24 Killian
KILLIAN
Entreno como un poseso con Mac, dentro y fuera del gimnasio, como si mi vida dependiera de ello. O, mejor dicho, la vida de mi hijo. A diferencia de la última vez que luché profesionalmente, ahora estoy concentrado y comprometido al cien por cien.
Mis días están llenos de correr, el saco de boxeo, el speedbag, dominadas, abdominales y saltar a la comba sin parar.
Nunca había estado en tan buena forma y mi cuerpo es una máquina musculada y fibrada.
Mi resistencia está en su punto álgido y siento que podría aguantar más que cualquier otro luchador.
Por fin llega el día del gran combate contra Bobby "El Toro" Torres. No voy a mentir y decir que estoy completamente seguro de mí mismo mientras un nudo de nervios crece y se aprieta en mi estómago con el paso de las horas.
Durante cuatro años, luché contra Mac y me negué a volver a la jaula.
Sobre todo por orgullo y por la idea de que El Toro me derrotaría otra vez.
Pero ahora tengo algo por lo que luchar además de por mí mismo.
Tengo un niño guapo, maravilloso e inteligente que necesita una operación que le salvará la vida en su pequeño corazón, y voy a hacer todo lo que esté en mi mano para ganar.
Tengo que ganar. No hay otra alternativa.
Justo antes de irnos, me siento con Aubrey y Aidan.
No puedo creer lo mucho que ha cambiado todo en el último mes más o menos y mi corazón se llena de calor.
Estos dos son la razón de mi fuerza de voluntad, mi determinación y mi felicidad.
También son mi futuro y me golpea con fuerza, como un puñetazo en el estómago, el hecho de que haría absolutamente cualquier cosa por ellos.
Alargo la mano hacia atrás y saco una cajita. —Me he comprado algo para Aidan —digo.
Aubrey mira la caja y sonríe. —Oh, Aidan, cariño, papá te ha traído un regalo.
Aidan se acerca dando tumbos, feliz como siempre, y le entrego la caja.
El niño es como un pequeño rayo de sol. Sus deditos la agarran y Aubrey le ayuda a abrirla.
Aparta la tapa y saca un par de pequeños guantes de MMA que encargué especialmente.
Como las artes marciales mixtas son el deporte de combate uno contra uno definitivo, no se permite ningún otro equipo.
Solo los guantes ligeros acolchados que te permiten mover los dedos al mismo tiempo que protegen tus manos al golpear, y sabía que quería comprarle su primer par a Aidan.
—Oh, son iguales que los tuyos —dice ella.
—Para que hagamos juego —respondo—. Ven aquí, campeón. A ver cómo te quedan. Le ayudo a meter sus deditos y le enseño a lanzar puñetazos contra mis manos. En un abrir y cerrar de ojos estamos chocando los nudillos y él se echa a reír.
Aubrey desliza una mano por mi muslo y yo levanto la vista. —Vas a ganar esta noche y yo voy a gritar hasta quedarme ronca.
—¿Hablas durante el combate o después? —pregunto con un tono sugerente.
Ella se ríe mientras la atraigo hacia mi regazo y dejo un beso prolongado en la suave piel de su cuello—.
Escuchar tu voz me dará todo lo que necesito para sacar la victoria.
Deslizo los labios hacia arriba y le doy otro beso en la mandíbula—. Ahora tengo una razón.
—Tienes dos razones —murmura mientras me acaricia la cara.
Cuando nuestros labios se encuentran, la intensidad es máxima.
Aubrey es todo lo que siempre he querido y más.
Mis manos se deslizan bajo su camiseta y recorren la parte baja de su espalda, disfrutando de la sedosa sensación de su cálida piel.
Me encantaría llevármela, tenderla en la cama y hundirme en lo más profundo de su cuerpo caliente y húmedo, pero tendrá que esperar.
Primero voy a derrotar a El Toro. Después recogeré mi recompensa. También planeo decirle a Aubrey que la amo.
Pero primero lo primero. Es hora de demostrárselo al mundo, pero, sobre todo, a mí mismo. La presión está ahí y esta vez no voy a romperme bajo ella. Voy a adaptarme, prosperar y dar una buena paliza.
Una vez más, reclutamos a Scott para que cuide de Aidan y he de admitir que es un tipo genial.
La semana pasada me lo encontré en el pasillo y no tuvo miedo de enfrentarse a mí para preguntarme cuáles eran mis intenciones respecto a Aubrey y Aidan.
El momento no podría haber sido más perfecto porque saqué la pequeña caja escondida en el bolsillo de mi chaqueta de cuero y la abrí para mostrar un anillo de diamantes.
Había pertenecido a mi abuela y mi madre me lo envió por mensajería después de decirle que quería proponerle matrimonio.
Podría haberla matado por mandarlo por correo, pero dijo que le había puesto un seguro disparatado y que el envoltorio de plástico de burbujas que usó era obsceno.
—Después de la pelea de la semana que viene, voy a pedirle que se case conmigo —le dije.
Asintió, asimilando la noticia como un campeón. —Ambos se merecen toda la felicidad del mundo.
—Y voy a asegurarme de que la tengan.
—Eso espero. Nos miramos un instante y entonces Scott soltó un largo suspiro. —Eres un hombre afortunado.
—La cagué una vez, pero no volverá a pasar. Guardé el anillo de nuevo en el bolsillo de mi chaqueta y me armé de valor. —Gracias por cuidar de ellos cuando no estaba aquí.
—De nada.
Asentimos, llegando a un entendimiento y respeto mutuo en ese mismo instante.
Después de despedirme de Aidan con un abrazo y un beso, Aubrey, Mac y yo nos dirigimos al arena. Tiene capacidad para casi 2000 personas y está lleno hasta la bandera. Los nervios me invaden y hago lo posible por contener la oleada de pánico que me azota.
La jaula negra se alza ante nosotros y Aubrey y Mac estarán justo fuera.
Solo Bobby, yo y el árbitro estaremos dentro cuando comience la pelea, pero Mac puede entrar conmigo durante los descansos de un minuto entre asaltos.
Tras cambiarme a los pantalones cortos y ponerme los guantes sin dedos, caminamos entre la multitud y practico lanzando algunos golpes.
Cuando los aficionados me ven, algunos animan y otros abuchean.
Es una reacción mixta, pero los ignoro. Al llegar a la jaula, Aubrey me da un beso rápido y noto que está tremendamente nerviosa.
—Puedes hacerlo, Kill —susurra.
Absorbo sus palabras de aliento y luego me giro hacia el hombre que ha estado a mi lado en todo y es el único padre que he conocido. Mac me da una palmada en la espalda y me gira para enfrentarme a la malla negra.
—Hemos vuelto, chaval —dice—. Escucha. Vas a entrar ahí y recordarle a Bobby cómo pelea un ganador. El pasado no importa, solo el presente. Eres El Asesino por una razón y vas a destrozar a ese maldito toro, chico. Vas a agarrarlo por los cuernos y estamparlo contra el suelo.
Asiento, flexiono los dedos y veo a Bobby "El Toro" Torres aparecer al otro lado de la jaula, con la misma determinación que yo. Puedo hacer esto, me digo.
—A por él, Kill —dice Mac.
Lo siguiente que sé es que estoy dentro de la jaula y Bobby y yo nos miramos fijamente. Es tan fuerte y decidido como lo recordaba, pero esta vez voy a ganar.
Me coloco el protector bucal y camino hacia el centro de la jaula circular. Las cámaras se alinean en lo alto de la valla negra, grabando todo. Con suerte, capturarán mi victoria y no otra humillante derrota.
Después de las palabras preliminares con el árbitro, esperaba chocar los guantes con Bobby y empezar. Pero él no está por la labor del juego limpio y decide escupir al suelo cerca de mis pies descalzos, haciendo rugir al público.
—Hagámoslo, cabrón —gruñe mientras se coloca el protector bucal.
—A vuestros rincones —dice el árbitro.
Si necesitaba más motivación para ganar, acaba de dármela. Con el corazón a mil, vuelvo a mi rincón e intercambio una mirada con Mac. Parece que Bobby quiere montar un espectáculo, así que voy a dárselo.
—Mátalo —refunfuña Mac y yo asiento.
Aubrey me mira, con los dedos aferrados a la valla, y me inclino para besarla a través de los eslabones. No espero que el público celebre con aprobación. —¡Ten cuidado! —exclama cuando me giro y la pelea comienza oficialmente.
Me concentro en Bobby, bailando a su alrededor, siempre fuera de su alcance.
Mis pantalones rojos actúan como un imán para El Toro, porque no tarda en embestirme, con el vapor prácticamente saliendo por su ancha y plana nariz.
Esquivo fácilmente sus golpes predecibles y me mantengo lo suficientemente lejos para sacarlo de quicio.
Pronto me doy cuenta de que no es tan bueno como antes y una sonrisa asoma en mis labios.
Durante los siguientes cinco minutos, intercambiamos golpes, moviéndonos dentro y fuera del alcance del otro, quemando energía rápidamente.
La resistencia es clave y es fácil agotarse si no te has entrenado bien.
Pero ahora mismo siento que podría con el mundo.
Mi energía, habilidad y confianza están en su punto álgido y estoy en modo máximo rendimiento.
Y además, tengo a la mujer más hermosa en mi rincón, animándome como loca, lo que me inyecta una dosis de adrenalina.
Avanzo, golpeando a El Toro en el costado con una ráfaga de impactos rápidos y duros, y él retrocede contra la valla y se dobla.
El árbitro me otorga el primer asalto y alzo el puño al aire antes de volver con Mac y Aubrey.
Un asalto terminado y ganado. Puedes hacerlo, me digo mientras el público estalla en vítores.
Estoy muy lejos del hombre que vieron hace casi cuatro años cuando perdí.
Estoy aquí para ganar y rápidamente les demuestro a todos que soy una fuerza a tener en cuenta y que más les vale tomarme en serio. El Asesino ha vuelto, nene.
Después de beber agua y recibir una palmada en la espalda y palabras de ánimo de Mac, me agacho y quedo nariz con nariz con Aubrey.
Tengo un minuto de descanso y quiero pasarlo con ella.
Los ojos azul verdoso de Aubrey brillan y mis dedos se entrelazan con los suyos a través de los huecos de la malla.
—Voy a ganar esto por ti, cariño. Por ti y por Aidan.