Capítulo 20
Había transcurrido un año desde que Aroma a ti abrió sus puertas y, si alguien me hubiera preguntado si estaba satisfecha con la decisión de instalarme en La Coruña, habría respondido que sí sin necesidad de pensarlo demasiado.
No porque todo hubiera resultado sencillo, sino porque había conseguido construir una vida que me pertenecía.
Tenía un negocio que disfrutaba, un pequeño apartamento donde me sentía cómoda y una rutina que, lejos de parecerme monótona, me ofrecía pequeñas satisfacciones cada día.
Me gustaba levantarme temprano, preparar el primer café de la mañana y bajar a la cafetería antes de que llegaran los empleados.
A veces aprovechaba aquellos minutos de tranquilidad para revisar los pedidos o comprobar que todo estuviera listo para recibir a los clientes.
Otras veces simplemente me sentaba junto a la ventana y observaba cómo despertaba el barrio.
Había aprendido a reconocer los sonidos de la calle, los horarios de los comercios cercanos y hasta los pasos apresurados de algunos vecinos que pasaban cada mañana camino al trabajo.
Aroma a ti había dejado de ser una novedad para convertirse en un lugar conocido.
Teníamos clientes habituales que llegaban casi a la misma hora, personas que pasaban a buscar algo dulce para llevar y pequeños grupos que habían adoptado nuestras mesas como punto de encuentro.
La repostería continuaba siendo nuestra especialidad y, aunque había incorporado algunas recetas nuevas, la Red Velvet seguía ocupando un lugar privilegiado entre los productos más solicitados.
Don Manuel permanecía fiel a su café solo y al periódico de cada mañana.
Carmen seguía visitándonos varias veces por semana, casi siempre con alguna recomendación de lectura o una historia interesante que compartir.
También había conocido a comerciantes de la zona, familias que vivían en las calles cercanas y personas que, después de entrar por casualidad, habían terminado convirtiéndose en caras familiares.
Disfrutaba especialmente de aquellos vínculos cotidianos.
Me gustaba preguntar cómo les había ido durante la semana, escuchar las novedades de sus hijos o saber que alguien había conseguido resolver un problema que lo preocupaba.
No necesitaba conocer todos los detalles de sus vidas para sentir afecto por ellos.
A veces bastaba con una conversación breve, una sonrisa o el simple gesto de recordar cómo preferían el café.
Entre aquellas personas había alguien cuya presencia se había vuelto especialmente agradable.
Se llamaba Marcelo y era italiano.
Había llegado a La Coruña varios años antes y era propietario de una pequeña pizzería situada a pocas calles de Aroma a ti.
La primera vez que lo conocí entró en la cafetería una tarde lluviosa, cuando apenas quedaban algunas mesas ocupadas.
Recuerdo que llevaba una chaqueta oscura, el cabello ligeramente húmedo y una expresión divertida mientras observaba la vitrina.
—Me han dicho que aquí preparan una tarta de la que habla medio barrio —comentó con un acento italiano que no había perdido a pesar de los años.
—Depende de cuál te hayan recomendado —respondí, sonriendo.
—La roja. Esa que parece demasiado bonita para comérsela.
Me reí.
—La Red Velvet.
—¡Esa misma! Vengo a comprobar si merece tanta fama.
Le serví una porción y un café. Marcelo eligió una mesa junto a la ventana y, después del primer bocado, levantó la mirada con una expresión exageradamente seria.
—Tenemos un problema.
Me acerqué, preocupada.
—¿Qué sucede?
—Que ahora tendré que venir más seguido.
Aquella ocurrencia me hizo reír y fue el comienzo de una relación cordial que, con el paso de los meses, se convirtió en una amistad entrañable.
Marcelo era un hombre de conversación agradable, atento y con un sentido del humor que aparecía incluso en las situaciones más cotidianas.
Hablaba con entusiasmo de su país, de las recetas que había aprendido de su familia y de las diferencias que había encontrado entre vivir en Italia y establecerse en Galicia.
Le gustaba contar historias sobre su infancia, especialmente las relacionadas con la cocina de su madre y las reuniones familiares alrededor de una mesa.
Yo disfrutaba escuchándolo. Había algo reconfortante en conversar con una persona que conocía el esfuerzo de mantener un negocio propio. Ambos entendíamos lo que significaba trabajar durante muchas horas, resolver imprevistos y preocuparse por detalles que los clientes rara vez llegaban a conocer.
Pronto comenzamos a visitarnos con frecuencia. Algunas tardes, cuando terminaba mis tareas en Aroma a ti, caminaba hasta su pizzería para cenar. Otras veces era Marcelo quien aparecía en la cafetería después de la hora de mayor movimiento, dispuesto a tomar un café y conversar unos minutos.
—Hoy te toca probar algo nuevo —me anunció una noche cuando llegué a su establecimiento.
—¿Otra de tus creaciones?
—Una receta familiar. Pero necesito una opinión sincera.
—¿Y si no me gusta?
Se llevó una mano al pecho con fingida indignación.
—Entonces tendré que reconsiderar nuestra amistad.
Me reí mientras tomaba asiento.
La pizza estaba deliciosa. Tenía una masa fina, ingredientes sencillos y un sabor que demostraba el cuidado con el que Marcelo preparaba sus productos. Se lo dije sin reservas y él respondió con una satisfacción que me recordó la que yo misma sentía cuando alguien elogiaba mis tartas.
Aquellas conversaciones se convirtieron en una parte agradable de mis semanas.
Hablábamos de recetas, de proveedores, de clientes y de las dificultades propias de nuestros negocios.
También compartíamos historias personales, aunque al principio ninguno de los dos parecía interesado en profundizar demasiado en ciertos aspectos del pasado.
Con el tiempo le conté que era uruguaya, que había llegado a La Coruña para investigar mi genealogía y que finalmente había decidido establecerme allí.
Marcelo escuchó con curiosidad mis descubrimientos sobre los antepasados panaderos y se mostró especialmente interesado cuando le hablé de las generaciones que habían mantenido aquel oficio dentro de mi familia.
—Entonces la harina te estaba esperando desde hace siglos —bromeó.
—No exageres. Trabajé casi veinte años en un banco antes de abrir la cafetería.
—Eso demuestra que tardaste bastante en descubrir tu verdadera vocación.
—O que necesitaba pagar mis cuentas mientras la descubría.
Soltó una carcajada.
Me gustaba su manera de conversar. Nunca intentaba impresionarme con grandes discursos ni convertir cada encuentro en algo extraordinario. Tenía la capacidad de hacer agradables los momentos sencillos y parecía disfrutar sinceramente de mi compañía.
Al principio no le di demasiada importancia. Había conocido personas amables desde mi llegada a España y Marcelo podía ser simplemente una más. Sin embargo, con el paso de los meses comenzaron a aparecer pequeños gestos que me hicieron sospechar que su interés iba más allá de la amistad.
***
La primera vez llegó con una flor. Era una mañana tranquila y yo estaba organizando unas facturas detrás de la barra cuando Marcelo apareció sosteniendo una pequeña margarita blanca.
—Buenos días, vecina.
Levanté la mirada.
—Buenos días, Marcelo. ¿Café?
—Por supuesto. Pero antes tengo algo para ti.
Me ofreció la flor.
—La vi y pensé que quedaría bonita en tu cafetería.
La tomé con sorpresa.
—Es preciosa. Muchas gracias.
—No tienes que agradecerme. Una flor siempre mejora una mesa.
Busqué un pequeño recipiente con agua y la coloqué cerca de la caja. Durante el resto de la mañana, cada vez que la veía, sonreía involuntariamente.
Unos días después apareció con una caja de chocolates italianos que había conseguido en una tienda especializada.
—Estos tienes que probarlos —me dijo—. Son de una marca que me recuerda a mi infancia.
—Marcelo, no tenías que traerme nada.
—Ya lo sé. Por eso tiene más gracia.
Abrí la caja y probé uno. Era delicioso.
—Ahora entiendo por qué los recuerdas tanto.
—Mi madre solía esconderlos para que no nos los comiéramos todos de una vez. Nunca consiguió encontrar un escondite suficientemente bueno.
Me reí mientras él continuaba contando anécdotas de su familia.
Los detalles siguieron apareciendo de manera inesperada.
Una tarde me regaló una pequeña vela aromática con perfume de vainilla porque, según explicó, le había recordado el aroma de Aroma a ti.
En otra ocasión apareció con una planta para colocar cerca de la ventana.
También me llevó un libro de recetas italianas que había encontrado en una librería y que creyó que podía interesarme.
Nunca eran regalos costosos ni exagerados. Eran pequeños objetos elegidos con atención, acompañados por comentarios que demostraban que Marcelo escuchaba lo que yo le contaba.
Y aquello comenzó a hacerme pensar.
Una noche, mientras cerraba la cafetería, Carmen observó la planta que Marcelo me había regalado y sonrió con cierta picardía.
—Veo que nuestro pizzero favorito sigue siendo muy atento contigo.
Levanté la mirada.
—Marcelo es amable con todo el mundo.
—Por supuesto. Pero no creo que les lleve flores a todos los comerciantes del barrio.
Me reí.
—No empieces, Carmen.
—Yo no he dicho nada.
—Lo has dicho todo con esa sonrisa.
Carmen soltó una carcajada y se acomodó el abrigo antes de marcharse.
—Solamente voy a decirte una cosa, Lauren. Hay personas que disfrutan haciéndonos felices. No siempre hace falta buscar una explicación complicada.
La observé salir y me quedé pensando en sus palabras.
No podía negar que Marcelo me agradaba. Me gustaba conversar con él, visitar su pizzería y descubrir las pequeñas ocurrencias con las que conseguía hacerme reír. También había comenzado a esperar sus visitas con una ilusión que me sorprendía.
Sin embargo, cada vez que reconocía aquella emoción, una parte de mí se apresuraba a recordar a Sergio.
***
Durante mucho tiempo había creído que jamás volvería a sentir interés por otro hombre. No porque considerara imposible enamorarse después de enviudar, sino porque la relación que había compartido con Sergio había sido tan hermosa que me resultaba difícil imaginar algo semejante.