Capítulo 20 #2
Él había llegado a mi vida cuando todavía estaba aprendiendo a recuperarme de un matrimonio doloroso.
Me había enseñado que el amor podía construirse desde el respeto, la confianza y la libertad.
Nunca había intentado cambiarme ni exigirme que renunciara a mi independencia.
Había celebrado mis decisiones y acompañado mis dificultades con una generosidad que todavía me emocionaba recordar.
Después llegó su enfermedad y descubrimos juntos una forma de amor que ninguno de los dos habría deseado conocer, pero que nos permitió comprender la profundidad de nuestro compromiso.
Cuando finalmente alcanzó la remisión, creímos que tendríamos muchos años para disfrutar de aquella segunda oportunidad.
La vida decidió otra cosa.
Durante meses me había aferrado a la idea de que Sergio había sido mi último amor. Me parecía una manera de honrar nuestra historia y conservar intacto el lugar que ocupaba en mi corazón.
Pero el tiempo había comenzado a enseñarme algo diferente.
No necesitaba dejar de amar a Sergio para disfrutar de la compañía de otras personas. Tampoco estaba obligada a permanecer sola como prueba de fidelidad hacia un hombre que siempre había deseado verme feliz.
Una tarde, mientras preparaba una Red Velvet, recordé una conversación que habíamos mantenido durante su tratamiento. Había sido uno de aquellos días difíciles en los que el cansancio le impedía realizar actividades sencillas y yo intentaba disimular mi preocupación.
—Prométeme algo —me había dicho mientras descansaba en el sofá.
—¿Qué cosa?
—Que nunca vas a dejar de hacer las cosas que te gustan por miedo.
En aquel momento pensé que se refería a mis proyectos personales y a la posibilidad de abrir una cafetería. Ahora, mientras extendía la cobertura sobre la tarta, comprendí que sus palabras podían tener un significado mucho más amplio.
Sergio había amado mi manera de disfrutar la vida. Le gustaba verme reír, interesarme por nuevos proyectos y compartir tiempo con las personas que quería. No habría deseado que su ausencia se convirtiera en una razón para renunciar a todo aquello.
Aun así, reconocer que Marcelo despertaba algo agradable dentro de mí no significaba que estuviera preparada para comenzar una nueva relación.
Necesitaba tiempo.
Y, afortunadamente, él parecía comprenderlo.
***
Una tarde de domingo, después de una semana especialmente intensa, decidí cerrar Aroma a ti un poco antes de lo habitual. Habíamos tenido numerosos clientes y necesitaba descansar. Estaba guardando algunas cosas cuando Marcelo apareció en la puerta.
—¿Interrumpo?
—Estoy terminando. ¿Qué sucede?
Levantó una pequeña bolsa de papel.
—Traje la cena.
Lo observé con sorpresa.
—¿Cómo sabías que no había comido?
—Porque llevas toda la semana trabajando como si tuvieras que alimentar a media ciudad. Supuse que hoy no tendrías demasiadas ganas de cocinar.
Dentro de la bolsa había una pizza recién preparada.
—Marcelo, eres un exagerado.
—Probablemente. Pero también tengo buen gusto para las pizzas.
Me reí y lo invité a sentarse mientras terminaba de ordenar. Después compartimos la cena en una de las mesas junto a la ventana. Afuera comenzaba a oscurecer y la calle estaba mucho más tranquila que durante los días laborables.
Conversamos sobre nuestros negocios, sobre las dificultades de contratar personal y sobre algunas recetas que queríamos incorporar a nuestros menús.
Marcelo me contó que estaba pensando en visitar Italia durante unas semanas para ver a su familia y me preguntó si alguna vez había considerado conocer su país.
—Me encantaría —respondí—. Desde que llegué a Europa tengo una lista enorme de lugares que quiero visitar.
—Entonces tendrás que agregar mi ciudad.
—¿Y cuál es?
Me habló de su lugar de origen, de sus calles y de los restaurantes donde había comido durante su juventud. Lo hizo con tanto entusiasmo que terminé imaginando aquellos paisajes y prometiéndole que algún día intentaría conocerlos.
Después de un rato, la conversación se volvió más personal.
—¿Nunca pensaste en regresar a Uruguay? —preguntó.
—Sí, algunas veces. Extraño a mis hijos, a Patricia y muchas cosas de mi vida anterior. Pero estoy bien aquí. He construido algo que me hace feliz.
Marcelo asintió.
—Se nota. Hablas de tu cafetería como si fuera parte de tu familia.
Sonreí.
—En cierto modo lo es.
Permanecimos unos segundos en silencio. Después él observó una fotografía de Sergio que tenía colocada discretamente en una estantería detrás de la barra.
—Era tu esposo, ¿verdad?
Seguí la dirección de su mirada.
—Sí. Sergio.
—Me contaste que había fallecido, pero nunca te pregunté demasiado.
—Fue un accidente de tránsito. Habíamos atravesado una etapa difícil por una enfermedad y, cuando finalmente todo parecía mejorar, ocurrió aquello.
Marcelo bajó la mirada.
—Lo siento mucho, Lauren.
—Gracias.
No intentó llenar el silencio con palabras innecesarias. Permaneció sentado frente a mí, esperando a que decidiera si quería continuar hablando.
—Fue un hombre maravilloso —agregué después de unos segundos—. Me hizo muy feliz.
—Entonces tuviste la fortuna de conocer un amor hermoso.
Lo observé con gratitud.
—Sí. Muchísima.
Marcelo sonrió suavemente.
—Eso no es algo que debas dejar atrás.
Sus palabras me sorprendieron.
—¿A qué te refieres?
—A que las personas que amamos forman parte de nosotros. No creo que haya que olvidarlas para continuar viviendo.
Permanecí mirándolo durante unos segundos. Había algo especialmente considerado en su manera de hablar de Sergio. No parecía incómodo con su recuerdo ni intentaba competir con una historia que había terminado por circunstancias ajenas a nuestra voluntad.
—Gracias, Marcelo —respondí finalmente.
—¿Por qué?
—Por comprenderlo.
Se encogió de hombros.
—No hay mucho que comprender. Lo amaste y todavía lo amas. Eso habla de lo importante que fue para ti.
Sentí que los ojos se me humedecían, aunque conseguí sonreír.
Aquella noche, cuando Marcelo se marchó, permanecí sentada unos minutos observando la calle. Habíamos compartido una cena sencilla y una conversación que no había necesitado grandes declaraciones. Sin embargo, me sentía acompañada de una manera que comenzaba a resultar especial.
***
Los meses siguientes transcurrieron entre el trabajo, mis investigaciones genealógicas y las visitas de Marcelo.
Había conseguido organizar mejor mis horarios y dedicar algunas tardes a actividades que no estuvieran relacionadas con la cafetería.
Continuaba escribiendo las historias familiares que deseaba dejarles a mis hijos y, de vez en cuando, descubría nuevos documentos que me permitían completar detalles de generaciones anteriores.
Jeremy y Allison habían visitado La Coruña y disfrutado enormemente de conocer Aroma a ti.
También habían recorrido conmigo algunos lugares relacionados con nuestra historia familiar, incluida la Plaza de María Pita.
Les había mostrado los documentos que respaldaban nuestro parentesco con la heroína gallega y ambos se habían interesado por las historias de aquellos antepasados que habían vivido entre España y América.
Durante aquella visita también conocieron a Marcelo.
Él apareció una tarde con una caja de dulces italianos y terminó conversando con Jeremy sobre fútbol y con Allison sobre las diferencias entre las costumbres gastronómicas de Italia y España.
Mis hijos parecieron disfrutar de su compañía y, después de que se marchara, intercambiaron una mirada que reconocí inmediatamente.
—Ni se les ocurra —advertí.
Jeremy levantó las manos.
—No hemos dicho nada.
—Pero lo están pensando.
Allison sonrió.
—Solo íbamos a comentar que es muy simpático.
—Y que te mira de una manera bastante especial —agregó Jeremy.
Suspiré.
—Marcelo es un buen amigo.
—Puede ser —respondió Allison—. Pero también parece que le gustas mucho.
No supe qué contestar.
Mis hijos no insistieron. Quizás comprendieron que todavía necesitaba descubrir por mí misma qué lugar podía ocupar aquel hombre en mi vida.
Sin embargo, aquella conversación me acompañó durante varios días.
Era evidente que Marcelo sentía algo por mí.
Sus pequeños regalos, la atención con la que escuchaba mis historias y la frecuencia de sus visitas dejaban pocas dudas.
Pero lo que más valoraba era que nunca intentaba apresurarme.
No me hacía preguntas incómodas ni me exigía respuestas que todavía no estaba preparada para ofrecer.
Simplemente estaba allí.
A veces llegaba con una flor. Otras, con una caja de chocolates, una vela aromática o una receta que deseaba compartir. En ocasiones no traía nada y solamente se sentaba a tomar un café mientras conversábamos sobre cualquier asunto.
Y yo había comenzado a disfrutar de su presencia más de lo que me atrevía a reconocer.
Una noche, después de cerrar, encontré una pequeña nota junto a una maceta que Marcelo había dejado sobre una de las mesas. La abrí con curiosidad.
Para que nunca falten flores en este lugar que siempre huele a cosas buenas.
Sonreí y coloqué la nota dentro del cajón donde guardaba algunos recuerdos especiales.
Después subí al apartamento y me preparé una taza de té.