9. Valentina #5
—Soy tuya, soy tuya —prometo, porque es verdad. Me tiene. Mía. Cuerpo. Alma. Cillian está enredado en cada parte de mí, y no puedo imaginar un mañana sin él—. Soy tuya —repito.
—Buena chica. —Vuelve a subir contra mí con fuerza, con el músculo duro rozando mi clítoris. Su polla está tan profunda que roza una parte de mí que ni siquiera sabía que podía ser estimulada.
La presión cálida de un cuerpo hundiéndose en el mío. Las dulces palabras de un amante prometiendo que es mío. Alguien que adora mi cuerpo, excitando mi mente, cuidando de mí.
—Cillian —jadeo en una profunda oleada de placer, rota y sin aliento.
—Te vas a correr, ¿verdad? —Se deja caer sobre mí, hasta el fondo, para hablarme al oído.
Me aplasto boca abajo, su peso nos hunde en el colchón.
Me rodea la cintura con ambos brazos y nos da la vuelta de modo que él queda boca arriba y yo encima de él, mirando al techo, todavía rellena de su polla.
—Oh, Dios. —Mis ojos se ponen en blanco cuando sus dedos tocan mi clítoris, frotando círculos rápidos pero suaves, la misma presión que cuando me tenía alzada contra él.
Mi parte frontal se queda fría de repente, expuesta a la habitación, mientras todas las partes pegadas a Cillian están empapadas de calor.
—Refrégate contra mí —raspa.
Incapaz de resistirme a su orden, balanceo las caderas, plantando los pies a ambos lados de sus piernas para subir y bajar, de lado a lado. No dejo que su polla salga de mí, sino que juego con la longitud de lo que tiene dentro.
—Joder, joder, Valentina —gime—. Date la vuelta. Quiero verte la cara.
Me incorporo, tan mojada que sale de mí con facilidad, y me giro, quedando frente a él un segundo después.
Sujetando su polla resbaladiza con una mano, la mantengo en su sitio para deslizar mis labios vaginales contra él.
Empujo adelante y atrás, frotando mi clítoris sin concederle la entrada, arrastrando mi humedad contra su abdomen tonificado.
Mío. Es todo mío.
Cillian cierra los ojos con fuerza como si estuviera sufriendo—. Oh, joder... —Sus palabras se cortan por un jadeo agudo cuando arrastro su punta contra mi clítoris, moviéndola de arriba abajo para hacerme correr.
La visión de él, desquiciado y retorciéndose bajo mi cuerpo, incapaz de articular una sola frase, sumado a su miembro húmedo y duro disparando placer por mi clítoris, desencadena el orgasmo.
Cierro los ojos con fuerza, sintiendo y sintiendo y sintiendo.
Vibraciones intensas chispean entre mis piernas y suben por mi columna, disparando mi ritmo cardíaco.
Mi espalda se arquea cuando la sensación toma el control, con el cuerpo libre de tartamudear y doblarse a su antojo, aprovechando cada molécula de euforia.
Cuando abro los ojos, Cillian me mira como si hubiera presenciado un truco de magia por primera vez. Me acuna la cara con una mano caliente y me acaricia la mejilla húmeda—. Preciosa.
Me río con pura alegría, dejándome caer boca arriba a su lado.
Todavía duro, Cillian mete la rodilla entre mis piernas, animándolas a abrirse de nuevo.
Sabiendo que él todavía necesita su liberación, abro más las piernas, aunque no estoy segura de poder soportar más dolor o placer o cualquier cosa intermedia, pero ansiosa por verle correrse a él también.
Sujetándome los muslos, Cillian se sitúa de nuevo ante mi entrada y se desliza dentro de mí una última vez.
Todos mis sentidos se encienden y la intrusión me deja casi delirante de sensación.
Demasiados sentimientos, las terminaciones nerviosas fritas, los músculos doloridos, pero Cillian solo necesita esa última embestida antes de que sus ojos se pongan en blanco, su barbilla señale al techo y su nuez sobresalga mientras jadea mi nombre.
Y entonces se desploma encima de mí, cubierto de sudor, deliciosamente pesado y cálido. Cierro los ojos, disfrutando de su presencia y del olor limpio y jabonoso de su piel, que ahora huele a sudor y excitación, y a mí.
—Mírame —dice con suavidad.
Abro los ojos. Me está observando con una expresión tan abierta que me da un vuelco el corazón—. Te quiero —repite, como si necesitara que lo oyera y necesitara oírse a sí mismo diciéndolo—. A ti y a este bebé. Ahora sois mi mundo entero.
Se me llenan los ojos de lágrimas y ni siquiera intento detenerlas—. Yo también te quiero —le digo.
Algo en estas palabras suena más como una promesa que las que hicimos el día de nuestra boda.
Aquellas palabras fueron el teatro de dos personas que intentaban sobrevivir a un acuerdo.
Aquellas fueron las palabras que estábamos obligados a decir. Esta es la que estamos eligiendo.
Me atrae hacia sus brazos y apoyo la cabeza en su pecho, escuchando los sonidos de su corazón acelerado.
Recorro sus músculos y me permito creerlo.
Todo ello. El bebé y el matrimonio y el amor y el hecho completamente improbable, imposible y ridículo de que Valentina Santoro Brennan está tumbada aquí, ahora mismo, en la versión más verdadera de su propia vida que jamás ha habitado.
Cillian respira contra mi sien y su mano descansa sobre mí y yo cierro los ojos. Quizá todo vaya a salir bien.
No. «Quizá» no. Creo que, por primera vez en mucho tiempo, ya es así.