Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO XIX
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CAPÍTULO XIX

ÉIRE

—Tengo malas noticias, prima —comentó Nyliss, retorciendo los mechones que escapaban de su moño despeinado. Su voz arrastraba una ligera nota de burla, como si el mensaje no le afectara en absoluto—. La han encontrado tratando de escapar, tal como dijiste.

Humedecí mis labios, ignorando el aguijón que se clavó entre mis pechos. El estómago me dio un vuelco, y no supe si era por el hambre que me atenazaba o por el peso de la traición.

—Bien, que la lleven al centro del campamento —ordené, sin girarme a mirarla—. Y trae a Audry inmediatamente.

—¿Al comandante? ¿Para qué? —preguntó con el ceño fruncido. Giré el rostro hacia ella, procurando que no notara mis uñas mordidas por la histeria.

Estaba a punto de responderle cuando mi mirada descendió hacia sus caderas.

Allí, entre las fundas de cuero, relucían dos armas.

Reconocí una de ellas en el acto. El brillo característico del metal que nunca perdía su lustre, la empuñadura plateada y tersa, sosteniendo una hoja fina y puntiaguda, forjada por los mejores herreros de Zabia.

En el mango, los relieves de filigrana formaban un trazo elegante, casi oculto entre los reflejos cobrizos del bronce.

—¿De dónde has sacado esa daga? —pregunté, incapaz de apartar la vista.

Nyliss ni siquiera siguió mi mirada; sabía exactamente a qué me refería.

—La encontré —dijo con indiferencia.

—Esa daga era mía. Me deshice de ella —repuse, sin entender cómo había terminado en sus manos. Se suponía que el cauce del río la arrastraría hasta el mar, donde se perdería para siempre. Pero ahora… la tenía Nyliss.

Ella se encogió de hombros con una pequeña sonrisa que danzaba en sus labios pintados.

—Qué casualidad —murmuró, aunque su tono no sonó sorprendido, sino extrañamente sereno—. Traeré al comandante, entonces.

La dejé marchar. No podía detenerla por algo tan trivial. Probablemente se trataba de una casualidad, quizás era una daga similar, forjada por el mismo artesano o tal vez hallada en alguna orilla del río.

Pensar en otras posibilidades —las que implicaban conspiraciones o traiciones— habría sido una pérdida de tiempo.

Esperé, impaciente, a que Audry entrara en mi tienda.

Mis ojos se posaron sobre las tazas humeantes que reposaban en la mesa.

Aspiré el aroma especiado que flotaba en el aire, denso y cálido bajo la punta de mi nariz.

Tomé una breve bocanada de aire y observé la humedad que se extendía por las telas del suelo, en una esquina cercana estaba el vino que había derramado antes.

Por un instante me sentí tentada a agacharme solo para mirar más de cerca las gotas carmesíes, tan brillantes bajo la luz tenue. Sentí cómo mi boca se humedecía y un escalofrío me recorrió el cuerpo.

No. Lo hacía por mí. No iba a defraudarme de nuevo.

—¿Qué querías? —La voz de Audry me sacó del pensamiento. Entró en la tienda con los brazos cruzados y una expresión que destilaba desaprobación. Su mirada, dura y contenida, revelaba el motivo de su disgusto sobre la orden de quemar los cultivos en Iriam.

—Hay una bebida para ti. Siéntate y habla conmigo —le propuse.

El comandante frunció el ceño, aunque no replicó. En unas cuantas zancadas ocupó la silla a mi lado. Su espalda se mantuvo recta con los hombros tensos, como si esperara una emboscada.

—Preguntaré de nuevo, Éire. ¿Qué querías?

Deslicé mis manos por la superficie caliente de la taza y bebí un sorbo de la infusión especiada. El calor me recorrió la garganta. Pasé la lengua por la comisura de mis labios para evitar que una gota escapara de mi boca.

—Bebe conmigo, por favor —le pedí, señalando su taza, más llena que la mía.

Él suspiró, rindiéndose, y bebió de un solo trago. Su nuez se deslizó varias veces mientras tragaba, y al terminar dejó la taza sobre la mesa con un golpe seco. Se limpió los labios con la palma de la mano y me sostuvo la mirada.

—Ya está. Ahora puedes explicarte.

—Me gustaría saber qué pensasteis cuando os dije a Ashania y a ti que comenzaría una guerra. Quizás imaginasteis que enviaría obsequios y jugaría al escondite con ellos —respondí, con una sonrisa apenas contenida.

—Los ciudadanos no tienen nada que ver —replicó él con firmeza—. Ellos no deberían sufrir las consecuencias de esto.

—¿Desde cuándo los ciudadanos no sufren las consecuencias de las guerras? —pregunté.

—Desde el momento en que hay un buen rey —sentenció el comandante.

No pude evitar soltar una risa baja.

—Eso es lo más absurdo que he escuchado en mi vida. Pensé que habías madurado, Audry, pero sigues creyendo en las utopías.

No pareció enfadado, sino abatido. Solo entonces reparé en las sombras que se marcaban bajo sus ojos, en su cabello desordenado, en la tristeza que oscurecía su semblante. Parecía distante, como si un muro invisible lo aislara del resto del mundo.

—Creo que estoy siendo demasiado generosa —proseguí, con voz pausada—.

Solo voy a dejarlos sin recursos el tiempo justo para que nadie sufra por hambre, pero que sientan la ausencia del alimento.

Cuando estén lo bastante enfadados, tomaré el trono de Eris en el momento exacto.

Entonces me aceptarán. Estoy actuando con la mayor moderación posible, créeme.

Y lo hago por ellos, para salvarlos. —Deslicé mi mano sobre la mesa hasta rozar la suya—.

Nunca haría daño a un inocente, pequeño comandante. Al menos, la mayoría de las veces.

Él esbozó una sonrisa insegura, leve, como si temiera permitírsela.

—Aunque lo hicieras —susurró—, no creo que pudiera dejarte sola.

—Lo sé. Por eso tienes que dejar que te evite este sufrimiento.

Audry me observó, confundido, mientras yo retiraba mi mano de debajo de la suya y la dejaba caer sobre mi regazo.

—¿A qué te refie…? ¿Qué…? Todo está dando vueltas de repente. —Sus ojos se entrecerraron, y un brillo extraño patinó en sus pupilas—. Tengo mucho sueño. ¿Por qué…? ¿Por qué tengo tanto sueño?

—Espero que algún día puedas entender por qué lo hago.

—Las palabras se atascaron en mi garganta, abrasándome por dentro con una fuerza sofocante.

Arrastré mi silla hacia atrás y me incliné junto a él, que me seguía con la mirada perdida.

Cerré los ojos un instante, tratando de mantener el control sobre mi respiración—. Dulces sueños.

Su cabeza cayó hacia atrás, golpeando suavemente el respaldo de la silla.

Quedó inconsciente. Le deposité un beso en la frente antes de acomodarle el cuello sobre un cojín y descalzarlo con cuidado.

Cuando lo vi lo bastante cómodo, reprimí la voz que me susurraba culpa y salí tambaleándome de la tienda.

El aire frío de la noche me recibió con una bofetada.

Lo primero que vi fue el círculo de personas congregadas alrededor de una figura arrodillada.

Sus manos estaban atadas a la espalda, y la arena bajo sus rodillas se hundía con el peso de su cuerpo.

Los soldados se apartaron en cuanto me vieron, abriéndome un pasillo entre la multitud.

Entre los rostros expectantes, hallé la mirada de Nyliss.

Sus ojos enormes me observaban con una mezcla de atención y recelo.

Evité sostenerle la vista y la desvié hacia Brunilda y Haakon, que se encontraban junto a ella.

Ambos asintieron en silencio, compartiendo una decisión que no necesitaba palabras.

Y entonces la vi.

La mirada que más temía enfrentar, la de Ashania Minceust.

Su cabello, antes trenzado y adornado con sedas, caía ahora suelto y opaco sobre su pecho.

Los labios le sangraban por los mordiscos que se había dado, presa de la ansiedad.

No debía de llevar mucho tiempo allí, quizá veinte minutos desde que ordené su vigilancia.

En cuanto ella y el dragón desaparecieron con los hechiceros, supe que debía actuar, aunque jamás imaginé que tendría razón.

Estaba descalza, sucia, con el rostro endurecido por una calma inquebrantable. Sus ojos no me maldecían ni sus labios temblaban de rabia. Solo había vacío.

—Ashania Minceust ha traicionado nuestra confianza —anuncié, elevando la voz para que todos me oyeran.

Caminé despacio alrededor del círculo y observé cada rostro—.

Ha intentado huir para advertir a la reina ilegítima de nuestros planes.

No solo ha sido una cobarde, también una enemiga.

Y su cercanía conmigo no la librará de su destino.

Ahora que todos sois testigos, la sentencio a muerte, y yo misma seré su verdugo.

Un rugido de voces estalló entre los presentes, había gritos sedientos de justicia, puños alzados y lanzas golpeando la tierra.

El sonido me atravesó como un trueno. Avancé un paso hacia Asha, sin apartar mi mirada de la suya.

Sentí cómo el remordimiento comenzaba a bullir en mi vientre, espeso como plomo fundido.

—Dime que, al menos, esta guerra no sigue siendo por la venganza que sientes hacia Eris —dijo ella, alzando la barbilla para sostenerme la mirada.

—Lo era al principio, pero ya no. Este es mi pueblo ahora, y me aseguraré de que jamás vuelvan a considerarnos monstruos.

Escupió cerca de mis pies, provocando exclamaciones airadas a nuestro alrededor.

—Al final, el maltrato de tu madre te convirtió en una asesina. Crees que rompiste el círculo, pero solo te dejaste aplastar por él.

—No nombres a mi madre —gruñí.

—Te has convertido en todo lo que odiabas. Espero, sinceramente, que valga la pena.

El frío comenzó a subir por mis piernas y se filtró por mis huesos. Sentí cómo la escarcha se apoderaba de mis órganos, helando cada rincón de mi cuerpo. Sin embargo, mi corazón ardía. Latía con violencia y golpeaba mis costillas como un animal enjaulado.

Me dolía.

Me gritaba que aquello era una traición, que la sangre que intentaba mantener fluyendo se convertía en hielo dentro de mis venas. Quería que me detuviera. Quería salvar lo poco que quedaba de mí. Pero yo no podía. No debía.

Porque yo no era una traidora, aunque aquella decisión se sintiera como si lo fuera.

Convertí la culpa en arena entre mis dedos y la dejé escurrir hasta que no quedó nada. No era una cobarde. No iba a huir como ella.

Sabía, desde el inicio, que habría sacrificios. Y este era uno de ellos.

—Le enviaré besos a tu padre junto con tu cabeza —dije en voz baja, tan solo para que ella me oyera—. Él debía saber que su deslealtad en Sindorya tendría consecuencias.

Me giré hacia Brunilda, que me observaba con un brillo feroz bajo el entramado de sus trenzas. Sostenía mi espada entre las manos, esperando la señal para entregármela.

—¿Qué crees que le pasará a Cade? —preguntó Asha, y su voz tembló por primera vez—. ¿Cómo crees que esto lo arruinará? Él está ahora con mi padre, y sabrá lo que me hiciste. Te odiará.

Aquellas palabras me paralizaron. Por un momento, no vi a la mujer frente a mí, sino al niño de mejillas rugosas y mirada temblorosa, apuntándome con el dedo y susurrando una palabra que se me clavó como una daga: asesina.

Giré lentamente hacia ella.

—Yo no soy una mala persona —dije casi en un susurro—. Lo hago por ellos. Lo hago para que Cade pueda vivir libre algún día, sin importar de dónde venga.

Apretó los labios. Una lágrima redonda rodó por su mejilla antes de que sus palabras se quebraran.

—Lo sé, Éire. Lo sé. Si me sueltas, no diré nada. ¿Está bien? —Su voz temblaba como un hilo a punto de romperse—. Perdóname, por favor. No quería que mi hijo pasara hambre. Pensé que lo entenderías. Pensé que éramos… amigas.

Retrocedí un paso. ¿Ella me consideraba su amiga?

«Y mira cómo terminó tu última amistad».

—Deberías haberlo pensado antes —susurré.

Volví a darle la espalda, escuchando cómo sus sollozos se transformaban en gemidos desgarrados y convulsiones contenidas.

Intenté apartar el dolor que se expandía en mi pecho, opresivo y abrasador, como si una mano invisible lo estrujara desde dentro.

Por más que lo intenté, la tristeza y la rabia se aferraban a mí, tercas, imposibles de disolver.

Sabía que su padre nos había traicionado, que por su culpa Keelan había muerto; aun así, ella continuaba comunicándose con él.

Si de verdad me había considerado su amiga, no le había importado nada.

Había tomado mi confianza y la había arrojado al suelo, aplastándola sin remordimiento alguno.

Inconscientemente moví la punta de los dedos, y una ráfaga leve agitó mi cabello.

No necesité girarme para comprender lo que ocurría.

El cielo se abrió sobre nosotros con un resplandor alabastrino, tan pálido que parecía irreal.

Un instante después, el estallido retumbó por todo el campamento, con una fuerza que me sacudió hasta los huesos.

Un pitido agudo llenó mis oídos y, por un momento, el mundo pareció girar en torno a mí.

Detrás, escuché el golpe seco de un cuerpo contra la tierra.

Era Asha. Yacía inmóvil, con los ojos abiertos, desorbitados, fijos en un punto invisible del horizonte.

Su rostro se grabó en mi memoria sin permiso, hundiéndose como una espina en mi mente.

Incluso con la vida escapando de su cuerpo, parecía observarme todavía.

Con sus pupilas quietas cargadas de un rencor que no se extinguiría ni con la muerte.

Los gritos de aprobación se elevaron a mi alrededor.

Aplausos, vítores, voces que festejaban lo que yo apenas podía sostener.

Quise convencerme de que aquel clamor ahogaba mi culpa, pero lo cierto fue que la avivó.

El remordimiento ardía bajo mi piel, aunque una parte de mí insistía en que todo valía la pena. Ese sacrificio debía tener sentido.

Porque, aunque no hubiese podido salvar a Keelan, salvaría a los demás.

Aunque tuviera que cargar con el odio, aunque mi nombre se manchara para siempre. Sería fuerte, sería poderosa, y eso bastaría. Tenía que bastar.

Me alejé del círculo sin mirar atrás. La electricidad aún vibraba en mis manos, condensándose entre mis dedos hasta estallar en chispas diminutas que iluminaban fugazmente la oscuridad.