Hallie
La casa de Maggie Rourke es una casita de ladrillo de una sola planta en una calle tranquila de Old Hickory, con una cochera, una valla de tela metálica y un gnomo de jardín de hormigón en el escalón de la entrada con una bufandita de punto.
—Lo viste para cada estación —dice Nolan mientras aparca detrás del sedán azul de ella—. Tiene un impermeable.
—Para.
—Tiene un traje de baño.
—Estás mintiendo.
—Espera al verano —dice, y sale del coche.
Es nuestro cuarto día del trato. También es la primera vez que voy a algún sitio con él donde alguien puede vernos, y estoy tan nerviosa que me he mirado el maquillaje en el espejo del parasol tres veces desde que salimos de Belle Meade.
Maggie nos invitó a los dos a cenar, y Deb me llamó diez minutos después solo para reírse.
No había manera de decir que no. Así que aquí estamos, de pie en el escalón de su entrada junto a un gnomo de hormigón con bufanda, guardando una distancia estrictamente profesional.
—Recuerda —le digo en voz baja—. Yo soy la organizadora. Tú eres el hijo.
—Lo recuerdo.
—No puedes mirarme.
—Nunca te he mirado en mi vida.
La puerta se abre antes de que pueda responder. Maggie está ahí con un delantal rojo sobre un vestido de domingo, el pelo plateado rizado, las gafas de lectura en lo alto de la cabeza. Abraza a su hijo. Luego me abraza a mí, con más fuerza, y no me suelta.
—Entrad, entrad, hace un frío que pela. Nolan, cógele el abrigo.
Nolan me coge el abrigo. Sus dedos me rozan la nuca al levantarlo de mis hombros. Lo siento bajar por toda la columna.
El interior de la casa es cálido, pequeño y huele a asado.
Hay un sofá de cuadros con una manta de ganchillo en el respaldo, un sillón reclinable en el que nadie se sienta y fotos por todas partes.
En las paredes, en la estantería, encima del televisor.
La mayoría son de un hombre grande y corpulento con el cuello quemado por el sol y una sonrisa enorme: con un niño rubio a hombros, con un pez en las manos, levantando un trofeo, delante de un camión semirremolque blanco con Rourke pintado en la puerta en letras doradas.
Me detengo frente a esa.
—Ese es Frank —dice Maggie, poniéndose a mi lado—. Y ese es su camión. Él mismo pintó su nombre. La empresa le hizo pagar para que lo quitaran. Pagó y volvió a pintarlo. —Sonríe mirando la foto—. Era tan terco.
—Nolan se parece mucho a él.
—Nolan tiene mis ojos —dice Maggie con firmeza—. Todo lo demás es de Frank. —Me da unas palmaditas en el brazo—. Ven a ayudarme con la salsa, cariño. Nolan, la luz del porche está fundida otra vez.
—Arreglé la luz del porche el invierno pasado.
—Y está fundida otra vez —dice su madre. Me lleva a la cocina.
La cocina es diminuta, con linóleo amarillo y una mesa redonda con cuatro sillas.
Hay un asado reposando en la encimera, patatas, zanahorias, una sartén con el jugo en el fuego.
Maggie me pasa un batidor. No le digo que la última vez que cogí un batidor, acabé con la camiseta de su hijo puesta y harina en el pelo.
Remuevo la salsa mientras ella hace puré de patatas, y por la ventana de la cocina veo a Nolan sacar una escalera de mano de la cochera y llevarla al porche delantero, con el jersey bueno puesto.
—Se le ve más feliz —dice Maggie a mi lado.
Sigo removiendo. —¿Sí?
—Desde que volvió a casa. No me lo esperaba. Después de lo que le hizo esa mujer. —Hunde el prensador en la olla con fuerza—. Me llamó todas las noches durante una semana para contarme cosas de la fiesta. En su vida le ha importado una fiesta.
—Es un cumpleaños muy importante.
—Ajá —dice Maggie, igualita que Odessa.
No aparto los ojos de la salsa. Por la ventana, Nolan está subido en la escalera desenroscando la tapa de cristal de la luz del porche. Tiene el ceño fruncido. Lleva gafas de lectura. No sabía que tuviera. El estómago me da un vuelco cálido y estúpido.
—Cariño —dice Maggie en voz baja.
La miro. Ha dejado de hacer puré. Me observa con las gafas de lectura todavía en lo alto de la cabeza y los ojos azules muy amables. Son los ojos de él. Ahora lo veo.
—No voy a preguntarte nada —dice—. No es asunto mío. Pero conozco a ese chico desde antes de que naciera. —Me pone la mano en el brazo—. Se va. Coge un avión en once días. Lleva un año planeándolo, y cuando Nolan planea algo, lo hace.
—Lo sé.
—No dejes que se lleve tu corazón a Londres —dice—, a menos que te lleve a ti también.
La salsa empieza a burbujear. La aparto del fuego. Tengo la cara tan caliente que me arden las orejas.
—Maggie, solo soy la organizadora.
—Por supuesto que sí, cariño. —Me aprieta el brazo, lo suelta y vuelve al puré—. ¿Me sacas los panecillos del horno? Son precocinados. No se lo digas a nadie.
Comemos en la pequeña mesa redonda, los tres, con los codos casi tocándose.
Es la mejor comida que he tenido en meses.
El asado se deshace. La salsa está perfecta, porque la hice yo.
Maggie cuenta una historia de Nolan con siete años intentando venderles a los vecinos su propia leña.
Nolan cuenta una historia de Maggie echando de su cafetería a un director suplente a cucharonazos.
Me río hasta que se me saltan las lágrimas.
Bajo la mesa, muy despacio, la rodilla de Nolan se acerca y se apoya contra la mía.
No muevo la pierna. Me como el plato entero con su rodilla contra la mía y su madre sentada a sesenta centímetros, contándome lo del cucharón.
Después de cenar, le hace enseñarme su antigua habitación.
Está al final del pasillo corto. Sigue exactamente igual que cuando se fue a la universidad.
Una cama individual con colcha azul marino.
Un escritorio con un viejo monitor de ordenador encima.
Estantes con trofeos: de béisbol, de matemáticas, de algo llamado Future Business Leaders of America.
Un póster de un coche de carreras en la pared.
Y pegado al lateral del escritorio, descolorido hasta quedar casi blanco, un mapa de Estados Unidos con puntitos rojos por todas partes.
—Las paradas de su padre —dice Maggie desde la puerta—. Nolan solía marcarlas. Cada vez que Frank llamaba desde la carretera. —Mira el mapa un momento. Luego carraspea—. Voy a poner café.
Se va. Nolan y yo nos quedamos solos en su cuarto de cuando era niño.
Miro el mapa. Lo miro a él. Pienso en el otro mapa, el de la pared de su estudio, con la línea roja de Nashville a Amarillo.
—Nolan —digo.
—Aquí no. —Está mirando los trofeos, no a mí—. Te lo contaré. Pero no aquí.
No insisto. Le tomo la mano y se la sostengo, de pie en medio de su antigua habitación, junto a una cama individual con colcha azul marino. Me la aprieta tan fuerte que duele un poco.
Desde la cocina, Maggie grita:
—¿Descafeinado o normal?
Me suelta.
—Normal —gritamos los dos.
Me lo cuenta de vuelta a casa.
Ya es de noche. Vamos por la autopista con la calefacción puesta, las luces del salpicadero en su cara. No me lo esperaba. No me mira. Tiene las dos manos en el volante.
—El mapa del estudio —dice—. La línea roja.
Espero.
—Tenía veintidós años. Llevaba dos años trabajando en el software. Estaba muy cerca. Lo llamé esa noche y le dije que casi estaba terminado, que para el verano siguiente estaría en casa todos los fines de semana.
Guarda silencio durante un kilómetro y medio.
—Estaba en una parada de camiones a las afueras de Amarillo. Dijo que estaba orgulloso de mí. Dijo que me llamaría cuando llegara a Albuquerque. Le dio un infarto en la cabina una hora después. Lo encontraron por la mañana.
Le pongo la mano en el brazo, sobre la consola central.
—Tracé la línea la semana del funeral —dice—. De Nashville a Amarillo. Fue su último viaje. No sé por qué lo hice. Solo quería ver la distancia.
—Nolan.
—Mi madre no sabe lo que significa la línea roja —dice—. Lauren quería que la quitara. Fue lo único que le negué.
Le dejo la mano en el brazo el resto del camino. Cuando aparcamos en la entrada, apaga el coche y se queda un segundo sentado en la oscuridad. Luego me coge la mano, se la lleva a la boca y me besa los nudillos, una vez. Entramos sin decir nada más.
—Estás enamorada de él —dice Renee.
—Que no.
—Se te nota a la legua. Estás igualita que en séptimo con Tyler Brandt, cuando lloraste en el baño de la pista de patinaje una hora entera.
Me roba un nacho del cesto que tengo delante, lo moja en la salsa y se lo come.
—Lo reconocería en cualquier parte.
Estamos en el mexicano cerca de su peluquería, en su hora de comer, en un reservado junto a la ventana con dos platos de enchiladas y un cesto de nachos que ella se está comiendo casi entero.
Hoy hace más calor. El hielo por fin se ha derretido y se ha convertido en charcos grises a lo largo de los bordillos.
Llevo quince minutos hablando sin parar y me ha dejado, lo que significa que se ha estado guardando algo.
—Han sido cinco días —digo—. Desde lo del hielo. Cinco días no son suficientes para enamorarse de alguien.
—Cuéntame qué pasó en esos cinco días.
Se lo cuento. No todo. Algo. Los mensajes desde el otro lado de la casa.
Que empezó a correr por la noche en vez de por la mañana para poder tomar café conmigo antes del trabajo.
Que se enteró de lo de la correa de mi coche y no la arregló porque le dije que no.
Aunque sí me siguió hasta el taller y esperó dos horas en el aparcamiento leyendo un libro sobre puentes.
Los tarros de miel, los ciento cuarenta, ya terminados, alineados en la mesa del comedor, con diez lazos torcidos que su madre va a guardar para siempre.
El gnomo de su madre. Su rodilla bajo la mesa.
El mapa en la pared de su antigua habitación.
Cuando dejo de hablar, Renee ya no está comiendo nachos. Me mira desde el otro lado de la mesa con la barbilla apoyada en la mano.
—Ay, Hallie —dice.
—No.
—Se sube a un avión en nueve días.
—Lo sé.
—Hiciste un trato. Le hiciste prometer que no te llamaría.
—Lo sé.
Muevo las enchiladas por el plato con el tenedor.