Rehén de Oria (Oria – Donde todo vuelve a empezar 2)
© inepub.com
Capítulo 1 – La franja negra
La columna llevaba ahí cuatrocientos años. Tal vez quinientos. Ni idea, y la verdad, a Edoardo le importaba un bledo. Lo que sí sabía era que el parachoques del auto de su padre estaba clavado en la piedra como un dedo en un enchufe, y que el capó humeaba con una expresión de ofendido total.
Se quedó sentado al volante cinco segundos, las manos todavía aferradas al aro, los nudillos blancos. La ventanilla estaba abierta, y el aire de Florencia entraba con su olor a asfalto y flores de tilo, pero él no lo sentía. Solo oía el motor tosiendo y su corazón, que le cavaba un hoyo en el pecho.
—Mierda —dijo en voz baja. Luego más fuerte—: Mierda, mierda, mierda.
No estaba enojado. Estaba totalmente confundido.
Porque normalmente, cuando la regaba, aparecía alguien enseguida.
No un policía. Un amigo. Un mecánico. En el peor de los casos, el abogado.
Pero eran las dos de la madrugada, la Via dei Neri estaba desierta, y la única persona a la que podía llamar tenía su mismo apellido y jamás le diría “tranquilo, yo me encargo”.
Se bajó del auto. Le temblaban las rodillas, pero no lo dejó ver. Miró la calle. Todas las ventanas apagadas. Un gato negro, sentado en la vereda de enfrente, lo observaba con una cara que decía claramente: te lo buscaste, amigo.
La columna tenía ahora un rasguño profundo, una cicatriz blanca en la piedra oscura. El parachoques, en cambio, parecía una lata de cerveza aplastada de una patada. Se agachó a tocarlo, todavía caliente. Retiró la mano como si se hubiera quemado.
—¿Qué hiciste ahora, idiota? —murmuró. No era una pregunta. Era una costumbre.
Agarró el teléfono del tablero. El chat con la chica seguía abierto. ¿Cómo se llamaba? Algo con M. O con L. “¿Ya estás borracho?”, le había escrito. “Nunca lo suficiente”, había contestado él. Y justo en ese momento, cuando terminó de escribir, apareció la columna.
Ahora había un mensaje nuevo: “Bueno, buenas noches, Edoardo.” Como si ya lo conociera lo bastante bien para saber que no valía la pena esperarlo. Todo el chat era así: ella escribía cosas cortas y él cosas largas, llenas de emojis. Solo que los emojis nunca servían de nada.
Cerró el chat. Abrió el de Matteo.
Tres timbrazos. Luego seis. Luego siete.
—¿Qué? —La voz de Matteo sonaba como si hubiera dormido con la cara metida en la almohada.
—Soy yo. Tuve un accidente.
Un suspiro largo. —¿Qué mierda, Edo? ¿Dónde estás?
—Via dei Neri. Choqué contra una columna.
—¿Estás borracho?
—Eso ahora no importa. ¿Puedo ir a tu casa?
—¿Es el auto de tu papá?
—Era el auto de mi papá.
Esta vez la pausa fue más larga. Matteo resopló, más bajo. —Está bien. Pero trae las llaves del garaje. Y no hagas ruido, que se despierta mi mamá y quedamos jodidos los dos.
—Gracias.
—No me agradezcas. Agradéceme cuando dejes de ser tan idiota.
Edoardo colgó. Se quedó parado en medio de la calle, las manos en los bolsillos, el teléfono calentándose contra su muslo. La chica —la de la M o la L— había mandado otro mensaje. No lo abrió. Ya sabía qué decía. Siempre lo mismo.
Se agachó otra vez hacia la ventanilla y dejó las llaves puestas. Como si alguien fuera a venir después y llevarse el auto solo. Un gesto estúpido, lo sabía. Pero era típico de él: dejar las cosas tiradas, con la vaga esperanza de que alguien más se hiciera cargo.
Caminó hasta la casa de Matteo por las calles vacías, los zapatos resonando secos sobre el asfalto.
El gato negro lo siguió un trecho, después se detuvo y lo vio alejarse.
En un momento se paró a mirar el Ponte Vecchio desde lejos.
Las luces apagadas, el Arno oscuro e inmóvil.
Se quedó ahí, las manos en los bolsillos, mirando el agua que no se movía. Después siguió caminando.
Al día siguiente se despertó con el teléfono muerto —claro, no lo había cargado—.
La alarma no había sonado, y la luz entraba por las persianas como una cuchilla, cortando el cuarto en franjas amarillas.
La sábana se le había enredado en las piernas, y la camiseta de la noche anterior todavía olía a humo frío.
Se restregó los ojos. Sabor a metal en la lengua, mezclado con colillas apagadas. Al levantarse pisó algo blando y pegajoso: un calcetín mojado. Ni idea de por qué estaba mojado.
Al baño. El espejo estaba empañado, pero se veía lo suficiente: no era una linda mañana.
Barba de tres días, ojos rojos, pelo como si hubiera peleado con la almohada.
Se veía más viejo que treinta años. O tal vez más joven, como un chico que llegó tarde a casa y espera que sus padres no se den cuenta.
Se metió a la ducha. El agua demasiado caliente, pero no la bajó.
Apoyó la frente contra los azulejos y miró subir el vapor.
El agua le corría parejo por la espalda, como un motor en marcha.
Cerró los ojos. Por un momento no pensó en nada: ni en el auto, ni en su padre, ni en la chica de la M. Solo el ruido del agua.
Cuando salió, el baño era puro vapor, el espejo completamente blanco. Se secó con la toalla vieja —la del agujero en la esquina, que nunca tiraba— y volvió a mirarse, pero ya no había nada que ver.
En la cocina, la cafetera italiana seguía en la hornalla. No recordaba cuándo la había puesto. Le echó agua, le echó café, la puso al fuego. La llama demasiado alta, pero no le importó. Se apoyó en la mesa, las manos en el borde, y esperó.
En el living, el sillón desaparecía bajo montañas de ropa. Camisas, camisetas, un pantalón que ni sabía que tenía. En la mesita, un cenicero lleno y dos vasos: uno con restos secos de vino tinto, el otro con un cerco de cerveza. De la cerveza no se acordaba nada.
El portero eléctrico.
Dos timbrazos. Cortos. Como un martillazo.
Se quedó quieto. Otros dos timbrazos. Misma dureza.
Bajó descalzo, los escalones fríos, las plantas de los pies golpeando sordo contra el mármol. Abrió la puerta.
Su padre estaba ahí parado.
Esta vez sin abrigo. Camisa blanca, sin corbata, sin saco. Casi informal, de no ser por los ojos. Todo menos informales. Los ojos de un hombre que ya lo había decidido todo antes de siquiera subir al auto.
—Papá.
—Edoardo.
Silencio. Él en short y una remera que no había terminado de secarse, el pelo todavía mojado goteándole en la nuca. Su padre con las manos en los bolsillos, y sobre el hombro el maletín de cuero marrón, el que siempre llevaba cuando iba al notario.
—¿Puedo pasar?
Edoardo se hizo a un lado. Su padre subió la escalera sin mirar alrededor.
No notó la puerta abierta, ni el espejo roto que Edoardo nunca había arreglado.
Entró a la cocina, le echó un vistazo a la cafetera que empezaba a burbujear, y se quedó parado junto a la ventana.
Miró hacia afuera, hacia el techo de Santa Croce.
Las manos seguían en los bolsillos. No se movía.
Edoardo se quedó en el umbral, observándolo. La cafetera borboteaba. El olor a café se extendió por el cuarto.
—¿Sabes lo que hiciste anoche? —preguntó su padre, sin darse vuelta.
—Sí.
—Explícamelo.
Edoardo se apoyó contra el marco de la puerta. —Tuve un accidente. Nada grave. El abogado se está encargando.
—¿Qué abogado?
—El de siempre.
—Le escribiste a las dos de la mañana.
—Sí.
—Y te contestó al toque.
—Al toque.
Su padre asintió despacio, se dio vuelta. La luz de la ventana le iluminaba la mitad derecha de la cara, dejando la otra en sombra. —¿Cuánto cuesta?
—Diez mil. Tal vez doce.
—Diez mil euros. Por una columna que lleva cuatro siglos sin moverse ni un centímetro.
—No dije que fuera poco. Dije cuánto cuesta.
Su padre se acercó a la mesa, apoyó las manos en el respaldo de una silla. Nudillos blancos.
—Entonces.
Edoardo esperó. Pero su padre no agregó nada más. La palabra quedó ahí, colgando. “Entonces”, y nada más. Como si el resto ya estuviera dicho.
—¿Entonces qué?
—Entonces. —Su padre lo miró—. ¿Tú qué crees que pasa ahora?
Edoardo sintió que la cara le ardía. —¿Cómo que qué pasa?
—Que esta vez no voy a pagar.
Edoardo parpadeó. El café ya estaba listo, la cafetera se había apagado sola, pero él no se dio cuenta.
—¿Qué?
—Tienes treinta años, Edoardo.
—¿Y qué?
—Y ya no eres un niño.
—Pero yo trabajo…
—Le haces de “consultor” a la empresa familiar, y te pagas a ti mismo con mi plata. Eso no es un trabajo. Es un cheque mensual con el nombre equivocado.
Sintió la sangre subirle al cuello. —No tienes derecho a…
—¿Que no tengo derecho? Tengo todo el derecho de dejar de pagar tus estupideces, Edoardo. Ese derecho tengo.
Edoardo abrió la boca, pero no le salió nada. Se quedó parado, mirando a su padre como si lo viera por primera vez. Y tal vez fuera cierto. Tal vez nunca lo había visto de verdad. Así no.
—Te encontré una casa. —La voz de su padre bajó, más cansada—. En Puglia. Un pueblo que se llama Oria.
—¿Oria?
—Nunca lo oíste nombrar, ¿verdad? Es un lugar chico. No hay nada ahí. Pero tenemos una casa de familia. Es nuestra desde hace generaciones, aunque nadie va hace años. Todavía se puede vivir ahí.
Edoardo soltó una carcajada, una risa nerviosa, demasiado fuerte, que le salió de la garganta sin que pudiera frenarla. —¿Estás bromeando? ¿Me quieres mandar al campo?
—Quiero que vivas ahí. Un año.
—¿Un año?
—Sin tarjeta de crédito. Sin cuenta bancaria. Con un trabajo.
—¿Qué trabajo?
—Un trabajo. —Su padre se enderezó, las manos dejaron la silla—. Un trabajo de verdad. Ya hablé con alguien del pueblo. Tiene un restaurante. Te va a tomar de ayudante.
—¿Como mesero?
—Como lo que haga falta.
—¡Pero esto es ridículo! —Edoardo golpeó la mesa con el puño. La cafetera saltó, un chorro de café salpicó la hornalla—. ¿Perdiste la cabeza? Yo no puedo irme a un pueblucho de Puglia a hacer de mesero. Tengo mi vida acá, tengo amigos, tengo…
—¿La chica que te escribió “buenas noches” y después te dejó plantado?
Edoardo se quedó en silencio. El puño seguía sobre la mesa, pero ya sin fuerza. Miró a su padre y por un momento no supo qué decir.
—Entonces —siguió su padre—, si no aceptas, bloqueo todo. La cuenta, la tarjeta, la herencia. No vas a ver un euro hasta que demuestres que puedes manejar tu propia vida.
—¡Pero soy adulto!
—Un adulto que nunca pagó una factura. Un adulto que nunca hizo las compras solo.
—Su padre inclinó la cabeza, y por un instante —solo un instante— Edoardo vio algo en sus ojos.
No era rabia. Era cansancio. Un cansancio profundo, como el que se ve en las paredes de las casas viejas—.
Tú no eres un adulto, Edoardo. Eres un niño con tarjeta de crédito.
Las palabras pegaron duro. Tan duro que a Edoardo se le cerró la garganta. Hubiera querido contestar, gritar, cerrar la puerta de un portazo. Pero no pudo moverse. Se quedó ahí, las manos sobre la mesa, mirando la mancha de café que se expandía.
—¿Y si me niego? —La voz le salió más baja de lo que quería.
—Entonces vuelves a vivir conmigo y con tu madre. Todas las mañanas, a las siete, te despiertas y me pides plata para el café. —Su padre hizo una pausa—. Y yo te miro a los ojos y te digo que no. Todos los días. Hasta que entiendas.
Edoardo cerró los ojos. Por un momento solo escuchó su propia respiración y olió el café derramado. Después los abrió de nuevo. Su padre seguía ahí.
—Entonces me voy a Puglia.
—Sí.
—Un año.
—Sí.
—¿Y después?
—Después decides tú.
Su padre sacó un sobre del bolsillo interior del saco. Blanco, sin nada escrito. Lo dejó sobre la mesa, junto a la cafetera.
Edoardo lo miró. No lo tocó.
—Ahí adentro está la dirección, las llaves de la casa y una foto —dijo su padre—. El auto está en el garaje. Un Fiat Panda. Es viejo pero anda bien.
—Un Panda.
—Un auto para gente normal.
Edoardo tomó el sobre. Muy liviano. Lo abrió con dedos temblorosos y sacó las llaves: dos, unidas por un llavero de metal oxidado. Una era de la puerta de la casa. La otra, de un portón de madera.
—No va a haber wifi —dijo su padre.
Edoardo levantó la vista. —¿Qué?
—Di de baja el contrato. Si quieres navegar, vas a un bar.
—Esto es la Edad Media.
—Esto es Oria.
Edoardo se quedó mirando las llaves. Tan livianas que parecían no servir para nada. Las giró entre los dedos, sintió el metal frío contra la piel. Y por un momento realmente no supo qué decir.
Después soltó otra risa. Baja, casi un gruñido.
—Un año —dijo en voz alta—. Dos meses como mucho. Después me llama de vuelta.
Su voz sonaba segura. Demasiado segura. Como si estuviera tratando de convencer a alguien —tal vez a sí mismo— de que todavía tenía la situación bajo control.
Miró alrededor. La cocina hecha un desastre, la cafetera apagada, el café derramado en la hornalla. El teléfono en el living, todavía muerto.
—Dos meses —repitió—. Y después vuelvo a casa.
Se guardó las llaves en el bolsillo. Salió de la cocina. Y mientras cerraba la puerta, no se dio cuenta de que su teléfono, en el living, acababa de vibrar. Un mensaje. Del abogado de su padre.
Pero no lo vio. Porque ya estaba seguro de saberlo todo.
Y sin embargo, esta vez se equivocaba.