26. Epílogo Extendido
EPÍLOGO EXTENDIDO
MAKSIM
El bautizo está terminando cuando Nikolai me encuentra.
He estado al borde de los jardines durante casi una hora, lo suficiente como para saber que ya debería haberme marchado.
La finca de verano de los Brennan se extiende tras de mí con setos cuidados y rosales trepadores. Hay viejos senderos de piedra que serpentean entre arriates de lavanda y hortensias blancas.
La luz de la tarde tiene ese dorado particular de finales de verano, ese que hace que todo parezca dispuesto específicamente para ser contemplado, y el jardín está lleno de gente que no tiene ni idea de que la estoy observando.
Cillian Brennan está cerca de la fuente con su hija en brazos.
La bebé lleva encaje blanco y un lazo enorme en la cabeza. Ya se ha quedado dormida contra el hombro de su padre.
Su pelo rubio se agita suavemente con la brisa y Brennan se lo aparta de la cara con delicadeza.
Su esposa, Valentina, está a su lado, con la mano en su espalda, riéndose de algo que alguien ha dicho. La forma en que él la mira cuando ella se ríe—
Desvío la mirada.
Al otro lado del césped, una niña pequeña de pelo oscuro y vestido blanco intenta escapar tambaleándose hacia los rosales mientras su padre, Leo Santoro, se lanza tras ella.
—¡Seraphina! —La atrapa por la cintura y la levanta en vilo. Ella chilla de deleite, pataleando con sus piernecitas, absolutamente encantada de la vida. Estudio a la heredera de los Santoro.
El parecido con Leo es extraordinario.
Los genes de Emma Brennan, al parecer, ni siquiera intentaron hacer acto de presencia.
Esta niña es Leo Santoro en miniatura, hasta en la expresión obstinada que tiene ahora mismo.
Santoro deposita un beso en la mejilla de la niña antes de dejarla en el suelo y tomar su mano.
Ella tira inmediatamente hacia los rosales de nuevo.
—Vamos por aquí —le dice Santoro, dirigiéndola con firmeza en la dirección opuesta, negando con la cabeza mientras intenta controlar a su hija. Seraphina lo mira con sus mismos ojos y su misma expresión, y parece estar sopesando sus opciones.
Entonces divisa algo más al otro lado del césped y sale corriendo hacia allí, arrastrando a su padre tras ella.
Santoro la sigue, porque al parecer eso es lo que te hacen.
Desvío la mirada.
Niños. Unidad. Paz.
Sentimentalismos irrelevantes.
—Ty gotov? —pregunta Nikolai en ruso, mientras aparece silenciosamente a mi lado.
No lo miro, sigo observando a Seraphina Santoro. —Casi.
—¿Casi? —pregunta mi hermano, arqueando una ceja.
—Estoy cerca de encontrar la fuente. —Mantengo la voz baja, dejando que el cuarteto de cuerda que alguien ha contratado inexplicablemente para el bautizo de un bebé ahogue nuestra conversación ante cualquier fisgón—.
Las irregularidades en nuestras cuentas.
Las empresas pantalla. Todo conduce a una sola persona.
Nikolai guarda silencio un momento. —El traidor.
Inclino la cabeza. —Da.
—¿Y la mujer? —pregunta.
Observo a Seraphina intentar escapar de nuevo hacia los rosales. Santoro la atrapa con facilidad y la escolta de vuelta hacia Brennan y su esposa, donde también se encuentra la mujer de Santoro. —La he encontrado.
Ocho años de callejones sin salida, pistas falsas, nombres erróneos y rastros perdidos. Ocho años. —Fue testigo de algo hace ocho años y huyó antes de que pudiera llegar hasta ella.
Nikolai se queda inmóvil. —¿Sabe quién está detrás?
—Sabe lo suficiente. —Aprieto la mandíbula—. Tiene respuestas que he estado buscando durante mucho tiempo.
Nikolai se mueve a mi lado y siento que me estudia como lleva haciendo desde que éramos niños, como si leyera algo escrito ahí que yo no puedo ver—. ¿Cuándo vas a actuar?
—Esta noche. —Miro mi reloj con impaciencia.
No tiene sentido esperar.
He pasado ocho años cazando a este fantasma.
Un día más no cambia nada, salvo darle otra oportunidad de desaparecer.
Y ya ha demostrado que se le da muy bien hacerlo.
Nikolai no discute. Sabe que no debe hacerlo. —Ten cuidado —advierte, recorriendo los jardines con la mirada para que parezca que mantenemos una conversación casual—. Los testigos que sobreviven tanto tiempo suelen tener protección.
—No la tendrá por mucho más tiempo —comento con sombría determinación.
Filadelfia
21:30
La galería está en una calle tranquila de un barrio acomodado. Aparco enfrente, apago el motor y observo a través de los ventanales delanteros.
Ahí está.
Pelo oscuro recogido. Blusa blanca. Se mueve por la galería con un portapapeles en la mano, catalogando cuadros como si tuviera todo el tiempo del mundo.
Aria Delano.
Durante ocho años ha sido invisible. Durante ocho años se ha escondido de preguntas que debería haber respondido.
Ya no.
He pasado las últimas semanas estudiándola. Trabaja hasta tarde los jueves y vive seis manzanas al norte.
Hace el mismo camino a casa todas las noches: el mismo giro en la esquina de Walnut, la misma pausa en el semáforo de la 4.ª. Compra café en el mismo sitio todas las mañanas y da un rodeo para ir al trabajo cuando no llueve.
No tiene ni idea de que alguien la ha estado observando hacer todo eso.
Se ha confiado demasiado. Se ha vuelto demasiado descuidada.
Error fatal.
A través del cristal, se dirige hacia el despacho del fondo y, por un momento, se ve algo sobre el escritorio antes de que ella se mueva y lo tape.
Un dibujo infantil. Colores de cera brillantes. Figuras de palo cogidas de la mano.
Me quedo petrificado.
Mis informes decían que vivía sola.
Sin familia.
Sin conexiones.
Sin motivos para que nadie la buscara y sin nadie que notara su desaparición.
Pero hay un dibujo infantil en su escritorio.
Otro secreto. Otra mentira.
No importa. Mañana me lo contará todo: por qué huyó, qué vio, a quién ha estado protegiendo durante ocho años y por quién valía la pena desaparecer.
La mujer que se mueve por esa galería tiene las respuestas que necesito.
Tanto si le gusta como si no, me las va a dar.