7 Aubrey
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Aunque no soy gran bailarina, ¿cómo puedo decir que no cuando la sonrisa de Killian ilumina mi mundo entero?
Me ha sorprendido de muchas maneras esta noche y quiero disfrutar al máximo esta velada.
—Claro —digo y coloco mi mano en la suya.
Es grande, áspera por los callos y envuelve por completo la mía—.
Pero te advierto que no tengo ningún talento para la pista de baile.
—Supongo que tendremos que aprender juntos —contesta mientras me arrastra consigo.
Mientras serpenteamos entre la multitud, me siento en la cima del mundo. Observo cómo otras mujeres miran a Killian Doyle y no es amistad lo que desean. Sus miradas están cargadas de anhelo y lujuria. Estar a su lado, cogida de su mano, me hace sentir más especial que nunca.
La canción que suena es rápida y, cuando por fin nos detenemos en medio de la pista rodeados del bullicioso gentío, de pronto me siento ridícula.
Incluso después de las dos cervezas que he bebido, no sé qué hacer.
Pero Killian no me da oportunidad de regodearme en mis inseguridades.
Me atrae hacia sus brazos, me hace girar y río, rodeándole el cuello con mis brazos, completamente perdida en sus ojos azul medianoche.
Mide bastante más de uno ochenta, mucho más que yo, y tengo que inclinar la cabeza hacia atrás para encontrarme con sus sorprendentes ojos azules.
Puede que no seamos bailarines profesionales, pero Killian lo hace fácil y divertido.
No puedo dejar de reír cuando me hace girar para luego atraerme de nuevo hacia él.
Al final de la canción, me inclina y luego me endereza.
Comienza una balada y me atrae contra su cuerpo largo y duro.
Deslizo los dedos por la nuca de su pelo y mi nariz se acerca íntimamente a su cuello.
Su aroma me envuelve, tan masculino con un leve rastro de jabón.
Simple y exactamente lo que esperaría. No es un hombre que usaría una colonia cara y llamativa, y eso me gusta.
Baja la cabeza, hundiendo la nariz en mi pelo, y me pregunto si también le gusta cómo huelo.
Sus manos suben y bajan por mi espalda un momento para luego posarse bajo, rozando justo la curva de mis nalgas.
Soy tan consciente de cómo encajan nuestros cuerpos.
Un ajuste perfecto y, de pronto, deseo que no haya tanta gente alrededor.
Dios, quiero que me bese.
Me inclino más hacia él, apretando mis pechos contra su pecho, y siento que contiene la respiración.
Al girar, se mueve, desliza su muslo entre mis piernas y me levanta ligeramente.
Mi vestido se sube y siento la áspera textura del vaquero entre mis piernas desnudas y presionando mi centro.
Mis bragas finas no son mucha barrera y, cuando mueve la pierna justo así, la fricción me hace desear gemir.
Lucho por mantener mi deseo bajo control pero, al final, un suspiro tembloroso se escapa de mi boca y, pese a la música alta y el gentío, sé que lo ha oído. Creo que está tan en sintonía conmigo como yo con él y el calor entre nosotros amenaza con estallar.
Nunca antes había sentido un deseo así y me deja desequilibrada y sin saber qué hacer. No soy el tipo de chica que tiene aventuras de una noche, pero por primera vez en mi vida, lo estoy considerando. Killian me hace desear cosas que no debería.
Pero no puedo evitarlo. Por una vez en mi vida protegida, quiero lanzar la prudencia al viento y anteponer mis necesidades y deseos. Estoy tan harta de complacer a los demás y quizá sea hora de hacer algo por mí misma. Tener una noche de sexo ardiente y apasionado sin ataduras, como dijo Tori.
Ni siquiera me doy cuenta de que la canción ha terminado y la banda abandona el escenario para un descanso hasta que Killian se aparta y me pasa una mano por el pelo.
Mientras la gente abandona la pista, seguimos ahí, balanceándonos al ritmo de nuestra propia música.
Esos increíbles ojos azules me tienen cautiva y mi mirada desciende a sus labios.
Durante un largo instante, es como si estuviéramos congelados en el tiempo, suspendidos en un universo alternativo donde solo existimos él y yo. Y, entonces, baja la cabeza y sus labios se acercan a los míos. Oh, Dios, va a besarme y cada terminación nerviosa de mi cuerpo estalla en anticipación.
—¿Aubrey?
Tardo un segundo en salir de la bruma lujuriosa que me tiene cautiva. Killian da un paso atrás y me giro para ver quién ha dicho mi nombre. Oh, no, pienso, al reconocer al mayor cotilla de mi oficina. Mi estómago se contrae y toda la magia desaparece en un instante mientras la realidad nos rodea.
—Hola, Doreen —digo, sin sonar muy contenta. Dios, vaya timing más malo. La frustración me golpea y solo quiero irme con Killian.
—Nunca te había visto por aquí —dice con una pequeña sonrisa y mira a Killian con sus ojillos brillantes.
—Oh, Killian, esta es Doreen. Trabajamos juntas —uf, estoy tan molesta.
—Hola —dice, mientras lo mira descaradamente.
—Hola —responde él con voz fría.
Mmm, quizá está tan molesto como yo por la interrupción inoportuna. —Si nos disculpas —digo y alcanzo su mano—. Estábamos a punto de... —Besar.
—Jugar a los dardos —termina él, salvándome de la vergüenza.
—Oh, claro. Bueno, me alegro de verte —dice ella.
Mientras nos alejamos, frunzo el ceño. Doreen es insoportable y le encanta meterse en los asuntos de los demás. Además, acaba de interrumpir lo que probablemente habría sido el mejor beso de mi vida.
—Perdona por eso —murmuro.
Nos detenemos frente a una diana libre y Killian coge los dardos. —No es culpa tuya. Aquí tienes —me da unos y retrocedemos—. Entonces, ¿por qué jugamos?
No hay duda del deseo en su voz grave y solo puedo pensar en besarlo. ¿Cómo se supone que me concentre en los dardos? —No sé —respondo y arqueo una ceja—. ¿Alguna idea?
Sus ojos azules parecen oscurecerse. —¿Te apetece hacer una apuesta?
Mi corazón se acelera y me siento aventurera. Killian tiene esa forma de hacerme tirar la prudencia por la ventana y estoy dispuesta a casi cualquier cosa. A todo. —Vale.
—Si ganas, ¿qué quieres?
Esta es mi oportunidad. Sigo diciendo que quiero emoción y algo nuevo en mi vida. ¿Pongo las cartas sobre la mesa y le hago saber que me interesa? Killian no me parece el tipo de hombre que busca una relación, así que ¿podría aceptar una noche caliente con él sin expectativas?
Dios, de repente me siento enferma y como una cobarde. —Em... —Mierda. ¿Por qué no puedo simplemente batir mis pestañas y convertirme en una seductora?
Porque esa no eres tú, Aubrey, me recuerdo a mí misma.
—¿Qué tal esto? —dice, rescatándome de hacer el ridículo—. Piensa en ello y luego dime, porque yo ya sé lo que quiero.
Killian rezuma confianza y lo envidio. Ojalá pudiera poner cara y voz sexy y tenerlo comiendo de mi mano, porque ahora mismo me tiene completamente enredada. Me inclino hacia él, hipnotizada por sus hermosos ojos azules. —¿Y qué es eso? —pregunto.
—Estamos jugando un juego familiar, ¿verdad?
Me muerdo el interior de la mejilla. Sé atrevida, sé sexy, me digo. —Creo que deberíamos. Esta noche, al menos —añado y él esboza una sonrisa.
—Entonces, si gano, continuamos donde lo dejamos en la pista de baile, encontramos un lugar tranquilo sin interrupciones y damos ese beso.
Una oleada de calor llega directa al punto más sensible entre mis piernas y aprieto los labios. —Acepto tu apuesta, señor Doyle.
Extiende la mano y la estrecho. Su agarre es fuerte, firme, pero no intenta presionar. Nos quedamos así un momento, con las miradas clavadas, hasta que él se aclara la garganta y suelta mi mano. —Bien, entonces, señorita... —se coloca a mi lado, con un dardo en la mano—. ¿Cuál es tu apellido?
—Reed.
—Aubrey Reed. ¿Tienes segundo nombre?
—Por desgracia —mascullo—. Lo odio.
—Ahora tienes que decírmelo. Tampoco soy muy fan del mío.
—¿Cuál es el tuyo?
—Tú primero.
—Amelia —respondo y arrugo la nariz con desagrado.
—Aubrey Amelia Reed. Es bonito.
—Es un nombre familiar y me tocó a mí. —Me encojo de hombros—. Ahora tú. Dime el tuyo. ¿Es Hank o algo igual de horrible?
Cuando sonrío, él abre la boca sorprendido. —¿Cómo lo sabías?
Parpadeo, sin creer que haya acertado. —Oh, Dios, lo siento. No es tan malo.
Desliza una mano por mi brazo y sonríe. —Es broma. Es Joseph.
—Es un nombre genial. ¿Por qué no te gusta?
Killian lanza un dardo, con un poco demasiada fuerza, y se clava en la diana, a unos círculos del centro. —Porque era el nombre de mi padre. —En cuanto lo dice, parece sorprendido. Como si no hubiera querido contármelo.
—¿No os lleváis bien?
Se encoge de hombros. —No lo sabría. Se fue cuando yo tenía unos meses.
—Lo siento. Debió de ser duro crecer sin él.
—Tenía a Mac. —El tono de su voz me dice que la conversación ha terminado.
Lanzo mi dardo y se clava en el borde de la diana. —Maldita sea —digo, y Killian se ríe.
—Si eso es indicativo de tu talento con los dardos, mejor me entregas esos labios ahora mismo, cariño.
Sus palabras me hacen sonreír y le lanzo una mirada coqueta. —Quizá quiera perder. ¿No se te ha ocurrido pensar en eso?
Killian se gira y pasa un dedo por mi brazo. —¿De verdad?
—Quizá —digo—. El problema es que puedo ser muy competitiva.
Lanza otro dardo. —¿No te gusta perder?
—Depende —contesto, manteniendo el coqueteo.
—¿De qué?
—Bueno, creo que perder contigo ahora mismo no sería tan terrible.
Killian gira, coge un dardo de mi mano y sus dedos acarician los míos. —Porque quieres que te bese.
No es una pregunta y tiene razón. Lo deseo tan intensamente que ya puedo imaginar cómo sería y eso me excita como nunca antes.
Me paso la lengua por los labios. —Supongo que tendrás que esperar para averiguarlo.
—Recupero el dardo de su mano y lo lanzo.
Blanco perfecto. Le dirijo una sonrisa triunfal. —Tu turno.
Killian sonríe. —Estás llena de sorpresas, ¿verdad?
Me encojo de hombros y le devuelvo la sonrisa.
La noche continúa y, sin duda, es la mejor cita que he tenido nunca.
Killian posee tantas cualidades que busco en un hombre.
Es interesante y, aunque hablamos de muchas cosas diferentes, sigue siendo misterioso.
Me hace reír mucho y cuando me escucha, siento que soy la única en la habitación, el centro de su atención.
Es considerado y mantiene una mano posesiva en mi espalda baja cada vez que nos movemos por el bar.
Y, el hecho de que sea absurdamente atractivo es un plus.
Se está haciendo tarde y desearía no tener que levantarme para ir a trabajar por la mañana.
Como si pudiera leer mi mente, Killian coge el vaso vacío de mi mano y lo deja sobre la mesa.
Estamos sentados en un reservado oscuro en una esquina del bar y su cálido muslo presiona contra el mío.
Llevamos aquí casi una hora, conociéndonos mejor, y estoy electrizada por el alcohol que he consumido y por la atención de Killian.
—¿Tienes que madrugar para trabajar? —pregunta.
Asiento. —Por desgracia. —Mi mirada desciende hasta la barba oscura de su mandíbula angulada y luego se desliza hasta sus labios.
—Podría llamar para decir que no voy —digo, dejando que lo interprete como quiera.
Mi lado atrevido espera que me lleve a su casa y a su cama, pero mi lado sensato está aterrorizado.
—Si sigues mirándome la boca así, voy a besarte aquí mismo —murmura.
—Ganaste —le recuerdo.
Killian levanta una mano, me acaricia la cara y me mira con tanta intensidad que siento que está mirando dentro de mi alma.
Entonces, su gran mano se desliza para sujetar mi nuca y me acerca.
Nuestros labios están tan cerca, a punto de encontrarse, y su aliento cálido en mi piel me llena de conciencia.
—Creo que es hora de reclamar mi premio —dice y captura mis labios en un beso lento y sensual.
Dios. Mío. Todo lo que sucede a nuestro alrededor desaparece por completo y solo puedo aferrarme a los bordes de la chaqueta de cuero de Killian mientras su boca se mueve contra la mía.
Se toma su tiempo, sin prisa, como si me estuviera saboreando, y siento cosquilleos en lo más profundo.
Cuando su lengua roza la mía, dejo escapar un suave suspiro y, un momento después, nos separamos, tomando aire.
Los dos respiramos con dificultad y mi corazón late con fuerza en el pecho. No puedo creer cómo estoy reaccionando ante él. Como una zorra necesitada.
—Deberíamos irnos —dice en voz baja.
Dios. ¿Me va a pedir que vaya a su casa? Estoy hecha un manojo de nervios cuando sale del reservado, coge mi mano y me ayuda a levantarme. Nuestros dedos se entrelazan y caminamos hacia la salida. El local se ha ido vaciando y tranquilizando desde que la banda terminó hace más o menos una hora.
Tambaleo ligeramente y Killian se detiene. —¿Estás bien?
—Son unas cervezas de más —digo con una risita y un hipo que sale de la nada. Grito y me tapo la boca. Él ríe, suelta mi mano y la desliza alrededor de mi cintura para ayudarme a mantener el equilibrio en mi marcha achispada.
—¿Tienes idea de lo adorable que eres?
Solo niego con la cabeza, pero estoy demasiado borracha para sentir vergüenza. Salimos fuera y el aire fresco de la noche se siente tan bien en mi piel. Killian me guía hacia su moto y, mientras coge los cascos, Doreen aparece a mi lado.
—Parece un bocado delicioso —susurra demasiado alto, con la voz arrastrada, mientras su mirada se posa en el trasero de Killian—. Para chuparse los dedos. Diviértete esta noche, cariño.
Doreen se va y, cuando Killian se gira, sé que ha oído su comentario. Lo veo en su mandíbula tensa y la expresión impasible de su rostro. Esa sonrisa burlona ha desaparecido y no podría estar más enfadada con el cruel e insensible comentario de Doreen.
—¿Lista? —pregunta y me pasa un casco.
—Killian...
Pero se sube a la moto y agarra el manillar con fuerza, mostrando los nudillos blancos. —Vámonos.
Siento opresión en el pecho y me subo a la moto detrás de él.