Reglas rotas EpílogoWillow
100%

EpílogoWillow

Epílogo

Willow

Dos semanas después, descubrí que salir con Jake Miller en público venía con algunas consecuencias.

La primera era que medio campus parecía tener una opinión.

Algunas chicas me miraban como si hubiera encontrado un código secreto.

Algunos tíos del equipo saludaban a Jake con bromas horribles y luego salían corriendo cuando Mia amenazaba con derramarles café «sin querer».

Parker había cogido la horrible costumbre de llamar a nuestra historia «la era de la educación sentimental de Miller», lo que casi me hizo tirarle un libro a la cabeza.

La segunda consecuencia era Connor.

Mi hermano todavía se estaba adaptando, lo que significaba que alternaba entre comportarse con normalidad y poner cara de haberse tragado un limón cada vez que Jake me besaba delante de él.

Pero lo intentaba. De verdad. A veces nos invitaba a los dos a comer después del entrenamiento, a veces se quejaba cuando Jake se sentaba demasiado cerca.

Y a veces él y Jake caían en viejas provocaciones con tanta facilidad que casi conseguía olvidar la grieta que todavía estaba cicatrizando entre ellos.

Casi. Las heridas no se cerraban solo porque todo el mundo lo quisiera. Pero podían dejar de sangrar.

Aquella tarde estaba en la biblioteca, en la misma mesa donde solía estudiar antes de que toda mi vida se convirtiera en una dudosa novela romántica universitaria, cuando Jake apareció con dos cafés.

Puso uno delante de mí.

Miré el vaso.

Willow.

Mi nombre estaba bien escrito.

—Vaya —dije—. Evolución.

Él acercó la silla a mi lado.

—Se lo deletreé tres veces al barista.

—Mi héroe.

—Lo intento.

Jake se inclinó para besarme, pero lo detuve con un dedo en el pecho.

—Biblioteca.

—Beso silencioso.

—Eso no existe.

—Puedo demostrarlo.

—Jake.

Él sonrió y se echó atrás, pero no antes de besarme los dedos. Mi corazón hizo una cosa ridícula, y odié lo fácil que todavía le resultaba afectarme.

—¿Estudiando qué? —preguntó.

—Literatura contemporánea.

—Suena peligroso.

—¿Para ti? Muchísimo. Tiene palabras de más de tres sílabas.

Él se llevó la mano al pecho.

—Qué cruel, Bennett.

—Te encanta.

—Por desgracia.

Volvimos al silencio unos minutos. Yo leía, o lo intentaba. Jake fingía repasar algo en el portátil, pero notaba su mirada sobre mí cada dos por tres. Cuando por fin levanté la vista, él ni siquiera intentó disimular.

—¿Qué?

Él apoyó la barbilla en la mano.

—Nada.

—Jake.

—Solo me gusta mirarte cuando nadie está intentando matarme por ello.

Sonreí, pero había algo demasiado tierno en la frase como para convertirlo en broma.

—Connor sigue amenazándote.

—Sí, pero ahora lo hace mientras me pasa el mando a distancia. Es un progreso.

—¿Vais a estar bien?

Jake se lo pensó antes de responder. Esa era una de las cosas nuevas en él. Antes respondía rápido, con encanto o ironía. Ahora, cuando importaba, se lo pensaba.

—Creo que sí. No como antes. Puede que distinto.

—Distinto puede ser bueno.

Él cogió mi mano por encima de la mesa.

—Puede.

Me quedé mirando nuestros dedos entrelazados. Su mano era más grande, cálida, marcada por pequeños cortes de entrenamiento. La mía parecía pequeña allí, pero no frágil. Estaba entrelazada con la suya porque yo había elegido que así fuera.

—¿Sabes que nunca quise ser algo que os separara a los dos? —pregunté.

Jake se puso serio.

—Nunca lo fuiste.

—A veces lo pareció.

—Lo sé. Y lo siento.

Le apreté la mano.

—Yo también siento algunas cosas.

—¿Como llamar simétricos a mis ojos?

—Aquello fue arte.

—Fue un trauma.

Me reí, y él me devolvió la sonrisa. Del tipo que no escondía nada.

En ese momento, Connor apareció entre las estanterías, sosteniendo un libro que probablemente había cogido solo para fingir que no nos estaba buscando.

—Sabía que os encontraría aquí —dijo.

Jake miró el libro en su mano.

—Sabes que está al revés, ¿verdad?

Connor miró la portada, le dio la vuelta al libro y señaló a Jake.

—Comentario innecesario.

—Observación académica.

—Ni siquiera vienes nunca a la biblioteca.

—Ahora sí. Tengo una novia empollona.

Connor puso una mueca.

—Sigo odiando cuando dices eso.

—¿Novia?

—Sí.

Jake sonrió.

—Mi novia empollona.

Connor cerró los ojos.

—Estoy practicando límites saludables, pero tú estás poniendo a prueba mi evolución.

Me mordí el labio para no reírme. Jake no tuvo la misma disciplina. Connor le dio un golpecito en la cabeza con el libro, y la bibliotecaria lanzó una mirada asesina desde lejos.

—Silencio —susurré.

Connor señaló a Jake.

—Culpa suya.

Jake señaló a Connor.

—Él ha empezado.

Los miré a los dos.

—Tenéis veintidós años.

—Él tiene veintidós —dijo Connor—. Yo tengo una madurez emocional superior.

Jake soltó una carcajada tan alta que la bibliotecaria se levantó.

Cogí mis libros rápidamente.

—Vámonos antes de que nos echen.

Los dos obedecieron, todavía discutiendo en susurros agresivos hasta la puerta.

Fuera, el aire estaba frío y el cielo tenía ese color dorado de última hora de la tarde que dejaba el campus casi demasiado bonito para ser real.

Mia nos esperaba en los escalones, con los auriculares puestos y una expresión de quien ya estaba aburrida de nuestra tardanza.

—Por fin —dijo—. Estaba a punto de entrar y cometer un crimen literario.

—¿Cuál sería? —preguntó Connor.

—Doblar la esquina de una página.

Me llevé la mano al pecho.

—Mia.

—Ya te dije que era un crimen.

Jake se rió y me pasó un brazo por los hombros, pero antes me miró con una pregunta silenciosa, todavía pidiendo permiso, todavía recordando. Me apoyé contra él en respuesta.

Connor lo vio. Hizo una mueca. Luego suspiró y empezó a bajar los escalones junto a Mia, quejándose de algo que ella respondió con sarcasmo inmediato.

Jake me besó la sien.

—¿Estás bien?

Miré a Connor y Mia discutiendo delante. Al campus que seguía siendo el mismo y, aun así, parecía nuevo. A la mano de Jake en la mía, cálida, presente y sin prisa por esconderse.

—Lo estoy.

Él sonrió.

—¿Arrepentida?

La pregunta era antigua, pero ahora ya no dolía.

Me detuve a media escalera y me giré hacia él.

—¿De ti? A veces.

Él se rió.

—Justo.

—¿Del resto? No.

Jake me miró como si yo todavía fuera algo imposible que, por algún milagro, había elegido quedarse.

—Te quiero, Willow Bennett.

Mi corazón se calentó igual que la primera vez, pero ahora había paz junto con el susto.

—Yo también te quiero, Jake Miller.

Me besó allí mismo, en los escalones de la biblioteca, a plena luz del día, mientras Mia gritaba que usáramos protección emocional y Connor amenazaba con tirarse al lago del campus.

Y yo me reí contra su boca.

Porque, por primera vez, no era la hermana protegida de nadie. No era una chica escondida en un cuarto, un pasillo o un secreto. No era una lección, un favor, una promesa rota entre dos hombres que se olvidaron de preguntarme qué quería yo.

Era Willow Bennett. La chica que tuvo miedo, quiso de todos modos, se equivocó, aprendió, eligió y fue elegida de vuelta.

Y Jake Miller, el chico prohibido que nunca debería haber abierto aquella puerta para mí, ahora sostenía mi mano delante del mundo entero.

Sin reglas estúpidas, sin mentiras, sin secretos.

Solo nosotros.