Recuérdalos Epílogo #2
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Epílogo #2

Marcelo nos observaba con una sonrisa tranquila. Cuando los niños comenzaron a discutir cuál de ellos sería el primero en elegir la merienda, se acercó y me rodeó los hombros con un brazo.

—Creo que has conseguido despertar su curiosidad —comentó.

—Eso espero.

—Dentro de unos años van a querer revisar todos tus cuadernos.

Sonreí.

—Ojalá. Para eso los he escrito.

Durante los últimos años había continuado reuniendo historias familiares, fotografías y documentos.

También había terminado de escribir mis propias memorias, desde la infancia hasta aquella nueva etapa de mi vida en La Coruña.

No había intentado ocultar los momentos difíciles ni presentar una existencia perfecta.

Quería que mis hijos y nietos comprendieran que la felicidad no siempre llegaba por el camino que imaginábamos y que las personas podían encontrar nuevas oportunidades incluso después de atravesar pérdidas profundas.

Pensé en mi abuela Lina y en todas las tardes que había pasado escuchando sus historias. Entonces no comprendía cuánto valor tenían aquellas conversaciones. Ahora sabía que, gracias a ella, había comenzado a interesarme por las personas que nos habían precedido.

También recordé a Sergio.

Su ausencia ya no me provocaba el mismo dolor desesperado de los primeros años, aunque continuaba extrañándolo.

Había aprendido a recordarlo con gratitud y a sonreír cuando alguna situación me devolvía a nuestros días felices.

Aroma a ti seguía conservando su nombre y sus recetas favoritas, y Marcelo había comprendido desde el principio que aquel amor formaba parte de mi historia.

No necesitaba elegir entre recordar a Sergio y disfrutar de la vida junto a Marcelo. Ambos habían llegado en momentos diferentes y me habían ofrecido formas distintas de felicidad.

Miré al hombre que tenía a mi lado. Él me devolvió la mirada y apretó suavemente mi mano.

—¿En qué piensas? —preguntó.

—En lo afortunada que soy.

Marcelo sonrió.

—Yo también.

Los niños comenzaron a llamarnos desde unos pasos más adelante, impacientes por continuar el paseo. Antes de seguirlos, volví a contemplar la estatua de María Pita.

Recordé aquella primera mañana en la plaza, cuando me había preguntado de dónde habría sacado semejante fuerza para continuar después de perder a su esposo. En aquel entonces yo misma estaba intentando comprender cómo seguir viviendo sin Sergio.

Ahora, muchos años después, tenía una respuesta que había construido a través de mis propias experiencias.

No siempre elegíamos las circunstancias que nos tocaba enfrentar. A veces la vida nos arrebataba personas, lugares o sueños que considerábamos indispensables. Otras veces nos obligaba a tomar decisiones para las que no nos sentíamos preparados.

Pero también podía sorprendernos con nuevos encuentros, oportunidades inesperadas y razones para recuperar la alegría.

Había dedicado buena parte de mi vida a intentar comprender las historias de quienes me habían precedido. Descubrí que ninguno de ellos había vivido una existencia libre de dificultades y que muchos habían tenido que comenzar nuevamente más de una vez.

Yo también lo había hecho. Y ahora, al contemplar a mis nietos, comprendía que mi historia no terminaba conmigo.

Continuaría en sus recuerdos, en las anécdotas que algún día contarían y, quizás, en los cuadernos que había preparado para ellos.

Tal vez alguno heredara mi curiosidad por la genealogía.

Quizás otro descubriera el placer de preparar una receta familiar o decidiera viajar para conocer los lugares donde habían vivido nuestros antepasados.

No podía saberlo.

Pero me gustaba imaginar que, dentro de muchos años, alguno de ellos regresaría a aquella plaza, levantaría la mirada hacia María Pita y recordaría la mañana en que su abuela le habló de una familia que había atravesado océanos, pérdidas y nuevos comienzos.

—¡Abuela, vamos! —gritó el menor.

Me reí y extendí la mano hacia él.

—Ya voy, cariño.

Marcelo tomó mi otra mano y comenzamos a caminar detrás de los niños. El sol iluminaba las fachadas de la plaza y una brisa suave recorría las calles. Escuché las risas de mis nietos y sentí una felicidad serena, de esas que no necesitan grandes acontecimientos para resultar inolvidables.

Había llegado a La Coruña buscando las raíces de mi pasado y había terminado encontrando también un futuro que jamás habría imaginado.

Ahora caminaba acompañada de quienes amaba, agradecida por todo lo vivido y por las historias que todavía estaban por comenzar.

Antes de abandonar la plaza, volví la cabeza una última vez hacia el monumento.

Sonreí.

Había comprendido que la sangre valiente no era una promesa de grandeza ni una garantía de felicidad. Era el recuerdo de todas aquellas personas que, con sus aciertos y sus errores, habían encontrado fuerzas para continuar cuando la vida se volvía difícil.

Y, sobre todo, era una invitación para quienes vendrían después. Una invitación a amar sin miedo, a levantarse después de las caídas, a honrar sus raíces sin quedar atrapados en el pasado y a construir su propio camino.

Porque ninguna generación recibe una historia terminada. Cada una tiene la oportunidad de continuarla.

Y aquella mañana, mientras mis nietos corrían felices por las calles de La Coruña, comprendí que el legado más hermoso que podía dejarles no era solamente saber de dónde venían, sino recordarles que también ellos tenían el valor de decidir hacia dónde querían ir.