Epílogo
Sangre valiente
Habían pasado muchos años desde aquella mañana en que llegué por primera vez a la Plaza de María Pita.
Entonces era una mujer que intentaba reconstruir su vida después de una pérdida que había creído imposible superar.
Había cruzado el océano buscando las huellas de mis antepasados, sin imaginar que terminaría encontrando también un lugar al que llamar hogar.
Ahora caminaba por aquella misma plaza acompañada de Marcelo y de mis cuatro nietos, que avanzaban a nuestro alrededor con la energía inagotable de la infancia.
Habían venido a pasar unos días con nosotros y, aunque la casa estaba más ruidosa que de costumbre, no podía sentirme más feliz.
Disfrutaba de sus preguntas, de sus ocurrencias y de aquellas pequeñas conversaciones que surgían cuando menos las esperaba.
Aroma a ti continuaba funcionando. Con los años habíamos incorporado nuevas recetas y realizado algunas reformas, pero conservaba el ambiente acogedor que siempre había deseado.
Ya no necesitaba dedicarle tantas horas como al principio, porque contaba con un equipo de confianza que se ocupaba de buena parte del trabajo.
Eso me permitía disfrutar de una tranquilidad que había aprendido a valorar, especialmente cuando mis hijos y mis nietos venían de visita.
Marcelo seguía a mi lado. Nuestra relación había crecido sin apresuramientos, entre conversaciones, cenas compartidas y pequeños gestos de cariño.
Nunca había intentado ocupar el lugar de Sergio ni me había pedido que dejara atrás mis recuerdos.
Había comprendido que mi historia estaba formada por distintas etapas y que cada una merecía ser respetada.
Con él había descubierto un amor diferente, sereno y compañero, que había llegado cuando yo ya no esperaba encontrarlo.
Aquella mañana habíamos decidido llevar a los niños a conocer uno de los lugares más importantes de nuestra historia familiar.
Antes de salir, les había mostrado algunas fotografías antiguas y el árbol genealógico que continuaba ampliando cada vez que encontraba información nueva.
Los cuatro habían escuchado con curiosidad, aunque sospechaba que lo que más les entusiasmaba era la promesa de terminar el paseo con una merienda especial.
—Abuela, ¿falta mucho? —preguntó el menor mientras me tomaba de la mano.
—Muy poquito. Ya casi llegamos.
—¿Y vamos a ver a la señora de la estatua? —intervino una de sus primas.
—Sí. Y les voy a contar por qué es tan importante para nuestra familia.
Marcelo caminaba a mi lado, sonriendo ante la impaciencia de los niños. Llevaba una pequeña mochila con agua y algunas cosas que habíamos preparado para el paseo. De vez en cuando me miraba con aquella expresión afectuosa que había aprendido a reconocer durante los años que compartimos.
Cuando finalmente llegamos a la plaza, los cuatro se adelantaron unos pasos. El monumento se alzaba frente a nosotros, tan imponente como la primera vez que lo había contemplado. Me detuve unos segundos y levanté la mirada hacia la figura de María Pita.
Todavía me emocionaba verla.
Recordé a la mujer que había llegado hasta allí tantos años atrás, cargando preguntas, tristeza y una necesidad inmensa de comprender de dónde venía.
Recordé la impresión que me produjo conocer la historia de aquella heroína que, después de perder a su esposo durante el ataque a la ciudad, había encontrado fuerzas para participar en su defensa.
En aquel momento no sabía que su nombre aparecería más adelante entre los de mis propios antepasados.
—Abuela, ¿esa es María Pita? —preguntó uno de los niños.
—Sí, cariño. Esa es María Pita.
Nos acercamos al monumento y buscamos un lugar desde donde todos pudieran observarlo cómodamente. Marcelo se agachó junto al menor para señalarle algunos detalles de la escultura, mientras yo esperaba a que los cuatro terminaran de acomodarse.
—Hace muchos, muchísimos años —comencé—, esta ciudad fue atacada por un ejército que llegó desde el mar. Las personas que vivían aquí tuvieron que defender sus hogares y sus familias. María Pita fue una de las mujeres que participaron en aquella defensa.
Los niños observaron la estatua con atención.
—¿Y por qué tiene una lanza? —preguntó una de mis nietas.
—Porque, según cuenta la historia, se enfrentó a uno de los atacantes cuando la ciudad estaba en peligro. Su esposo había muerto durante la batalla, pero ella encontró fuerzas para continuar luchando y animó a otras personas a defender La Coruña.
—¿No tenía miedo? —preguntó el mayor.
Me quedé pensando unos segundos antes de responder.
—Seguramente sí. Aunque no podemos saber exactamente lo que sentía, es difícil imaginar que alguien pudiera vivir una situación semejante sin miedo.
—Pero igual luchó —observó el niño.
—Sí. Y eso es una de las cosas que más admiro de ella.
Marcelo me miró con una sonrisa y agregó:
—Ser valiente no significa que nunca tengas miedo. Significa que, a veces, haces lo que consideras necesario aunque tengas miedo.
Asentí. Aquellas palabras resumían buena parte de lo que había aprendido durante mi vida.
—¿Y por qué está en nuestro árbol de la familia? —preguntó otra de mis nietas.
Sonreí. Habíamos llegado a la parte que más deseaba compartir con ellos.
—Porque María Pita fue una de nuestras antepasadas. Vivió hace muchos siglos y, a través de sus descendientes, su familia terminó formando parte de la nuestra.
Los cuatro intercambiaron miradas sorprendidas.
—¿Entonces somos familia de una heroína? —preguntó el menor, abriendo mucho los ojos.
—Sí, cariño. Pero quiero que comprendan algo importante.
María Pita fue una mujer valiente, aunque eso no significa que haya sido perfecta.
Como todas las personas, tuvo dificultades y seguramente cometió errores.
Lo que hace valiosa su historia es que no se dejó vencer fácilmente por las circunstancias que tuvo que enfrentar.
Uno de los niños volvió a observar la estatua.
—¿Y todos los de nuestra familia fueron valientes?
La pregunta me hizo sonreír. Miré a Marcelo y después a mis nietos, que esperaban mi respuesta con una seriedad que me conmovió.
—Creo que en nuestra familia hubo muchas personas valientes, aunque no todas aparezcan en los libros de historia.
Me senté en un banco cercano y los invité a acomodarse a mi alrededor. Marcelo permaneció junto a nosotros, escuchando con atención una historia que ya conocía, pero que nunca parecía cansarse de oír.
Les hablé de Víctor y de su padre, que habían cruzado el océano buscando una vida mejor.
Les conté sobre Blanca, que había dejado atrás su tierra y escrito en un diario los sentimientos que le provocaba comenzar de nuevo en un lugar desconocido.
Les recordé que algunos de nuestros antepasados habían trabajado durante generaciones como panaderos y que otros habían pasado años separados de las personas que amaban.
También les hablé de las mujeres que habían criado a sus hijos en circunstancias difíciles, de quienes habían enviudado y continuado sosteniendo a sus familias y de aquellos padres que habían tenido que despedirse de sus hijos sin saber cuándo volverían a verlos.
—¿Y tú también fuiste valiente, abuela? —preguntó una de mis nietas.
La observé con ternura.
Durante mucho tiempo me habría costado responder aquella pregunta. Habría recordado mis errores, mis miedos y los momentos en los que me sentí incapaz de continuar. Pero los años me habían enseñado a mirar mi historia con mayor comprensión.
—Creo que sí, cariño. Algunas veces tuve mucho miedo y no siempre supe qué hacer. Pero intenté encontrar la manera de seguir adelante.
—La abuela fue muy valiente —intervino Marcelo, tomándome suavemente de la mano—. Un día cruzó el océano, llegó a una ciudad donde conocía a muy pocas personas y decidió construir una nueva vida.
—Y abrió Aroma a ti —agregó uno de los niños con entusiasmo.
—Exactamente —respondí entre risas—. Aunque les aseguro que abrir una cafetería no fue tan emocionante como las historias que acabamos de contar.
—¡Pero haces las mejores tartas! —protestó mi nieta.
Marcelo soltó una carcajada.
—En eso estoy completamente de acuerdo.
Los cuatro comenzaron a hablar al mismo tiempo sobre sus postres favoritos y tuve que recordarles que todavía nos quedaba algo importante por hacer antes de regresar a la cafetería.
Me levanté y los invité a acercarse nuevamente al monumento.
Observé a María Pita, erguida sobre su pedestal, con aquella expresión de determinación que tanto me había impresionado desde el primer día. Pensé en las generaciones que nos separaban y en las innumerables vidas que habían transcurrido entre su época y la nuestra.
Después miré a mis nietos.
Eran cuatro niños llenos de sueños, preguntas y posibilidades. No sabía qué caminos elegirían ni qué dificultades encontrarían a lo largo de sus vidas. Tampoco podía protegerlos de todas las tristezas que algún día podrían experimentar.
Pero sí podía compartir con ellos aquello que había aprendido.
—Quiero que recuerden algo —les dije—. En nuestra familia corre una sangre muy valiosa. Una sangre valiente.
Los cuatro me observaron en silencio.
—Pero no porque seamos mejores que otras personas ni porque tengamos una antepasada famosa. Es valiosa porque representa muchas historias de esfuerzo, amor y superación. Y porque ustedes también pueden decidir qué hacer con la vida que tienen por delante.
—¿Entonces nosotros también tenemos sangre valiente? —preguntó el menor.
Me agaché para quedar a su altura.
—Por supuesto. Pero la verdadera valentía no depende solamente de nuestros antepasados. Cada uno de ustedes tendrá que descubrirla en sus propias decisiones.
—¿Como cuando hacemos algo que nos da miedo? —preguntó el mayor.
—Exactamente. O cuando ayudan a alguien, cuando defienden lo que consideran justo, cuando reconocen que se equivocaron o cuando necesitan comenzar nuevamente después de una dificultad.
Mi nieta más pequeña me abrazó por la cintura.
—Yo quiero ser valiente como María Pita.
Le acaricié el cabello.
—Entonces recuerda que también puedes ser amable, comprensiva y respetuosa. No necesitas luchar en una batalla para demostrar tu valor.