Capítulo 20
La mirada de Ariel voló a la cara de Caleb.
—No toques nada.
Sacó el móvil y llamó al detective Bolton.
Caleb se quedó justo dentro de la puerta de la habitación del motel y la escuchó hablar. Su voz sonaba serena y plana, solo los detalles, sin adornos. Cosmo estaba sentado a sus pies, mirándolo. El perro tenía la cola quieta.
—Sí. Entiendo —dijo Ariel al teléfono—. Sí. Nos quedamos aquí.
Colgó la llamada, se guardó de nuevo el móvil en el bolsillo y se quedó un segundo de espaldas a él. Cuando se volvió, su expresión era comedida.
—Bolton va a ponerse en contacto con alguien de la policía de Bellevoix. Quiere que procesen la habitación.
—Bien.
—Esperemos fuera. Mantengamos la escena lo más limpia que podamos.
El primer coche patrulla de Bellevoix llegó en menos de quince minutos.
Un segundo coche y una furgoneta de la científica se sumaron pronto a la fiesta.
Caleb reconoció a uno de los agentes. Un hombre llamado Broussard que había sido el primero en llegar a un choque múltiple de tres coches en la Ruta 9 la primavera pasada.
Caleb había cargado a dos pacientes aquella noche mientras Broussard regulaba el tráfico.
Habían hablado un momento en la parte de atrás de la ambulancia, con esa jerga abreviada de los trabajadores de emergencias que no tienen tiempo para cháchara.
Ahora Broussard asintió con la cabeza y pasó por delante de él hacia el motel.
A medida que la habitación se llenaba enseguida de agentes y equipo, Ariel se sentó en el borde de la cama y respondió preguntas mientras el técnico buscaba huellas en las superficies.
Contestaba exactamente lo que le preguntaban, nada más.
Cuando el agente se acercó al portátil, ella lo observó con atención concentrada, y Caleb se dio cuenta de que luchaba por no intervenir.
Perdió la batalla.
—Necesito que me lo devuelvan esta noche. Es mi equipo de trabajo. Lo tengo todo ahí —dijo.
—Señorita Winters, es una prueba. Tenemos que retener…
—Lo entiendo. Solo le pido que lo examine aquí en busca de huellas, que me pasen un bastoncillo por las manos para buscar restos y que me dejen quedármelo cuando se vayan. Sé cómo funciona la cadena de custodia. También sé que tienen la opción de procesarlo in situ.
Hizo una pausa.
—El hombre que estuvo en mi habitación puede haber asesinado a mi mejor amiga en Chicago. No pienso perder el acceso a seis semanas de trabajo de investigación porque haya tocado mi ordenador.
Broussard suspiró y miró al técnico. El técnico miró su maletín. Caleb vio la negociación producirse entre sus miradas y se mantuvo al margen.
—De acuerdo. Lo procesamos aquí —dijo Broussard.
Ella sonrió.
—Gracias.
A medida que la policía iba despejando cada zona, Ariel organizaba sus cosas.
Lo hacía con la eficiencia de quien recoge con frecuencia bajo presión, doblando y apilando sin un solo movimiento de más.
Caleb cogió la maleta grande y la bolsa con las cosas de Cosmo sin preguntar, y las metió en su camioneta.
Cuando volvió a la habitación, ella ya estaba cerrando la última cremallera de la bolsa de la cámara.
—No —dijo ella.
—No he dicho nada.
—Prácticamente oigo cómo se te van formando las palabras en la cabeza.
—Solo estoy aquí plantado, irradiando fuerza y calma varonil.
—Estás ahí plantado a propósito , muy en plan «te lo dije» .
Cogió a Cosmo y se lo metió bajo el brazo, luego miró la cara de Caleb.
—Es de lo más molesto.
Él no dijo nada. Lo cual era la respuesta más exasperante posible. Los dos lo sabían. Ariel apretó la mandíbula, con los dientes rechinando, pasó por delante de él y cruzó la puerta.
Fuera, el aire había cambiado. Caleb notó la bajada de presión, un sistema pesado y húmedo entrando desde el bayou.
El cielo tenía el color del peltre viejo.
Mientras cruzaban el paso hacia los vehículos, cayeron las primeras gotas sobre el asfalto, muy espaciadas y del tamaño aproximado de una moneda de veinticinco centavos.
—¿Me sigues? —dijo Caleb.
—Claro. Pero dame la dirección, por si acaso.
Ella la tecleó en el móvil y luego subió al coche de alquiler. Él salió primero y, por el retrovisor, vio los faros de ella encajarse detrás mientras giraba hacia la carretera.
Tardaron diez minutos en cruzar hasta la zona este del pueblo. Aparcó la camioneta delante de su cabaña y sacó las bolsas de ella. Ahora llovía en serio, suave y persistente, repicando sobre los robles americanos y oscureciendo el camino de grava.
Le hizo una seña para que se quedara en el coche y subió los escalones con el equipaje y entró por la puerta. Recorrió la casa con rapidez, barriendo las habitaciones y encontrándolo todo como debía estar. Cuando volvió a la puerta de entrada, ella ya estaba dentro.
Cosmo olisqueaba por el suelo mientras ella sostenía la bolsa contra el hombro y estudiaba la estancia. No tocaba nada, solo estaba ahí plantada, asimilándolo todo. Él se preguntó qué le diría el sitio sobre él.
—Deberías haber esperado a que despejara la casa —dijo.
—Y tú deberías haber esperado para hacerlo juntos.
Él cogió su propio equipo y la más pequeña de las bolsas de ella y pasó a la cocina, donde lo dejó todo sobre la mesa.
Encontró el Jack y el refresco de cola guardados junto a los platos de Cosmo y una pequeña bolsa de pienso.
Sirvió un poco de pienso, llenó el segundo cuenco de agua y los colocó junto a la pared, cerca de la mesa.
Cosmo, que había seguido cada uno de sus movimientos, se abalanzó sobre la comida.
—El pobrecillo estaba medio muerto de hambre. ¿Tienes hambre?
Cuando ella negó con la cabeza, él se encogió de hombros.
—Yo tampoco. Pero una cerveza me apetece, y apostaría a que a ti no te vendría mal un whisky.
Ella no dijo nada. Solo miró mientras él preparaba el whisky con Coca-Cola. Añadió un par de cubitos de hielo y luego lo puso sobre la mesa antes de coger una botella de Abita Amber para él.
Ariel se sentó, cogió el whisky y bebió un buen trago. Él la vio dejar de nuevo el vaso y notó el ligero aflojamiento de sus hombros. Apenas era perceptible a no ser que hubieras estado observando a una persona con atención. Y él lo había hecho.
Caleb se deslizó en una silla enfrente de ella y le dio un tiento a la cerveza. Mientras tanto, Cosmo, que había dejado el cuenco reluciente, husmeaba por el suelo de la cocina en busca de aperitivos extra.
La casa tenía un aire distinto esa noche.
Después de que muriera Dan y Margot se fuera, él había necesitado empezar de cero.
Nada familiar. Ningún vecino bienintencionado llamando a la puerta.
Había elegido aquella cabaña pequeña, un poco demasiado al este para resultar cómoda, y luego había pasado el último año construyendo una vida que cupiera dentro de ella.
Había llegado a gustarle la soledad y los sonidos apaciguantes del bayou.
Ahora Ariel Winters estaba sentada a la mesa de su cocina bebiendo whisky con Coca-Cola y Cosmo recorría los rodapiés a la caza de pienso fantasma.
La cabaña parecía… no más pequeña. Más cálida, quizá.
Más acogedora. No estaba seguro de cómo se sentía ante el hecho de estar siquiera fijándose en ello.
Le dio otro tiento a la cerveza y echó un vistazo a la oscuridad al otro lado de la ventana, donde oía caer la lluvia sin tregua.
Ariel iba por la mitad de la copa cuando por fin habló.
—No se llevaron nada, y los intentos de inicio de sesión descartan un robo al azar —dijo—. Quienquiera que estuviese en mi habitación del motel no quería el ordenador, quería lo que hay dentro. Mis archivos y fotografías. Mis notas sobre la muerte de Rachel.
—O sea que intentan averiguar cuánto sabes.
Ella giró el vaso despacio.
—O si tengo algo concreto que los relacione con el asesinato. Algo de lo que necesiten deshacerse. O ver si soy yo lo que hay que eliminar.
Caleb pensó en el hombre de la nariz aguileña. La misma cara en tantos lugares distintos… cerca de donde murió Rachel, cerca de la capilla, delante del Riverview Inn. Tenían su cara y un patrón, sumados a la sospecha, pero nada sólido a lo que apuntar. Ninguna prueba de verdad.
—¿Por qué no se limitó a…?
Se detuvo.
Ariel lo miró.
—A Rachel la mataron de forma limpia. Rápida. Es probable que haya tenido varias ocasiones de hacerme lo mismo desde que llegué a Bellevoix. Pero no lo hizo.
Estaba claro que le había dado vueltas al mismo ángulo que él.
—Así que hay algo distinto. Quizá cree que lo seguí hasta aquí. Que le he pillado el rastro. Si es así, primero quiere limpiar mi ordenador.
Frunció el ceño mirando su copa. Pasó un dedo arriba y abajo por el lateral del vaso.
—Ojalá supiera algo de verdad. Ojalá tuviera pruebas suficientes para que lo detuvieran y hacerle pagar por lo que hizo.
—Pues seguimos investigando. Tarde o temprano encontraremos algo que lo incrimine.
Ella levantó la mirada hacia la de él, y Caleb se sorprendió mirándola demasiado rato. Aquellos ojos grises y claros lo retuvieron allí y no lo soltaron hasta que ella fue cuanto podía ver. Cuanto quería ver.
—No paro de pensar en lo de anoche —dijo Caleb, sin apartar los ojos de ella.
No pretendía cambiar de tema ni empezar nada. Era, sin más, verdad, y estaba lo bastante cansado como para que le saliera antes de tener ocasión de pensárselo mejor.
Ariel no respondió enseguida. Él la vio mirar por encima de su hombro durante unos segundos, luego a su cara, luego a otro lado de nuevo. La guerra interna que libraba, por una vez visible en su rostro.
—Seguramente deberíamos mantener la cabeza despejada —dijo.
—Seguramente.
Se levantó. Él esperaba que se alejara. Que abriera la cremallera de su bolsa o sacara a Cosmo fuera. Cualquier cosa para esquivar la intimidad. En lugar de eso, rodeó la mesa y se acomodó en su regazo.