Reglas rotas Capítulo 5Jake
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Capítulo 5Jake

Jake

Estaba más jodido de lo que imaginaba.

Esa era la conclusión más racional a la que había llegado después de pasarme la noche entera mirando el techo de mi habitación como un idiota y pensando en una chica que no debería ser mía.

Y lo peor de todo era que lo sabía desde el primer segundo en que Willow Bennett apareció en mi puerta, con esos ojos grandes y voz temblorosa, pidiéndome algo que casi me hizo olvidar mi propio nombre.

Debería haber dicho que no. Cualquier hombre con medio cerebro funcional habría dicho que no, pero yo no era cualquier hombre. Era el idiota enamorado de la hermana de su mejor amigo desde los diecisiete años.

Y, al parecer, también era el idiota que había aceptado «dar clases» a esa chica como si eso no fuera a joderlo todo.

Rodé en la cama y hundí la cara en la almohada, intentando ahogar un gemido de frustración.

No sirvió de nada. Su imagen seguía ahí: Willow parada en medio de mi salón, fingiendo valor mientras temblaba por dentro.

Willow levantando la barbilla cuando se sentía desafiada.

Willow insinuando que yo hacía eso con todas, como si hubiera alguna comparación posible entre ella y cualquier otra chica que hubiera pasado por mi vida.

No la había, y ese era el problema.

Con otras chicas, era fácil y simple. Sin la sensación de estar tocando algo demasiado valioso para mis manos. Con Willow, un simple roce en la cara parecía más íntimo que cualquier noche que hubiera vivido jamás.

Cogí el móvil de la mesilla y abrí la conversación. El último mensaje era de ella:

Willow: He llegado a la residencia.

Yo había respondido:

Yo: Echa el pestillo.

Ella me contestó:

Willow: Sí, papá.

Sonreí como un imbécil al releerlo por décima vez. Después la sonrisa se me murió.

Connor me mataría.

No era una metáfora. Mi mejor amigo, compañero de equipo y dueño de un instinto protector del tamaño de una pista de hockey, intentaría arrancarme la mandíbula si supiera que había besado a su hermana.

Y puede que me lo mereciera.

Tiré el móvil sobre la cama y me levanté. Eran las siete de la mañana, tenía entreno en cuarenta minutos y parecía que me hubiera atropellado un autobús. Culpa de las pésimas noches de sueño que me acompañaban desde el principio de la universidad... y de los entrenamientos intensos.

Cuando llegué al vestuario, Connor ya estaba ahí, atándose los cordones de los patines.

—Tienes una cara horrible —dijo.

—Buenos días a ti también —repliqué.

Levantó la cabeza y me miró.

—Tío, ¿has dormido?

—Lo suficiente.

Entornó los ojos.

—¿Eso qué quiere decir?

—Quiere decir que deberías meterte en tus asuntos.

Connor se rio.

—¿Desde cuándo te pones de mal humor por las mañanas? Normalmente solo eres insoportable después de perder un partido.

Cogí mi equipo e intenté actuar con normalidad, pero Connor me conocía demasiado bien, así que, obviamente, no lo dejó pasar:

—Ya sé. Es un problema de alguna chica.

Casi me atraganté con el aire.

—¿Qué? ¿De qué hablas?

Se le dibujó una sonrisa burlona, ya pillándome en el error.

—Ah, entonces tenía razón. Es una chica.

Me puse la camiseta de entreno por la cabeza, solo para tener algo que hacer.

—Igual solo estoy cansado de oír tu voz antes de las ocho de la mañana.

—Imposible. Mi voz es un regalo.

—¿Para quién? ¿Para tus enemigos?

Me tiró una toalla. La agarré antes de que me diera en la cara.

En un timing pésimo, el móvil me vibró dentro de la mochila. Sé que no era el mejor momento para intercambiar mensajes con Willow, pero no me resistí:

Willow: Me toqué pensando en ti anoche, por si tenías curiosidad.

Joder. Se me endureció la polla dentro del pantalón.

Antes de que pudiera responder, Connor apareció detrás de mí.

—¿Quién es?

Bloqueé la pantalla lo bastante rápido como para parecer culpable.

—Nadie.

Connor arqueó una ceja.

—¿Alguien llamado Nadie te escribe a las siete y media de la mañana? Qué nombre más raro para una persona.

—Que te den, Bennett.

Se rio y se fue, pero no sin antes lanzarme una mirada de sospecha.

El entreno fue una tortura. No podía dejar de pensar en el mensaje de Willow.

Solo con imaginarlo, ya se me volvía a poner dura.

¿Cómo sería ver a Willow tocándose mientras pensaba en mí?

El pensamiento, por lo visto, me estaba desordenando la cabeza.

Fallé pases que normalmente haría con los ojos cerrados, perdí una disputa tonta y casi me gano una bronca del entrenador por no prestar atención.

Connor me golpeó el pie con el stick al pasar a mi lado.

—Concéntrate, Miller.

Si supiera dónde tenía puesta mi concentración, me enterraría bajo el hielo.

Después del entreno, le respondí a Willow todavía en el vestuario, escondiendo el móvil como un criminal.

Yo: ¿Qué tal fue? ¿Te corriste?

Lo vio casi al instante.

Willow: Creo que quieres saber demasiado para alguien que me dejó hacerlo todo yo sola.

Sonreí. Mierda.

Yo: Esa era la intención. La próxima vez igual necesitas ayuda.

Willow: ¿Y cuándo es la próxima vez?

Yo: Esta noche. En mi casa.

Ella no respondió nada más, y yo me quedé ahí, mirando la pantalla del móvil como un completo idiota.

—Estás sonriéndole al móvil como un gilipollas —dijo Connor.

Guardé el aparato en el bolsillo rápidamente.

—Y tú me estás prestando demasiada atención. Eso es raro.

—Solo intento averiguar si tengo que salvarte de alguna loca.

La amargura de la culpa me subió por la garganta. Willow no era ninguna loca. Era la parte de mi vida que nunca había tenido el valor de tocar, y ahora la estaba tocando. Mi deseo prohibido. La hermana de mi mejor amigo, joder.

Definitivamente, Connor me iba a matar.

***

Por la noche, limpié el apartamento como si mi madre fuera a hacer una inspección.

Quité la ropa del sofá, tiré las latas vacías a la basura, ordené los libros que fingía no haber leído y les mandé mensajes amenazantes a los tíos que compartían el piso conmigo, dejando claro que, si alguno aparecía antes de medianoche, le rompería el stick.

Me respondieron con emojis obscenos. Idiotas.

Willow llegó un poco después de las ocho. Llamó a la puerta con dos golpes rápidos, como intentando parecer casual. Abrí y perdí el hilo de mis pensamientos durante unos tres segundos.

Llevaba vaqueros, botas y un jersey azul claro que hacía que sus ojos color miel se vieran aún más suaves. Tenía el pelo castaño suelto, cayéndole por los hombros, y había una expresión decidida en su cara.

La determinación, en Willow, era peligrosa.

—Hola —dijo.

—Hola.

Miró hacia dentro del apartamento.

—¿Puedo entrar o hoy la clase es en el pasillo?

Me aparté.

—Entra, lista.

Pasó por mi lado, y su perfume me volvió loco. Todo en ella me volvía loco.

Cerré la puerta.

—Entonces... —empezó, girándose hacia mí—. ¿Cuál es la lección de hoy?

Apoyé la espalda en la puerta y la observé. Intentaba parecer segura de sí misma, pero sus dedos jugueteaban con el bajo del jersey en una clara señal de nerviosismo.

—Flirtear.

Willow parpadeó.

—¿Flirtear?

—Sí.

—Pensaba que la lección de hoy sería algo menos... básico.

—El cuerpo ya lo estás aprendiendo a entender, nena. Ahora falta la parte que pasa antes, con todo el mundo mirando —dije—. Saber flirtear es muy importante.

Ella jadeó, indignada.

—Yo sé flirtear.

Crucé los brazos.

—Vale, lista, pues flirtea conmigo.

Se le puso la cara roja al instante.

—¿Ahora?

—No, Bennett. La semana que viene. Claro que ahora.

Se enderezó. Dio un paso hacia mí, levantó la barbilla y entornó los ojos como si estuviera a punto de amenazarme de muerte.

—Jake Miller —dijo, con una voz extrañamente formal—, tus ojos son... muy simétricos.

Me quedé mirándola unos segundos, y entonces no pude contenerme: me eché a reír.

—¡No te rías! —protestó, cogiendo un cojín del sofá y tirándomelo.

Atrapé el cojín en el aire.

—¿Que mis ojos son muy simétricos?

—Sí. Yo lo considero un cumplido.

—Willow, has convertido un piropo en una revisión oftalmológica.

Cogió otro cojín, pero esa vez fui más rápido. Le sujeté la muñeca antes de que pudiera atacarme. Y fue un error, porque, en el segundo en que mi mano se cerró en torno a su muñeca delicada, la risa murió entre nosotros.

La solté despacio, sintiendo cómo se acumulaba la tensión en el ambiente.

—Perdona.

—Tranquilo —su voz salió más baja.

El aire entre nosotros cambió. Debería haber dado un paso atrás. En vez de eso, di un paso adelante.

—Flirtear no es tan difícil como piensas —murmuré—. Solo tienes que aprender a usar las palabras adecuadas para causar el efecto que quieres en la otra persona.

Rocé levemente la manga de su jersey, cerca de la muñeca.

—Los roces también forman parte del flirteo, pero no puedes ser demasiado invasivo —continué—. Tienes que saber cuándo acercarte... —Di otro paso, reduciendo el espacio entre nosotros—. Y, a veces, hace falta tener paciencia.

Willow levantó los ojos hacia mí. Había nerviosismo ahí, pero también curiosidad y unas ganas silenciosas que me destrozaban.

—¿Y si la otra persona no tiene tanta paciencia? —preguntó.

Se me rompió el autocontrol.

—Entonces la otra persona tiene que decir lo que quiere.

Se le entreabrió la boca. Como si estuviera formando las palabras, pero todavía no tuviera el valor de soltarlas.

Antes de que dijera nada, el pomo de la puerta giró.

Se me congeló todo el cuerpo, y Willow abrió los ojos de par en par.

—¿Jake? —la voz de Connor llegó desde el pasillo—. Abre, tío. ¿Me dejé el cargador aquí?

Joder. Mierda. ¡Coño!

Miré a Willow, y parecía a punto de morirse.

El pomo giró otra vez.

—¿Jake?

Agarré la mano de Willow y tiré de ella por el pasillo.

—Habitación —susurré—. Ahora.

Empujé la puerta de mi cuarto y ella entró tropezando. Antes de cerrar, me puse un dedo sobre los labios.

—No hagas ruido.

Asintió, pálida.

Cerré la puerta y volví al salón, intentando parecer un hombre que no acababa de esconder a la hermana de su mejor amigo en su habitación.

Abrí la puerta, y Connor estaba al otro lado, con la gorra puesta al revés y cara de impaciencia.

—Has tardado.

—Estaba... en el baño.

Miró por encima de mi hombro.

—¿Estás solo?

El corazón casi se me salió por la boca.

—Sí.

Connor entró sin que lo invitara, como siempre hacía.

—Necesito el cargador. Creo que me lo dejé aquí después del partido.

Empezó a revolver la mesa, el sofá, la encimera. Me di cuenta de que llevaba un buen rato quieto como una estatua, así que me obligué a caminar hasta la cocina.

Le ofrecí agua, luego cerveza. Connor rechazó las dos sin ni siquiera levantar la vista de lo que estaba revolviendo.

Encontró el cargador metido entre los cojines del sofá.

—Joder, por fin —celebró.

Yo casi celebré con él, porque eso significaba que ahora podría irse, pero simplemente se dejó caer en el sofá.

—Tío, estoy muerto —dijo—. El entrenador se ha puesto duro hoy.

—Ya, ya...

—Tú también has estado fatal en el entreno.

—Gracias por el parte.

Connor me miró.

—En serio. ¿Qué te está pasando?

Nada. Solo estoy enamorado de tu hermana. La he besado. La he tocado. Casi la vuelvo a besar dos minutos antes de que aparecieras. Y ahora está escondida en mi habitación para que no descubras que me pidió que le enseñara a follar.

En vez de eso, solo respondí:

—Cansancio.

Connor entornó los ojos.

—Ya.

Se levantó, pero no se fue de inmediato. Caminó hasta la puerta, luego se paró.

—Por cierto, ¿has visto a Willow hoy?

Se me heló la sangre.

—¿Willow?

—Sí. Mi hermana. Bajita, empollona, siempre con un libro en la mano. Ya la conoces.

Forcé una risa.

—Sí, ya sé. ¿Qué le pasa?

—Está rara estos días.

Fingí buscar algo en el móvil.

—¿Rara cómo?

Connor se encogió de hombros, pero su expresión se puso más seria.

—No sé. Más callada, y al mismo tiempo... diferente. Como si estuviera escondiendo algo.

Me quedé callado porque, obviamente, cualquier palabra podía condenarme.

Connor suspiró.

—Espero que esto no tenga que ver con algún tío.

Elegí las palabras con cuidado.

—Es adulta, Connor. Tu hermana tiene que salir con alguien en algún momento.

—Sí, claro, pero que no sea ningún idiota de la universidad lleno de hormonas, o peor... uno de los tíos del equipo.

Tosí para disimular.

—No creo que los deportistas sean exactamente el tipo de tu hermana.

Me miró con una confianza tan sincera que fue peor que cualquier puñetazo.

—No, pero ella es el tipo de la mayoría de ellos —dijo—. Y por eso confío en ti, tío. Eres el único del equipo del que sé que nunca se acercaría a Willow.

La frase me atravesó el pecho, y con ella llegó la culpa. Solté una risita para disimular.

—Ya te digo, tío. Ni de coña me lío yo con tu hermana.

Me dio una palmadita en el hombro y abrió la puerta.

—Gracias por el cargador... Y descansa, que pareces un zombi.

—Tranquilo.

Cuando por fin se fue, cerré la puerta y me quedé quieto, con la mano en el pomo, intentando respirar.

Le había mentido a mi mejor amigo, con la cara más dura del mundo.

Y Willow lo había oído todo.

Fui hacia la habitación despacio. Cuando abrí la puerta, estaba sentada en el borde de mi cama, con las manos cruzadas sobre el regazo. Su rostro era una máscara que no supe descifrar.

—Ya se ha ido —dije.

—Lo he oído.

Entré y cerré la puerta detrás de mí, pero mantuve la distancia.

—Willow...

Levantó los ojos hacia mí.

—Ni de coña te lías tú con la hermana de Connor, ¿eh?

Me pasé la mano por el pelo.

—Willow, lo siento. Habría sospechado...

—Ya, lo sé —respondió—. Se nota que eres un cobarde.

—Solo tengo miedo de perder la amistad de tu hermano.

—Entonces ¿por qué aceptaste mi petición si tenías tanto miedo?

Porque soy débil y egoísta. Porque la simple idea de que otro tío te toque me pone enfermo. Porque te quiero desde hace demasiado tiempo y estoy cansado de fingir que no.

Pero no le dije nada de eso. Solo dije:

—Porque eras tú.

Willow se quedó inmóvil. El silencio entre nosotros creció, cargado de todo lo que no tenía el valor de confesar.

Se levantó.

—Creo que mejor me voy.

Mi instinto fue pedirle que se quedara. Cerrar la puerta con llave y decir la verdad. Quemar el acuerdo, la amistad, mi vida entera si hacía falta.

Pero la voz de Connor todavía resonaba en mi cabeza. Así que solo asentí.

—Te llevo.

—No hace falta.

—Willow.

Se paró cerca de la puerta de la habitación.

—Si alguien nos ve salir juntos, va a ser peor.

Tenía razón, y la dureza de nuestra realidad era una de las cosas que más odiaba de aquel arreglo.

La acompañé hasta la puerta del apartamento.

Antes de salir, me miró. Había dolor en sus ojos, pero también algo que parecía esperanza.

Como si todavía estuviera esperando que yo fuera lo bastante valiente para decir algo que lo cambiara todo.

No lo fui.

Abrió la puerta.

—Buenas noches, Jake.

—Buenas noches, Willow.

Salió. Y, cuando la puerta se cerró, me di cuenta de que la peor parte no era haber roto la promesa que le hice a Connor.

Era haber empezado a romper a Willow junto con ella.