Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO VII
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CAPÍTULO VII

ÉIRE

La hechicera rubia palpó el cuello de un guardia que se retorcía sobre el pasto. Al percibir que su corazón aún latía, clavó el puñal en su garganta hasta que solo quedó el gorgoteo de la sangre.

Audry exhaló con fuerza entre los dientes, mantuvo la mirada fija en aquel guardia, que quizá había sido su amigo. No pronunció palabra, pero escuché claramente la oración susurrada que escapó de sus labios.

—Los dioses no escuchan en Güíjar. Este no es un lugar de su agrado —comentó Asha, repasando con los ojos a cada guardia caído. Su expresión no reflejaba pesar por la muerte, sino un dejo de compasión que apenas intentaba contener frente a la mujer.

—Los dioses escuchan en cualquier lugar, sobre todo cuando deben reclamar las almas de los guerreros —replicó Audry, apretando los labios con firmeza, como si no dudara de la verdad de sus palabras.

La mujer volvió a guardar sus armas en el tahalí y nos lanzó una mirada por encima del hombro mientras pasaba junto a uno de los cuerpos ensangrentados.

—¿Cómo os hacéis llamar? —preguntó Asha, enrollando con los dedos una de sus numerosas trenzas.

—Soy Brunilda de Güíjar. No tengo apellido; nunca conocí a mis padres —respondió sin que pareciera afectarle aquel recuerdo. Evitó nuestras miradas por un instante y continuó—: ¿Qué buscáis, forasteros?

—¿A qué te refieres? —inquirí.

—Veníais a ayudarnos. ¿Por qué hacerlo? ¿Queríais algo a cambio acaso?

Se dio la vuelta. Sus pies descalzos crujieron sobre las ramas húmedas. La tierra seguía mojada por las tormentas recientes, y el barro le llegaba hasta los tobillos.

Tragué saliva con fuerza. No temía a esta mujer, pese a sospechar que era la hechicera persuasiva. Temía al silencio, a la ausencia de los guerreros que deberían haber estado allí. Temía a lo oculto tras las sombras del bosque. No eran monstruos; no los percibía, pero algo acechaba.

—De hecho, sí —dije—. Deseo que vuestro pueblo y sus guerreros se unan a mí.

Ella no rió, pero esbozó un ligero gesto en la comisura de sus labios.

Su tranquilidad contrastaba con la decena de guardias caídos bajo sus manos.

Los guerreros persuasivos eran poderosos.

Muy poderosos. Si entrenaban lo suficiente, podían controlar centenares de mentes al mismo tiempo, siempre que sus órdenes fueran unánimes, incluso órdenes de suicidio.

Solo pensar en ello bastaba para reconocer que esta mujer podría eliminar un pequeño ejército por sí sola.

—Aquí las cosas no funcionan así —dijo—. Si quieres ganarte el respeto y el apoyo de nuestras tierras en esta guerra, debes demostrarnos que eres una líder digna de seguir. Debes mostrarnos tu poder, tu fortaleza.

—¿No queréis fortuna? —me burlé, arqueando una ceja. No pude evitar examinar su modesto atuendo de arriba a abajo.

Ella no se ofendió. Al contrario, soltó una risa baja.

—Los tesoros son placeres que se obtienen tras la victoria, no una forma de pago. Nosotros somos guerreros. No buscamos fortuna, buscamos batallas que librar.

—Bien. ¿Qué debe hacer mi señora para demostrarnos que merece nuestro seguimiento? —intervino Asha, asintiendo hacia mí.

Su sonrisa se ensanchó, afilada, retorcida, casi sangrienta.

—Debe luchar.

—¿Contra quién? —pregunté. Si ella era mi adversaria, la batalla sería reñida. Mi magia era más potente, más devastadora, pero la suya era astuta. Si caía en sus redes, estaría perdida.

—Contra mí —respondió una voz grave que resonó desde detrás de Brunilda. Al principio no supe de dónde provenía. La entonación era masculina, profunda, más grave que cualquier otra que hubiera escuchado, con un timbre pesado que imponía por sí mismo.

Al mirar por encima del hombro de Brunilda, descubrí que su sonrisa se había ensanchado aún más, como si aguardara con emoción la pelea.

El hombre que emergió del bosque era alto, apenas una cabeza más que Audry y ligeramente más bajo que yo.

Su complexión era la de un guerrero entrenado, con músculos marcados, casi exagerados, esculpidos con precisión.

Sus brazos eran fuertes y surcados de venas.

No llevaba camisa, y un fino vello cubría su abdomen hasta perderse más abajo.

Su nariz era afilada, el mentón cuadrado, y sus ojos reflejaban un brillo salvaje.

No era sed de magia ni encantamiento, sino odio puro, lúgubre.

Su color ámbar recordaba a la miel, similar al de Keelan, pero sin la misma magia.

Su cabello era largo, como el de una mujer, suelto y enredado y caía sobre sus hombros. Una tira de cuero lo sujetaba parcialmente, pero la mayoría de las hebras escapaban libremente. Su piel sudada y su ropa mínima indicaban entrenamiento reciente… o algo más.

—Madre mía, ya me gustaría entrenar con él —susurró Audry en mi oído. Preferí ignorar su comentario; solo confirmaba lo que temía, la adolescencia le había alterado el juicio.

—¿Y qué poderes tienes tú? —pregunté, observándolo de arriba abajo. Aparte de su exceso de músculos, el sudor y una capa de vello que le cubría el pecho, no encontré nada más digno de atención. Nada que revelara la naturaleza de su magia, si es que poseía alguna.

Él no respondió con palabras. En su lugar, dio varias zancadas firmes y se plantó frente a mí.

Inclinó la cabeza hacia adelante, tan cerca que su aliento rozó mi rostro.

Arrugó la nariz y aspiró profundamente una, dos, tres veces, mientras su mirada recorría cada detalle de mis facciones.

Me estaba olfateando como si fuera un animal que evaluaba a otro, como si yo fuera una hembra en celo…

o una presa. Una presa que estaba considerando devorar.

Cuando su atención se detuvo en la cicatriz que cruzaba mi mejilla, la tensión se quebró dentro de mí. Antes de que abriera la boca, desenvainé mi daga con un solo movimiento y apunté al lugar que sabía que no se había molestado en cubrir ni en rasurar.

—Soy Éire Güillemort Gwen, hija de Rauthier, princesa de Iriam y legítima heredera.

Protectora de la reina Evelyn, descendiente de la reina de Gregdow y creadora de las criaturas Razha —dije con voz firme, sin apartar la mirada—.

No vuelvas a olfatearme como si fuera una prostituta de taberna, o cortaré este trozo de carne y lo haré dados para alimentar a tus guerreros

El hombre sonrió. La daga seguía apuntando a su bajo vientre, pero ni eso bastó para borrar su expresión soberbia. Pese a todo, dejó de aspirar el aire a mi alrededor y no volvió a acercarse con esa lascivia animal que lo envolvía.

—¿Entonces debo reverenciarme ante ti? —preguntó, con un tono cargado de burla.

En un recóndito lugar de mi cerebro algo titiló como una llama prendida. Al principio, tan solo fue un recuerdo latente en mitad de un mar de otros tantos perdidos. Pero tras unos segundos fue claro, se plasmó frente a mí como si fuera un acontecimiento reciente.

«Estoy esperando a que salgas y hagas una reverencia».

El recuerdo emergió con la fuerza de una corriente desbocada. Parpadeé, y sentí mi sangre hervir bajo la piel. La empuñadura de la daga crujió entre mis dedos y el guerrero siseó con fingida diversión.

—Auch, princesa. Deberías tener más cuidado.

Levanté la vista. Por un instante, su rostro cambió ante mis ojos, sus facciones se fundieron con las de otro hombre, con unos ojos que ya no existían en este mundo. No era Keelan. Pero desearía que aquel recuerdo hubiese sido invocado por él.

—¿Cuáles son tus poderes, entonces? —repetí, esforzándome por mantener el control. Mi paciencia se deshacía como nieve bajo el sol, y mis recuerdos amenazaban con arrastrarme al abismo. No podía permitirme perder el dominio frente a posibles aliados. Eso era algo que me había enseñado… el príncipe.

La hechicera de cabello grisáceo soltó una carcajada que retumbó entre los árboles.

—Aquí no se permite el uso de magia durante los combates. Eso no demuestra fortaleza; es un don heredado, no una conquista —anunció con tono seco.

De pronto, dio una palmada sorda, y el sonido bastó para convocar a decenas de figuras que emergieron de entre las sombras.

Guerreros y mujeres de armas avanzaron desde las chozas y los troncos, armados con lanzas rudimentarias, espadas melladas y dagas de hierro grueso.

Sus vestimentas eran jirones, y, aun así, cada uno irradiaba ferocidad.

La tierra tembló con los gritos que rugieron en torno a nosotros, exigiendo sangre, exigiendo combate.

—Podéis tomar un arma si lo deseáis, pero nada más —añadió Brunilda, con una sonrisa torcida.

Durante un segundo, nuestras miradas se cruzaron, y supe que ella era consciente de mi desventaja. En un enfrentamiento cuerpo a cuerpo, estaba perdida. Mi oponente era una bestia de músculos tensos y fuerza desbordante, una montaña de carne y furia. Pero yo aún podía pensar. Aún podía anticipar.

Audry se acercó a mí y me sujetó del antebrazo con fuerza.

—Éire, no sé si es una buena idea —susurró, lo bastante bajo como para que solo yo lo oyera.

Giré apenas el rostro hacia él y le devolví una mirada firme, cargada de una determinación que ni yo misma sabía si poseía.

—Confía en mí, pequeño guardia real —le respondí. Me deslicé hacia el centro del círculo formado por los bárbaros. Asha, más atrás, tragó saliva. La vi temblar. Me tendió una mano temerosa y la estreché con un gesto que buscó infundirle calma—. Tú también, Ashania Minceust.

Ambos asintieron, pero la duda era visible en sus rostros.

Se retiraron entre la multitud mientras los guerreros a nuestro alrededor rugían, golpeando el suelo con sus lanzas, e invocaban la guerra como una plegaria.

Sentí el peso de mi destino hundirse en el pecho.

Si perdía, Keelan habría muerto en vano. No podía permitirlo. No debía hacerlo.

Brunilda extendió su mano, exigiendo la daga. La observé unos segundos y luego se la entregué, para clavar mi mirada en la del hombre que me enfrentaba.

—Quiero una espada —dije con voz firme.

Brunilda chasqueó la lengua con desaprobación, pero accedió.

Uno de los guerreros le lanzó una espada tosca y ella me la entregó.

La tomé y sentí su peso en mi mano. La hoja era pesada y estaba desequilibrada, pero servía.

La moví en un arco corto para acostumbrarme a su empuñadura curtida.

No era un arma digna, pero era suficiente.

Recordé las enseñanzas de Keelan y Audry: «No es la hoja la que mata, sino la intención de quien la sostiene». No era una espadachina hábil, pero sí una estratega. Y sabía que un adversario tan orgulloso como él jamás aceptaría empuñar un arma.

—Yo no quiero ningún arma —gritó el guerrero, alzando los brazos. Su voz tronó entre los vítores de su gente, que lo aclamó como a un dios.

Sonreí apenas. Tenía razón. Su orgullo sería su ruina.

La hechicera nos observó a ambos. Asintió lentamente y pensé que aquella era la señal del inicio.

Pero él no se abalanzó. En su lugar, tomó una daga que Brunilda le ofreció y rasgó la piel de su brazo con un movimiento firme.

La sangre brotó hasta su muñeca, y con ella trazó un círculo sobre su frente pidiendo en silencio la ayuda de los dioses. Era una ofrenda hacia la tríada.

Cuando todos volvieron su mirada hacia mí, comprendí lo que esperaban.

Y lo hice. Tomé la misma daga y pasé su filo por mi brazo, dejando que la sangre corriera libre.

Sentí el ardor del corte, la fragilidad del instante.

Apreté los dedos contra la herida, manché mi índice con la sangre y la llevé a mi rostro.

Pero no dibujé el símbolo de la tríada. No pedí ayuda.

No supliqué su favor. En su lugar, tracé líneas diagonales en mis mejillas, dejando que el rojo se extendiera como una marca de guerra.

Un murmullo de indignación recorrió a los presentes. Algunos escupieron al suelo, otros alzaron los puños, ofendidos por mi desafío a sus dioses.

Dejé caer la daga sobre el pasto. El sonido metálico fue tan claro como una sentencia.

—Yo no necesito la suerte de vuestros dioses.