Reclamo Despiadado (vows of violence 2) 23. Cillian #2
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23. Cillian #2

Mi esposa sonríe con sorna. —Connor podría haberla lanzado de un lado a otro de la cafetería y ella seguiría sin haber hablado. Entonces tendríamos un desastre que limpiar y seguiríamos sin un nombre. Claire no iba a hablar, Cillian. Ni siquiera el KGB podría haberla hecho hablar.

Me río suavemente ante eso. —De algún modo lo dudo. —El hombro me late y probablemente debería haber ido al hospital, pero ya es demasiado tarde. Tomaré algo de Tylenol cuando volvamos al ático.

—Hay algo que me escama —digo de pronto. Valentina vuelve la cabeza hacia mí.

—¿Cómo lo supo? —Extiendo los dedos sobre mis pantalones sucios y polvorientos—. No me entra en la cabeza. ¿Cómo supo que hoy era el día? Soné normal por teléfono; tú estabas allí. No dije nada sobre pruebas de ADN o confrontaciones. Por lo que ella sabía, iba a una cafetería a hablar de dinero.

Niego con la cabeza, casi aturdido. —¿Cómo entra allí con un coche ya fuera y una salida ya planeada?

La boca de Valentina se abre antes de cerrarse. Parece tan perdida como yo.

—O alguien le dio el soplo —continúo—, o su contacto nos ha estado vigilando lo suficientemente de cerca como para saber que lo habíamos descubierto y tenía la salida preparada antes incluso de que ella llegara. —Hago una pausa y los ojos de Valentina se agrandan—. Sea como sea...

—Sea como sea, alguien nos tiene vigilados —termina Valentina, con la voz repentinamente muy baja.

Asiento con gravedad. —Sí.

Ella me mira, de repente nerviosa. —Eso es...

Asiento. —Lo sé.

—Cillian, eso significa que alguien nos está siguiendo —dice, con aspecto de alarma, mordiéndose el labio inferior.

—Lo sé, Val. —Alargo la mano y vuelvo a tomar la suya, pasando el pulgar por sus nudillos—. Pero nadie va a llegar a ti ni al bebé. Te lo juro.

Valentina asiente, pero no parece convencida.

No puedo decir que la culpe. Alguien nos ha estado observando todo el tiempo.

Nunca se trató solo de que Claire llevara a cabo su estafa. Alguien por encima de ella nos ha estado vigilando lo suficientemente de cerca como para saber el momento exacto en que se acabó el juego.

Y seguimos sin saber quién.

Leo aparece dos horas después con una botella de Redbreast y sin previo aviso.

Abro la puerta y me limito a mirarlo. Leo Santoro es la última persona que esperaba que estuviera de pie en mi pasillo a las ocho de la tarde en el peor día que he tenido en mucho tiempo.

Aunque lo he visto muchas veces, lo mucho que se parecen Valentina y él siempre me descoloca. Leo y Valentina tienen el mismo pelo castaño oscuro y los mismos ojos oscuros, pero el pelo de Leo tiene una ligera ondulación que claramente ha intentado aplastar y finalmente se ha dado por vencido.

Se le ve claramente incómodo por estar aquí, y no le culpo necesariamente. No somos precisamente mejores amigos ni siquiera conocidos casuales, incluso después de nuestros respectivos matrimonios con miembros de la familia del otro.

Me mira de arriba abajo, con una ceja oscura alzada, fijándose en el vendaje de mi hombro. En los cortes y los hematomas que tengo.

—Tienes un aspecto de mierda —dice con tono inexpresivo.

—Gracias —respondo. Los buenos modales afloran antes de que me dé cuenta de quién está exactamente en mi puerta—. No recuerdo haberte invitado —digo, con un tono ligeramente acusador.

Leo se encoge de hombros. —No sabía que necesitaba una invitación para ver a mi hermana favorita y a mi... —una expresión extraña cruza su rostro y hace una pausa— cuñado.

Noto que ha omitido lo de favorito conmigo y niego con la cabeza. Él tampoco es mi favorito, así que al menos en eso estamos de acuerdo.

—Además —dice, pasando a mi lado para entrar en el ático como si fuera el dueño, algo muy propio de Leo Santoro—, alguien tiene que ver cómo está ella después de lo que ha pasado hoy.

Cierro la puerta, poniéndome tenso. —¿Cómo te has enterado?

Leo suelta un bufido y se gira para lanzarme una mirada sombría y algo compasiva. —Lo sé todo, Brennan.

Pongo los ojos en blanco. Eso significa que Emma se lo ha contado porque Valentina llamó a Emma en cuanto llegamos a casa. Mi mujer le cuenta todo a mi prima y Emma le cuenta todo a su marido porque es una maldita cotilla.

—Ya —digo con sequedad. Señalo la botella—. ¿Quieres un vaso para eso o piensas bebértela en el pasillo?

—Me gustaría estampártela en la cabeza —dice Leo alegremente antes de dirigirse por el pasillo; se detiene al ver a Valentina en el sofá. Aunque no puedo verle la cara, todo su cuerpo se tensa al ver a su hermana.

Sé que no tiene buen aspecto. Tiene un chichón enorme en un lado de la cabeza y también cortes y rasguños. Hice todo lo que pude para protegerla.

Podría haber sido mucho peor.

—Deja de mirarme fijamente —exclama Valentina—. Da grima.

Alcanzo a Leo justo a tiempo para ver cómo traga saliva. —Solo miro porque eres tan fea que duele verte.

—Grandes palabras para alguien que no ha visto un peine en treinta años —responde Valentina, pero hay una pequeña sonrisa en su rostro.

Leo me tiende la botella antes de cruzar la habitación; levanta a Valentina del sofá y la estrecha en un fuerte abrazo.

Hay tanta emoción en los rostros de ambos que tengo que apartar la mirada, sintiéndome incómodo de repente.

—¿Dónde están Emma y el bebé? —pregunta Valentina.

—Em quería venir —dice Leo contra su pelo—. Está supercabreada por no estar aquí. Seraphina ha dormido unas siestas de mierda en todo el día y Emma ha decidido quedarse en casa para intentar que se duerma.

Valentina frunce el ceño. —¿Por qué no ha dormido? ¿Está enferma?

—Qué va. Sera durmió más de cuatro horas anoche y nos hizo ilusiones, así que ahora solo está reajustando nuestras expectativas. —Leo se aparta y observa el rostro de Valentina con cuidado, catalogando los daños—. ¿Estás bien?

—Estoy bien —le dice Valentina a su hermano.

Él la mira un segundo más, como si decidiera si creerla o no. Luego me señala. —¿Vas a traer esos vasos de los que hablabas?

Cojo los vasos y sirvo mientras Leo se deja caer en el sofá junto a Valentina y la somete al tipo de escrutinio de hermano mayor a corta distancia que imagino que ella ha estado soportando toda su vida.

Ella lo tolera durante unos cuarenta y cinco segundos antes de anunciar que se va a la cama.

Los ojos de Leo la siguen mientras se levanta del sofá, y veo cómo la preocupación cruza su rostro antes de cubrirla con una expresión de fingida sorpresa.

—¿Ya? —dice, haciendo un gran teatro de mirar su reloj—. Son las ocho. ¿Qué eres, una nonagenaria?

Valentina se da la vuelta y le dedica a su hermano una sonrisa empalagosa. Yo oculto una sonrisa tras mi vaso.

—Estoy embarazada y hoy me he visto envuelta en un tiroteo —dice con amabilidad—. Pero claro, Leo, cuéntame más sobre por qué debería estar aguantando el tipo.

Inclina la cabeza hacia un lado, mirando a su hermano de arriba abajo. —¿Qué tal tu terapeuta, por cierto? ¿Sigue trabajando en ese complejo de héroe, o os habéis rendido los dos?

Leo parpadea. Suelto una carcajada y la cubro con una tos cuando Leo me fulmina con la mirada.

Valentina me mira y hay una pequeña y cálida sonrisa en su rostro. Algo en mi pecho se expande ante la visión de su sonrisa. Después del día que hemos tenido, después de todo, ella todavía me da alegría.

—Buenas noches —dice y se dirige por el pasillo.

Leo la ve marcharse antes de coger su vaso de whisky y mirarme. —Se vuelve más borde cada vez que la veo.

—La verdad es que sí —asiento.

—Es mi mejor cualidad —exclama Valentina desde algún lugar del pasillo antes de que oigamos cerrarse la puerta.

Leo niega con la cabeza, pero casi sonríe. Da un trago, deja el vaso y la casi sonrisa se desvanece. —Cuéntamelo todo —exige.

Y lo hago. Le cuento cada pequeño detalle, desde la llamada telefónica a Claire hasta lo que estábamos discutiendo momentos antes de que se produjera el tiroteo. Leo escucha, y su ceño se frunce más a medida que hablo.

Cuando llego a la parte en la que Claire empieza con su historia lacrimógena, Leo se levanta y empieza a pasear, frotándose la mandíbula con una mano.

Cuando termino, Leo vuelve a sentarse y se inclina hacia delante. Hay un brillo en sus ojos que me preocupa.

—Han sido los corsos —dice—. Tienen que ser ellos.

Parpadeo, desconcertado por esto. —¿Los... los corsos? —pregunto con incredulidad—. ¿Los que crees que estuvieron detrás del coche bomba?

—Y los que le dieron la información a Connor sobre mi finca —añade Leo.

Frunzo el ceño, irritado. —¿Te refieres a cuando secuestraste a Emma el día de su boda y la tuviste como rehén? —le corrijo, recordando lo colérico que estaba Connor después de aquello. Nunca lo había visto con semejante rabia—. Nosotros no sacamos la puta información de los corsos, Leo.

Leo resopla, claramente sin creerse nada. —Entonces, ¿cómo supo Connor cómo entrar en mi finca, Cillian? Quizá Connor no quiso decirte de dónde sacó su información.

Es una posibilidad. Y ahora que lo pienso, fue extraño que Connor supiera de repente exactamente cómo asaltar la propiedad de los Santoro. Pero no pienso darle la razón.

—No tenemos pruebas de que sean los corsos —señalo.

Leo niega con la cabeza. —No necesitamos pruebas. Es obvio que son ellos. —Se sirve otro dedo de whisky—. La pregunta es: ¿qué vamos a hacer al respecto?

—¿A quién se lo preguntas? —digo secamente—. ¿A mí o a Connor? Porque Connor quiere sangre.

Eso es quedarse corto. Mi mente vuelve a la llamada que recibí de Connor poco después de volver al ático.

Había estado temiendo esa llamada y con razón.

Me había reprendido duramente: «La tenías allí.

La tenías sentada justo delante de ti, ¿y dejas que se vaya?

¿En qué coño estabas pensando, yendo a un lugar público sin refuerzos y sin cubrir la salida?

», antes de colgar, no sin antes cargarme toda la culpa a mí.

Vuelvo al presente para ver a Leo observándome.

—Connor solo parece conocer la violencia —dice Leo con irritación y sé que está pensando en su hermano, al que Connor asesinó a sangre fría hace tantos años.