni siquiera siguió mi mirada hacia el escritorio; sabía perfectamente a qué me refería.
—Bueno, lo considero demasiado importante como para dejarlo solo en mi cabeza.
—Espero que al menos hayas escrito mi nombre con buena caligrafía —respondí y fingí ligereza.
—Oh, aún no he llegado a ti.
—¿Y puedo leer lo que llevas escrito? —me burlé, dando un paso como si intentara rodear el escritorio.
Ella se interpuso con rapidez, impidiendo mi avance.
—Podríamos leerla juntos… si aceptaras ser mi acompañante en la víspera —propuso con una sonrisa traviesa.
—¿Acaso hay tiempo para celebraciones? —pregunté con seriedad.
—Siempre lo hay —replicó y dejó que su voz se deslizara con descarada seguridad.