Reino de bestias y poder (Nargrave 3) CAPÍTULO VI
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CAPÍTULO VI

ÉIRE

Era cierto todo lo que me habían dicho. Tras una hora galopando sin detenernos, dejando a Aylwind como señor de Valhiam y al resto de guardias dentro de las murallas de aquellas tierras conquistadas, nos acercábamos a Güíjar.

Como había escuchado, se trataba de una simple aldea, apenas unas chozas dispersas, rodeadas de tierras labradas.

Al principio, dudé sobre si podía confiar en aquel comandante casi desconocido para mí.

Sin embargo, la manera en que sus hombres lo miraban —con admiración y respeto— me dio la respuesta.

Sabía cómo manejarlo, dejarle a cargo de aquellas tierras hasta que Evelyn recibiera noticias e instaurara un nuevo gobierno era suficiente.

Le era fiel a su reina, y si algún día dudaba de mi autoridad, su cabeza sería la próxima que rodara bajo mis pies.

—¿Debemos atacar? Aquí no parece haber demasiada gente, Éire. No sé si será una batalla justa —comentó Audry a mi lado, deteniendo a su yegua con un tirón firme de las riendas.

Le eché un vistazo a los cien hombres que había traído conmigo y luego compartí una mirada con Asha, que jugueteaba con sus anillos mientras mantenía su atención en mí.

Hoy llevaba el pelo recogido entre cintas y múltiples trenzas sostenían un rodete perfectamente elaborado. Estaba especialmente hermosa.

—¿Lavaste las camisas de mis soldados? —pregunté, con un hilo de humor.

Ella sonrió ladeadamente.

—Una a una.

—Perfecto —respondí, ajustando la tira de cuero que sujetaba mi larga coleta en alto. Mi cabello había crecido tanto que caía en hondas voluminosas por la espalda baja.

—¿Que si ha lavado las camisas…? ¿De qué habláis? —Audry frunció el ceño, mirándonos como si compartiésemos una broma que no comprendía.

Le sonreí abiertamente.

—¿Quieres lavarlas tú? Me encantaría verte frotando camisas.

Audry entrecerró los ojos.

—Psicópata.

—Me halagas —respondí con una ligera inclinación de cabeza.

Después de aquello, salté del lomo de mi caballo gris vetado y aterricé con firmeza sobre el suelo.

Ajusté mi abrigo sobre los hombros y avancé hasta la pequeña pendiente arenosa que separaba la vereda del inicio del bosque.

Sabía que mis hombres me seguían con la mirada, así que mantuve la cabeza erguida mientras los repasaba uno por uno desde esa posición ligeramente elevada.

Había escogido a los más enjutos, a los más menudos, a los lentos y torpes.

A los que temían a la muerte, con menos entrenamiento.

Había seleccionado a los jóvenes e incluso a los demasiado mayores.

Había elegido lo peor de mi ejército, y aun así, ellos se sentían halagados por haber sido seleccionados entre cinco mil hombres para la primera misión.

Lo que desconocían era que estaban siendo parte de algo mucho mayor.

—Creo que hablo en nombre de todos cuando digo que los asesinos y sus aliados deben recibir castigo.

Este pueblo, pese a formar parte de los territorios de nuestra excelsa reina, conspiró contra ella —dije, mientras algunos gritos indignados resonaban entre los guardias—.

Ellos abastecieron al reino que acabó con nuestros antiguos reyes (que los dioses les hayan concedido otra oportunidad) e intentaron matar a nuestra actual majestad.

Por eso debemos vengarnos de su traición.

¡Mantendremos intacto el honor de Aherian a toda costa!

El murmullo del metal y los gritos de guerra se unieron, como un río de fuerza que recorría a mis guardias. Se armaron de valor y clamaron su deseo de venganza, de honrar a su reino.

Si algo me había enseñado el príncipe era a agasajar, a hacer sentir importante a la gente y luego aprovechar su ego.

Tan solo lo justo, y los tenías en la palma de tu mano.

Mi sonrisa creció mientras los guardias descendían la colina, cegados por la gloria que jamás habían experimentado y por la confianza en su misión.

—¿Qué acabas de hacer? —dijo Audry, desconcertado—. Güíjar nunca tuvo nada que ver con esta guerra. Con ninguna, realmente.

Saltó de su yegua y la sujetó junto a él, manteniendo las riendas firmes. Compartí una mirada con Asha, que él no pasó desapercibida.

Ella chasqueó la lengua a horcajadas sobre su caballo, su vestido ligero cubría el lomo de este.

Hoy tampoco llevaba corsé, y era fácil distinguir la silueta de su pecho bajo las finas telas de ébano.

Sus ojos claros resplandecían bajo el sol, y las diminutas pinceladas de canela sobre su nariz resaltaban con delicadeza.

Detuvo su mirada en mí y arqueó una ceja, consciente de que la había observado durante un largo instante.

Aclaré mi garganta y me giré hacia Audry justo antes de responder.

—¿Acaso crees que mandaría a mi amiga a limpiar camisas de guardias y que diría esa estupidez sobre los dioses?

Sus ojos se abrieron desmesuradamente. No muy lejos, se escuchaban los pasos apresurados de nuestros guardias. Aún no se percibía el choque de armas ni rastros de magia.

—¿Qué has hecho, Éire?

—Pensé que estabas de mi lado en esto, que harías lo que fuera por salir victorioso esta vez.

Su mano sobre las riendas de la yegua tembló.

—Y lo estoy, ayudaré a derrotar criminales como aquel señor de Valhiam, como a Eris y a cada noble que la apoya. Pero estos son nuestros hombres. Los conozco. He luchado con ellos. Y te conozco lo suficiente como para saber que los estás sentenciando a la muerte.

Avancé un paso hacia él, firme.

—En todas las guerras hay daños colaterales.

—¿Como Keelan? —dijo él entre dientes.

Tuve que tragar saliva con esfuerzo. Estaba bien. Tenía que mantener la calma. Si no lo hacía… podría herir a quien no deseaba.

—Haré que su muerte tenga sentido. La seguiré intentando vengar hasta que muera, y si no estás de acuerdo, eres libre de irte o luchar junto a esos inútiles. Haz lo que desees, pero luego no te llames a ti mismo guerrero; no tienes la valía de uno.

Su mandíbula se tensó y apretó los labios.

—Sabes que…

En ese instante, la elaboradora chistó. No nos miraba a nosotros; su atención se dirigía colina abajo, por donde habían marchado nuestros guardias.

Apenas se levantaban algunas chozas entre madera, heno y paja, y el pienso de los animales rodaba por el suelo.

Pero no quedaba nada… al menos, nada vivo.

Cuerpos yacían esparcidos entre los cultivos, bañados en sangre caliente y fresca.

Algunos atravesados por flechas, otros con espadas, y varios sin heridas visibles.

Aquello no parecía posible: ¿qué tan hábiles podían ser los atacantes para derribar a hombres armados y protegidos con armadura?

Preferí aferrarme a la explicación más lógica. La otra alternativa era…

—Magia persuasiva —susurró Asha. Tenía razón. Entre el denso olor de la sangre flotaba un aroma sutil, persuasivo. Me recordaba al algodón de azúcar, caramelo o fresas bañadas en leche condensada. Se movía como viento entre las nubes, serpenteando sobre los cuerpos, encandilando con su ligereza.

Era apenas perceptible, pero suficiente para hechizar a cualquiera que lo oliera.

Ni las galletas más tibias, el maíz más dulce ni la menta más fresca podrían competir con su poder de fascinación.

Aquel era el arte de atraer, confundir y ahuyentar a los visitantes no deseados.

Y estaba presente, claro y fuerte. Allí no solo había guerreros, había hechiceros.

—¿Quiénes sois? —gruñó una voz cerca de mi oído. Sentí el frío metal del puñal rozando mi piel, y Audry desenvainó su espada, apuntando de inmediato.

Asha me lanzó una mirada calculadora. Al inclinar ligeramente la cabeza, supe que el plan había funcionado, debían estar furiosos, y eso era ventajoso.

Me giré lentamente, dejando que la punta del puñal se apoyara apenas bajo mi mentón.

Era una mujer alta, casi un palmo más que yo.

Su cabello rubio estaba trenzado desde la raíz hasta las puntas, brillante y pálido.

Sus labios fruncidos y la mirada salvaje delataban su condición de guerrera, pese a que su ropa parecía la de una granjera.

Llevaba un vestido carmesí suelto sujeto por un cinturón de cuero.

—Yo soy Éire Güillemort, hechicera de las bestias razha, y estos son mis amigos. —Me mantuve erguida, observando cada detalle de la hechicera. Sabía que lo era, aunque no tuviese ninguna prueba. El aroma embaucador que emergía de su piel era suficiente incentivo para continuar pensándolo.

—¿Sois vos la que ha ordenado el ataque?

Casi sonrío.

—¿Habéis visto el estandarte de sus camisas? Vine a advertiros del ataque, no a provocarlo.

Elevó la mirada por encima de mi hombro, observando la pila de hombres sin vida que cubría el pasto y lo teñía de rojo. Su nariz se arrugó ligeramente, y luego me lanzó otra mirada.

—Iriam —dijo, con los labios apretados, entre indignada y resignada.

—Exacto. La reina Eris pretende tomar Aherian y sus territorios tras la ruptura del tratado por Evelyn. Iba a ayudaros contra esos criminales, pero… —le indiqué con un gesto hacia los cuerpos de mis hombres— ya no es necesario.

—¿Cómo conocéis esa información? —Apretó más la empuñadura del puñal.

—Soy hermana de la reina Eris, su hermana mayor. Permanecí en su reino hasta que dictó sentencia contra mí y pude conocer algunos de sus planes.

—¿Entonces vos sois la descendiente de Gianna? ¿La mujer que huyó de Aherian junto con el príncipe de Zabia y un niño?

—Guardia. —Tosió Audry, intentando corregirla. La mujer ni siquiera lo miró. Audry se removió, molesto por haber sido ignorado, mientras yo le dedicaba una sonrisa leve.

—Esa misma —confirmé—. Ahora, ¿podríais, ya sabéis, dejar de apuntarme con esa daga?

Ella envainó su arma y nos recorrió con la mirada. Aun desconfiada, no dijo otra palabra y se alejó colina abajo. Las trenzas de su cabello flotaban a cada paso mientras ajustaba la cinta que sujetaba sus armas.

Me acerqué a Asha y Audry, compartiendo un asentimiento satisfecho con la elaboradora.

Audry me miró, desconcertado.

—Pero… ¿qué acaba de pasar? ¿Desde cuándo averiguaste los planes de Eris? ¿Desde cuándo nuestros hombres son iriamnos?

Sonreí, mientras seguía a la hechicera, y, aun dándole la espalda a Audry, le dije.

— Propuse que jugaríamos sucio, y parece que es la forma más rápida de ganar esta guerra.